El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 1
2%
El Rey sin Corona (Deveran 1)

El Rey sin Corona (Deveran 1)

Por Eliza Dunmore

© inepub.com

Capítulo 1

La fiesta a la que vengo esta noche no es la que he pagado por pisar, aunque en Londres eso rara vez es el problema.

He untado a quien había que untar para cruzar esa puerta, que es lo más cerca que estaré nunca de recibir una invitación.

No me quita el sueño. Las invitaciones son para los hombres a quienes todavía se les puede decir que no.

A mí dejaron de decírmelo hace diez años, la noche en que entendí que el respeto y el miedo huelen igual cuando los tienes a los dos agarrados por el cuello.

El carruaje se detiene a media calle de la casa, donde la luz de las farolas se rinde antes de tocar el adoquín. El hombre que me acompaña desde que todo esto era un cuchillo y una deuda se inclina hacia mí en la penumbra. Lleva ocho años a mi lado sin errar una cuenta.

—Ellerby está dentro —informa—. En la mesa de whist desde las nueve. Va perdiendo.

—¿Cuánto?

—Lo que no tiene. Otra vez. —Sus dedos tamborilean sobre la rodilla, el único tic que se permite conmigo—. Le fía media docena de necios que saben que la deuda terminará en mis manos o en las de alguien peor, y prefieren que sea en las mías. Conmigo, al menos, se cobra con orden.

—¿Cuánto hace que no salda un plazo?

—Catorce meses. Ha empeñado la platería de la esposa y un par de cuadros que valían menos de lo que él creía. La casa de Mayfair es alquilada, y debe dos trimestres.

Me tiende un sobre fino, ablandado por la costumbre de viajar en un bolsillo. No lo abro. Me sé de memoria cada línea de tinta roja que contiene, igual que un cura se sabe sus salmos.

—Un hombre sin nada es un hombre peligroso —observo—. Salvo que cargue con un título. Entonces es un hombre útil. No se le cobra de golpe: se le deja respirar y firmar, y cada firma suya pasa a ser mía.

—El plan de siempre.

—El plan de siempre. Limpio, porque no necesita sangre, solo tiempo. La sangre se olvida. El tiempo no perdona. —Guardo el sobre junto al pecho—. ¿Qué más hay esta noche?

—Lo del muelle de Wapping está resuelto; el capataz entendió a la primera. En St. James hay un tahúr nuevo en una de las casas, marca las cartas con la uña. Y un prestamista de Cheapside anda diciendo por ahí que sus intereses son cosa suya y no nuestra.

—Al tahúr, que deje de jugar con esa mano. Si le hacen falta las dos para entenderlo, que use las dos. —La frialdad de mi propia voz hace tiempo que dejó de sorprenderme—. Al de Cheapside, recuérdale quién le presta a él el dinero que presta. Con educación la primera vez.

—¿Y si hay una segunda?

—No suele haberla. —Poso la mano en la portezuela—. Recuerda la regla.

—Nunca a los inocentes. Solo lo que se debe.

—Solo lo que se debe. —Es lo más parecido a un rezo que sale de mi boca—. El día que le cobremos a quien no figura en una lista, dejamos de ser distintos de los que nos dejaron pudrirnos en el barro. Ese día se acaba todo lo demás.

—Una cosa más. —El hombre vacila, lo que en él es casi insolencia—. Podía haber mandado a cualquiera con esa nota. ¿Por qué entra usted en persona en una casa que lo desprecia?

—Porque a Ellerby le tiembla menos la mano cuando recibe un papel que cuando recibe una cara. Quiero que me vea. Quiero que sepa qué forma tiene aquello a lo que le debe la vida que le queda. —Me ajusto el guante—. El miedo por carta se diluye. El miedo con cara dura años.

—¿Y si la cara se le queda grabada también a quien no toca?

—Entonces habrá sido una mala noche para esa persona. —Abro la portezuela.

Bajo del carruaje. La música me alcanza antes que el frío, dulzona, ensayada, idéntica en todos los salones de esta ciudad. Cruzo el umbral, y la casa entera lo nota.

No hace falta que diga nada. Nunca hace falta.

Avanzo y el aire se reordena a mi paso: las conversaciones se apagan por tramos, como velas que alguien pellizca una a una, y cuarenta cabezas descubren a la vez que el suelo y los guantes propios merecen un estudio urgente.

Conozco este silencio. Lo he comprado tantas veces que ya ni lo oigo.

Diez años. Empecé con un cuchillo prestado y una deuda que no era mía, en los muelles donde el Támesis huele a brea y a hombre ahogado, y he ido remontando el río hasta sentarme —sin sentarme nunca del todo— en las casas de juego de St. James.

No tengo título; no me hace falta. Tengo las deudas de media aristocracia dobladas en cajones que sé abrir, y eso compra más reverencias que cualquier escudo heredado.

Este es el barrio que de crío miraba desde la otra orilla como quien mira el cielo: inalcanzable y ajeno.

Hoy lo piso y huelo lo que hay debajo de la cera y del azahar.

Huelo la deuda. Cada lord que me esquiva los ojos me debe algo, o se lo debe a alguien que me lo debe a mí, y todos lo saben, y fingen no verme con un esmero que delata justo lo contrario.

Mayfair no es más honrado que Wapping. Solo viste mejor la misma hambre, y se perfuma para no olerse.

Recorro la sala sin prisa. Busco la calva sudorosa de Ellerby entre los corros y lo encuentro al fondo, clavado a una mesa de cartas, con esa risa de hombre que se burla de sus propias pérdidas para que nadie le vea el pánico debajo.

Lo estudio el tiempo que otro tardaría en saludarlo.

Conserva el anillo de casado, lo único que aún no ha empeñado, y lo gira en el dedo entre mano y mano como quien soba un amuleto que dejó de responderle hace años.

He visto esa ruina muchas veces. Empieza en una mesa de juego y acaba firmando cualquier cosa con tal de seguir sentado a ella una noche más.

Ellerby ya ha firmado en su cabeza; solo falta el papel y la pluma.

Lo que no sé es lo que ocurre cuando giro la cabeza.

Hay una mujer sentada en el extremo de la sala, en el peor sitio de la casa, lejos de la luz y de las miradas que cuentan.

Va de gris, sin una joya que pida clemencia, con la espalda recta de quien ha decidido que el desprecio ajeno es asiento cómodo cuando una aprende a sentarse encima.

Lo observa todo. Me observa a mí. Y no aparta los ojos.

Eso no pasa. En diez años no me ha pasado en una sala como esta.

La gente decente me mira las manos, por si escondo un arma, o me mira el bolsillo, por si escondo su salvación.

Me ven como una amenaza o como una oportunidad, que para el caso es el mismo apetito con dos caras.

A mí no me mira nadie. Esta mujer sí. Me sostiene los ojos sin miedo y sin cuentas, igual que se mira a un hombre, y la sensación es tan ajena que por un instante no sé qué hacer con las manos.

Hace calor en este salón y de golpe lo noto: el sudor en la nuca, el cuello de la camisa, la incomodidad animal del que ha sido mirado por dentro sin haber dado permiso.

Llevo diez años siendo el que mira. Que me devuelvan el oficio, y encima una mujer instalada en la peor silla de la casa, es una clase de insolencia que no figura en ninguna lista que yo sepa cobrar.

No sonríe. Mejor. Si sonriera, sabría qué quiere, y al saberlo recuperaría el suelo bajo los pies.

No me concede esa salida. Me lee despacio, como quien repasa un contrato decidido a no saltarse una cláusula, y soy yo —yo, que llevo una década siendo el punto final de las frases ajenas— quien siente el impulso impropio de explicarse ante alguien.

Aguanto hasta que el impulso se rinde. Después me vuelvo hacia el lacayo más próximo, un crío que recoge copas con los ojos pegados a la bandeja.

—La mujer del ventanal. La de gris. ¿Quién es?

El muchacho sigue la inclinación de mi cabeza y traga saliva al comprender a quién señalo.

—Lady Isolde Ellerby, señor. —Hunde todavía más la voz, como si el apellido quemara al decirlo en mi presencia—. La hija de lord Cedric.

La hija de lord Cedric.

El sobre me pesa de golpe contra el pecho, ahí donde lo he guardado hace diez minutos llamándolo «nada que pese».

La única persona de este salón que esta noche me ha mirado a la cara sin pedirme nada y sin temerme nada lleva el apellido que traigo doblado junto al corazón, escrito en rojo, con todos los plazos vencidos.

Hay planes que se rompen por dentro sin hacer ruido. Reconozco el sonido porque es raro; llevaba años sin oírlo.

Podría seguir adelante. El plan no cambia porque ella exista: un acreedor no perdona una deuda por la mirada de una hija. Eso es lo que me repito mientras el cuerpo, que no atiende a razones, ya ha decidido por mí.

No me acerco a Ellerby. No mando la nota. Doy media vuelta y abandono el salón con el mismo silencio con que he entrado, y le regalo al viejo una semana más de la fortuna que ya es mía por una razón que no pienso confesarme en voz alta.

Fuera, el frío sienta bien. Subo al carruaje. El hombre que me espera lee en mi cara algo que no debería estar ahí, y tiene el buen juicio de no nombrarlo.

—¿Procedemos con Ellerby?

—No. Con Ellerby no se mueve nada hasta que yo lo diga.

—¿Esperamos? —Hay una grieta de extrañeza en su voz; en diez años no me ha visto dudar ante una mesa servida—. El viejo no aguanta otra semana sin venderse al primero que le tienda la mano.

—Que se la tiendan. Que se venda a quien quiera. —Miro por la ventanilla la negrura del río que se adivina al fondo de las calles—. Con su hija delante, no.

El hombre asiente sin comprender, que es para lo que le pago.

El carruaje arranca hacia Wapping, hacia mi mundo, donde las cosas tienen un precio que sé leer y las deudas un plazo que sé cobrar.

Allí nadie me mira a los ojos por descuido.

Allí un nombre escrito en rojo es solo un nombre, y una deuda no es más que una deuda. Hasta esta noche lo era.

Saco el sobre. Lo sostengo un rato sobre la rodilla, cerrado.

No lo abro.