El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 41 #2
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Me dedica una sonrisa de pura satisfacción femenina.

—No lo vas a hacer.

Rindiéndome a lo inevitable, inspiro hondo y me acaricio la erección para aliviar un poco la presión. Ella mira cómo lo hago, con las pupilas dilatadas.

Extiendo la mano y le recorro con los dedos la clavícula y bajo hasta el contorno de sus pechos hasta llegar al escote de su camiseta sin mangas.

—Muéstramelo todo. —Sin apartar la mirada de mis ojos, se baja las tiras de la camiseta y del sujetador de un tirón y queda desnuda ante mí.

Me humedezco los labios—. Juega con esos bonitos pezones.

—Sin dudarlo, se los pellizca, y los aprieta entre sus dedos.

El pene me palpita contra la bragueta de los pantalones—.

Qué buena chica… ¿Te gusta exhibirte ante mí?

—Sí. —La voz le sale entrecortada, y apostaría a que ya tiene las bragas húmedas.

Me echo hacia delante, le quito la goma de la coleta y le paso los dedos por la melena para que se derrame sobre sus hombros.

—Saca la lengua. —Cuando lo hace, le paso la yema del pulgar por encima—. ¿Sabes para qué voy a usar esto? —Se le pone la piel de gallina, pero no responde—. Después de follarme la bonita boca de mi prometida, me voy a correr encima de ella.

—Tate… —susurra.

La miro a los ojos, dándole una oportunidad de cambiar de idea.

—Sabes que solo quiero hacerte sentir bien, ¿verdad?

Su sonrisa es suave.

—Sí. Y ahora mismo, lo que me hará sentir bien es que me des lo que quiero.

La última duda se disipa de mi mente. Es lo que quiere. Me desabrocho el cinturón, bajo la cremallera y me la saco.

—Entonces, usa esa preciosa boca para que los dos nos corramos.

Envuelvo la mano alrededor de mi miembro y me lo acaricio, y luego lo guío hacia ella. Mantiene la mirada fija en mí mientras rozo la corona, que ya está goteando, contra sus labios. Ella los abre para mí y empujo hacia dentro y la suelto para que ella pueda tomar el control.

Sus dedos rodean la base y, joder, se me para el corazón al verla así: la boca envuelta a mi alrededor, el pelo rozando los muslos, los hermosos pechos desnudos apuntando hacia mí y el anillo brillando en el dedo.

Nunca voy a poder sacarme este momento de la cabeza.

Cuando entre en mi despacho de ahora en adelante, esto será en lo único en lo que pueda pensar: en Violet de rodillas frente a mí.

Ella recorre con la lengua la parte inferior de mi miembro antes de llevarlo hasta el fondo, hasta que estoy en lo más profundo de su garganta.

Gimo.

—Joder, mariposa. Estás tan guapa chupándomela…

—Ella suelta un jadeo y redobla sus esfuerzos.

Mueve la cabeza al ritmo de la lengua, alternando entre dar vueltas sobre la punta y llevarme lo más lejos posible dentro de su boca.

Cuando me mete aún más al fondo, suelto una maldición y la agarro del pelo con fuerza—.

¿Vas a llevarme hasta la garganta, mariposa?

—Mmm —murmura ella, con el deseo brillando en la mirada.

Por un momento, pierdo el control y levanto las caderas para llegar un poco más profundo.

Ella se atraganta y, sin querer, me aprieta el glande, lo que me provoca una oleada de placer que asciende por mi columna. Me obligo a retirarme para dejar que me tome como ella quiera.

Pero cuando cierra los ojos y contonea las caderas, sé lo que ansía.

—Quiero que te corras mientras me la chupas.

Eso hace que vuelva a centrarse en mí. Al instante se desliza la mano por el vientre y forcejea con el botón de los vaqueros cortos. Una vez que los ha desabrochado, mete los dedos bajo sus bragas y se acaricia el clítoris con un gemido.

Los dedos me arden por el deseo de ser yo quien la toque, quien acaricie esa carne resbaladiza e hinchada hasta que llegue al clímax. Estoy oficialmente enganchado a hacer que se corra.

Pero eso tendrá que esperar. Porque ella sigue trabajando con la boca sobre mí, pasa la lengua por la punta, y luego chupa con fuerza mientras se hunde aún más profundo que antes.

Cuando le da una arcada y se le llenan los ojos de lágrimas, tengo que inspirar hondo para evitar correrme en su boca en ese mismo instante.

Quizá ella nota la lucha, porque clava la mirada en mí y acelera el ritmo, atragantándose cada vez que va demasiado lejos o demasiado rápido.

Las lágrimas le brillan como diamantes en las pestañas antes de resbalarle por las mejillas, y yo le acaricio la mandíbula y se las seco con el pulgar.

Se me entrecorta la respiración y el calor me recorre la base de la columna. Estoy a punto.

Ella también. Parpadea y mueve los dedos más rápido dentro de las bragas. Ojalá pudiera ver cómo se acaricia ese bonito clítoris que tiene.

La agarro del pelo con fuerza.

—Ahora voy a tomar el control. Concéntrate en ti, porque en cuanto te corras, te voy a llenar la boca.

—La forma entusiasta con la que asiente me parece consentimiento suficiente.

Aprovechando que la sujeto por el pelo para mantenerla quieta, le penetro la boca.

Las pupilas se le dilatan y las mejillas se le sonrojan mientras le follo la boca.

Estoy hinchado, palpitante, desesperado por correrme.

Pero primero quiero que ella llegue al clímax.

Se atraganta por última vez y gruño—: Estás de puta madre conmigo en la boca y con los dedos en tu sexo.

Cierra los ojos con fuerza, contonea las caderas y la vibración de su gemido me recorre el cuerpo.

Eso es todo lo que hace falta para que se rompan mis diques: una ola gigantesca de placer me golpea con tanta fuerza que siento como si todos los músculos del cuerpo se me tensaran al mismo tiempo.

Suelto un gemido largo y profundo, se me hincha el miembro y el primer chorro de semen va hasta el fondo de su garganta.

Dos pulsaciones más, y le echo la cabeza hacia atrás para que mi pene descanse en la punta de su lengua y pueda pintarla con la eyaculación.

—Abre la boca, mariposa. Déjame mirar. —Ella obedece y me mira con ojos vidriosos y cargados de placer mientras le lleno la boca una y otra vez—.

Joder, joder, joder —maldigo. En cuanto los músculos se me relajan y puedo hacer algo más que correrme como un puto tren de mercancías, le suelto el pelo y le rodeo el cuello con la mano—.

Trágatelo para mí. —La forma en que los delicados músculos se contraen bajo mi palma cuando hace lo que le pido consigue que mi pene se despierte de nuevo.

Lo ignoro, porque ahora quiero otra cosa—. Túmbate.

—Pero…

—Violet, quiero que te tumbes. —La voz me sale entrecortada.

Ella obedece, y ahora soy yo quien cae de rodillas entre sus piernas.

Engancho los dedos en los vaqueros cortos y las bragas al mismo tiempo, los deslizo por sus muslos y se los quito; le abro las piernas de par en par, dejando al descubierto el precioso sexo.

Está rosado, hinchado y húmedo por el orgasmo, y estoy desesperado por saborearla.

Con la punta de la lengua, le doy largos y lujuriosos lametones desde la entrada chorreante hasta el palpitante bulto de nervios en la parte superior.

Lo chupo mientras le meto primero un dedo y luego dos.

—Tate —jadea ella, con las caderas ya empezando a moverse contra mí.

Deslizo la mano libre por su cuerpo y le acaricio un pezón, pellizcándolo hasta que se pone duro y se yergue.

—Córrete para mí otra vez, mariposa.

Ella gime, todavía sensible tras el primer orgasmo. Sin embargo, no tardo mucho en excitarla de nuevo. Cuando el canal se le contrae, saco los dedos, uso los pulgares para abrirla bien y la lamo con fuerza y rapidez, desde el pequeño y apretado ano hasta el clítoris hinchado.

Ella arquea la espalda.

—Dios mío, Tate.

—Usa mi cara para correrte —mascullo contra la carne húmeda.

Con una exclamación de deseo, hunde las manos en el pelo y tira de él.

Luego se pega a mí. Le vuelvo a meter dos dedos y los curvo, y luego le chupo con fuerza el clítoris mientras ella se mueve contra mi cara.

La señal del inminente orgasmo es un repentino chorro de calor líquido que me cubre la palma de la mano; los músculos se le tensan y ella grita mi nombre, estrechándome fuerte contra ella.

Solo cuando los muslos dejan de temblarle alrededor de mis orejas, suelta las manos y, por fin, todo el cuerpo se le relaja.

Retiro los dedos empapados y los lamo, ansioso por saborear hasta la última gota.

Aún tumbada frente a mí, contempla cada uno de mis gestos, con los ojos entrecerrados, la piel húmeda por el sudor y una dulce sonrisa de satisfacción en los labios.

Y que me jodan si esa no es la vista de la que voy a disfrutar durante el resto de la vida.