46 #2
Cuando la noche llega a su fin me veo rodeada por los restos del exitoso evento: vasos vacíos, servilletas usadas y migas de los pasteles que hemos ofrecido.
Me invade una sensación de victoria, pero también trae consigo una oleada de cansancio.
Me desplomo contra el mostrador, con el agotamiento calándome hasta los huesos.
—Lo hemos conseguido.
—Ya lo creo que sí. —Jarrod se acerca y me da un golpecito en el hombro con el suyo—. Tu padre estaría muy orgulloso de ti, Violet. Y yo también lo estoy.
Esas palabras me hacen picar la nariz y me provocan un nudo en el pecho.
—Gracias. Eso significa mucho para mí.
Me dedica una de sus típicas sonrisas con hoyuelos.
—La asistencia ha sido incluso mejor de lo que esperaba. Y los comentarios han sido fantásticos. Durante toda la noche la gente no ha dejado de preguntarme cuándo íbamos a organizar la próxima cata.
Varios clientes me lo han preguntado a mí también. Es increíble pensar que han disfrutado tanto del evento que ya están deseando que haya otro. Con una sonrisa, echo un vistazo al local, ahora vacío. Menudo desastre está hecho, pero ha merecido la pena.
—Gracias de nuevo por toda tu ayuda. No habría podido sacar todo esto adelante sin ti.
Jarrod coge un paño húmedo y se pone a limpiar las mesas.
—Somos un equipo, ¿no?
Asiento, cojo una bolsa de basura y recojo los restos.
Mientras limpiamos juntos, me siento agradecida por la fácil camaradería que compartimos. Cuando terminamos, salimos juntos de la cafetería y cierro la puerta.
Dejo escapar un suspiro de cansancio; el agotamiento me invade por fin ahora que todo ha terminado.
Y con el agotamiento llega la tristeza de la que, en gran parte, había logrado distraerme durante las últimas horas.
Pero no quiero que Jarrod la vea, y menos cuando se supone que aún debería estar eufórica por lo que ha pasado esta noche. Esbozo otra sonrisa.
—Gracias de nuevo, Jarrod. Por todo.
Me mira fijamente, frunciendo los labios como si me leyera la mente.
—Siento que estés sufriendo, Violet. Te mereces algo mejor.
He intentado no dejar entrever lo triste que he estado desde que todo terminó, sobre todo teniendo en cuenta que el breve comunicado que Tate envió a la prensa decía que la ruptura había sido amistosa, pero no puedo fingir eternamente.
—Gracias. Significa mucho para mí.
—Me sorprendió que me dijeras que se había terminado —comenta, pensativo—. Sobre todo porque él era muy posesivo contigo. Incluso antes de que empezarais a salir.
Lo miro con el ceño fruncido.
—¿Qué quieres decir?
—Estaba celoso de mí —responde Jarrod, con una pequeña sonrisa de satisfacción curvándole los labios—. Lo notaba cada vez que entraba.
Niego con la cabeza, incrédula.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Resopla.
—Era divertido. Y, para ser justos, tampoco es que no me atraigas.
Quizá si nos hubiéramos conocido en circunstancias diferentes…
—Se encoge de hombros, aún con esa media sonrisa en el rostro—.
Pero soy muy consciente de que nunca habrá nada más que amistad entre nosotros.
Así que sí, él no tenía por qué preocuparse en lo que a mí respecta.
Lo miro fijamente, esforzándome por asimilar lo que está diciendo, no solo sobre que se sentía atraído por mí, sino también porque, al parecer, Tate estaba celoso de él.
No estoy segura de poder creérmelo. Tate era protector cuando estábamos juntos, pero nada más que eso.
Por otra parte, ¿en realidad importa si estaba celoso?
Estarlo no significa que quieras al objeto de tus celos.
A veces solo significa que no quieres que nadie más lo tenga.
De repente, la mente se me llena de recuerdos de Eric y de cómo solía hervir por dentro en silencio si hablaba con otros hombres; de cómo se desquitaba conmigo más tarde en discusiones pasivo-agresivas que yo no podía ganar.
Tate nunca fue así, sin embargo. Quizá estaba celoso, quizá no, pero nunca se desquitaba conmigo.
Nunca me echó la culpa por cómo se sentía con respecto a mi relación con Jarrod.
Inspiro temblorosamente. Jarrod sigue mirándome, con el ceño fruncido.
—No era mi intención molestarte.
Niego con la cabeza, saboreando las lágrimas que me niego a derramar. Conmovida por el genuino cariño que tiene hacia mí, le doy un abrazo y encuentro consuelo en el cálido cuerpo.
—Gracias. Por ser mi amigo. Por estar ahí para mí.
Él me abraza a su vez, con fuerza, y luego me suelta.
—Cuando quieras, jefa. —Con un guiño, se mete las manos en los bolsillos y se aleja por la acera.
Suspiro y me dirijo en la dirección opuesta, hacia mi casa, y mi mente regresa a Tate: los ojos ardientes, la sonrisa arrogante, la forma en que me hacía sentir… Por un breve instante llegué a sentirme como si fuera el centro de su universo, y fue… precioso.
Pero al final, me quedaron las cosas claras. Tal vez Tate estuviera dispuesto a arriesgarse, pero nunca su propio corazón. Solo estaba dispuesto a ser imprudente con el mío.