El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 49
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Tate

Me detengo frente a la casa en la que crecí para contemplar la enorme extensión de ladrillo.

Roman ha debido de suponer que pensaba enfrentarme a mi padre, pero él solo es un hombre frío y mezquino, resentido por tener que criar a un hijo que no era suyo, nada más.

Si quiero respuestas a las preguntas sobre quién soy, solo hay una persona a la que puedo preguntarle.

La puerta se abre antes de que tenga oportunidad de llamar, y me encuentro con el rostro familiar del mayordomo de la finca.

—Buenos días, señor —saluda, con el tono de desaprobación de siempre. No me lo tomo como algo personal. Le habla así a todo el mundo, independientemente de quién sea.

—Buenos días, Peters. ¿Está mi madre?

Asiente y da un paso atrás.

—Está en el solárium.

Paso junto a él, sin molestarme en entablar conversación con Peters. Le parecería de mal gusto.

El sonido de mis pasos retumba sobre el suelo de mármol mientras me abro paso por la enorme casa vacía hacia el solárium. Por primera vez, me pregunto por qué mi madre sigue viviendo aquí. Ahora que mi padre está en la cárcel, se ha quedado completamente sola, salvo por el personal.

No debería importarme. Y quizá antes no me habría importado, pero amar a Violet, y que ella me amara, ha cambiado las cosas, y veo un matiz de tristeza que antes no habría captado.

¿Cómo debe de ser estar sola en esta mansión sabiendo que no hay nadie a quien le importe lo suficiente como para estar con ella?

Me encojo ante ese pensamiento. Estoy aquí en busca de respuestas, no para empatizar con una mujer que no lo desea.

Mi madre está sentada a la mesa del solárium, con el cabello rubio ceniza recogido. Está bebiendo té de una delicada taza de porcelana y mirando a través del cristal hacia los terrenos verdes y lisos de la finca.

El sonido de mis zapatos al bajar los tres escalones capta su atención.

Arquea las cejas.

—¿Tate? No te esperaba esta mañana.

—Perdona por no haber llamado antes —digo, sentándome a la mesa.

Deja la taza y me mira con un pequeño y cauteloso fruncimiento de ceño. ¿Está anticipando las preguntas que estoy a punto de hacerle? ¿Ha pasado años esperando que llegara este día?

—¿Qué tal has estado estas últimas semanas? —pregunta, y eso me coge por sorpresa.

—Bien —respondo, un poco tenso—. ¿Por qué lo preguntas?

Ladea la cabeza y me evalúa con esos ojos azules y gélidos.

—Tu… espíritu habitual ha desaparecido.

—¿Mi espíritu?

—Sí. Eso. —Hace un gesto con la mano en el aire—. Ese estilo de vida del que siempre has hecho alarde.

—¿Alardear? ¿Te refieres alardear de no ser un cubito de hielo en todo momento?

La comisura de la boca se le contrae apenas.

—Sí. Algo así. He pensado que podría estar relacionado con el fin de tu… acuerdo.

El dolor punzante que siempre se me clava en el pecho en el momento menos oportuno vuelve a aparecer.

—Hace mucho tiempo que dejó de ser un acuerdo.

—Al parecer, sí. —Me mira fijamente.

Inspiro hondo para deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta. Me he dejado distraer.

—No he venido para hablar de Violet. Estoy aquí para descubrir por fin la verdad.

Enarca una ceja pálida.

—¿La verdad?

—Sobre mi padre.

Mantiene la compostura, pero aparta la vista.

—Si tienes preguntas para tu padre, podrías visitarlo en la cárcel y hacérselas tú mismo. —No me molesto en responder, solo espero a que se canse de fingir. Por fin, suspira—. No hay nada de qué hablar al respecto, Tate.

La ira me arde en las venas.

—Puede que tú no tengas lo que hablar. Pero yo tengo mucho.

¿Sabes cómo fue crecer en esta casa? ¿Lo fría y vacía que era, joder?

A papá y a ti no os importábamos ninguno los tres.

Solo nos teníamos los unos a los otros. Y luego descubrí la verdad, y de repente ya ni siquiera tenía eso. Al menos, no me lo parecía.

Me mira con el ceño fruncido.

—¿Por qué la situación con tu padre debería afectar a tu relación con tus hermanos?

Levanto las manos al aire.

—Porque ya no sabía quién era. Ellos eran los hijos legítimos.

Los hijos deseados. Los verdaderos herederos del apellido King.

¿Y quién era yo? No tenía ni idea, porque no sabía de dónde venía ni quién era mi verdadero padre.

Y ahora que ha muerto, nunca tendré la oportunidad de descubrir todas esas cosas que estaba deseando saber.

Mi madre palidece.

—¿Está muerto?

Me detengo un instante para escudriñar su expresión.

—¿No lo sabías? —Niega con la cabeza en silencio, apretando los labios por un momento antes de darle otro sorbo al té. Cuando vuelve a dejar la taza sobre la mesa, traquetea contra el platillo. Luego inspira hondo para recomponerse.

—No, no lo sabía. Después de que se marchara, no volví a verlo. Hice todo lo posible por… por olvidarlo.

—¿Olvidarlo? —La palabra me sabe amarga en la boca—. Qué conveniente para ti. Pero ¿y yo? ¿Qué hay del hijo que dejó atrás?

La fría compostura tras la que se ha escondido desde que tengo memoria se tambalea y revela un atisbo de emoción.

—Solo te oculté la verdad para protegerte.

—¿Para protegerme? —Me incorporo en mi asiento y me echo hacia delante—. Querrás decir para a protegerte a ti misma. Tu imagen. El nombre de la familia.

Mantiene la barbilla alta mientras me mira, aunque hay un atisbo de algo que podría ser vulnerabilidad en su expresión.

—Sí, esas cosas también. Desafié a tu padre en lo que a ti respecta. No sabía lo que iba a significar para mí.

—¿Por qué te molestaste? Nunca has dado ninguna pista de que te importemos mis hermanos o yo.

Algo que se asemeja sospechosamente a la pena le atraviesa el rostro.

—Tenía veintiún años cuando me casé con tu padre.

Veintidós cuando tuve a Roman. Estaba asustada, pero tenía esperanzas…

Esperaba ser una buena madre, diferente a la mía.

—Se concentra en la mesa que tiene delante, pasando una mano por el mantel impecable—.

Pero después de que naciera, no sabía qué hacer con él, cómo cogerlo, cómo calmarlo cuando lloraba o cómo hacerle feliz.

Mis instintos maternales eran… No eran lo que yo quería que fueran.

Entonces me di cuenta de que, al fin y al cabo, era igual que mi madre.

Ver al bebé sonreír y reír cuando la niñera lo cogía en brazos no hizo más que confirmar lo que ya sabía: nunca estuve hecha para ser madre.

—Nunca había visto este lado suyo, el lado humano.

Es difícil saber qué pensar. No digo nada, con la esperanza de que continúe.

Que me aclare algo sobre mi propia infancia—.

Pero tu padre quería otro hijo, y era muy…

insistente. Cinco años después, nació Cole.

Y una vez más, me quedó claro que yo no era muy maternal.

Pensé que con eso ya había cumplido, que tu padre ya tenía lo que quería.

Pero cuando descubrí que estaba embarazada de ti, Ted estaba…

muy descontento. Fue solo entonces cuando me di cuenta de que, después de todo, sí tenía un mínimo de instinto maternal.

—Quisiste quedarte conmigo. —Ella asiente, con expresión impasible—. ¿Por qué? ¿Por qué pasar por todo eso si no te interesaba ser mi madre?

Recorre con el dedo el borde de la taza de té, con toda la atención puesta en el líquido que contiene.

—No fui capaz de hacer lo que tu padre quería. Pero seguía sin saber cómo ser madre, al menos de la forma que tú necesitabas. Lo mejor que pude hacer fue mantener la fachada. Asegurarme de que gozaras de los mismos privilegios que tus hermanos.

Me cuesta entenderlo, así que lo dejo para más tarde.

—¿Y mi verdadero padre llegó a saber algo de mí? —pregunto. Quizá, después de todo este tiempo, sigo buscando alguna conexión con el hombre que me dio la mitad de mis genes.

Desvía la mirada.

—No. Se marchó antes de que yo me enterara. Y no me pareció que tuviera sentido ir en su búsqueda.

—Así que fui una consecuencia no planeada de un breve encuentro, de una aventura que no significó nada.

—Eres más que una consecuencia, Tate. —Su tono es el más suave que le he oído jamás.

Bajo la vista hasta mi regazo, con un nudo en la garganta, y me quito una motita invisible de los pantalones.

—¿Puedes hablarme de él? ¿De mi padre?

—No sé gran cosa… Christian trabajó aquí unos meses, como jardinero, y era…

—Mira por la ventana—. Era amable. Era muy amable conmigo.

Educado, incluso al principio, cuando yo no lo era.

—Una leve sonrisa se le dibuja en los labios—.

Y divertido. Se las arreglaba para hacerme reír cuando pocas cosas podían conseguirlo.

—Suspira y me mira a los ojos; los suyos, azules, tienen un tono más cálido del que estoy acostumbrado a ver—.

Te pareces a él. Tienes la misma sonrisa, el mismo ingenio.

Ojalá pudiera contarte más, pero no compartimos muchos detalles personales.

¿Por qué íbamos a hacerlo? Él estaba de paso y yo estaba casada.

Asiento con rigidez, devanándome los sesos en busca de otras preguntas que me gustaría que me respondieran y sin encontrar ninguna.

Al llegar, suponía que mi madre no iba a decirme nada, pero, aunque no es mucho lo que me ha contado, sí es lo suficiente para aflojar un tornillo en el pecho que ha estado apretado durante demasiados años.

Y quizá eso sea todo lo que necesito.

Me levanto y me paso los dedos por el pelo.

—Gracias. —Me doy media vuelta para dejarla con el té, pero sus siguientes palabras me detienen.

—Lo siento, Tate. No estaba destinada a ser madre. No soy tan flexible como hace falta. —Traga saliva—. Ojalá lo fuera.

Lo pienso un instante.

—La época en la que necesitábamos una madre ya pasó hace mucho.

Pero aún puedes formar parte de nuestras vidas.

Una parte de verdad, si eso es lo que quieres.

Nadie te pide que empieces a hornear galletas, pero tienes más opciones.

Puede que entonces no sintieras que podías querernos como una madre debería querer a sus hijos, pero nada te impide cuidar de nosotros como los hombres que somos ahora.

Porque al final de tu vida, todo esto —hago un gesto hacia el solárium y la finca más allá— no va a importar una mierda.

Lo que importará es saber que podías contar con alguien, y que esa gente podía contar contigo.

Que viviste bien la vida, que la familia te recordará cuando ya no estés.

Y lo único que tienes que hacer para conseguir eso es estar ahí para nosotros.

Su mirada, normalmente fría, se ensombrece.

—La distancia siempre ha sido mi armadura. Así fue como crecí, así fue como me las arreglé con tu padre… —Hace una mueca—. Quiero decir, con Ted. Es la única forma que conozco para seguir adelante.

Me cuesta controlar las emociones que me invaden al mirarla: resentimiento, pena…

compasión. Una parte de mí se pregunta cómo habrían salido las cosas para ella —para todos nosotros— si nuestro padre hubiera sido diferente.

Si le hubiera mostrado lo que es que te cuiden en lugar de tratarla como un medio para alcanzar un fin.

Al fin y al cabo, solo hay que ver cómo he cambiado yo, cómo ha cambiado Cole, desde que encontramos el amor.

Por primera vez, el arrepentimiento se refleja en el rostro de mi madre.

—No puedo cambiar el pasado, Tate. Pero quiero que sepas que, a pesar de lo que pueda parecer, estoy orgullosa del hombre en el que te has convertido.

De los hombres en los que os habéis convertido los tres.

—Esas palabras, tan inesperadas, me provocan un dolor profundo en el pecho y me dejan momentáneamente sin habla.

He venido buscando respuestas, tal vez incluso una confrontación, pero, en cambio, he podido vislumbrar el conflicto interno de mi madre, sus razones, por muy imperfectas que sean.

Aunque esta conversación no ha cerrado viejas heridas, ha ayudado a arrojar algo de luz sobre las sombras del pasado—. Y yo… —Carraspea—. Me alegro.

—¿Por qué?

—Me alegro de que hayas encontrado a alguien. Violet parece… amable. Me alegro de que Cole y tú tengáis a alguien que… se preocupe por vosotros.

Me trago la respuesta automática: que ella debería haber sido una de las personas que se preocuparan por nosotros desde el principio.

¿Qué sentido tiene? Estoy harto de mirar al pasado. Lo único que quiero ahora es mirar hacia el futuro. Hacia nuestro futuro.

—No tengo a Violet.

La sombra de una sonrisa aparece en los labios de mi madre.

—Si algo tengo claro de ti, es que, una vez que te propones algo, encuentras la manera de hacerlo. Y creo que te has fijado a esa joven como objetivo.

Correspondo a su sonrisa con la mía, quizá la primera sincera que le dedico en años, y luego me dirijo hacia la puerta, con la determinación dando alas a mis pies.

—Creo que tienes razón.