El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 51
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Violet

El despertador suena tras lo que parecen solo un par de horas después de haberme quedado dormida. Abro los ojos y me encuentro con el gris difuso de la madrugada.

Es demasiado temprano.

Me aparto el pelo de la cara y busco la alarma, preguntándome por qué ha sonado, cuando me doy cuenta de que no ha sido la alarma lo que me ha despertado. Ha sido el tono de llamada.

Rascándome los ojos, busco a tientas el teléfono, con el pulso acelerado al ver el nombre de Tate parpadeando en la pantalla.

Pulso el botón de respuesta.

—¿Hola?

—Mariposa, tienes que dejarme entrar.

Siento un cosquilleo en el vientre al oír esa voz grave y ronca.

—¿Estás aquí? —pregunto; aparto las sábanas y me levanto de la cama.

—No quería llamar a la puerta y despertar a todos los vecinos.

Quiero preguntarle qué hace aquí cuando Jeremy me dijo que estaba en California, pero como me muero por verlo, corro hacia la puerta principal y la abro.

El corazón me da un vuelco. Lleva el pelo rubio revuelto y tiene unas enormes ojeras. La camisa está arrugada y medio fuera de los pantalones.

—¿Tate? ¿Qué pasa…?

No me da tiempo a terminar la pregunta antes de abalanzarse sobre mí.

Su gran cuerpo se acerca al mío, sus manos me enmarcan el rostro.

Esos sorprendentes ojos dorados me recorren de arriba abajo, como si no me hubiera visto en meses en lugar de desde hace solo unos días.

Estoy convencida de que los míos están haciendo lo mismo con él.

Me acaricia los pómulos con los pulgares y agacha la cabeza.

—¿Sí o no, Violet? Y, por el amor de Dios, di que sí. —La voz le sale áspera y cargada de emoción.

No hay forma humana de que pueda decirle que no a lo que me está pidiendo.

—Sí —susurro.

Su boca se posa sobre la mía antes de que mis labios hayan terminado de articular las palabras.

Su sabor hace que se me cierren los ojos de alivio.

Lo he echado de menos. Lo he echado tanto de menos…

Muchísimo. Todas las razones para decirle que necesitaba tiempo se desmoronan hechas cenizas y se esfuman.

Aunque no me castigo por ello. Estoy demasiado ocupada retorciéndole la camisa, ya arrugada, entre los dedos y pegándome a él como puedo.

Su lengua se adentra en mi boca, el beso se vuelve más profundo, más frenético, y me trago el gemido que se le escapa.

Deja caer las manos sobre mi trasero y siento su erección contra mi vientre.

El deseo me inunda como una ola. Doy un paso atrás y lo insto a que me siga al dormitorio para que podamos quitarnos la ropa y vuelva a hundirse en mi cuerpo.

Él se aparta y me agarra la muñeca, deteniéndome antes de que pueda poner el plan en marcha.

—Tenemos que hablar.

La cautela se cuela a través de la niebla de deseo que me nubla la mente. «Tenemos que hablar» no suele acabar en un final feliz. Trago saliva.

—Vale.

Me doy media vuelta, dispuesta a sentarme a la mesa de la cocina para escucharlo, pero él me agarra con suavidad por los hombros y me lo impide.

Me acaricia la cara de nuevo y se acerca.

—No he dejado de lado las reuniones y he regresado desde California de un día para otro para hablar educadamente en la mesa. Esta conversación solo durará unos minutos.

Entonces me doy cuenta de por qué tiene tan mal aspecto. Ha volado toda la noche y ha venido aquí directamente desde el aeropuerto.

—¿Por qué has regresado a casa?

—Jeremy me dijo que habías pedido verme. —Sus hermosos labios se le curvan hacia arriba en las comisuras—. Esperaba que eso significara que me habías perdonado.

Se me oprime tanto la garganta que apenas puedo respirar y la pena que siento por haberle hecho pasar por todo esto se me clava en el pecho.

—Tate, no había nada que perdonar. Siento haberte hecho sentir así.

Sé que todo lo que hiciste fue para protegerme.

Eso significa muchísimo para mí. —¿Cómo no pude ver la verdad cuando me lo explicó por primera vez?

¿Cómo pude alejarlo cuando lo que hizo solo demuestra lo mucho que puedo confiar en él para mantener mi corazón a salvo?

—Te hice daño. —El remordimiento le ensombrece los ojos.

Le acaricio con la palma de la mano la mejilla sin afeitar.

—Me hizo daño pensar que no me querías. Me hizo daño pensar que habías seguido adelante sin pensártelo dos veces.

Me hizo tanto daño tanto que ya no pude fingir más.

Te quiero, Tate. Te quiero tanto que pensar en pasar la vida sin ti me destrozó por dentro.

Y eso fue… aterrador. —Respiro con dificultad—.

Estaba asustada, abrumada y aterrorizada de que nada de lo que teníamos fuera real.

Pero esas notas, Tate. —La intensidad de su mirada me consume—. No tenía ni idea…

La tensión de su mandíbula se relaja y una de las comisuras de la boca se le curva hacia arriba.

—Cuando nos conocimos, yo tampoco. Ni al principio de todo esto.

Al menos, conscientemente. Lo único que sabía entonces era que estar contigo me hacía feliz.

Puede que nuestra relación empezara siendo falsa.

Pero esta conexión, lo que siento por ti…

—Traga saliva—. Nada en toda mi vida ha sido nunca tan real.

El corazón me late con tanta fuerza en el pecho que casi me provoca dolor.

—Yo también lo siento —susurro—. Pero me ha costado un poco admitir que pudiera ser verdad. No confiaba en mi propio criterio.

Me acaricia el pelo y la cabeza, y me pasa los pulgares por la mandíbula.

—¿Ahora confías en él?

—Sí. —Lo miro a esos hermosos ojos dorados—. Y confío en ti. Lo sé con todo mi ser.

Acerca la frente a la mía e inspira, y siento un leve temblor vibrando a través de los dedos que me sostienen.

—¿Confías en mí?

Cierro los ojos e inspiro hondo. Este hombre mantenía a todo el mundo a raya con la sonrisa diabólica y la actitud arrogante, cuando en realidad solo necesitaba a alguien que fuera suyo. Alguien que lo viera tal y como es y que confiara en que era la clase de hombre que no iba a marcharse.

—Confío en ti. —Lo beso en los labios—. En que me mantendrás a salvo. En tu corazón. Confío en que serás mío.

Esta vez, el beso es intenso y urgente. Le abrazo y me arqueo contra él.

Demasiado pronto, se aparta. Gimo como respuesta, temblando de la cabeza a los pies por la necesidad de sentir su piel bajo los dedos.

Pero solo pasa un segundo antes de que los labios rocen los míos de nuevo, suaves y dulces.

Entonces me toma la mano entre las suyas.

Entre sus dedos, el anillo de compromiso brilla a la luz. El nudo en la garganta apenas me permite hablar.

—¿Has ido a casa a buscarlo antes de venir aquí?

Niega con la cabeza.

—Lo llevaba conmigo. —Una sonrisa se le dibuja en las comisuras de los labios—. Me hacía más fácil creer que pronto te lo volvería a poner.

Desliza el pulgar sobre mi dedo anular desnudo mientras me mira a los ojos. La pregunta que le brilla en la mirada arde con tanta intensidad que la respuesta brota de mí antes incluso de que pueda formularla.

—Sí. Tate. Sí. Sí y mil veces sí.

Una de las comisuras de la boca se le curva hacia arriba, pero ahora me resulta muy fácil ver más allá de esa sonrisa arrogante que solía volverme loca.

Veo a un hombre que estaba desesperado por encontrar a alguien que lo amara por lo que es en realidad, más allá de su apellido o su familia, del dinero de su cuenta bancaria o por el poder que ejerce gracias a esas cosas. Alguien que lo amara solo por ser él.

—Podemos tomarnos todo el tiempo que necesites —dice—. Podemos esperar hasta que estés lista para casarte. Solo necesito que el anillo esté en tu dedo.

La emoción amenaza con ahogarme.

—Pónmelo. Por favor.

Sin dudarlo, me lo desliza en el dedo, y el tacto frío de la alianza desata una oleada de felicidad en mi vientre.

—Vuelves a ser mía. —La voz le sale ronca, y a mí me recorre un escalofrío.

Cuando bajo la mirada hacia el anillo, se difumina en un arcoíris. Parpadeo para alejar las lágrimas y vuelvo a encontrar su mirada.

—Siempre he sido tuya. Siempre lo seré.

Hunde el rostro en la curva de mi cuello.

—Joder, mariposa. Te he echado de menos.

Lo abrazo e inhalo su aroma, sintiendo por fin su enorme cuerpo contra el mío.

—Ha pasado demasiado tiempo, Tate. Te deseo. Te deseo ahora mismo.

Se aparta, con esa sonrisa preciosa y arrogante que me encanta iluminándole el rostro.

—Bueno, si mi prometida me desea… —Sus manos se le deslizan hasta mi trasero y me levanta en vilo para que pueda rodearle las caderas con las piernas—. ¿Quién soy yo para negarme?

Me lleva así hasta el dormitorio, donde le demuestro exactamente cuánto lo quiero.

Pero no solo eso. Le muestro cuánto lo deseo, cuánto confío en él, cuánto lo amo. Y pienso seguir demostrándoselo todos los días durante el resto de nuestras vidas.