Capítulo 3
A las diez de la mañana, mi mundo huele a marea baja y a alquitrán, y un hombre entra en mi despacho con cara de haber visto un fantasma con faldas.
Bajo la ventana, el río arrastra todo lo que Londres prefiere no mirar: maderos, ratas ahogadas, el cuerpo ocasional que nadie reclama.
Mis almacenes se levantan sobre ese agua negra, y dentro de ellos las cosas funcionan porque los hombres saben qué les ocurre si no funcionan.
Aquí no mando con discursos. Mando con una contabilidad que todos conocen y que nadie quiere ver aplicada a su propio nombre.
Es un orden feo, y es mío, y a esta hora de la mañana lo prefiero a cualquier salón de Mayfair.
—Señor. —Bowen se queda en el umbral, sin saber qué hacer con las manos—. Hay una… una dama. Abajo. Sola. Pregunta por usted por su nombre, sin tarjeta, como quien pregunta la hora.
—¿De gris? —No es una pregunta. Ya sé la respuesta, igual que sé el sonido que hizo mi propio plan al partirse hace tres noches.
—De gris, señor. —Bowen parpadea—. ¿La conoce?
—Hazla subir.
No me levanto. Llevo años aprendiendo que quien se pone en pie concede algo, y a esta mujer no pienso concederle nada que no haya calculado antes.
Vuelvo el sobre de los Ellerby boca abajo sobre la mesa.
Retiro el cuchillo con que abro la correspondencia y lo dejo en el cajón, donde no se vea.
Después espero, mientras en la escalera resuenan unos pasos demasiado serenos para esta parte de la ciudad.
Lady Isolde Ellerby cruza la puerta de mi despacho como si la hubiera mandado construir ella.
No pega aquí, y el saberlo no la detiene.
El gris de su vestido, limpio entre el serrín y las manchas de brea, la vuelve más visible que cualquier joya en un salón.
Trae el frío de la calle prendido en la capa y, debajo, un olor a casa decente que en este almacén no entra nunca.
Mis hombres lo notan también. No saben si tienen delante una presa, una trampa o un desatino, y la duda los deja sin habla, que es el único prodigio que esta mujer va a obrar hoy en Wapping.
Croft, que se ha apelotonado en el rellano con los demás a husmear, le suelta al pasar una grosería de muelle que no me molesto en repetir, con esa risa torcida que un día le costará los dientes.
Ella no se inmuta. Pasa de largo sin concederle siquiera una mirada, y ese desprecio le escuece más que un puñetazo, porque un puñetazo al menos demostraría que existe.
Lo guardo. Croft tendrá una semana entretenida con su banco, y jamás sabrá por qué.
—Señor Deveran. —Se detiene frente a mi mesa. No aguarda a que la invite a sentarse: se sienta—. He venido a hablar de la deuda de mi padre.
Y entonces lo veo cruzarle la cara: el instante exacto en que me reconoce.
La fiesta. El salón de los Penhallow. El intruso al que nadie quiso nombrar.
La veo encajar las dos imágenes —el hombre del baile y el acreedor del fango— sin que se le altere un músculo.
Cualquier otra persona habría retrocedido al hacer esa cuenta.
Ella se acomoda mejor en la silla, como quien por fin entiende las reglas de un juego que sospechaba amañado.
—Era usted —observa, con el tono de quien confirma el tiempo que va a hacer.
—Era yo.
—Entonces ya sabe quién soy. Nos ahorramos las presentaciones. —Posa las manos enguantadas sobre el regazo, sin un temblor—. Dígame qué le debe mi padre. La cifra exacta, sin los intereses que se inventa la gente de su oficio para que el deudor pierda la cuenta y la cabeza a la vez.
Esperaba miedo. He visto a hombres del doble de su tamaño mojarse los calzones en esa misma silla.
Esperaba lágrimas, o súplicas, o la indignación temblorosa de una aristócrata convencida de que su apellido todavía compra clemencia al peso.
Lo que tengo enfrente no se parece a nada de eso.
Encuentro propósito. Una mujer que ha hecho las cuentas antes de venir, que sabe que son imposibles, y que ha venido igual, no a rogar, sino a medir al enemigo de cerca.
—La cifra la conoce —respondo—. Ha leído el libro de cuentas. Lo trae en ese bolso que finge no apretar contra el costado.
Algo le cruza los ojos. No es sorpresa: es aprobación, la mínima, la de quien reconoce a otro jugador que también cuenta las cartas que faltan en la mesa.
—Lo traigo. —Inclina apenas la cabeza—. Lo que no entiendo es por qué un hombre que podía mandar a mi padre al Fleet hace meses no lo ha hecho. No es usted de los que perdonan por bondad. Lo deduzco por el despacho. Por el cuchillo que ha guardado en el cajón antes de que yo entrara.
Me quedo quieto. Hace falta una clase concreta de atención para reparar en un gesto que duró menos de un segundo y que noventa y nueve de cada cien personas no habrían visto.
—Es usted observadora.
—Es lo único que heredé sin hipotecar. —Se inclina un palmo sobre la mesa, y el aire entre los dos se tensa como una amarra a punto de cantar—.
Le hago una pregunta sencilla, señor Deveran.
¿Qué quiere? Dinero no es. El dinero ya lo tendría.
Un hombre con sus medios no dedica un año a comprar las deudas de un borracho si lo único que le interesa es recuperar lo prestado.
—Quizá me entretiene.
—No. —Lo dice sin dureza, lo cual es peor—.
A usted no le entretiene nada que no le sirva.
He visto su almacén. He visto cómo le hablan sus hombres, mirándole las manos.
Aquí no se hace un solo gesto que no tenga un precio calculado.
Así que vuelvo a preguntárselo, y esta vez espero la verdad: ¿qué pretende sacar de mi familia?
No me deja contestar. Se contesta sola.
—Se lo digo yo, ya que le cuesta. Mi padre conserva un asiento que mueve un voto en los Comunes, la llave de tres clubs donde a usted no lo dejan pasar, y un apellido que su oro no compra por mucho que lo amontone.
Usted no quiere su deuda. Quiere su firma.
Quiere un lord amaestrado que diga «sí» donde a usted le convenga un «sí».
—Ladea la cabeza—. Lo que aún no sé es para qué lo quiere.
Y averiguarlo me resulta, de golpe, bastante más interesante que pagarle.
Hay un silencio en el que oigo el río golpear los pilares bajo nosotros, el grito de un estibador tres almacenes más allá, y mi propia respuesta formándose contra mi voluntad.
Quiero decirle que ya no lo sé. Que llevo tres noches sin mandar la nota que cierra el trato más limpio de mi carrera.
Que un hombre que nunca ha dejado una deuda sin cobrar lleva tres días dejando respirar a su padre por una razón que tiene los ojos sentados delante de él, mirándome como si yo fuera una cuenta que aún no ha terminado de sumar.
No le entrego nada de eso. Sería tenderle el mismo cuchillo que acabo de guardar.
—Quiero pensarlo —respondo, y la frase me sabe extraña en la boca, porque no recuerdo la última vez que necesité pensar dos veces una deuda.
—Pensarlo. —Enarca una ceja con una lentitud deliberada—. Los hombres como usted no piensan las deudas. Las cobran. Es lo único que los distingue de los caballeros, que tampoco pagan, aunque al menos disimulan.
—Y las damas como usted no cruzan Wapping solas a las diez de la mañana, sin carruaje y sin doncella, para sentarse en la silla donde se sientan mis deudores.
—Me inclino yo también, y por un instante estamos más cerca de lo que ninguno de los dos ha decidido—.
Parece que hoy los dos hacemos cosas que no nos tocan.
Por primera vez, algo se le mueve en la comisura.
No llega a sonrisa. Es el lugar donde nacería una sonrisa en una mujer que se permitiera tenerlas, y lo reprime con la misma eficiencia con que yo reprimo todo lo que no pienso enseñar.
Reconozco la maniobra porque es la mía. Ahí, en ese gesto ahogado, los dos sabemos que hemos visto al otro hacer trampa con el mismo naipe.
—Le propongo una cosa. —Se levanta sin que yo se lo conceda, igual que se sentó—. Piénselo cuanto quiera. Yo, mientras tanto, averiguaré qué clase de hombre necesita un año entero para arruinar a un beodo que podría haber hundido en una tarde. Sospecho que el dato me será útil más adelante.
—Sospecha bien. —Me pongo en pie al fin, no por cortesía, sino porque no soporto ser el único que sigue sentado en mi propio despacho mientras ella se mueve a su antojo—. La acompaño abajo. Mis hombres no están hechos a visitas que se marchan enteras.
—No hace falta. —Ya está en la puerta—. He llegado sola. Sabré irme igual. Es lo único que esta familia hace bien de un tiempo a esta parte.
Y se va, dejándome en pie en mitad de un despacho que de pronto parece más estrecho, con un sobre boca abajo que no me atrevo a girar y la certeza incómoda de que la negociación que acaba de terminar sin acuerdo la he perdido yo, y por puntos.
Me siento. Giro el sobre entre los dedos sin abrirlo, igual que la otra noche en el carruaje.
Dentro cabe su apellido en rojo, su padre, su casa, el frío que ya se les ha colado en las habitaciones cerradas; dentro está todo lo que me haría falta para tener a Lady Isolde Ellerby de rodillas sin necesidad de rozarla.
Diez años atrás no habría dudado: habría firmado la nota antes de que su carruaje doblara la esquina.
Hoy lo dejo donde está, boca abajo, y me sorprendo midiendo no lo que puedo arrancarle, sino cuánto tardará ella en averiguar para qué quiero a su padre.
Esa es la grieta que mi hermana me leerá en la cara en cuanto me vea.
Y tendrá razón, como casi siempre la tiene, lo cual no la hace menos insoportable.
Lo que ni ella ni yo diremos en voz alta es que un rey que empieza a calcular alrededor de una sola persona ha dejado, esta misma tarde, de ser del todo un rey.
Al día siguiente, Croft no logra retirar un solo chelín de su cuenta. El banco habla de una irregularidad en sus papeles que nadie acierta a explicar y que nadie va a corregir en una buena temporada. Croft jura y patalea por todo el almacén, preguntando a gritos quién le tiene manía.
No le aclaro nada. Que aprenda solo que hay nombres que en este río no se pronuncian con la boca torcida.