39 #4
—Muévete tú, mariposa. Vas a tenerme dentro de todo, pero quiero que seas tú quien me folle.
—Ella se echa hacia atrás con movimientos espasmódicos y vuelvo a maldecir.
El sudor me brota de la frente cuando me toma más hondo.
Por fin, el cuerpo se le relaja lo suficiente como para que yo pueda tomar el control, y la penetro de todo hasta llegar al fondo.
Se me tensan todos los músculos y estoy tan a punto de explotar, joder, que casi me mareo.
Nunca he sentido nada tan bueno como tener mi miembro desnudo enterrado hasta el fondo en el sexo cálido y húmedo de Violet.
Estoy tan apretado contra el fondo del canal que me preocupa estar haciéndole daño—. ¿Estás bien, preciosa?
—Mejor que bien. Es increíble. Nada ha sido nunca… —Cierra los ojos con fuerza—. Nada ha sido nunca tan perfecto.
Deslizo la mano por la curva de su columna para rodearle la nuca con los dedos.
—Dime que pare si es demasiado.
—Vale. —Con una mano sujetándola y la otra rodeándole la cadera, me retiro casi por completo antes de volver a hundirme hasta el fondo. Ella deja escapar un suspiro, pero antes de que pueda comprobar si está bien, vuelve la cabeza y me mira a los ojos—. Más.
Eso es lo único que hace falta para que pierda el control y la mente se me nuble.
La penetro una y otra vez. Su sexo me ciñe con tanta fuerza que sé que no tardaré mucho en vaciarme dentro de ella.
El sonido de nuestras pieles chocando solo amplifica el deseo que me recorre por completo.
Es crudo, real y muy sexy, y me obliga a penetrarla con más fuerza.
De ninguna manera voy a correrme sin llevármela conmigo. Me echo sobre ella y desato con rapidez un extremo de la cinta que le ata las muñecas.
—Usa el juguete. No voy a llenarte hasta que ese sexo cálido se derrita alrededor de mí.
Inmediatamente, suelta el edredón, al que se aferraba salvajemente y con una mano temblorosa, busca a tientas el vibrador.
En cuanto lo encuentra, lo enciende y se lo desliza entre las piernas.
El jadeo inicial se transforma en un gemido cuando siente la vibración en el clítoris.
Y yo también obtengo mi recompensa cuando sus delicados músculos internos se contraen inmediatamente a mi alrededor.
Un leve eco de las vibraciones del juguete se propaga por mi miembro, y casi es suficiente para llevarme al límite antes de que esté listo.
Pero quiero asegurarme de que esta noche quede grabada en su memoria tal y como lo estará en la mía.
Así que le suelto las caderas y le separo las nalgas.
Por un momento, me distrae la forma en que su sexo se estira con tanta fuerza a mi alrededor.
—Joder, mariposa. Mírate.
Pero el orgasmo chispea en la base de mi columna con tal intensidad que, si pierdo más tiempo admirando la forma perfecta en que me recibe, voy a arrepentirme.
Estoy al borde del precipicio y, a juzgar por sus jadeos y gemidos, cada vez más fuertes, ella también.
Agacho la cabeza y me escupo en el pulgar, y luego se lo paso por el pequeño y apretado agujero.
La saliva lo lubrica lo suficiente como para que pueda introducir la punta dentro de ella.
—¡Dios mío, Tate! —exclama Violet, ciñéndose con fuerza en torno a mí.
—Mírate, recibiéndome por los dos agujeros —gruño—. Solo un poco más, preciosa, y los dos nos correremos.
—Dame más —suplica—. Quiero que me llenes por todas partes.
Joder, qué mujer. Es perfecta en todos los sentidos. Retiro el pulgar poco a poco y luego empujo más profundo hasta que se lo meto hasta el nudillo, con el resto de los dedos apoyados en las redondeadas curvas de su trasero.
Violet se estremece.
—Me voy a correr, Tate. No puedo… No puedo… —La voz se le quiebra; la sensación del vibrador en el clítoris, el miembro en el sexo y el pulgar en su trasero la lanzan en caída libre.
Y a mí no me hace falta mucho más.
—Joder, mariposa. Vas a hacer que me corra… —empujo profundamente— la hostia… —me agacho hacia delante, le rodeo el cuello con la mano libre y hago que eche la cabeza hacia atrás para poder verle la cara cuando llegue el orgasmo— de fuerte.
Abre los labios para soltar un grito y el calor húmedo de su sexo me inunda el miembro cuando se ciñe a mi alrededor y su trasero me estrangula el pulgar.
La presión en la base de mi columna estalla por fin y una llamarada de calor y electricidad me recorre el miembro hasta que explota hacia fuera.
Me corro con tantas ganas que se me escapa un grito del pecho y se me contraen los músculos abdominales espasmódicamente.
Casi pierdo el conocimiento mientras chorro tras chorro de semen sale a borbotones de mí, llenándola tanto que empieza a derramarse alrededor de mi miembro con cada embestida.
Ha dejado caer el juguete y vuelve a aferrarse a las sábanas, balanceándose hacia mí; disfruta del orgasmo y eso prolonga el mío.
Por fin, ese placer agonizante se alivia y puedo volver a respirar. Cuando enfoco la vista por fin, me retiro de ella y hago que se vuelva para poder besarla.
—Eres toda mía —murmuro contra sus labios—. Eres toda mía, Violet.
Ella me devuelve el beso con la misma desesperación y, cuando por fin me he saciado de su sabor, voy besándola por todo el cuerpo; luego le agarro los muslos y los abro de par en par.
El sexo perfecto de Violet está rosado e hinchado por los orgasmos y mis esfuerzos.
El semen sigue saliendo de ella. El semen con el que la he llenado.
El semen que, si no tomara anticonceptivos, podría dejarla embarazada.
La idea de Violet con el vientre lleno hace que i miembro se desperece una vez más a pesar de que acabo de correrme más fuerte que nunca.
Deslizo los dedos por su sexo, recojo el semen y lo empujo de nuevo dentro de ella.
Ella enreda los dedos en mi pelo, con el extremo de la corbata aún colgando de su muñeca.
Cuando levanto la vista, lo que se veo en sus ojos me oprime el pecho.
Me he pasado la vida evitando esa clase de vulnerabilidad.
Me puse una máscara y le mostré al mundo solo lo que quería que vieran.
Me escondo tras la fachada de un hombre que es impasible, imperturbable.
Pero Violet ve al hombre real a través de la farsa, y por muy aterrador que sea, me encanta no tener que ocultarle nada.
Con un último y suave beso en el clítoris, me echo sobre ella y la abrazo. Ella me acaricia la cara y siento sus manos cálidas Sobre mi piel. No decimos nada. No hay palabras que le hagan justicia a lo que siento. A lo que espero que los dos sintamos.
Una vez que este acuerdo haya terminado, le voy a pedir matrimonio a mi prometida. Y después de casarme con ella, cuando los dos estemos preparados, buscaremos un bebé. Pero hasta que eso ocurra, voy a disfrutar de tenerla aquí. A mi lado y en mi cama.