El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 44
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Violet

Escucho el mensaje que Tate me ha dejado en el teléfono hace una hora.

«No llegaré a casa hasta tarde. No me esperes despierta».

Cuando ha llamado, estaba ocupada cocinando, y acabo de ver la notificación.

No debería sentirme decepcionada. Así es la naturaleza del trabajo de Tate: a veces tiene que trabajar hasta tarde.

Pero tenía muchas ganas de sentarme a cenar con él para enseñarle los últimos detalles de la primera noche de cata de True Brew.

Después, esperaba que lo celebráramos de la mejor manera posible.

Y luego… Luego pensaba preguntarle sobre nosotros. Sobre el futuro.

En cambio, como sola e intento distraerme viendo una película.

No sirve de nada. Me paso la noche mirando el móvil y volviéndome hacia el ascensor, con la esperanza de ver que los números del indicador suben y me muestran que se está moviendo.

Pero nada. Se está haciendo tarde y estoy cansada.

Por primera vez en semanas, me pregunto si debería dormir en la cama de Tate, como he estado haciendo, o irme a la mía.

La incertidumbre me agobia, pero al final decido dormir en la suya, ya que no me ha dado ninguna indicación de que no quiere que lo haga cuando él no está.

Es entonces cuando me doy cuenta de lo mucho que los dos hemos evitado pensar en nuestra situación.

Cómo nos hemos dejado llevar de cabeza por esta relación que no es una relación, ignorando todas las reglas que quedaron en el camino y evitando hablar de las posibles consecuencias.

Esconder la cabeza en la tierra parecía una buena idea en su momento, pero después de la charla con Anna hoy, estoy desesperada por dejar las cosas claras.

Necesito saber la verdad sobre lo que siente Tate.

Y quiero que él sepa cómo me siento.

Me doy una ducha con la esperanza de que relaje mis músculos tensos, me lavo los dientes y luego me meto en la cama.

A pesar del agotamiento, la mente me va a mil por hora y me cuesta conciliar el sueño.

Al final debo de quedarme dormida, porque me despierto lo que parece poco tiempo después cuando un cuerpo se desliza en la cama a mi espalda.

—¿Tate? —La voz me sale pastosa por el sueño—. Es muy tarde. ¿Qué estabas haciendo? —Odio el tono necesitado de mi voz.

Su cuerpo se pega casi imperceptiblemente al mío.

—Estaba en el Onyx.

La niebla se disipa de la mente y me incorporo. Me concentro en él, fijándome en sus rasgos a la luz de la luna que inunda el dormitorio a través del ventanal. Se me revuelve el estómago al pensar que ha pasado la noche en su club de sexo en lugar de en casa, conmigo.

—¿Has ido al club?

Se rasca la barbilla.

—Solo he ido para hablar con Reid. Eso es todo.

Un mal presagio me recorre las venas. Durante semanas se ha esforzado por llegar temprano a casa para preparar la cena conmigo y ha sido muy cariñoso y abierto.

Sin embargo, de repente, ahora que nos acercamos al final del acuerdo, se queda fuera hasta tarde, se va a Onyx y me ofrece respuestas vagas a mis preguntas.

Sí, es copropietario del Onyx, pero teniendo en cuenta lo que pasó entre nosotros la última vez que fue a hablar con Reid, no puedo evitar preocuparme.

Sus dedos me rozan el brazo.

—Intenta dormir, Violet. Ha sido un día largo.

No me gusta cómo suena su voz: monótona, distante, y mis planes de confesarle lo que siento por él se esfuman al instante. No puedo hacerlo cuando todo está tan raro. Y es tarde. No es el momento de insistir en el tema.

Me recuesto y miro al techo. Normalmente estaríamos abrazados, pero, en cambio, estamos aquí tumbados sin apenas tocarnos.

Escucho su respiración, esperando a que se regularice cuando se quede dormido, pero aún no la he oído cuando los ojos me pesan demasiado como para mantenerlos abiertos y el mundo finalmente se desvanece.

Cuando abro los ojos a la mañana siguiente, el espacio a mi lado está vacío.

Los recuerdos de la noche anterior me invaden de golpe y me acurruco bajo las sábanas, corroída por las dudas sobre lo que me deparará el día.

Pero al final me obligo a levantarme. No puedo quedarme escondida aquí para siempre.

Me visto con rapidez y luego registro el apartamento hasta que finalmente encuentro a Tate en su despacho.

Levanta la vista hacia la puerta, donde me he detenido, y me sonríe, pero hay algo que falta en esa expresión y tardo un segundo en darme cuenta de qué es.

Tiene los ojos entrecerrados al verme, por primera vez en mucho tiempo.

No consigo descifrarlo; ahora me resulta tan impenetrable como la primera noche que lo vi en el Onyx. Las alarmas suenan en la cabeza.

—Anoche preparé la cena —digo.

Un músculo se le contrae en la mandíbula y desvía la mirada.

—Lo siento. Surgió algo en el trabajo y luego tuve que hablar con Reid.

—Vale. —¿Por qué me da la sensación de que me está dejando de lado? No sé muy bien qué más decir, pero tampoco quiero dejar las cosas así—. ¿Qué haces trabajando tan temprano?

Tate mantiene la vista clavada en la pantalla del ordenador durante un largo rato. Finalmente, carraspea y habla.

—Le he pedido al departamento de Relaciones Públicas que redactara un comunicado sobre el fin de nuestra relación. Lo estoy revisando ahora mismo.

Una punzada de dolor me deja sin aliento. Como si un cuchillo helado me hubiera atravesado el pecho, el hielo se extiende desde ahí hasta mis brazos y mis piernas.

—¿Cuándo…? ¿Cuándo vas a…? —Ni siquiera puedo articular las palabras.

—El contrato expira el viernes, así que deberías planear mudarte a casa para entonces. Publicaremos el comunicado al día siguiente.

Un repentino torrente de lágrimas me nubla la vista.

—Pensé… Creía que quizá las cosas habían cambiado.

Hay un destello en lo más profundo de esos ojos dorados suyos durante solo un segundo. Luego aprieta los labios, se levanta y se acerca a mí.

El corazón me dice que huya, pero me quedo clavada en el sitio mientras me pasa el pelo por detrás de la oreja; sus dedos se demoran un instante de más en mi piel.

—No te voy a mentir, Violet. He disfrutado de este acuerdo.

Incluso me planteé alargar el contrato para poder pasar más tiempo contigo.

Pero, a fin de cuentas, nunca me ha interesado sentar cabeza de forma permanente, y eso no ha cambiado.

No quiero alargar esto y arriesgarme a que los sentimientos de cualquiera de nosotros se vean involucrados más de lo que deberían.

—Demasiado tarde —susurro, y una lágrima cálida me resbala por la mejilla.

Él la recoge con el pulgar y la mira fijamente, y se le mueve el cuello cuando traga saliva.

—Lo siento, mariposa. Nunca debí haber dejado que las cosas llegaran tan lejos. Aunque es lo mejor. Te darás cuenta muy pronto.

Parece genuinamente arrepentido, y creo que quizá eso sea peor que si le hubiera dado igual. Aunque en realidad no importa; de cualquier modo, el resultado es el mismo: ya no me quiere.

No dejaré que vea cómo me derrumbo. Ojalá pudiera volver atrás y llevar la situación de otra forma, ocultar toda evidencia de que me ha hecho daño, pero, como no puedo, inspiro hondo, hago acopio de todas mis fuerzas y levanto la barbilla. Luego me obligo a mirarlo a los ojos.

—Me pondré a hacer las maletas.

Un relámpago de emoción le cruza el rostro, pero desaparece tan rápido que no puedo identificarla. ¿Quizás alivio porque no estoy montando una escena? Al final, asiente en silencio y regresa a su sitio tras el escritorio.

Me obligo a poner un pie delante del otro y me dirijo hacia la habitación de invitados, donde aún se encuentra la mayor parte de mis pertenencias.

Pero antes de que me aleje mucho, me llama y me doy la vuelta.

—No hace falta decir que todo lo que te han dado durante el acuerdo te pertenece. Quédatelo todo.

Trago saliva con dificultad para contener las lágrimas, me doy media vuelta y me voy. Tengo el corazón roto y no veo el momento de salir de aquí.

En cuanto estoy dentro de la habitación de invitados con la puerta cerrada, llamo a Anna y le pido que venga a recogerme. Luego meto en las maletas las cosas que he traído conmigo. Dejo los vestidos de diseño. Su presencia no haría más que recordarme a Tate.

Luego entro en su dormitorio y recojo las pocas cosas que he dejado ahí.

Cuando Anna me envía un mensaje para decirme que me está esperando a la puerta del edificio, le respondo rápidamente y luego me planteo una última cosa.

Durante un largo y doloroso momento, contemplo el anillo que me brilla en el dedo, luchando por tragarme el nudo que se me ha formado en la garganta.

Nunca ha significado nada, al menos a juzgar por las palabras y la distancia que Tate ha puesto esta mañana entre los dos, así que ¿por qué me parece mal quitármelo?

Ya no puedo llevarlo. Quizá podría venderlo e invertir el dinero en True Brew.

No. Solo de pensarlo, la opresión en el pecho me asfixia.

Así que, aunque el corazón se me rompe aún más, me quito el anillo del dedo y lo dejo en la mesilla de noche.

Parpadeando para contener las lágrimas, doy un último vistazo al dormitorio, cojo las maletas y salgo.

Por muy tentador que sea salvar el orgullo y abandonar el ático sin más, me detengo en el despacho de Tate.

Al principio no se da cuenta de que estoy ahí, así que aprovecho para observarlo.

Tiene la cabeza gacha, aunque es difícil pasar por alto la profunda arruga entre las cejas.

Por la forma en que se masajea las sienes, está claro que algo le preocupa.

¿Es un problema con Genesis-1? Sea lo que sea, parece estar pasándole factura.

Tengo que luchar contra el impulso de entrar, estirar con los dedos esa arruga de la frente y hacer lo que pueda para aliviarle la tensión.

Ya me ha dejado claro que no es eso lo que quiere.

De repente, levanta la cabeza y los ojos se encuentran con los míos. Cuando ve las maletas que llevo, se pone de pie apresuradamente.

—¿Adónde vas?

—A casa, Tate. Me voy a casa. —Estoy demasiado cansada, demasiado agotada emocionalmente como para andarme con rodeos.

—¿Te vas hoy? —Suena casi aterrado.

—Sí. —Asiento—. Ya no me necesitas, y yo… solo quiero volver a mi vida normal.

Cierra los ojos con fuerza y una expresión parecida al dolor le contrae el rostro.

Cuando vuelve a mirarme, el Tate que creía conocer —el hombre de verdad detrás de la máscara— ha desaparecido.

Ha vuelto a ser el Tate del que nunca me habría enamorado.

El playboy despreocupado al que todo le da igual.

No puedo evitar preguntarme si ese es su verdadero yo.

Quizá, durante todo este tiempo, me he estado engañando a mí misma pensando que sabía quién era en realidad.

—Por supuesto —dice, con una sonrisa ensayada en los labios; sale de detrás del escritorio y se acerca—.

Debes de estar deseando regresar a casa.

Me aseguraré de que sigas teniendo protección hasta que se apague todo el interés por nuestra ruptura.

—Baja la barbilla durante una fracción de segundo—.

Quiero que estés a salvo, Violet. Siempre.

Asiento una vez más. No voy a discutir con él. Lo último que quiero es tener a periodistas o paparazzi encima cuando estoy intentando superar esto… sea lo que sea que haya sido.

—Gracias.

Se acerca y levanta una mano, como para tocarme la mejilla.

Pero no puedo. Ni de broma. Ya estoy a punto de volver a llorar.

—No.

Se echa hacia atrás y deja caer la mano a un lado. Quizá no haya hecho nada malo —no me haya prometido nada—, pero ahora mismo no soporto que me toque.

Tras tragar saliva de forma audible, se pasa una mano por el pelo.

—Le diré a Jeremy que te lleve a casa.

—No hace falta. Anna me está esperando abajo. ¿Puedes hacer que me envíen el resto de mis cosas?

—Por supuesto. —Cuando vuelve a hablar, su voz es apenas un susurro—.

Gracias, Violet. Por todo esto. Por todo.

Ojalá… —carraspea—. Ojalá las cosas pudieran ser de otro modo.

—Tengo la garganta tan estrangulada que apenas puedo hablar.

Me fuerzo a responder «Ojalá» y luego me doy media vuelta para marcharme—. Déjame acompañarte abajo.

Niego con la cabeza.

—Por favor, no. Terminemos esto tal y como empezó. Tal y como debería haber seguido. De manera profesional. —No espero su respuesta. Le doy la espalda y corro hacia el ascensor. Mientras baja, toco la piel desnuda del dedo anular izquierdo.

Y entonces rompo a llorar.