El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 47
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Tate

—Por favor, joder, dime que esta vez tienes buenas noticias. —Reid me mira con una sonrisa sombría cruzándole el rostro.

—Siéntate y te lo cuento.

Me dejo caer en una silla con un gruñido y apoyo los codos en las rodillas.

—¿Qué ha descubierto?

Reid teclea algo en el ordenador.

—Parece que nuestro chico, Eric, tiene las manos largas, y se las ha manchado bien.

Me invade una oleada de satisfacción.

—¿Ha estado malversando fondos?

Reid sonríe con aire burlón.

—Por valor de un millón de dólares. El muy cabrón lleva años desviando dinero de las donaciones de la campaña. Hasta hace unos dos meses, cuando las transferencias se detuvieron de repente.

Mi mente va a mil por hora.

—¿Crees que se puso nervioso?

Reid asiente con lentitud.

—La hipótesis es que alguien empezó a sospechar, y Eric entró en pánico y se puso a buscar cómo reemplazar lo que se había llevado. Y ahí es donde entras tú.

—Vio la cobertura mediática sobre Violet y sobre mí y calculó que podía utilizarla para obligarme a darle el dinero. Quizá por eso fue a verla a ella primero. Quizá pensó que podría convencerla de que me pidiera el dinero. Cuando eso no funcionó, fue directo a la fuente.

—Pero le jodiste los planes cuando le dijiste que no te importaba. —Los ojos oscuros de Reid se encuentran con los míos—. Qué rapidez de reflejos.

Fingir que no me importa Violet es lo último por lo que debería recibir elogios.

—Ahora tenemos que quitarle las fotos a Eric y acabar con él. Pero de una forma que no pueda conducir hasta a nosotros ni hasta Violet. No quiero que se entere de lo que está pasando y publique las fotos como una especie de venganza retorcida.

Reid se rasca la barbilla.

—Tenemos que encontrar el momento adecuado.

Podemos minimizar los vínculos contigo, pero eso no significa que Eric lo vaya a achacar a una coincidencia.

Pero podríamos poner las cosas en marcha para que lo arresten y, si lo hacemos bien, podemos borrar todas las pruebas de las fotos del sistema de forma simultánea.

—¿Tu hombre puede hacerlo?

—Si alguien puede, es él.

—De acuerdo. —Me recuesto en la silla e inspiro hondo por primera vez en semanas—.

Se lo filtramos al senador a través de un tercero.

Por lo que sé de él, no va a pasar por alto una traición así.

Será discreto y rápido. Él mismo se encargará de informar a la policía sobre las actividades de Eric.

Luego, en el momento en que nos avisen de que va a producirse la detención, tu hombre entrará y borrará todo rastro digital de esas fotos del sistema de Eric.

—Y una vez que arresten a ese cabrón, estará demasiado ocupado lidiando con el infierno legal como para pensar en ti o en Violet. Y todo estará bajo control sin repercusiones para ti ni para King Group.

Por mucho que quiera mirar a Eric a los ojos cuando caiga, no voy a arriesgarme a llamar la atención sobre mí o sobre mis hermanos. Dejo escapar un suspiro.

—Te debo una, Reid.

—Teniendo en cuenta que me diste una oportunidad y me ayudaste a poner en marcha este local, diría que velar por la seguridad de la futura señora King es lo mínimo que puedo hacer.

Joder. Espero que ella acepte volver a ser la futura señora King cuando todo esto haya terminado. Pero quizá haya echado por tierra cualquier oportunidad que pudiera haber tenido con ella, así que no merece la pena darle vueltas a eso ahora.

Agacho la cabeza.

—Hagámoslo.

Cuarenta y cinco minutos más tarde Jeremy pasa en coche por delante de True Brew. No puedo dejar que me vean cerca de Violet hasta que Eric haya sido arrestado, las fotos hayan desaparecido para siempre y el hacker de Reid esté a salvo. Pero, joder, cómo me apetece verla.

Todas las tardes desde que se fue, le he pedido a Jeremy que pase por delante de la cafetería.

La mayoría de los días no tengo la suerte de verla salir del trabajo, pero disfruto de los días en que sí la veo.

Hoy hemos pasado más tarde porque era la primera noche de cata de Violet.

La idea me provoca una punzada en el pecho.

Debería haber estado allí.

Jeremy reduce la velocidad y me enderezo en el asiento cuando Violet y Jarrod aparecen ante mi vista.

Están muy cerca el uno del otro, junto a la puerta principal.

Un dolor agudo me atraviesa el pecho al verlos.

No tengo derecho a estar molesto, teniendo en cuenta que le anuncié al mundo que ya no estábamos juntos, pero no me gusta una mierda.

Un momento después, se abrazan, y la tensión me recorre la espalda.

Joder.

Me cuesta toda mi fuerza de voluntad quedarme donde estoy.

Quiero salir disparado del coche más que nada en la vida, reclamarla y recordarle a ella y al mundo que es mía.

Pero en realidad no es mía, y nunca lo fue.

Al menos no lo fue de la forma en que yo quería que lo fuera. Y quizá nunca vaya a serlo.

Jarrod le dedica una sonrisa torcida y Violet levanta la cara hacia él, con una expresión cálida.

Se me crispan los puños y se me hace un nudo en el pecho.

Ella no tiene ni idea de la situación en la que ha acabado por mi culpa.

Cogí lo que quería y la expuse ante el mundo.

Mi egoísmo la volvió a poner en el camino de un hombre que ya le había hecho daño una vez y que estaba dispuesto a volver a hacérselo para protegerse a sí mismo.

Quizá se haya dado cuenta de que está mejor con un hombre como Jarrod.

Un hombre que pueda trabajar codo con codo con ella.

Un hombre que no se apropie de su vida para luego hacerla pedazos.

Al fin y al cabo, True Brew está prosperando y ya no me necesita.

Y desde luego no necesita toda la mierda que viene aparejada con el apellido.

—Sigue conduciendo —le pido a Jeremy. Una vez que los hemos adelantado, me desplomo en el asiento y miro por la ventanilla.

Quizá estoy sacando demasiadas conclusiones de lo que podría ser un simple gesto de cariño entre ellos.

Pero estar conmigo empujó a Violet a un mundo de caos, a mi mundo, en el que los demás te utilizan por lo que tienes y la prensa husmea en cada rincón de tu vida.

Jarrod representa lo contrario: estabilidad, seguridad, una vida lejos del escrutinio implacable que me persigue a mí.

Cierro los ojos y aparto de mi mente los «y si» y los «quizás» que me atormentan.

Desde el principio, el plan ha sido recuperar a Violet una vez que me hubiera deshecho de Eric.

Egoístamente, solo pensaba en lo que yo quería, no en lo que era bueno para ella.

Pero ahora no puedo pensar en eso. Pase lo que pase entre nosotros después de esto, mantenerla a salvo de las amenazas de Eric es la prioridad, y en eso es en lo que tengo que centrarme.

—¿Deberíamos irnos a casa, señor? —pregunta Jeremy.

Doy unos golpecitos con los dedos en el reposabrazos y luego niego con la cabeza.

—Llévame a la oficina, por favor.

Sin decir palabra, Jeremy da la vuelta con el coche y se dirige de nuevo al King Plaza. No estoy seguro de qué estoy buscando, pero la única persona en la que puedo pensar para hablar de esto es Cole. Con suerte, todavía estará en el trabajo.

Cuando salgo del ascensor en la planta cincuenta y tres y recorro el pasillo, me encuentro a Samson ante su escritorio, frente a la oficina de Cole.

—¿Está mi hermano? —le pregunto.

Samson arquea las cejas, sorprendido.

—No, se ha ido temprano para llevarse a Delilah de fin de semana.

Maldita sea. Me paso la mano por la cara. Si hubiera estado pensando con claridad, habría llamado antes.

Con un «Gracias» entre dientes, me dirijo de nuevo al ascensor. Ya estoy llegando cuando la voz de Roman me detiene.

—Pensaba que ya te habías ido.

Está frente a las puertas de acero inoxidable, con las manos en los bolsillos y el rostro impasible, como siempre.

—Me había ido. Solo he vuelto para hablar con Cole de algo. —Con la cabeza gacha, pulso el botón del ascensor.

—¿Es algo en lo que pueda ayudarte yo?

Dejo escapar un largo suspiro y lo miro.

—No tiene que ver con el trabajo.

Se balancea sobre los talones, frunciendo el ceño mientras me estudia. Carraspea.

—Me apunto si tú también lo haces. —Qué coño.

Quizá Roman tenga algunas frases cargadas de sabiduría para mí.

Le hago un pequeño gesto con la cabeza y, cuando da media vuelta, lo sigo hasta su despacho.

Espero que Roman se siente detrás del escritorio una vez que entramos, pero, en lugar de eso, se dirige a los sofás que se encuentran uno frente al otro en una esquina.

Se decide por uno, así que yo me acomodo en el otro—.

Voy a arriesgarme y a suponer que esto tiene que ver con tu falsa prometida —dice.

—Ya no es mi prometida.

—Pero eso ha pasado por una buena razón. —Sus ojos grises me examinan—. No va a ser algo permanente, ¿verdad?

Me doy unos golpecitos con el pulgar en el muslo.

—Me estoy preguntando si debería.

Roman arquea una ceja y cruza el tobillo sobre la rodilla.

—¿Por qué piensas eso?

—No sé si soy lo que ella necesita. —Esa confesión me deja un sabor amargo en la lengua.

Entrecierra un poco los ojos.

—Eres multimillonario. ¿Quién mejor que tú para darle lo que necesita?

El yugo que me oprime el pecho se aprieta aún más.

—Quiero ser yo quien haga que su vida sea mejor en vez del dinero. Pero no puedo evitar pensar que estaría mejor con otra persona. Alguien normal.

—Por lo que he visto, Violet es muy capaz de tomar sus propias decisiones. Y, a menos que esté malinterpretando lo que deduje de vuestras interacciones cuando estabais juntos, ella te eligió a ti, con todas las complicaciones que eso conlleva.

—¿De verdad crees me eligió? —Es la primera vez que expreso en voz alta esa incertidumbre, y me resulta liberador.

Roman se recuesta y se cruza de brazos con expresión pensativa.

—¿Qué te ha llevado a tener dudas?

Carraspeo y me paso una mano por la cara.

—¿Y si es como el síndrome de Estocolmo? Se vio obligada a estar conmigo, a fingir que me quería. Ni siquiera le caía bien antes de que empezara todo esto. Y no es solo eso. La he visto con Jarrod frente a la cafetería. Parecían… cómodos el uno con el otro. Normales.

Los labios de Roman se curvan en una leve sonrisa burlona.

—¿Así que crees que está mejor con alguien así? ¿Alguien sin el lastre de los King?

—¿Y no es así? No somos precisamente el ejemplo perfecto de relaciones amorosas y estabilidad emocional. Y con lo de papá…

Roman me interrumpe.

—Las acciones de papá son cosa suya. No dejes que te influyan.

—Es más complicado que todo eso.

—Es complicado porque tú lo estás haciendo así. Eres un King. Puedes hacer que las cosas sean tan fáciles o tan difíciles como quieras.

—¿De verdad? Me refiero a lo de ser un King. —Eso ha sonado más desafiante de lo que pretendía.

Roman se endereza, con un destello de comprensión en los ojos.

—Ah. Así que se trata de tu lugar aquí. Me preguntaba si alguna vez ibas a sacar el tema.

Siento cómo me invade la irritación y yo también me yergo en mi asiento.

—Tú no tenías intención de hacerlo, ¿verdad? He vivido con este peso sobre los hombros casi toda la vida. Y nadie me lo ha mencionado nunca.

Frunce el ceño.

—Te cerraste a nosotros, Tate. Dejaste de compartir tu verdadero yo. Te convertiste en ese playboy al que no le importaba nada…

—Es más fácil ser el playboy que arriesgarse a que no te rechacen.

—Nunca te hemos rechazado. Ni Cole ni yo. Para nosotros, siempre has sido nuestro hermano.

Me recuesto y trago saliva para aliviar la opresión en el pecho que provocan esas palabras.

—Me he pasado la vida sintiéndome como lo viera todo desde fuera, intentando estar a la altura de un apellido que ni siquiera estoy seguro de que me corresponda llevar.

—No es el apellido lo que nos define. Es lo que hacemos con él. Eres más que un simple título, más que los secretos de mamá y el resentimiento de papá.

Me paso las manos por la cara.

—Pero ¿y si eso es lo que me ha convertido en quien soy? El playboy, el coqueto, el seductor, el que siempre se va.

—Tienes el poder de redimirte y aceptarte tal y como eres. Tienes que verte a ti mismo con tus propios ojos. No con los de papá ni con los de la prensa sensacionalista. Ni siquiera con los de Cole o los míos.

Asiento con lentitud, con el corazón en un puño.

—Tienes razón. Me he pasado toda la vida dejando que la incertidumbre sobre quién soy y dónde encajo en la familia me definiera.

Buscando la validación de aquellas mujeres a las que solo les importaba el apellido, sin dejar nunca que nadie se acercara lo suficiente como para ver mi verdadero yo.

Por si acaso el verdadero yo no fuera alguien a quien valiera la pena conocer… o amar.

Pero dejé que Violet lo viera. Dejarla entrar fue tan fácil como respirar. Ella vio quién soy de verdad, y aun así quiso que esta relación fuera real. Y eso vale mucho. Lo vale todo. Ella lo vale todo. Y no voy a robarle esa oportunidad por mis propios problemas.

—Afronta el pasado de la mejor forma que puedas —dice Roman—. Pero no dejes que dicte tu futuro, quién quieres ser ni qué quieres hacer con la vida. Y, por supuesto, tampoco con quién la compartes.

Me quedo sentado en silencio, dejando que esas palabras calen en mí, pero eso supone mucho más que convencerme de que soy lo que Violet necesita: se trata de enfrentarme a los demonios que me han perseguido desde que aquel chico me escupió la palabra «Bastardo» por primera vez cuando tenía siete años.

—Tengo que resolver esto de una vez por todas. —Asiento, me levanto y me recoloco la chaqueta—. Antes de ir a ver a Violet, necesito hablar con otra persona. Alguien a quien debería haberme enfrentado hace mucho tiempo.

Roman también se levanta, y un relámpago de comprensión le atraviesa el rostro.

—Haz lo que tengas que hacer. Habla con quien tengas que hablar. Pero recuerda: nadie tiene por qué cargar con las consecuencias de las acciones ajenas. No funciona así.

La pequeña sonrisa que le dedico es sincera.

—Lo tenías muy bien guardado…

Ladea la cabeza.

—¿A qué te refieres?

—No se te da mal esto de hacer de hermano mayor cuando te lo propones.

Espero que me ignore, pero, en cambio, una leve sonrisa suaviza la dureza de su expresión habitual.

—Quizá debería ponerme las pilas más a menudo, entonces.