CAPÍTULO TRES #2
—Estoy bien. Tú solo...
Detente ahí.
—Yo estaba...
¡No lo digas!
—Solo... preguntándome dónde estaba Jinxxy —se apresuró a decir, sin aliento.
—Trixie la sacó a pasear.
Sí.
—Trixie. Es muy amable conmigo.
Se miró el vestido, pasando las manos sobre él.
—Quería decirte que el vestido... te sienta bien.
Ella le sonrió.
Solo agradécele. Con eso basta.
—Gracias.
¡Deja de jadear!
—Avísame si hay algo en particular que quieras, y lo conseguiré.
Su guardián. Su protector.
—¿Podré trabajar y... devolvértelo?
La mirada tras las gafas se desvió hacia delante.
—Quizás.
Madura. Concéntrate.
—Estoy lista para hablar sobre mi futuro.
—¿No tienes más preguntas para mí? —quiso saber él.
—Un millón. Pero pueden esperar.
El corazón le dio un vuelco ante el destello de sus dientes afilados tras el amago de una sonrisa.
—Tengo una propuesta para ti.
Se le disparó el pulso ante la emoción de recibir cualquier cosa de él.
—De acuerdo.
Se quedó mirando las cadenas en sus manos y muñecas, deseando haber preguntado al menos por eso. Intentó alzar la vista solo para perderse en la inmensidad de su torso interminable. Llegó hasta sus gafas y las encontró posiblemente dirigidas hacia ella.
—Necesito vincularte a mí para saber siempre que estás a salvo.
¿Vincular? ¿Qué significaba eso para él?
—¿Me estás proponiendo matrimonio?
Se tapó la boca.
—Perdón. Estoy nerviosa.
—Te estoy proponiendo algo —dijo él, con ese rostro tan hermoso que la distraía.
Espera.
—¿Qué?
—Te propongo que me permitas vincularte a mí.
Seguramente estaba soñando. Repasó sus palabras, o más bien el orden de estas. Él vincularla a ella. Con él.
—Cualquier cosa que necesites que haga, estaré encantada de hacerla —dijo, esforzándose por que no se le notara la emoción en la voz—. Eso no ha cambiado.
—Aún no te he dicho qué es.
—No importa qué sea. Lo haré.
Él inclinó un poco la cabeza.
—Bajo cualquier otra circunstancia, eso sería muy estúpido.
Ella tragó saliva, sintiendo que él la miraba fijamente.
—Estoy de acuerdo.
La punta de su lengua asomó y a ella le dio un vuelco el estómago al ver algún tipo de metal. Santo cielo, ¿en cuántos sitios más llevaba esas cosas colgantes?
—Voy a hacer que te tatúen con una biotinta capaz de detectar y analizar fluctuaciones emocionales en tiempo real.
Variabilidad del ritmo cardíaco, conductancia de la piel y patrones de ondas cerebrales.
Estará equipada con conectividad inalámbrica que se comunicará directamente con el receptor que tendré implantado en mi cuerpo y me proporcionará información inmediata sobre tu bienestar.
Hizo una pausa.
—¿Entiendes que siempre tendré este poder y esta capacidad?
Zenith se sintió acalorada y mareada. Bien podría ser un matrimonio. Había bromeado al respecto mientras secretamente deseaba que fuera real. Responde la pregunta.
—Lo entiendo y sigo estando más que dispuesta.
Esperó de nuevo, estrujando el vestido entre los dedos.
—¿Por qué me das tanto control sobre ti? —pareció cuestionarse él, quizá incluso acusarla.
Sí, esa era la gran pregunta que incluso ella misma se hacía. Conocía una de esas respuestas.
—Salvaste mi vida.
El estómago le dio otro vuelco durante el silencio que siguió mientras apretaba más tela del vestido en los puños.
—¿Es esta la única razón? Responde con honestidad. Debo saberlo.
Inspiró con cuidado y luego soltó el aire lentamente.
—Temes responderme —afirmó él después de inclinar la cabeza.
—Así... es —susurró ella.
—¿Por qué?
—Temo... decepcionarte.
—No tienes a nadie a quien complacer aquí excepto a ti misma.
—También... tengo sentimientos muy fuertes por ti.
Otra inclinación de su cabeza.
—Porque salvé tu vida.
—En parte —dijo ella con gran vacilación—. No estoy segura del resto.
Más silencio.
—A cambio de tu cooperación, te daré una sola cosa que desees.
Vaya. ¿Le estaba dando algo por dejarle cuidar de ella?
—¿Como qué? —preguntó, sin intención de desperdiciar el regalo.
—Lo que desees si puedo dártelo.
Vaya otra vez.
—¿Puedo tomarme un tiempo para pensarlo?
Él asintió.
—Sí.
—Hay algo en ti que despierta cosas dentro de mí —confesó ella rápidamente—. Y... no puedo evitar responder a ello.
Él se acomodó en el sofá con un movimiento elegante, estirando una pierna y colocando una de sus manos tatuadas con cadenas entre ellos.
—Me aterrorizas —susurró ella, confesando más—. Y sin embargo no tengo miedo. Necesito... es como si necesitara tocarte.
—Kuff —ordenó él. La palabra áspera le provocó un sobresalto en las entrañas—. No me digas esas cosas. Te he dicho que hay poder en tus palabras.
Ella bajó la cabeza.
—Sí. Perdón. Estaba... intentando ser honesta, como me pediste.
—Veo cosas cuando sifono a la gente. Sobre ellos.
Ella asintió de nuevo mientras el miedo la invadía lentamente, aún sin estar segura de qué había visto de ella. Solo que parecía enfadarlo.
—Debo dar tiempo para que se procesen y para que mi cuerpo se calibre y lo elimine.
—¿Cuánto tiempo... tarda eso? —preguntó ella.
—Normalmente, sucede en el Voltorium.
Excepto con ella.
—Lo siento —dijo, conteniendo las lágrimas.
—¿Por qué lo sientes?
La ira de él le provocó un picor en la piel de los brazos.
—Porque cargas con mis problemas. Porque no puedo recordar la mayoría de ellos. Y porque me siento como una enfermedad de la que no puedes librarte.
Alzó la mirada de golpe al oír su risa profunda.
—Soy yo, Zeen, quien es la enfermedad y la plaga.
¿Zeen?
—¿Qué es... Zeen?
—Tu nombre acortado en mi lengua. Zen.
No pudo evitar sonreír.
—Me gusta. ¿Cuál es tu lengua?
—Árabe.
La erre rodó en su voz profunda, puro deseo para sus oídos. Quería escuchar más.
—¿Cómo se dice Zodak?
—Zoe-dAHk.
—Zoe-dAHk. ¿Y cómo se dice malo?
—Muh-toe-sit.
Ella asintió.
—Muh-toe-sit Zoe-dAHk.
La risa de él la iluminó por completo y fue extrayendo su alegría de todos los rincones donde la tenía cuidadosamente escondida, hasta que las risitas empezaron a brotar de ella.
—No me has visto gah-dib o muh-toe-sit, pequeña Zeen.
Pequeña Zeen. Esto la hizo sonreír por dentro.
—¿Gah-dib?
—Enfadado.
Se obligó a formular la pregunta que le quemaba por dentro.
—¿Por qué te afilaste los dientes?
Él se inclinó hacia delante, respiró hondo y apoyó los antebrazos en las rodillas, orientando los cristales de sus gafas hacia ella.
—¿Por qué asumes que me lo hice yo mismo?
Se le tensó el estómago.
—Porque eres... inteligente y... creo que todo lo que haces tiene un motivo.
Ella observó su rostro, esperando no haber vuelto a meter la pata.
—Sí —concedió él en voz baja—. Me ayuda a saborear las emociones de la gente, para no activar mi sifón.
—Así que... lo hiciste para proteger a otros.
—Y para mantenerlos alejados de mí.
El dolor le oprimió el pecho al oír aquello.
—Ojalá tomaras lo mío —susurró.
Él levantó la cabeza.
—¿Tomar qué?
Jugueteó con los dedos, conteniendo todo lo que él no quería que dijera.
—Todo lo mío. Para ti. No me importaría dártelo aunque me vaciaras; mereces sentir alegría y felicidad.
Él se levantó y cruzó la habitación; su ira era tan intensa que le arrancó las lágrimas de los ojos.
—¿Qué tengo que hacer para que dejes de decir esas cosas?
El calor que sentía en el pecho le revolvió el estómago y le aceleró el pulso.
—Bueno... tus palabras también tienen poder —dijo a duras penas, luchando contra la presión que sentía por dentro—. No puedes decirlas sin más y esperar que me quede aquí sentada sin hacer nada. Te desvives por proteger a los demás, pero ¿y si yo quiero protegerte a ti? ¿Tan malo es eso?
Un sollozo le ahogó las palabras y se limpió las lágrimas de la cara.
—No puedes salvarme la vida, ser la persona más increíble que haya conocido jamás y pedirme que no haga nada cuando puedo sentir tu dolor.
Él soltó una retahíla de palabras agitadas en aquel hermoso idioma mientras apoyaba las manos en la repisa de la chimenea. Se había pasado de la raya. Y no podía soportar más regaños de él.
Se apresuró hacia el dormitorio, después al baño, y se acurrucó en el rincón más alejado del cuarto de ducha, apretándose las rodillas contra el pecho.
Era una posición que le resultaba familiar, aunque no sabía por qué.
Él le había arrebatado muchas cosas cuando la sifonó, pero no pensaba decírselo para no verlo castigarse por ello.
Se le escapó un jadeo ahogado con un sollozo silencioso, luchando por contenerlos y perdiendo la batalla.
¿Por qué no podía tenerlo, sin más? ¿Por qué tenía que estar mal?
Solo ansiaba amarlo. ¿Por qué él tenía que verse como un monstruo?
¿Por qué? Lloró tan silenciosamente como pudo hasta que el dolor y la necesidad se transformaron en agotamiento.
Entonces encontró su lugar seguro en aquella oscuridad tranquila de su mente.