El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 40
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Violet

Me siento en un taburete al fondo de la cafetería, estiro las piernas y muevo los tobillos en círculos. Marie, la nueva camarera, me sonríe al pasar a toda prisa junto a mí.

—Hoy hay mucho trabajo, ¿eh?

—Sí. —Sonrío—. Es genial.

True Brew ha estado a rebosar toda la mañana. No podría estar más encantada de que el duro trabajo que hemos estado haciendo por fin esté dando sus frutos. Bueno, el duro trabajo y el dinero de Tate.

Tate.

Cuando anoche me miró desde su lugar entre mis muslos, tenía una expresión tan intensa que me dejó sin aliento.

Estaba pensando en ser padre. No sé cómo lo supe, pero lo supe.

Y tal vez estaba pensando en su propio padre, el que nunca lo reconoció.

O en el que sí lo reconoció, pero no lo quería.

En cualquier caso, se me partió un poco el corazón, aunque también me dio esperanzas.

Seguramente no mostraría esa clase de vulnerabilidad ante alguien por quien no sintiera un profundo cariño.

La idea me llena de una mezcla de emoción, felicidad y miedo.

Nada de lo que pasó anoche me pareció falso.

En ese momento, creí que era suya. Eso era lo que de verdad quería: quería que me reclamara y se quedara conmigo.

Incluso esta mañana, cuando me he despertado tras quedarme dormida a su lado, había algo nuevo que centelleaba en lo más profundo de sus ojos dorados mientras me miraba.

Y ahora estoy aquí, preguntándome qué significa todo esto.

Tengo que comentarlo con él, lo sé. El riesgo de enamorarme perdidamente y de que me haga daño si no entiendo estas nuevas reglas es demasiado alto.

Pero todavía no me atrevo a hacerlo. Quiero disfrutar de lo que sea que sea esto un poco más antes de obligarme a pedirle que me diga la verdad.

Suspiro y me incorporo con esfuerzo. Rebecca, nuestra repostera a tiempo parcial, ha dejado unos pasteles en la nevera para reponer existencias, así que saco las bandejas y las meto en el horno.

Programo el temporizador del teléfono para no olvidarme y luego vuelvo a salir para ayudar a Jarrod y Marie.

Un par de horas más tarde, una vez que ha amainado el ajetreo, estoy sentada ante una de las mesas vacías, con el móvil en una mano y la agenda delante, trabajando en los detalles de la noche de degustación inaugural de True Brew.

José ha traído una selección de granos de origen único de fincas familiares de Colombia, Brasil y Sumatra, así como varias mezclas especiales.

Todos y cada uno de esos cafés son increíbles, y ahora me estoy centrando en el menú que los acompañará.

Descarto cualquier cosa demasiado dulce, ya que eso opacaría los sabores más sutiles, pero el chocolate negro siempre marida bien con el café. Anoto un par de ideas.

La campanilla que hay sobre la puerta tintinea, levanto la vista y sonrío, como siempre hago al oír ese sonido. Pero la sonrisa se desvanece y el oxígeno abandona mis pulmones de golpe.

Eric está en la puerta, con las manos metidas en los bolsillos y con los ojos azul pálido recorriendo todo el espacio.

Al principio no repara en mí, ya que estoy acurrucada en un rincón, y mi primer pensamiento es que, si me quedo aquí y agacho la cabeza, quizá se vaya.

Entonces me doy cuenta de lo tonta que es esa idea.

Ha venido a verme, así que le preguntará a Jarrod, y Jarrod no sabrá cómo despistarlo.

Al otro lado de la cafetería, Brad, el guardaespaldas de Pinnacle de hoy, está sentado con un portátil abierto delante de él. Teclea como si fuera un inocente y corpulento hombre de negocios trabajando en la cafetería local.

Su presencia calma la ansiedad que se ha desatado en mi interior cuando Eric ha cruzado el umbral.

Tampoco es que espere que me cause ningún problema: le importan demasiado las apariencias y su trabajo como para hacer algo que llame la atención de forma indeseada sobre él, pero, por si acaso necesito ayuda para sacarlo de aquí, Brad está aquí.

Inspiro hondo y me levanto, secándome las palmas de las manos húmedas en el dorso de los vaqueros cortos.

El movimiento llama la atención de Eric, y la sonrisa que me dedica me hace tensar la mandíbula. Es la misma que tanto me impactó la primera vez que nos vimos. Esa que es todo dientes blancos y perfectos y ojos brillantes. Como si nunca hubiera estado tan encantado de ver a alguien.

Cuando se dirige hacia mí, me aparto para evitar que me acorrale y luego lo llevo hacia un lado de la cafetería.

—Violet, cariño, me alegro mucho de volver a verte. Tenía muchas ganas de visitar True Brew. Siempre me acuerdo de lo mucho que hablabas de ello.

Me cruzo de brazos.

—¿Qué haces aquí?

No deja que su sonrisa se desvanezca ante el tono seco de mi voz.

—La campaña del senador para la reelección está calentando motores. Estoy en la ciudad para conseguir apoyo financiero de un par de grandes donantes.

—Y has pensado en localizarme para… ¿qué?, ¿recordar con nostalgia los buenos tiempos? —Arqueo una ceja—. ¿Como el día en que te pillé follando con tu becaria?

La sonrisa permanece, pero se deforma en algo mucho menos encantador.

—Ya te lo dije entonces, Violet, fue un error. Estoy seguro de que tú también has cometido alguno.

—Ajá. —Es tan creíble ahora como lo era entonces. Sobre todo porque, después de jurarme que había sido un error, cambió el discurso y me acusó de no ser lo bastante sexual como como para satisfacerlo—. ¿Qué haces en mi cafetería, Eric?

—¿No puedo querer ponerme al día con una antigua novia mientras estoy en la ciudad? He pensado que podríamos ir a algún sitio a charlar.

Las palabras son suaves, pero desprende una vibración extraña.

Nunca le tuve miedo a Eric cuando estábamos juntos porque no era de los que recurrían a la violencia.

Era más probable que me manipulase y me hiciese falsas promesas para conseguir lo que quería.

Pero su rostro parece tenso y tiene un brillo en los ojos que parece nerviosismo.

Se me pone la carne de gallina y una vocecita en mi interior me susurra que me aleje de él.

Pero no quiero darle la satisfacción de saber que su presencia me está afectando. Solo quiero que se vaya.

—Eric, me trataste como una mierda mientras estuvimos juntos —digo, manteniendo el tono bajo—. Me mentiste, me manipulaste y me engañaste. No tengo ni las más mínimas ganas de que vayamos a ninguna parte, y desde luego no tengo nada que hablar contigo.

En un abrir y cerrar de ojos, ese atisbo de nerviosismo que he percibido se transforma en ira descarada. Frunce el ceño y las fosas nasales se le dilatan.

—¿Qué se siente al estar comprometida con un multimillonario? —La pregunta sale de la nada y me deja aturdida—. ¿Te mima? ¿Te hace muchos regalos? Apuesto a que está dispuesto a darte lo que sea si se lo pides de la forma adecuada.

Me sobresalto. ¿Todo esto se trata de Tate?

Pero no parece celoso, como cuando salíamos y se quedaba mirando con los ojos entrecerrados y una mueca de desprecio a cualquier hombre con el que hablara.

Y la verdad es que eso ya me da igual. No me importa por qué está aquí.

Doy un paso hacia él, con la esperanza de que el gesto lo anime a dirigirse hacia la puerta.

—Tienes que irte. No me interesaba lo que tuvieras que decirme entonces, y tampoco me interesa ahora.

Te aprovechaste de mí después de que muriera mi padre, pero he aprendido la lección y no tengo ningún interés en revivir el pasado.

Y, definitivamente, tampoco quiero hablar contigo de mi relación actual.

—El rostro de Eric palidece y luego enrojece de forma alarmante, y a mí se me acelera el pulso—.

Tienes que irte —le repito. Con la mayor naturalidad posible, busco a Brad con la mirada.

Parece que, después de todo, sí voy a necesitar su ayuda.

—Tengo más cosas que decirte —responde Eric—.

Y, créeme, quieres oírlas. —Brad ya se está moviendo, pero solo ha recorrido la mitad del local cuando Eric me agarra de la muñeca y tira con tanta fuerza que siento como si me descoyuntara los huesos—.

Se suponía que esta iba a ser la forma fácil —sisea.

Se me echa encima, pero un segundo después me suelta y levanta las manos—. Me voy, me voy —dice, retrocediendo.

—Sí, claro que te vas —gruñe Brad, que de repente está a mi lado. Aprieta los puños y va detrás de mi ex, pisándole los talones mientras se apresura hacia la puerta.

Me acaricio la muñeca y los miro, aturdida.

Cuando la puerta se cierra tras ellos y la cafetería queda en silencio, la inquietud y la vergüenza me ponen la carne de gallina.

Echo un vistazo a los clientes que me rodean.

Todos están mirándome. Antes de que pueda encontrar las palabras para disculparme por el alboroto, Jarrod llega junto a mí.

—Dios mío. ¿Estás bien?

Temblando, probablemente por la adrenalina, agacho la cabeza y me examino la muñeca. Está enrojecida y un poco hinchada, pero aparte de la irritación y de un dolor sordo que siento cuando flexiono la mano, estoy bien.

Jarrod me coge de los dedos para mirarme la muñeca, preocupado.

—¿Quién era ese tío? ¿Llamo a la policía? Podrías presentar cargos por agresión.

Me obligo a centrarme, a deducir qué pasaría si la prensa se enterara.

El objetivo del acuerdo con Tate era disuadir a la prensa sensacionalista de escribir artículos escandalosos sobre él y hacer que True Brew volviera a ser un referente de la comunidad.

Presentar cargos contra el sobrino del senador Rawlins tendría el efecto contrario.

Y por el miedo que se le veía en la cara cuando Brad lo ha echado, no creo que vaya a volver.

De hecho, ni siquiera entiendo todavía para qué ha venido.

Así que sacudo la cabeza con un gesto de negación.

—Estoy bien. Solo ha sido un momento raro.

No volverá a pasar. —Me alegra que mi voz suene más tranquila de lo que me siento.

Tener a Eric aquí, en mi cafetería, donde nunca debería haber entrado, poniéndome las manos encima de una forma que nunca creí posible, ha sido más que desconcertante.

Él pertenece al pasado y no tiene por qué entrometerse en mi nueva vida.

Jarrod frunce el ceño.

—Se lo vas a contar a Tate, ¿verdad? Tiene que saberlo.

Suena la campanilla de la puerta y aparece Brad, que llega junto a mí.

—¿Estás bien? —Se fija en mi muñeca y la expresión se le ensombrece—. Debería haberle dado una paliza.

Suelto un suspiro tembloroso.

—Agradezco el gesto. Pero solo es un ex resentido. Ni siquiera vive en Nueva York, así que dudo que vuelva.

Coge el teléfono.

—Tengo que informar al señor King.

Le pongo la mano en el brazo.

—¿Puedes dejar que sea yo quien se lo diga a Tate?

Frunce el ceño, pero asiente a regañadientes y vuelve a guardarse el móvil en el bolsillo. Su trabajo es informar a Tate de cualquier incidente, así que le agradezco que haya cedido.

—Pero tienes que hacerlo ahora mismo —dice—. No le va a hacer ninguna gracia si se entera por mi informe de fin de turno.

—Por supuesto. No quiero que te metas en un lío. —Me vuelvo hacia Jarrod—. ¿Puedes cubrirme el resto de la tarde?

Asiente, con el ceño aún fruncido por la preocupación.

—Por supuesto. Y ahora que sé la pinta que tiene, me aseguraré de que no intente colarse de nuevo.

—Gracias. Nos vemos mañana. —Levanto la vista hacia Brad—. ¿Puedes llevarme con Tate?