43 #2
—No, no lo haré. —Me echo hacia delante y le dedico una sonrisa despreocupada que me desgarra el puto corazón—.
Porque ella no va a seguir dejándose ver conmigo mucho más tiempo.
—Me río con frialdad—. Nuestra relación es falsa.
Y nuestro acuerdo está a punto de terminar.
De hecho, si filtras estas fotos, me estarás haciendo un favor.
¿Qué mejor motivo podría tener para romper nuestro compromiso?
—Se me revuelve el estómago, pero mantengo la mirada fija en él.
La cara de Eric se pone roja y balbucea.
—No… no te creo.
Con una sonrisa burlona, abro el cajón superior del escritorio y saco el contrato. Se lo tiro delante de las narices, me recuesto en la silla y entrelazo las manos detrás de la cabeza. Mantengo la boca cerrada mientras ojea las páginas.
A medida que va leyendo, el rostro le pasa de rojo a morado, y luego se le vuelve ceniciento.
—Como puedes ver, la fecha de finalización de nuestro acuerdo es dentro de cuatro días, y no tengo ninguna necesidad de mantenerla aquí más tiempo.
Así que, repito, no me importa lo que hagas con esas fotos.
Y teniendo en cuenta que acabas de intentar chantajearme, te sugiero que te vayas ahora mismo, antes de que decida llamar a la policía.
Dudo que al senador Rawlins le haga gracia tener que sacarte de la cárcel.
Un músculo palpita violentamente en la mandíbula de Eric. No tengo ni idea de qué cree que está haciendo, pero no hay duda de que está en apuros. Quizá tenga una deuda de juego. Quizá haya cabreado a la gente equivocada. Sea lo que sea, está desesperado.
Echa la silla hacia atrás y se levanta de un salto.
—Ven a por mí y le diré a todo el mundo que tu compromiso es una farsa.
Me obligo a soltar otra risa, imitando la frialdad de Roman.
—No tengo ningún interés en ir tras de ti. Has intentado jugármela y no ha funcionado. Nada más. Ahora, si hemos terminado, tengo una reunión.
Entrecierra los ojos.
—Como descubra que me estás mintiendo, me aseguraré de que estas fotos tengan la audiencia que se merecen. —Da media vuelta y sale furioso del despacho.
En cuanto la pesada puerta de madera se cierra detrás de él, cojo el teléfono que he dejado encima del escritorio.
—¡Roman! —exclamo—. Necesito hablar contigo y con Cole. Ahora mismo.
—Estoy en medio de una reunión con…
—Esto no puede esperar. —El silencio ocupa la línea entre nosotros. Va a decirme que me vaya a la mierda, pero ahora mismo me da igual. Necesito la ayuda de mis hermanos—. Se trata de Violet. —Esas cuatro palabras están cargadas de toda la angustia y la furia que me corroen en este momento.
—Joder —masculla—. Estaré allí en un minuto. —Luego cuelga.
Cole es el siguiente. Por suerte, está entre reuniones y responde que vendrá enseguida.
Treinta segundos después de colgar, la puerta se abre de golpe y Roman entra con paso firme. Se planta frente al escritorio, con los brazos en jarras.
—¿Qué ocurre?
Me paso la mano por la cara.
—Vamos a esperar a Cole. No quiero contarlo dos veces.
Me escudriña la cara con el ceño fruncido, pero hace un gesto con la barbilla y se acomoda en una de las sillas.
Un momento después, Cole entra con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa?
—Siéntate —le digo.
Enarca las cejas, pero no discute.
En cuanto se sientan, me levanto yo y me pongo a dar vueltas por la oficina. El torbellino de rabia que he estado reprimiendo me está destrozando, está luchando por salir.
—El ex de Violet acaba de estar aquí. Ha intentado chantajearme amenazando con publicar unas fotos privadas que le hizo cuando estaban juntos.
Roman frunce el ceño y se echa hacia delante para apoyar los codos en las rodillas.
—¿Cómo de privadas?
—Tan privadas como pueden ser. Y por lo que se ve, ella no sabía que las estaba sacando. —Incluso ahora, que Eric tenga esas fotos en el móvil, que hubiera abusado de la confianza de Violet de una forma tan censurable, me hace subir la tensión arterial.
—Cabrón —maldice Cole—. ¿Qué le has dicho?
La náusea que me invade es tan intensa que temo vomitar.
—Que no me importaba. Que nuestro compromiso era una mentira y que, de todos modos, estaba a punto de terminarse.
Cole asiente, con expresión pensativa.
—Has controlado la narrativa.
Me trago el autodesprecio.
—Y nunca me he sentido más sucio.
El ceño fruncido de Cole está lleno de reproche.
—Has hecho lo que tenías que hacer para proteger a tu prometida. Ahora, ¿cómo vamos a acabar con él?
—Aún estoy pensándolo, pero solo lo haré si puedo asegurarme de que Violet no salga perjudicada.
—¿Tienes algún plan? —pregunta Roman.
Los miro a los dos, invadido por una oleada de gratitud. Porque mis hermanos me cubren las espaldas.
—Tenemos que ir a ver a Reid al Onyx.
Una hora más tarde ya estamos en la oficina de Reid. Con cuatro hombres corpulentos apiñados en ella, el espacio de tamaño moderado resulta casi sofocante.
—¿Qué pasa? —pregunta Reid—. Nunca pensé que llegaría el día en que tendría a tres multimillonarios en la oficina.
Cole y Roman se recuestan en sus sillas mientras yo me obligo a repetir las amenazas de Eric. Al final, las manos me tiemblan de rabia.
Reid entrecierra los ojos, pensativo.
—Has hecho lo correcto. Acudir a la policía solo complicaría las cosas y tampoco iba a garantizar que las fotos desaparecieran ni que él no recurriera a medidas más extremas.
Si de verdad está en apuros y cree que puede utilizarla, existe la posibilidad de que las amenazas contra ella se vuelvan físicas.
Asiento con brusquedad.
—Ya tengo a un detective privado investigándolo, pero necesito más. ¿Puedes ayudarme?
Los ojos oscuros de Reid brillan con comprensión.
—Conozco a alguien que conoce a alguien que puede hackear sus cuentas y encontrar esas fotos. Así como cualquier otra cosa que pueda estar ocultando.
Es totalmente ilegal, pero me da lo mismo.
Me vuelvo hacia mis hermanos. Sé lo que veré en la cara de Cole: haría cualquier cosa por Delilah, así que no tengo ninguna duda de que me respaldará.
Pero no tengo ni idea de lo que pensará Roman.
Es el director ejecutivo de King Group, y esa es su única prioridad.
Pero cuando me muevo para observar su reacción, hay una emoción que no había visto en mucho tiempo ardiendo en las gélidas y grises profundidades de los ojos.
Se parece mucho al instinto protector.
Asiente una vez, con un movimiento seco y severo.
Es toda la confirmación que necesito. Me vuelvo hacia Reid.
—Hazlo.
Él busca el teléfono, pero antes de desbloquear la pantalla, me mira con el ceño fruncido.
—Si hacemos esto, Tate, no se lo digas a Violet.
Bajo la cabeza y siento el sabor ácido de la derrota en la garganta.
Ya me había dado cuenta de eso yo solo. Si nos pillan pagando a alguien para que piratee las cuentas de un empleado de un senador, nos espera un buen lío.
Y la única forma de evitar que Violet se vea envuelta en él es mantenerla al margen de todo.
No pienso implicarla en ninguna acción legal ni ponerla en una situación en la que tenga que mentirle a la policía.
Reid hace la llamada y ponemos el plan en marcha. Luego pasamos las siguientes horas analizando varios escenarios posibles. Pero cuando Jeremy por fin me lleva a casa, mi única preocupación es Violet. Estoy haciendo todo esto para mantenerla a salvo, pero ¿a qué precio?
Mantenerla en la ignorancia, mentirle… Lo hago para protegerla, pero se parece mucho a una traición. Y no puedo evitar preguntarme si alguna vez me perdonará por lo que debo hacer a continuación.