43
Tate
—Tiene una visita inesperada, señor King —me avisa Sophie cuando paso por su escritorio de camino a mi despacho.
—¿Quién es? —De vez en cuando, nos encontramos con locos que creen que pueden presentarse sin avisar y entrar a ver a alguno de nosotros por cualquier asunto del que crean que somos responsables.
Pero normalmente el personal de seguridad se encarga de ellos sin necesidad de llamar a los asistentes personales.
—Se llama Eric Evans. Dice que es un viejo amigo de su prometida y que necesita hablar con usted urgentemente.
Al oír el nombre, aprieto los puños a mis costados y siento cómo me inunda la ira.
Por un momento, ni me muevo. Podría decirle a seguridad que lo acompañe fuera del edificio.
De hecho, debería hacerlo. Pero quiero saber qué es lo que anda buscando.
Si se ha presentado aquí, es que no se va a rendir fácilmente, como esperaba Violet.
Si me niego a recibirlo hoy, probablemente regresará mañana o me localizará de otra manera.
Independientemente de eso, tengo que enfrentarme al imbécil que abusó de la confianza de Violet e intentó manipularla. Tengo que mirarlo a los ojos y asegurarme de que sepa quién está ahora a su lado. Quiero hacerle saber que nunca volverá a tener la oportunidad de hacerle daño.
—Que suba —acepto—. Pero dile a seguridad que se mantenga alerta.
Ella arquea las cejas, pero asiente y pulsa el botón para llamar a seguridad en el vestíbulo.
Entro a zancadas en la despacho y cierro la puerta con un poco más de fuerza de la necesaria.
La mente me va a mil por hora mientras rodeo el escritorio, me siento y enciendo el ordenador.
Vuelvo a leer el correo que me envió el investigador privado anoche.
Solo es una evaluación inicial de Eric, lo que significa que me ofrece muy poca información sobre a quién voy a enfrentarme.
Tiene una licenciatura en Administración Pública, lleva trabajando para su tío desde que se graduó y pero está en el mismo puesto, como responsable de recaudación de fondos del senador Rawlins.
Así que no ha conseguido el ascenso que, según Violet, él buscaba desde que estaban juntos.
La relación con su tío no parece demasiado estrecha, aunque, según el investigador, a Eric le encanta exagerar las cosas para que parezca que sí lo es.
No tengo tiempo de seguir revisando sus conclusiones porque llaman a la puerta y Sophie asoma la cabeza.
—Eric Evans está aquí.
—Que pase, por favor.
Me aseguro de que parezca que estoy trabajando en el ordenador cuando entra, y solo levanto la vista para decir «Toma asiento» antes de volver a concentrarme en la pantalla.
Mientras Eric se sienta en una de las sillas que hay frente al escritorio, escribo un correo al investigador con instrucciones de que intensifique la investigación sobre este imbécil, ignorando al propio Eric todo el tiempo.
Este juego de poder es uno de los más antiguos del mundo, y estoy seguro de que Eric sabe de sobra lo que estoy haciendo.
Pero la reacción me dará una idea de su carácter.
Permanece en silencio durante unos minutos, pero luego se mueve en el asiento. Un minuto más tarde, carraspea.
Eso es todo lo que necesitaba para darme cuenta de que no tiene la paciencia suficiente para jugar a largo plazo.
Quiere gratificación instantánea, y no me cabe duda de que es propenso a actuar de forma impulsiva para conseguir lo que quiere.
Solo cuando he enumerado las instrucciones específicas y he enviado el correo, me recuesto en la silla y lo observo.
La expresión es impasible, pero la irritación hierve a fuego lento en lo más profundo de sus ojos.
—Señor King —comienza, tratando de sonar despreocupado—, estoy en la ciudad para asistir a unas reuniones en nombre del senador Rawlins y he pensado que deberíamos vernos.
Asiento, sin delatar nada con mis gestos.
—¿Y por qué, señor Evans? Que yo sepa, el Grupo King no tiene ningún vínculo con el senador.
Ha adoptado una actitud de seguridad en sí mismo, pero los ojos se le mueven de un lado a otro, sin quedarse quietos en ningún punto más de unos segundos. Está nervioso.
—No, así es. Pero sí tiene una conexión conmigo, y tengo una propuesta de negocios para usted.
Ignoro lo mejor que puedo la tensión que se me acumula en la base del cuello. La prioridad es mantener la calma y averiguar cuáles son sus intenciones para poder sacarlo de la oficina y de la vida de Violet.
—Le escucho.
Tamborilea con los dedos en el brazo de la silla.
—Digamos que me encuentro en una situación…, en un aprieto que requiere un poco de… lubricación financiera.
Arqueo una ceja.
—¿Y cree que yo puedo proporcionarle esa… lubricación?
Hace una mueca.
—Necesito una cantidad considerable de dinero, y la necesito rápido. Creo que podemos ayudarnos mutuamente.
Me echo hacia delante y apoyo los codos en el escritorio. Se me pone la carne de gallina y algo en mis entrañas me grita que debo tener cuidado.
—¿Quiere que le dé una cantidad considerable de dinero? Y a cambio, ¿qué obtengo yo? Porque, lo crea o no, no soy famoso por repartir dinero a completos desconocidos, tenga algún lazo con ellos o no.
—Lo que obtiene es la oportunidad de mantener limpia la reputación de su encantadora prometida.
Se me tensan los músculos y toda la columna vertebral. ¿Este cabrón ha venido aquí a amenazar a Violet? El instinto me grita que me asegure de que se arrepienta, pero hasta que sepa qué está en juego, seguiré con la fachada de calma, sin delatar nada.
Eric se saca el teléfono del bolsillo, lo desbloquea y lo desliza por mi escritorio.
Se me hace un nudo en la garganta cuando cojo el dispositivo con cautela.
Pero en cuanto veo la imagen en la pantalla, una furia como nunca había sentido me recorre el cuerpo entero.
Reprimo el impulso de estirarme por encima del escritorio, agarrarlo por la corbata y estrellarle el puño en la nariz.
Solo soy capaz de contenerme recurriendo a cada segundo de práctica que he tenido ocultando al mundo lo que siento de verdad.
La foto está un poco desenfocada, pero se ve con claridad: Violet, desnuda en una cama, con los ojos cerrados, la cabeza vuelta hacia la cámara, mientras un hombre, con el rostro oculto, se cierne sobre ella.
Se le ven los pechos y tiene las piernas abiertas.
El hombre, que supongo que es Eric, descansa entre ellas.
La rabia se retuerce y se agita dentro de mi pecho, luchando por escapar.
Me esfuerzo por controlarla mientras repaso todas las posibilidades, todos los escenarios y sus consecuencias para descubrir qué hacer a partir de aquí.
Si alguna vez ha habido un momento para actuar como si todo me diera igual, debe de ser este. Y esa idea me revuelve el estómago.
—Vale —digo, vaciando la voz de toda emoción.
Eric frunce el ceño y echa un vistazo al teléfono, luego vuelve a centrarse en mí.
—Hay más fotos. Puede verlas.
El pánico me invade mientras paso a la siguiente foto.
Joder. Esta está tomada desde atrás y ella está a cuatro patas. Me da un nuevo vuelco el estómago. Trago saliva y sigo pasando las imágenes solo por aparentar, sin fijarme en ellas. Quiero matarlo. Quiero abalanzarme sobre el escritorio, rodearle el cuello con las manos y apretar.
Lo más difícil que he tenido que hacer en mi vida es devolverle el teléfono y enarcar una ceja.
—¿Y?
La sorpresa se refleja en su rostro por un segundo antes de que controle su expresión.
—Supongo que no quiere que estas fotos de Violet se suban a internet.
Me late el pulso en las sienes y solo me queda esperar que no lo note. Lo echaría ahora mismo, pero las implicaciones de sus actos son claras: no ha dudado en darme el teléfono. No le preocupa que borre las fotos, así que tiene copias.
Aunque llamara a seguridad ahora mismo y lo detuvieran, aunque lo acusara de intento de extorsión, no tengo pruebas que lo respalden.
Violet y él salían juntos, así que, a simple vista, tiene un motivo para guardar esas fotos en el móvil.
Aunque, por las imágenes que vi, no parece que Violet fuera consciente de que ese cabrón repugnante las estaba sacando, lo que ya es un delito en sí mismo.
Independientemente de lo que haga, él tiene acceso a las copias, y la mirada esquiva que pone me dice que está desesperado.
Y la desesperación consigue que la gente haga tonterías, como subir estas fotos a Internet como acto de venganza si no le doy lo que quiere.
O algo aún peor.
Sea cual sea la situación en la que se haya metido Eric, cree que el dinero es la forma de salir de ella.
Y Violet es su moneda de cambio para conseguirlo.
De ninguna manera voy a permitir que estas fotos se publiquen en Internet ni que Eric se salga con la suya amenazando a Violet de ninguna forma. Ni de coña.
Solo se me ocurre una solución para resolver esta situación, aunque solo de pensarlo se me parte el corazón. Aborrezco la idea con cada fibra del ser, pero lo voy a hacer de todos modos.
—Me importa una mierda —digo, recostándome en la silla con expresión de aburrimiento.
Eric abre la boca, la cierra de golpe y luego vuelve a hablar.
—No me jodas. Es imposible que un hombre como tú quiera que las fotos de su prometida follando con otro hombre se difundan por toda la red.
Con solo pulsar un botón, estas fotos estarán en miles de páginas porno para que las disfruten millones de personas.
Cada vez que salgas a la calle y veas las miradas, y oigas los susurros y las risas, sabrás que es porque esa gente ha visto el aspecto que tiene cuando folla. Y encima, con alguien que no eres tú.