50 #2
—¿No es evidente? Nunca quise dejarte marchar, Violet.
No lo habría hecho si no fuera por Eric.
Ahora que él está fuera de escena y no hay ningún riesgo para ti, te quiero de regreso en mi vida.
Y esta vez no será una relación falsa. Quiero que sea real.
Te quiero en mi apartamento, en mi cama. Quiero ese anillo de nuevo en tu dedo.
El corazón me late a trompicones, como si quisiera escapárseme del pecho.
—¿Qué estás diciendo?
—Quiero que seas mi prometida. Quiero casarme contigo. Tenerte conmigo, amarte, me ha abierto los ojos a todo lo que me estaba perdiendo.
Esas palabras deberían sanarme el corazón destrozado que tengo dentro del pecho. Debería estar lanzándome a sus brazos ahora mismo, pero me siento tan dolida y tan maltratada que estoy prácticamente entumecida.
—No sé qué hacer con todo esto. Me rompiste el corazón y ahora me dices que me quieres, y que todo fue para protegerme. Esto, todo esto, ha ido demasiado rápido. Nada de lo que ha pasado entre nosotros ha sido normal.
Frunce el ceño.
—¿Y quieres normalidad?
Aparto las manos de mi cara y me masajeo las sienes.
—No lo sé. Solo quiero no recibir más golpes.
Mi padre, Eric, tú. —La duda y la confusión se agitan en mi mente—.
¿Cómo sabes que de verdad me quieres? ¿Que no soy solo la primera mujer con la que te has permitido intimar?
¿Y si hacemos esto realidad y te das cuenta de que no soy la indicada, sino solo la indicada por ahora?
¿Que fue solo esta situación la que te ha hecho sentirte así?
Aprieta los labios, pero, sorprendentemente, sus ojos parecen brillar con un atisbo de diversión.
—¿Te refieres a algo así como el síndrome de Estocolmo?
—Sí, algo así.
Sonríe con suavidad.
—No es síndrome de Estocolmo, te lo prometo.
Y estaré más que encantado de demostrártelo.
Entiendo que te cueste perdonarme. Entiendo que la idea de una relación conmigo, una de verdad, te abruma.
Si necesitas tiempo, tómatelo. Yo seguiré estando aquí.
No te voy a abandonar, Violet. No voy a ocultar lo que siento.
Tómate tu tiempo, pero no dejaré que te convenzas de que no me importas, de que quiero a cualquiera menos a ti.
Tras acariciarme la mandíbula con la yema de los dedos, se va y me quedo sola, con el corazón abrumado por demasiadas emociones.
Me desplomo contra el sofá y cierro los ojos.
El salón me parece más vacío; el silencio, más ensordecedor.
Las palabras de Tate se repiten en mi mente con una mezcla caótica de preguntas para las que no tengo respuestas.
En el fondo, sé que esto no tiene que ver con Tate.
Tiene que ver conmigo. Lo amo; lo amo de verdad.
Al verlo hoy por fin he podido respirar con normalidad desde que rompimos.
Pero estoy paralizada. Congelada en algún lugar entre la esperanza y el miedo.
En las últimas semanas, he hecho todo lo posible por reconstruir los muros que él derribó, y ahora me está pidiendo que los deje caer de nuevo.
Solo necesito un momento, tiempo para respirar y recuperar el equilibrio después de haber sido zarandeada de un lado a otro.
Solo espero que, al tomarme una temporada para pensar, no esté cometiendo un terrible error.
Salgo por la puerta principal del bloque de apartamentos, lista para ir al trabajo, pero mis pies se frenan en seco al ver el coche negro de alquiler que espera en la acera. Jeremy está apoyado contra la puerta del copiloto, con los brazos cruzados y una sonrisa en el rostro.
Miro hacia el interior del coche. Las ventanillas están tintadas, pero no parece que Tate esté esperando dentro. Aun así, el pulso se me acelera al acercarme.
—Me alegro de verte, Jeremy, pero no sé muy bien qué haces aquí.
—El señor King quiere asegurarse de que llega al trabajo sana y salva todos los días. Y que regresa igual a su casa.
—Pero si tú me llevas a mí, ¿cómo va a ir él al trabajo?
Se le arrugan las comisuras de los ojos.
—Ha dicho que se estaba volviendo demasiado vago. Que ya se ha cansado de que lo lleven en coche todo el tiempo y que a partir de ahora quiere conducir él mismo.
Se me hincha el corazón en el pecho y parpadeo para contener un repentino torrente de lágrimas. Sinceramente, me sorprende que me quede alguna, a estas alturas.
—Gracias. Y dale las gracias a Tate de mi parte también. Te diría que no hace falta que me lleves, pero tengo la sensación de que no aceptará un no por respuesta.
—Lo conoce bien —dice Jeremy, abriéndome la puerta.
Quizá debería molestarme que Tate no me deje tiempo para pensar, pero no es así. Después de las últimas semanas y de ver las noticias sobre él con una mujer tras otra, aunque ahora sepa que no era verdad, me he quedado conmocionada. Pero saber que está pensando en mí me inunda el pecho de calidez.
Al deslizarme en el asiento trasero, rozo con la mano una nota doblada que yace sobre el cuero negro.
Encima hay una sola violeta. Recojo la delicada florecilla y la hago girar entre los dedos.
Por un momento, cierro los ojos y me permito recordar la primera vez que apareció en mi puerta.
Por aquel entonces, no habría podido imaginar cómo iban a acabar las cosas.
Los labios se me curvan en una sonrisa y me pongo la flor detrás de la oreja, tal y como él hizo aquella noche.
Cuando Jeremy arranca el coche, despliego la nota.
«Violet:
La primera vez que te vi, estabas comiendo Cheerios en la barra de desayuno del apartamento que Mark y yo compartíamos.
Llevabas una camiseta sin mangas azul que hacía juego con el color de tus ojos.
Intenté no quedarme mirando a la hermana pequeña de mi amigo, pero me fue casi imposible.
Te causé una pésima impresión ese día, y tú me causaste una imborrable.
Pero entonces aún no sabía cuánto ibas a cambiarme la vida.
Siempre tuyo
Tate».
Me seco más lágrimas de las mejillas. No me puedo creer que recuerde lo que llevaba puesto la primera vez que nos vimos. Nunca pensé que le hubiera causado ni la más mínima impresión en aquel entonces. Con la nota en la mano, miro por la ventanilla a la gente y los coches que vamos dejando atrás.
Cuando Jeremy me deja delante de True Brew, sigo en mi propio mundo.
Mientras me dispongo a abrir la cafetería, repaso lo que Tate me dijo anoche e incluso vuelvo a sacar la nota para releerla, pero cuando le doy la vuelta al cartel de la puerta para abrir y los clientes empiezan a entrar, aparto a un lado las emociones caóticas y los pensamientos confusos y me concentro en el trabajo.
Pero esa tarde, cuando salgo del local y cierro con llave, Jeremy está allí, con una sonrisa en el rostro. No puedo evitar corresponder al gesto, y el corazón se me aligera. Cuando me deslizo en el asiento trasero, el pulso se me acelera al ver otra nota doblada, otra violeta.
Cojo la flor, me la pongo detrás de la oreja y abro la nota.
«Violet:
La tercera vez que fuiste a ver a Mark, mis amigos me habían invitado a una fiesta.
Les dije que no porque, aunque no lo reconociera ni ante mí mismo, disfrutaba discutiendo con esa chica que no me soportaba.
La idea me resultaba mucho más atractiva que tener otra aventura de una noche sin sentido.
Cuando me senté a tu lado en el sofá para ver una película, me hiciste una mueca, pero no podía dejar de pensar en lo bien que olías.
Siempre tuyo
Tate».
Apretando la nota contra el pecho una vez más, vuelvo a llorar de nuevo. Si Tate está intentando demostrar que no se trata de que se haya enamorado de mí por la proximidad, esta es la forma perfecta. No tenía ni idea de que recordara nuestros primeros encuentros, y mucho menos con tanto detalle.
Esa noche, cuando me acuesto en la cama y repaso los últimos meses, revivo cada caricia de Tate, cada beso, cada secreto susurrado, la sensación de ser suya.
Con cada recuerdo, la preocupación, la desconfianza ante la naturaleza poco convencional de nuestra relación, se va disipando y, poco a poco, mi corazón se va recomponiendo.
Al día siguiente, Jeremy está allí y también hay otra nota.
«Violet:
Cuando tu padre y tú fuisteis a la graduación de Mark, os contemplé a los tres y me pregunté cómo sería tener esa clase de vínculo tan estrecho con mi familia.
Cuando abrazaste a tu hermano después de la ceremonia, me permití imaginar por un momento que también ibas a abrazarme a mí. Espóiler: no lo hiciste.
Siempre tuyo
Tate».
No puedo evitar reírme, aunque se me encoge el corazón al pensar en Tate estudiando desde fuera a mi pequeña pero unida familia. Me invade el arrepentimiento por no haberlo abrazado ese día. Ni todos los días transcurridos desde entonces hasta ahora.
La nota que me espera esa noche habla de cuando me vio por primera vez en el Onyx.
«Violet:
Nunca olvidaré el momento en que entraste en Onyx.
No eras solo un rostro enmascarado entre la multitud; eras la única persona en la sala.
Quizás ya entonces intuía quién eras. Si es así, el subconsciente se adelantó a mi mente consciente al reconocer en quién te habías convertido.
Esa noche fue el comienzo de algo que ni siquiera sabía que estaba buscando.
Siempre tuyo
Tate».
Al tercer día, cuando veo a Jeremy esperando fuera, ya me he dado cuenta de que estoy siendo una tonta.
He dudado de Tate porque me daba miedo volver a arriesgar mi corazón, pero él está arriesgando el suyo.
Ha arriesgado más que eso, y lo menos que puedo hacer es lanzarme a esa relación con la misma imprudencia que él.
Cuando me subo al coche, me pongo la violeta detrás de la oreja y despliego la nota.
«Violet:
La noche que fuimos a Trio’s y me contaste la verdad sobre Eric está grabada a fuego en mi memoria. Esa noche me confiaste algo profundamente personal, y lo único que quería era sentirme digno de esa confianza. Quería ser la clase de hombre que pudiera darte todo lo que necesitabas.
Siempre tuyo
Tate».
El corazón me late con fuerza en el pecho, y una sonrisa que no puedo contener se dibuja en mi rostro. Estoy desesperada por ver a Tate, por tocarlo y por decirle lo que siento. Pero no puedo dejar la cafetería con poco personal, por mucho que me tiente. Así que me obligo a entrar a trabajar.
No es hasta que Jarrod comenta el buen humor que tengo cuando me doy cuenta de que estoy sonriendo y tarareando mientras limpio la máquina de café que Tate me compró.
—Tate y yo estamos… Creo que vamos a volver a estar juntos.
Deja lo que está haciendo para mirarme fijamente, con los ojos color avellana relucientes. Luego sonríe.
—Me alegro de verte feliz de nuevo. Más le vale tratarte bien esta vez.
—Resulta que, en realidad, nunca me hizo nada malo —digo.
Arquea una ceja, con la curiosidad bullendo en la mirada.
—Me alegro de oírlo —es lo único que dice.
El resto del día no pasa lo bastante rápido. Estoy deseando salir del trabajo para ver a Tate, así que, cuando por fin cierro con llave, correteo hacia Jeremy, que está junto al coche.
—¿Puedes llevarme a verlo?
Su sonrisa se desvanece.
—No puedo, señorita Sinclair. Ha tenido que volar a Los Ángeles por motivos de trabajo.
Se me encoge el corazón al oír la noticia.
—¿Cuánto tiempo estará fuera?
—Hasta el viernes.
—Oh. —Me trago la decepción—. De acuerdo. Gracias.
Me abre la puerta del coche y al entrar encuentro la nota que sabía que iba a estar esperándome.
La sostengo entre los dedos durante unos segundos.
Si no está en Nueva York, entonces debe de haber escrito esto antes de marcharse con instrucciones para que Jeremy las dejara en el coche.
Toco la violeta que me he puesto en el pelo. ¿También las habrá cogido él?
Tras inspirar hondo, desdoblo el papel y leo.
«Violet:
En el momento en que te puse el anillo en el dedo, supe que no querría que te lo quitaras jamás.
Me encantaba que no te importara quién era yo ni lo que tenía.
En cuanto te puse el anillo, supe que nunca se lo pondría a nadie más.
Solo necesitaba asegurarme de que tú sentías lo mismo.
Me gustaría pensar que así es. Me gustaría pensar que, pronto, volverás conmigo.
Te estaré eternamente agradecido por haber aceptado ser mi falsa prometida.
Espero que algún día vuelvas a decirme que sí.
Siempre tuyo
Tate».
Me cuesta creer que me queden lágrimas a estas alturas. Y, sin embargo, sigo viéndome obligada a secarme las que se me escapan.
Apenas puedo controlar la expectación, pero solo tengo que pasar el resto de la semana sin perder la cabeza, y luego le pediré a Jeremy que me lleve a ver a Tate. Porque lo que tengo que decirle debe ser en persona.
Me recuesto en el asiento y cierro los ojos mientras imagino volver a estar en sus brazos, donde debería haberme quedado, para por fin, por fin, decirle lo que siento.