Capítulo 2
El tercer acreedor de la semana se marcha de nuestra puerta sin cobrar, y mi padre finge no haber oído la campanilla.
Lo veo desde el descansillo: encogido en el sillón del estudio, con la puerta entornada, sirviéndose un dedo de oporto a las once de la mañana como quien se administra una medicina que dejó de curar hace tiempo.
La casa entera huele a humedad y a papel sin pagar.
En las paredes del recibidor quedan rectángulos más claros donde antes colgaban los cuadros que ya hemos vendido, fantasmas pálidos de una fortuna que se fue marchándose cuadro a cuadro sin que nadie quisiera nombrarlo.
Hace frío. No encendemos las chimeneas de las habitaciones que no usamos, y cada semana usamos una menos.
La platería buena se vendió en otoño. Nos vendemos a plazos, igual que mi padre se bebe la casa a sorbos.
Bajo. Al pie de la escalera me espera el mayordomo, rígido, con la cara del que lleva la mañana ensayando una frase difícil.
—Milady. Disculpe que la importune. —Junta las manos a la espalda—. Los criados llevamos siete semanas sin cobrar. Annie y el mozo se han ido esta madrugada, sin avisar y con la vajilla de plata que quedaba. Los demás preguntan qué han de hacer, y yo ya no sé qué contestarles.
No le miento. A esta gente le debo, como poco, la verdad, que es lo único que todavía puedo pagar al contado.
—Diga a quien quiera marcharse que se marche sin esperar carta de referencias.
Yo se la firmaré igual, y valdrá más que la firma de mi padre en cualquier casa decente de Londres.
—Le sostengo la mirada—. A quien se quede no puedo prometerle el sueldo.
Puedo prometerle que no se enterará por la calle de lo que ocurre entre estas paredes. Es poco. Es cuanto tengo.
El hombre traga saliva.
—Yo me quedo, milady. Alguien tendrá que abrir la puerta cuando vengan a por los muebles.
—Cuando vengan, ábrala usted, y que encuentren la casa limpia. No les daremos, encima, el gusto del desorden.
Lo dejo en el recibidor con su dignidad intacta, que es más de lo que conserva el dueño de la casa. Empujo la puerta del estudio sin llamar.
—El señor Tobías no volverá a fiarnos el carbón —anuncio—. Tampoco el carnicero. ¿Prefiere que lo siga ocultando a las visitas o que cuelgue un cartel en la verja?
—Isolde. —No levanta la vista de la copa—. Hay asuntos que una hija no debería…
—Hay asuntos que esta hija lleva resolviendo desde que usted decidió que el fondo de un vaso era buen sitio donde esconderse. —Cierro la puerta a mi espalda—. ¿Cuánto debemos?
—No lo entenderías.
—Sé sumar mejor que el administrador al que despidió por decirle la verdad. —Me acerco a la mesa, donde los sobres se amontonan sin abrir, cada uno con el sello de un acreedor distinto—. Démelo en cifras. Las cifras no mienten, por mucho que quien las debe se pase el día intentándolo.
Mi padre alza al fin la cara. Tiene los ojos de un hombre que lleva meses ahogándose en aguas poco profundas, demasiado cobarde para hundirse del todo y demasiado débil para salir a la orilla.
Deja la copa. Le tiemblan las manos cuando alcanza el cajón inferior, el que cierra con llave, el que yo creía vacío.
Saca un libro de cuentas de tapas gastadas y lo posa entre los dos como quien deposita un cadáver sobre la mesa.
Lo abro. Leo. Hago las cuentas dos veces, porque la primera me parece un error de aritmética y no una sentencia de vida.
No es una deuda, sino una condena con plazo de ejecución.
—Esto no se salda —murmuro—. Ni vendiendo la casa. Ni vendiéndome a mí en el mejor matrimonio que pudiera comprarse con un apellido y sin un chelín.
—La casa es alquilada —responde, y por primera vez en años hay algo parecido a la honestidad en su voz, la honestidad fea del que ya no tiene fuerzas ni para el disimulo—. Lo último que era nuestro lo perdí hace dos inviernos.
Paso las páginas. Decenas de pagarés, fechas, intereses que se devoran unos a otros como peces en un cubo. Y un nombre que se repite al pie de los importes mayores, siempre el mismo, trazado con una caligrafía ajena, firme, sin un solo adorno.
—¿Quién es Deveran?
Mi padre se sirve la cuarta copa de la mañana. El cuello de la botella repica contra el cristal, porque el pulso hace rato que no le obedece.
—El hombre que es dueño de casi todo lo que firmé.
—Bebe—. Lleva un año comprando mis deudas a los demás acreedores, una a una, sin prisa, hasta reunirlas todas en su mano.
No quiere el dinero. Si quisiera el dinero, ya me habría mandado al Fleet a pudrirme entre los demás insolventes.
Quiere algo peor: quiere un lord en el bolsillo. Y lo tiene.
—¿Por qué usted? —Apoyo las manos en la mesa—. Londres rebosa de lores arruinados. ¿Qué tiene usted que a un hombre así le interese?
—Un asiento. —Se ríe sin ganas, un sonido que da más lástima que pena—.
Un voto en los Comunes que muevo a través de un primo.
La llave de tres clubs donde su dinero no entra sin un nombre que lo avale.
Un apellido que aún abre puertas que el oro no abre.
No me quiere a mí, hija. Quiere lo que mi nombre todavía roza. Yo no soy más que la cerradura.
—¿Y dónde se le encuentra?
—A un hombre así no se le busca. Es él quien viene a por ti. —Me atrapa la muñeca con una mano húmeda y fría—. Júrame que no harás ninguna locura. No conoces a esa gente. Salen del fango del río, sin Dios ni ley…
—Sin Dios ni ley parece, a estas alturas, una mejora frente a quien sí los tenía y nos arruinó igual. —Le retiro la muñeca sin brusquedad—. ¿Dónde, padre?
Tarda. Al final lo suelta como quien escupe una espina clavada hace tiempo.
—Wapping. Los almacenes del río. Pregunta por Deveran y reza por no encontrarlo.
Mi madre escoge ese instante para aparecer en el umbral. Ha oído lo suficiente. La veo descomponerse en tiempo real: la mano al pecho, el color que huye, el sollozo que ensaya antes de soltarlo entero.
—¡Arruinados! —El abanico cae al suelo sin que se agache a recogerlo—. Lo sabía. Lo supe desde el día de tu compromiso roto, Isolde, desde que aquel hombre nos puso en boca de medio Londres. Una hija casada a tiempo nos habría librado de esto. Una sola, no pedía más.
—Una hija casada con la dote que no teníamos —matizo—. Hágame la merced de no reescribir la ruina para que el reparto de culpas le resulte más cómodo de soportar.
—¡No me hables en ese tono! ¡Soy tu madre!
—Y soy la única de esta casa dispuesta a hacer algo, de modo que necesito la cabeza despejada. —Recojo el abanico del suelo y se lo tiendo. Lo toma sin mirarme, como si quemara—. Suba a su cuarto. Que le preparen una tisana. Y, por lo que más quiera, no reciba hoy a nadie.
Se va escaleras arriba entre sollozos que se oyen mucho después de que haya cerrado su puerta. Me quedo a solas con el libro de cuentas, con un padre que vuelve a su copa, y con una verdad que no admite consejo de familia, porque en esta casa ya no queda familia capaz de darlo.
He visto cómo termina esto, en otras casas de Mayfair que un año brillaban y al siguiente cerraban las contraventanas para siempre.
Primero se esfuman los criados y los amigos, que descubren compromisos inaplazables en el campo justo cuando una los necesita.
Después llegan los hombres del sheriff con sus listas, y el padre acaba en el Fleet, donde los caballeros aprenden que un título no abriga, mientras la madre y la hija quedan al cargo de unos parientes que la hospitalidad la cobrarán en humillaciones diarias.
No habrá más temporada. Una soltera arruinada no es una solterona: es un mueble que estorba en casa ajena.
Me sé el guion entero, escena por escena, y me niego a interpretarlo.
Una mujer no puede firmar un pagaré, ni cancelarlo, ni presentarse ante un juez a discutir una deuda que la ley no reconoce como suya.
Para los tribunales soy tan incapaz de gobernar dinero como un niño de pecho o un orate.
Lo sé desde que tengo memoria, y nunca me ha estorbado, porque lo que de verdad muevo en esta ciudad jamás se firma.
Se susurra. Se debe. Se cobra sin recibo.
Mi red de favores no falla casi nunca. Sé qué duquesa esconde a un amante en Richmond, qué obispo paga las deudas de juego de su sobrino con la limosna de los pobres.
Con esa moneda he sobrevivido cinco años a un Londres que me dio por muerta la tarde en que Felix Mordaunt me soltó la mano delante de todos.
Esa moneda, con todo, no se cambia por libras esterlinas en ninguna ventanilla del reino.
Es la única deuda que mi sistema no sabe cobrar, y resulta, justo ahora, la única que decide si dormimos bajo techo el mes que viene.
Me siento al escritorio de mi padre. Aparto su correspondencia intacta y limpio la pluma con un cuidado que no siento.
No voy a escribirle a Deveran. Una carta se archiva, se ignora, se guarda para usarla en tu contra el día oportuno.
Iré yo. A las diez de la mañana, cuando los hombres de su calaña aún tienen la cabeza más fría que la sangre.
Iré sola, sin el carruaje familiar que pregona el apellido a gritos, sin anunciarme, sin darle el tiempo de prepararme una de esas escenas con las que un hombre poderoso recibe a quien viene a suplicar.
«Que el rey del fango decida qué hace con una dama que llega a su puerta sin pedir clemencia.»
No me hago ilusiones sobre lo que es ese hombre.
He leído su letra al pie de cada pagaré: firme, paciente, sin un temblor, la de quien jamás ha dudado de que cobrará lo suyo.
A un hombre así no lo ablanda una lágrima, que es justo la razón por la que no pienso llevarle ninguna.
A los depredadores no se les ruega. Se les ofrece otra cosa que cazar.
Qué cosa, aún no lo sé; lo sabré cuando lo tenga delante y le lea en los ojos qué le falta a un hombre que ya lo ha comprado todo y sigue mirando a una desconocida en una fiesta como si le faltara algo.
Cierro el libro de cuentas y me lo llevo bajo el brazo. En esta casa ya no hay nada a salvo bajo llave, empezando por el hombre que guarda las llaves.