Capítulo 5
Esta noche vuelvo a una casa de los Mordaunt por primera vez en cinco años, y mi cuerpo lo sabe antes que mi cabeza.
La doncella me abrocha la espalda del vestido gris perla, el único decente que me queda, y noto que las manos me sudan dentro de los guantes, una traición pequeña que nadie ve y que yo desprecio.
En el espejo hay una mujer de veintiocho años con la barbilla alta y los ojos sin una sola grieta.
Me ha costado cinco años construir esa cara. La miro y le exijo que aguante.
—Está pálida, milady —observa la muchacha—. ¿Le traigo sales?
—Estoy perfecta. —Me alejo del espejo—. Las sales son para las mujeres que esperan desmayarse y que alguien las recoja. Yo no espero a nadie.
Mi madre aparece en el umbral de mi alcoba con el chal a medio prender y la inquietud de costumbre instalada en la frente.
—No tienes por qué ir esta noche —dice, y se retuerce el fleco del chal entre los dedos—. A casa de los Mordaunt, nada menos. Después de lo que aquel hombre te hizo. Nadie te reprocharía que te quedaras con jaqueca, como hacen las demás.
—Las demás se quedan con jaqueca cuando temen perder algo.
Yo ya lo perdí todo en un parque hace cinco años, así que puedo permitirme ir donde me dé la gana.
—Me ajusto el guante—. Si no me presento, dirán que sigo escondiéndome de Felix Mordaunt.
Y prefiero que digan cualquier cosa de mí antes que esa.
—Hablas como si fueras de hierro, hija. —Hay algo cansado en su voz, algo que casi me ablanda—. Una mujer no puede pasarse la vida en guardia.
—Una mujer sin dote no tiene otra cosa que la guardia.
Usted me enseñó eso, aunque no fuera su intención.
—Recojo el ridículo de la cómoda—. Suba al carruaje conmigo o quédese.
Las dos cosas me valen. Lo que no le voy a consentir es que me pida que tema una casa.
Las casas no muerden. Lo aprendí del único que sí muerde, y a ese ya lo conozco.
Baja la mirada y no responde. Salgo al rellano antes de que ninguna de las dos diga algo que no podamos recoger luego, y mientras desciendo la escalera el solo nombre de Mordaunt me devuelve, sin pedirme permiso, al único día de mi vida que daría cualquier cosa por no haber vivido.
Hace cinco años yo era otra. Tenía veintitrés y un compromiso con Felix Mordaunt, y cometí el error más caro que comete una mujer: creí que me querían.
Lo creí porque él sabía decirlo, con esa voz tibia que parecía hecha para los juramentos, y porque yo todavía no había aprendido que la palabra «amor», en boca de cierta clase de hombre, es solo el envoltorio de un cálculo que aún no han terminado de hacer.
Aquella muchacha leía las cartas de Felix dos veces antes de dormir y guardaba sus flores secas entre las páginas de un libro.
Aquella muchacha creía que ser amada era un derecho que se ganaba portándose bien, y no el lujo caprichoso que es en realidad, concedido y retirado según la conveniencia de quien lo otorga.
Tardé una sola tarde de Kensington en aprender la lección. Salió cara y vino completa.
Es primavera. Los jardines de Kensington huelen a tierra mojada y a lilas, y el sendero está lleno de gente que ha salido a pasear su ropa nueva y su importancia.
Felix me lleva del brazo. Yo sonrío, porque estoy enamorada y porque una joven prometida sonríe, y porque no sé todavía que las peores cosas llegan siempre con buen tiempo y mejores modales.
Se detiene junto a la fuente, donde hay más testigos. Eso debería habérmelo dicho todo. Un hombre que va a portarse bien busca la intimidad; uno que va a destrozarte busca aforo.
—Isolde. —Sonríe. Es una sonrisa amable, y por eso no la olvidaré nunca; aprenderé esta tarde que la crueldad con buenos dientes hace más daño que la que enseña los colmillos—.
Eres demasiado inteligente para que te mienta, así que voy a darte la verdad, que es lo más amable que tengo para ti.
Un hombre se casa con tierras o con una cara que llene un retrato.
Tú me ofreces ingenio, y el ingenio en una esposa es como la pólvora en una despensa.
Útil en otra parte. Un peligro en la mía.
—No entiendo. —La voz me sale más fina de lo que querría—. La semana pasada hablabas de fechas. De la iglesia de tu abuela. De pasar el verano en Brighton.
—La semana pasada aún no había hablado con mi padre.
—Lo dice con la paciencia de quien le explica algo evidente a una niña—.
Hay una heredera en Kent, Isolde. Tierras que lindan con las nuestras.
Tú tienes apellido y conversación, y de eso, querida, ningún banco da crédito.
Lo sabes tú mejor que nadie. Siempre has sido la más lista de la sala. Sé lista también ahora.
El sendero entero se ha quedado quieto a nuestro alrededor.
Cuento las caras sin querer contarlas: la prima de Felix con la boca tapada tras el abanico, dos matronas que mañana lo repetirán en cuatro salones, un caballero que finge mirar los patos para no perderse una sílaba.
Veinte personas, quizá más. Felix ha escogido el público con el cuidado con que otro escoge una sala de conciertos.
No quiere romper el compromiso. Quiere romperlo delante de gente, para que la versión que corra sea la suya.
Sé lo que significa lo que está haciendo, porque lo he visto caer sobre otras.
Una mujer a la que un caballero deja, y deja así, queda marcada como mercancía con tara: algo le pasará, murmurarán, algo habrá hecho, por algo la devolvió un hombre de bien.
La verdad no cuenta. Cuenta la escena, y él me está regalando una escena impecable.
A partir de mañana dejaré de ser la prometida de Felix Mordaunt.
Seré la mujer a la que Felix Mordaunt rechazó en Kensington.
Es un nombre nuevo, y voy a llevarlo cosido a la espalda el resto de mi vida.
—Estás haciendo esto aquí —digo, y me asombra que la voz me vuelva entera—. A propósito. Para que lo vean.
—Lo estoy haciendo con elegancia, que es más de lo que la mayoría se molesta en ofrecer.
—Me suelta el brazo con delicadeza, como quien devuelve a su sitio un objeto que ya no piensa comprar—.
Algún día me lo agradecerás. Una ruptura limpia es una herida que cura.
Un matrimonio equivocado es una que supura toda la vida.
Hay una parte de mí, la de veintitrés años, que quiere preguntarle qué hice mal, suplicarle que lo reconsidere, llorar donde todos puedan verme y darles el espectáculo completo.
La siento agolpárseme en la garganta, caliente, vergonzosa, a punto de ganar.
Y hay otra parte, una que nace en este preciso instante, junto a esta fuente, bajo estas lilas, que se yergue dentro de mí y le tapa la boca a la primera con una mano que no temblará nunca más.
No voy a rogar. No le voy a regalar a esta gente el recuerdo de mis lágrimas para que lo sirvan en los tés durante una década.
—Tienes razón en una cosa. —Me obligo a sonreír, porque he entendido de golpe que una sonrisa, aquí, es la única bofetada que puedo devolver sin que me detengan—. El ingenio es un peligro en tu casa. Recuérdalo. Yo pienso recordarlo cada día que te quede de vida.
—¿Es una amenaza? —Por primera vez, la sonrisa amable se le tensa en una esquina.
—Es un buen deseo. Las amenazas las hacen los que tienen con qué cumplirlas. —Inclino la cabeza con una cortesía perfecta—. Y yo, según acabas de explicarle a todo Kensington, no tengo nada. Que disfrutes de tus tierras en Kent.
Doy media vuelta antes de que pueda añadir una palabra, y camino por ese sendero interminable con la espalda recta y los ojos secos, sintiendo en la nuca cada mirada como una quemadura lenta.
No me derrumbo hasta llegar al carruaje.
Allí, con las cortinillas echadas, me concedo justo el llanto que cabe entre Kensington y Mayfair, y ni una lágrima más.
Cuando el coche se detiene ante mi puerta, ya no queda nada que se vea por fuera.
Lo he sellado dentro, donde aún vive, donde vivirá siempre.
Esa noche decido que no volveré a necesitar a nadie. Lo decido del modo en que se decide cerrar una herida con fuego: a sabiendas de que dolerá más que el corte, y de que la cicatriz será para siempre.
Cumplí la promesa con una disciplina que me ha mantenido a salvo y a solas durante un lustro.
Aprendí a leer los salones en lugar de a vivirlos, a cobrar en lugar de a esperar, a no desear nada que alguien pudiera arrancarme soltándome el brazo en mitad de un sendero.
Ha funcionado. Nadie ha vuelto a hacerme daño, porque a nadie le he dado con qué.
Lo que ningún manual advierte es que la misma puerta que atrancas para que no entre el cuchillo es la que tampoco deja pasar lo demás, y que una termina sin saber si la habitación en la que se ha encerrado es una fortaleza o una celda.
He decidido, hace tiempo, no hacerme esa pregunta.
Lo que vino después no lo conté nunca, ni siquiera a mí misma, como lo que fue.
La semana siguiente, el caballo bayo del que Felix presumía por todo Hyde Park —un animal por el que había pagado una fortuna que no tenía— amaneció cojo de un día para otro, sin que ningún veterinario acertara con la causa.
Y su sastre, el único de Londres capaz de disimularle los hombros caídos, levantó el taller y se marchó a Edimburgo sin avisar a su clientela, dejando a Felix con media docena de levitas a medio coser y una temporada por delante con la silueta que le dio la naturaleza.
Me enteré como se enteró todo el mundo, por los corrillos, y chasqueé la lengua con el resto.
Nunca até un cabo con el otro. Una no piensa que el mundo la obedezca solo porque le susurró dos cosas a las personas adecuadas la tarde en que se le rompió la vida.
El carruaje frena, y vuelvo al presente de golpe, a la puerta de mi casa, con los guantes todavía húmedos y mi madre callada a mi lado.
—Hemos llegado, milady —anuncia el cochero.
Mi madre, a mi lado, me busca la mano enguantada y me la aprieta un instante, un gesto que de ella no esperaba esta noche.
—Entra con la cabeza alta —murmura—. Es lo único de ti que les duele.
—En eso, madre, somos por fin de la misma opinión.
—¿Y si está él? —pregunta, sin atreverse a nombrar a Felix.
—Entonces tendrá el placer de comprobar lo bien que me sienta su recuerdo.
Esta noche entro de nuevo en una casa de los Mordaunt, con cinco años más y ni un gramo de aquella muchacha que lloró con las cortinillas echadas.
Que enciendan las velas. Que afinen los violines.
He aprendido a sonreír en los sitios donde una vez me destrozaron, y mi sonrisa, ahora, no es una rendición.
Es la primera línea de una factura que vengo a empezar a cobrar.