41
Tate
Estoy en medio de una llamada al Reino Unido cuando Sophie me interrumpe por el intercomunicador. Sabe que estoy en una reunión, así que el motivo debe de ser importante.
Me disculpo, pongo la llamada en espera y acciono el interfono.
—¿Qué pasa?
—Perdón por la interrupción, señor. Su prometida está aquí. Ha venido a verle. Me dijo que la dejara pasar si alguna vez venía a la oficina, así que…
Se me revuelve el estómago, y no es porque no quiera ver a Violet, sino porque debería estar trabajando en True Brew. Nunca ha venido antes, y me invade la inquietante sensación de que el motivo de su visita no es nada bueno.
—Hazla pasar. Gracias, Sophie. ¿Puedes reprogramar la reunión del Reino Unido para mañana?
Cuelgo la llamada sin más. Sophie se encargará de solucionar cualquier malentendido que haya podido surgir por mi culpa. Me preocupa más mi prometida. Ansioso por verla, echo la silla hacia atrás y rodeo el escritorio. Estoy a solo unos pasos de la puerta cuando llama, así que la abro yo mismo.
Violet da un paso atrás, con la mano contra el pecho como si la hubiera sobresaltado.
Las marcas rojas en su muñeca prácticamente me saltan a la vista y el corazón se me sube a la garganta. Le cojo la mano y la acuno entre las mías mientras examino el moratón. Ya se está poniendo azulado.
—¿Quién demonios te ha hecho esto? —espeto. Levanto la vista hasta su rostro, esperando una respuesta, y me doy cuenta de que tiene los labios entreabiertos y los ojos muy abiertos. Suavizo el tono—. Violet. ¿Quién te ha hecho daño? ¿Ha sido un periodista?
Echa un vistazo por encima del hombro, hacia Sophie, que está haciendo todo lo posible por no parecer que está escuchando, y se vuelve hacia mí.
—¿Puedo contártelo en tu despacho?
Sin soltarle la mano, la acompaño al interior.
Cierro la puerta en silencio y, cuando me vuelvo, ella está ahí parada, en el medio de la estancia, estudiando el espacio.
La parte de mí que no está consumida por el deseo de saber qué le ha pasado se siente frustrada, porque debería haberla traído aquí hace semanas.
Es mi prometida. Debería estar familiarizada con mi lugar de trabajo.
Debería sentirse con la seguridad suficiente como para pasar por aquí en cualquier momento y no solo cuando algo va mal.
Me paso la mano por el pelo.
—¿Cómo te has hecho daño? ¿Ha sido en True Brew? No me han llamado desde Pinnacle.
Los ojos azules se le clavan en los míos.
—Le he pedido a Brad que no te llamara. Me ha traído él mismo para que pudiera decírtelo en persona.
Por Dios. Si no se da prisa y me lo explica, va a implosionarme el pecho. Si quería decírmelo ella misma, no ha debido de ser un accidente. Alguien le ha hecho daño.
—Siéntate, mariposa. —La agarro con suavidad del codo y la guío hasta el sofá que hay en una esquina de mi despacho—.
Cuéntamelo todo. —Ella se sienta y yo me acomodo a su lado, le agarro la mano de nuevo y le acaricio los moretones con el pulgar.
Ahora que los he visto bien, me resultan evidentes los lugares donde unos dedos se clavaron en su delicada piel.
Alguien la ha agarrado con tanta fuerza que le ha dejado marcas.
La ira crece con fuerza y rapidez dentro de mí y me hace hervir la sangre—. ¿Qué ha pasado?
Se muerde el labio inferior.
—Eric ha venido a la cafetería.
—¿Qué quería?
—¿Hablar? Sinceramente, no lo sé. Cuando le he pedido que se marchara, se ha enfadado y me ha cogido de la muñeca.
—¿Dónde estaba Pinnacle mientras pasaba esto?
—En cuanto me ha agarrado, Brad se ha acercado y se ha deshecho de él. No ha sido una negligencia suya, Tate. No le eches la culpa.
No le echo la culpa a Brad: me la echo a mí mismo. Ha debido de ser toda la publicidad en torno a nuestra relación lo que le ha llamado la atención a Eric, lo que le ha indicado dónde encontrarla. Es culpa mía que él le haya hecho daño.
—Tampoco es culpa tuya —murmura, como si pudiera leerme la mente. O tal vez haya sido mi expresión angustiada.
—Vamos a presentar cargos —digo.
Ella niega con la cabeza.
—No quiero.
—¿Por qué cojones no ibas a querer? Te ha acosado en tu lugar de trabajo y te ha hecho daño.
—No es para tanto —replica ella—. Nunca fue violento cuando estábamos juntos, así que no creo que quisiera hacerme daño. Solo estaba un poco… desesperado, supongo.
—La gente cambia. Me da igual cómo estuviera: te ha puesto las manos encima. Puedo hacer una llamada, traer a la policía aquí mismo, y tú puedes presentar cargos.
—Tate. El objetivo de esta relación era quitarte de encima a la prensa sensacionalista. Si se enteran de que hemos presentado cargos contra el sobrino de un senador estatal, no tardarán en…
—Me da igual. No va a hacerte daño y marcharse tan campante.
—A mí no me da igual —murmura. Tenso la mandíbula, conteniendo mi frustración; lo único que quiero es asegurarme de que nunca vuelva a acercarse a ella—.
Y no es solo eso. Este acuerdo me ha ayudado a recuperar True Brew.
No quiero la clase de publicidad que algo como esto podría atraer, y menos ahora, que estamos volviendo a coger impulso.
No sé qué quería Eric, pero dudo que vuelva.
Si lo hace, iré a la policía. Lo prometo.
Estoy demasiado tenso; aparto la mano de la suya y me paso los dedos por el pelo.
No he sido lo bastante cuidadoso. Desde el momento en que descubrí que ella era la mujer con la que estuve en Onyx, he actuado a lo loco: desde convencerla de que fingiera salir conmigo, hasta anunciar que estábamos comprometidos, pasando por decidir que la quería para mí; todas mis jugadas se han basado en mis deseos y antojos.
Y ahora ella me está pidiendo que haga algo por ella.
Va en contra de todos los instintos que me gritan que localice a Eric y amenace su vida, pero le concederé lo que quiere.
—De acuerdo. Pero Violet, si él intenta algo más…
—No lo hará —dice ella, con un brillo de alivio en los ojos—. No tardará en irse de nuevo a Maine. Y además, ahora sabe que tengo a alguien de seguridad. No querrá arriesgar su trabajo y su reputación, créeme. A Eric solo le importan las apariencias.
Asiento, tragándome la frustración que me empuja a hacerlo de todos modos.
Ella no quiere presentar cargos, y se lo concedo.
Pero voy a llamar al investigador que localizó a mi padre biológico y a pedirle que averigüe todo lo que pueda sobre Eric.
Debería haberlo hecho después de que ella me dijera que él había comentado su publicación en True Brew. Esta vez no voy a dejarlo pasar.
Violet me sonríe.
—Gracias. Sé que quieres ayudar, pero esto es lo mejor.
—Ven aquí. —Hago que se levante, con suavidad, y la guío hasta que se sienta a horcajadas sobre mí.
Le enmarco el rostro con las manos y la pego a mí hasta que sus labios se posan sobre los míos.
Ella suspira contra ellos y se estrecha más contra mí.
Sus pulgares me recorren la suave piel de las mejillas—.
Odio que te hayan hecho daño por mi culpa.
—No es culpa tuya —susurra de nuevo.
Deslizo los dedos por su espalda para poder rodearle la cintura.
—Sí que lo es.
—Quizá puedas compensarme por ello cuando lleguemos a casa. —Con una sonrisa pícara, mueve las caderas.
Un calor me recorre la columna vertebral. De repente, soy demasiado consciente de que la tengo aquí, a solas en mi despacho. He terminado la reunión antes de tiempo y la siguiente no empieza hasta dentro de media hora. Hay muchas cosas que puedo hacer en treinta minutos.
—Puedo compensártelo ahora mismo. —Las mejillas se le sonrojan y mira hacia la puerta—. Sophie no va a entrar. Y tampoco dejará que entre nadie más. Sabe lo que hace.
Los músculos de Violet se tensan como respuesta.
Maldita sea, su interpretación de ese comentario no podría estar más lejos de la verdad.
No va a preguntarme si he estado aquí con otras mujeres porque cree que no tiene derecho a hacerlo, porque todavía no se ha dado cuenta de que ella es la única que goza de ese privilegio, la única que ha sido mía en todos los sentidos de la palabra.
—Eres la única mujer que ha estado en este despacho, mariposa. Y llevo demasiado tiempo imaginándote tumbada en este sofá o echada sobre el escritorio.
Se queda sin aliento, pero me desliza los dedos por el pecho hasta que encuentra el cuero del cinturón.
—¿Y de rodillas? ¿Te lo has imaginado?
Se me acelera el pulso, porque claro que lo he hecho, joder. Aunque no me permito reaccionar ante la imagen que me abrasa la mente.
—Te duele la mano —digo entre dientes.
Ella baja la mirada hacia la marca roja de la muñeca y se recorre la piel con los dedos.
—No lo suficiente como para detenerme.
Hago que levante la cabeza hacia mí.
—La idea era que yo te compensara.
—¿Por qué compensarme tiene que implicar que solo seas tú quien me dé placer?
Mi pulgar dibuja una línea bajo la curva de su labio inferior.
—¿No crees que hacerte llegar al clímax me da placer?
Ella ladea la cabeza.
—Sé que sí, Tate. Lo mismo me pasa a mí. Y por eso quiero hacerlo. Quizá haya tenido mis propias fantasías en tu despacho. Quizá que mi ex sea un capullo no debería quitarme eso.
Joder. El miembro se me pone duro como una roca al imaginar a Violet de rodillas ante mí aquí mismo.
Pero el deseo lucha con la necesidad de cuidar de ella.
Sin embargo, hay algo en su tono de voz.
Algo que me dice que quizá la aparición inesperada de Eric la haya afectado más de lo que se atreve a admitir.
Tal vez lo que ansía es tener un poco de control.
O quizá hay una parte de ella que quiere poseerme exactamente como yo siempre he querido poseerla a ella.
Sé que la batalla está perdida cuando se desliza fuera de mi regazo y se arrodilla entre mis piernas, mirándome con ojos muy abiertos y suplicantes. Sabe de sobra lo que me está haciendo.
—Joder, Violet. ¿Cómo se supone que voy a decirte que no cuando me miras así?