El rey sifón (Bayou Bishops nº 16) CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

Butterfly no podía más, necesitaba decírselo a Pain para que estuviera preparado para lo peor.

¿Por qué había pensado que podría tener un bebé después de todo lo que había pasado?

Por los milagros, recordó. Creía en ellos.

Con toda su alma. Y si esto era una prueba de fe, estaba dispuesta a afrontarla.

Confiaba en que Dios haría lo que tuviera que hacer, Él era el Jefe.

Si elegía darle un hijo a pesar de su pasado, alabado sea Dios.

Y si decidía que no era lo mejor, alabado sea Dios también.

Así funcionaba la confianza en Dios. No había malos resultados.

Decepción, sí. Eso podía soportarlo. Tenía que hacerlo.

—¿Qué estás haciendo? —jadeó una de las Hermanas cuando hizo ademán de levantarse.

—Necesito hablar con mi marido. ¿Quién tiene teléfono?

Literalmente todas sacaron uno de los bolsillos de sus hábitos.

Tomó el de Lucy, que había volado hasta donde ella estaba sentada en el sofá de Harlow como si fuera una inválida.

Le parecía tierno que llevaran sus hábitos incluso teniendo guardarropas lujosos.

No necesitaba preguntar para saber que los hábitos eran para ellas como ositos de peluche con los que dormían.

Igual que ella se sentía con sus vestidos largos.

Un compañero familiar y fiel, siempre presente en los momentos más oscuros.

—¿Estás segura de que no quieres esperar hasta que lo sepamos con certeza? —susurró Lucy mientras Butterfly intentaba recordar su número.

Bajó el teléfono a su regazo y miró el dulce rostro preocupado de Lucy.

—No puedo, Lucy. Ya de por sí se va a sentir responsable, además de indigno. Verá esto como un castigo del destino porque cree que es el mal encarnado. Y he trabajado demasiado duro para desmontar esa mentira en su cabeza como para que ahora le caiga esto de golpe.

Lucy asintió y Butterfly notó algo extraño en su mirada.

—¿Qué pasa, cariño?

Negó rápidamente con la cabeza.

—Nada. Se nota.

—Nada que puedas contar.

Ladeó la cabeza.

—¿Nada que tú puedas contar?

El pecho de Lucy subió y bajó con lo que fuera que ocultaba.

—¿Quién puede decírmelo si no eres tú?

Cerró los ojos y apartó el rostro.

—Uno de... los hombres tiene que hacerlo.

Un pavor repentino le revolvió el estómago.

—Lucy, ¿qué está pasando? ¿Tienes el número de Harlow aquí?

Asintió.

—Márcalo por mí. Por favor.

No dejó espacio para discusión en su tono, a propósito.

—Ya está marcado —dijo, devolviéndoselo con una mirada de terror que le retorció el estómago a Butterfly.

—Hola, cariño, ¿cómo lo llevas?

—Soy Butterfly —anunció.

—Ohhh, hola... Lucy —dijo él mientras ella se levantaba del sofá y empezaba a caminar de un lado a otro, oyendo voces de fondo.

—¿Quién está contigo? ¿Dónde estás?

—Estoy en la habitación de Pain. Todavía.

El pánico se apoderó de ella.

—¿Él lo sabe? ¿Lo del sangrado?

—Lo sabe.

—Oh, Dios —susurró, y se tapó la boca.

—¿Quiénes están ahí? —preguntó.

—Uhhh, los mismos de antes.

—Entonces, ¿Lucy sabe lo que sea que no me estás contando?

—Sssí —murmuró con un suspiro derrotado.

—¿Ese es Quantum que oigo?

—Sí. Volvió cuando le dijimos que estabas sangrando —dijo en voz baja.

El pulso le martilleaba en el pecho mientras contenía las ganas de vomitar por lo que fuera que estuviera pasando. No era nada bueno, eso lo sabía.

—No puedo con esto, Harlow. Sea lo que sea que esté pasando, no puedo. Si me estás ocultando algo para protegerme, me voy a cabrear muchísimo. ¿Es sobre Pain? ¿Qué le pasa? Ha estado actuando raro y yo pensando que era solo porque estaba preocupado por el embarazo.

—Quantum quiere ser quien te lo diga.

Se detuvo en seco, confundida.

—¿Por qué Quantum?

—Él simplemente siente... que lo correcto es que venga de él porque... se siente responsable.

Se frotó la frente con los dedos temblorosos y volvió a caminar de un lado a otro, más rápido ahora.

—Ahora me tienes intrigada —dijo con la voz temblorosa.

—¿Tengo que ir allí para escucharlo o viene él aquí?

—Por favor, deberías sentarte en tu estado —suplicó una de las Hermanas junto a ella.

—Quiere que estemos todos para esto.

—¿Todos? ¿Las Hermanas también?

—No, solo nosotros.

No no no no.

—Nah, no puedo con esto. Si no estoy perdiendo a nuestro bebé, me gustaría protegerlo, si no te importa. Pásale el teléfono a Pain. Necesito oír que está bien.

—Boom-Boom —susurró él.

—Necesito que te calmes y me escuches.

Colgó el teléfono y se dirigió a la puerta. Se detuvo, miró por encima del hombro y se secó las lágrimas.

—Voy a averiguar qué está pasando. ¿Vendrían todas... conmigo? ¿Por favor?

Asintieron y se agruparon detrás de ella.

—Estaremos contigo, hermana —juró una de ellas.

—Pase lo que pase —aseguró Celeste junto a ella, secándose las lágrimas.

—CREO QUE VIENE hacia aquí —anunció Harlow, y todas las cabezas se giraron.

—Butterfly. Era ella, está eh... lista para saber lo que haya que saber. Sabe que algo pasa.

Kult quería romperle el cuello. —Gracias a que las Hermanas se enteran de todo.

—No se puede evitar, son jodidamente simbióticas.

—Isla —dijo Quantum en voz baja, girándose con el teléfono—. Necesito que recojas a las Hermanas y las lleves a algún sitio mientras hablamos con Butterfly. A las habitaciones de Harlow. Vale. Gracias.

Colgó y se sumó a los que miraban fijamente la puerta, como si esperaran una invasión zombi. Joder, preferiría eso a esto.

—Joder —gruñó Quantum, mostrándoles la pantalla del móvil.

Todos se acercaron corriendo y vieron a Butterfly avanzando por el pasillo con una bandada de monjas detrás.

—Tío —advirtió Harlow—. Viene con fuerzas celestiales. Estamos pero que muy jodidos.

—Al menos habrá terminado —dijo Kult, deseando acabar de una vez.

Pain se plantó delante de la puerta y apoyó ambas manos en el marco. Joder, ¿qué estaría pasando por su cabeza? Kult no podía soportar verlo perder los estribos.

Finalmente llegó el golpe en la puerta. La abrió y atrapó a Butterfly entre sus brazos, envolviéndola con fuerza.

Estaba absorbiéndolo todo. Kult se puso a dar vueltas mientras lo observaba, convencido de que la oscuridad nunca había parecido más hermosa que cuando Pain la empuñaba para proteger a su Butterfly.

—Suéltame —lloró ella.

—No —juró él.

—Novato, suéltame —ordenó contra su pecho.

—Nunca, Ama —dijo con voz tensa mientras se aferraba a ella.

—Pain —lloró contra él—. No quiero que me lo diga Quantum, quiero que me lo digas tú.

—Vale, cariño —dijo él—. Te lo diré. Y me lo llevaré de ti.

—Hazlo ya —suplicó.

Las monjas se apiñaron detrás de ella, todas pugnando por poner las manos sobre ella e incluso sobre Pain; sus oraciones susurradas eran un murmullo de poder que le recorría la piel como dedos calientes.

Observó cómo Pain acercaba la boca a su oído y a Kult se le atascó el aliento en el pecho.

—¿Qué? —jadeó Butterfly—. Yo... no... ¿Cómo, cómo es posible?

Siguió susurrándole mientras le acariciaba la cabeza, cada segundo cargado de pavor mientras todos contenían el aliento.

El primer sollozo se le desgarró del pecho, y fue como si a él le arrancaran el alma.

Cerró los ojos cuando llegó otro, brotando de ella a la fuerza, irregular y agudo mientras Pain le susurraba arrullos al oído.

Luego llegó el grito largo y roto con esa jodida palabra: —¿Por qué?

—Una y otra vez se desgarró de ella, cada uno cargado de confusión y traición.

Un dolor tan cortante que le hizo querer matar, hacer que parara de una puta vez.

Se acercó a Quantum y Harlow, encontrándose con la furia en ambas miradas. —Quiero que crees el cuerpo de Handy —murmuró Kult.

Sync y Atlas se unieron a ellos.

—¿Por qué coño? —le gruñó Harlow.

La sed de sangre de Kult le hizo hormiguear el paladar mientras lo miraba. —Para matarlo.

La venganza oscureció la mirada de Harlow al girarse hacia Quantum. —¿Eres capaz con tu directiva?

Lo consideró. —Solo soy capaz de crearlo —dijo, sonando cabreado—. Pero la ley que llevo dentro dice que ojo por ojo está permitido en sus castigos.

—¿Cómo demonios logramos eso? —se preguntó Atlas—. No solo mintió sobre de quién era el bebé, mintió diciendo que había un bebé. ¿Qué tienen exactamente en los libros para ese tipo de maldad?

—Depende de qué libros consultes —dijo Quantum—. Yo me rijo por la ley superior, la que el universo me exige cumplir.

Harlow negó con la cabeza. —¿Y dónde coño aprendiste eso?

—Está grabado en cada átomo de este universo. Me diste una directiva, no especificaste qué la gobernaba. Pero como he dicho, el universo lo proporciona de sobra.

—Bueno, joder, sí —convino Harlow, medio aliviado, medio cauteloso—. Entonces, ¿qué se nos permite?

—Él creó una vida falsa y la eliminó. ¿Qué crees que se me permite hacer?

Kult no tenía claro dónde estaba la línea entre lo giga y lo humano en su hermano IA. —Si no te importa, explícalo para todos los tontos aquí presentes.

—Puedo darle un cuerpo real y luego, igual que hizo él, borrarlo de la existencia.

—Mientras pueda matarlo y sacarlo de la existencia, no me importan los detalles —murmuró Kult, encantado con la idea.

—¿Cuándo? —preguntó Harlow con entusiasmo.

King miró a Pain y Butterfly. —En cuanto esa entrada esté despejada.

—Yo la despejo —dijo Sync.

Atlas lo siguió. —Te ayudo.

—TENEMOS QUE COGER EL ascensor, es más rápido —dijo Harlow mientras se apresuraban por el pasillo con el montón de chatarra, mirando por encima del hombro en busca de monjas.

—Lo quiero en una de las Cámaras del Yunque.

Harlow asintió, eso le gustaba. —Por si acaso intenta algo, y estoy jodidamente seguro de que lo hará.

—¿Qué es una Cámara Yunque? —susurró Atlas, también vigilando.

—Una de las mazmorras convertidas —resopló Harlow mientras corría adelante y pulsaba el botón del ascensor—. Queremos convertirlas todas en salas de retención para soldados durante las fases de juicio.

—Son impenetrables e imposibles de escapar —añadió Quantum mientras se apretujaban en el ascensor.

—¿De qué coño está hecha esta armadura? —dijo Kult, forcejeando con las extremidades metálicas mientras se apiñaban en la pequeña caja.

—No es la armadura, son los nanomateriales de alta densidad estratificados con interfaces neuronales que interactúan con la armadura —dijo Quantum.