El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 48
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Violet

—¿Otra copa? —Anna me muestra la botella de champán casi vacía y apuro lo que queda de mi primera copa; las burbujas me hacen cosquillas la parte posterior de la nariz y se la tiendo.

Ella me la llena hasta la mitad y vierte el resto en su propia copa, y luego me la da.

—Por ti, Vi. Por darle un giro a True Brew y hacer que tu familia y tus amigos se sientan orgullosos de ti.

Le dedico una sonrisa, aunque no es tan grande como debería.

Arquea una ceja y se lleva la copa de champán a los labios, esperando.

Suelto un suspiro.

—Estoy encantada con cómo van las cosas, pero… —Toco un hilo suelto del sofá—. Es como si el éxito no me perteneciera solo a mí. También es el de Tate. No podría haberlo hecho sin él.

Anna se pone de rodillas con el ceño fruncido.

—Puede que él haya aportado el dinero… A cambio de un servicio, claro, pero fue tu duro trabajo lo que lo recuperó, lo que atrajo a la gente y volvió a presentar a los clientes el increíble café que tenéis.

—Tienes razón. —Enderezo la espalda, obligándome a aceptar esas verdades—. No voy a dejar que un corazón roto me robe lo que he conseguido. —Aunque no me sienta tan bien como debería sin Tate. Aunque me parezca que falta algo.

—Eso es lo que quería oír. Yo…

La interrumpe el sonido del teléfono. Lo coge para mirar la notificación, y se queda boquiabierta.

—¿Qué pasa?

—Eric —dice—. Lo han detenido.

—¿Qué? —Le arrebato el móvil de la mano y echo un vistazo a la noticia.

«Detienen al sobrino de un senador acusado de malversación».

El titular va acompañado de una foto de Eric, con aire de suficiencia y arrogancia, junto a una foto de su tío. Debajo hay unos párrafos que detallan los pormenores que se conocían sobre los delitos de Eric en el momento de la publicación.

—No me lo puedo creer —susurro.

—No sé muy bien por qué —replica Anna—. Ha demostrado ser un mierdas narcisista de primera. Probablemente pensaba que era demasiado listo para que lo pillaran.

Niego con la cabeza, pero tiene razón. Me lo imagino pensando justo eso.

—¿Por qué te ha llegado una notificación sobre eso?

—Después de que Eric se enfrentara a ti en True Brew, configuré una alerta de Google. Era obvio que tramaba algo.

Niego con la cabeza, atónita. Mi primer instinto es llamar a Tate.

Estaba tan enfadado por lo que Eric me había hecho que probablemente se alegraría de saber que ese imbécil ha sido detenido.

Pero a lo mejor me equivoco y le da igual.

Se me hace un nudo en la garganta. Sigo sin poder conciliar el hombre que vi en su despacho esa tarde, el que fue tierno y protector, con el que se quedó mirando cómo me marchaba sin decir palabra.

La angustia debe de reflejarse en el rostro, porque Anna se echa hacia mí y me da un abrazo.

—Si no se da cuenta de lo que ha dejado escapar, no te merece.

Las lágrimas me pican en los ojos.

—Os tengo a ti y a Mark, y eso es lo más importante.

—Y ya sabes… —Se le ilumina el rostro—. Todavía tienes la membresía de Onyx. Quizás deberías…

—Ah, no —la freno—. No creo que los clubes de sexo sean para mí. Ya lo he tachado de mi lista de cosas por hacer, así que estoy bien.

Anna se echa a reír.

—¿Junto con lo de salir con un multimillonario? No hay mucha gente que pueda tachar eso de la lista.

—Tienes razón. Debería valorar la experiencia como se merece. ¿Cuánta gente puede decir que ha vivido en un ático con vistas a Central Park?

—Y te queda mucho más por lo que ilusionarte.

Asiento. Ojalá pudiera superar esta pena que me agobia para creerlo de verdad.

Una hora más tarde, después de que Anna se haya ido a casa, estoy sentada en el sofá mirando fijamente el teléfono. Deslizo el pulgar por la pantalla y, antes de que pueda pensarlo mejor, pulso el botón de llamada, esperando con el corazón en un puño mientras suena.

Un clic al otro lado de la línea me acelera el pulso, pero enseguida le sigue una grabación. El sonido de la voz grave de Tate, con ese toque de diversión, me deja sin aliento.

Pienso en colgar, pero en lugar de eso inspiro hondo para armarme de valor. Cuando el teléfono emite un pitido, carraspeo.

—Hola, Tate, no sé si has visto las noticias, pero parece que han detenido a Eric.

He pensado que quizá te gustaría saberlo, pero supongo…

Supongo que estás ocupado. —El corazón se me encoge en el pecho, así que termino la llamada rápidamente.

Lo último que quiero es hacer el ridículo echándome a llorar—. Espero que estés bien. Adiós.

Pulso el botón para colgar, tiro el teléfono al sofá y me cubro la cara con las manos. Dios, seguro que he sonado como una pegajosa, como todas esas mujeres que se mueren por pasar otra noche con él. Me abrazo a mí misma. Probablemente ahora mismo está con alguna rubia de piernas largas.

Me acuesto, acurrucándome en una bolita en el sofá, y dejo que esas lágrimas de las que no consigo escapar se derramen una vez más.