El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 39 #3
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Sus pupilas se dilatan y su boca se abre para dejar escapar un largo gemido, y su cuerpo se estremece contra mí. Sigue adelante, cabalgando la ola de su orgasmo. Cuando por fin se desvanece, se desploma contra mí.

Vuelvo a tomar su boca, exigente, posesivo. Pero necesito más. Con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho, la agarro por las caderas y la levanto hasta que queda suspendida sobre mi boca. Su sexo está empapado tras el orgasmo y, joder, quiero saborear hasta la última gota.

—¿Qué estás haciendo? —Apenas oigo esa pregunta entrecortada por encima del rugido de mi pulso, que late con fuerza en mis oídos.

—Esta noche te quiero toda. —Me lamo los labios y la pego a mí.

—¡Dios mío, Tate! —exclama cuando le poso la lengua en el clítoris. Cuando lo acaricio con la punta, se le estremece todo el cuerpo—. No puedo. Es demasiado pronto.

Ya debería saber que no voy a parar. Le doy otro golpecito con la lengua y luego vuelvo a chupar. A pesar de la protesta, se agarra al cabecero y abre las piernas para permitirme un mayor acceso. Esa es mi chica. Confía en mí. Sabe que siempre cuidaré de ella, que siempre le daré lo que desea.

Ella gime mientras paso la lengua con lentitud por su sexo.

Cuando llego al bulto hinchado de nervios de la parte superior, le doy un golpecito y vuelvo a empezar.

Solo hacen falta unas cuantas pasadas más antes de que empiece a temblar.

Cuando me meto el clítoris en la boca y lo acaricio con fuerza y rapidez, ella inspira bruscamente y le tiemblan los muslos.

Un instante después, su excitación me cubre los labios y la barbilla.

—Eres sexy de cojones. —La hago bajar y me aparto para que quede tumbada, sin fuerzas, boca abajo.

Deslizo la mano por su espalda y luego sigo hacia abajo, por las curvas de su trasero.

No puedo contenerme y le doy una fuerte palmada en una de las nalgas.

Ella gime a modo de respuesta y se me pone el miembro aún más duro al ver cómo la piel se le vuelve rosada.

La abro con las dos manos, asegurándome de rozar con los pulgares ese pequeño y apretado pliegue.

—Algún día follaremos por aquí, mariposa.

Te llenaré los dos agujeros. Uno con mi pene y otro con un juguete.

Haré que te corras tan fuerte que te desmayes.

Voy a hacerte mía por todas partes, preciosa.

Pero esta noche no. —Deslizo los pulgares más abajo, y separo los labios de su sexo para revelar la entrada chorreante.

Suelto un gemido y le meto la punta de los pulgares—.

Esta noche, voy a llenar este precioso sexo.

Ella vuelve la cabeza hacia un lado para poder mirarme por encima del hombro.

—Sí —sisea. Y joder, me vuelve loco que ella también lo desee.

Pero esta noche quiero algo más de ella. No se lo he pedido antes porque, aunque me encanta inmovilizarla y follar con ella, me gusta aún más tener sus manos sobre mí. Pero esta noche, en mis venas cabalga un puro deseo primitivo.

—¿Puedo atarte, mariposa?

Me mira, parpadea y las largas pestañas oscuras se recortan sobre esos dos lagos azules.

—¿Te refieres al sh-shibari ?

Sonrío, incluso a pesar de la necesidad que amenaza con ahogarme, cuando una imagen de aquella primera noche en el Onyx aparece en mi mente.

—No, no va a ser shibari . Quiero atarte los brazos con unas corbatas. Sin cuerdas ni nudos. Solo lo suficiente para que no puedas detener el placer. ¿De acuerdo?

—Vale —susurra.

Me da un vuelco el corazón al ver la confianza que tiene en mí. Me levanto de la cama y cojo dos corbatas. Si tuviera las cintas adecuadas, podría atarle también las piernas. Pero con esto será más que suficiente.

—No te muevas. —Enrollo una de las corbatas alrededor de su muñeca derecha.

Está lo bastante apretada como para aguantar si tira un poco.

Luego enrollo el otro extremo alrededor de la muñeca izquierda.

Hago un rápido movimiento con una segunda corbata para enlazarla alrededor de la que se tiene en las muñecas, y luego la ato al cabecero.

Su respiración hace más profunda—. ¿Sigues bien, mariposa?

Ella asiente, con la vista clavada en mí.

—¿Hace falta una palabra de seguridad?

Bajo la cabeza hasta que mis labios se ciernen sobre los suyos.

—Es «Para», mariposa. La palabra es «para».

—¿No se supone que debe ser algo que no diría accidentalmente?

—En este caso no. En cuanto digas «Para», eso es lo que haré. ¿Entendido?

Después de que ella me confirme con un gesto que lo ha comprendido, deslizo el dedo por su columna hasta llegar a su trasero, cierro los ojos e inspiro hondo; todos los músculos le tiemblan bajo mi tacto.

Abro la mesita de noche y saco un objeto que compré solo para ella. Una vibrador como el que pareció llamarle la atención cuando pasó por delante de los escaparates de Onyx.

La enciendo, deslizo el brazo bajo sus caderas y la levanto para que quede de rodillas, con el culo en pompa. Con los brazos estirados delante de ella, se ve obligada a mantener el pecho pegado a la cama. Así, su precioso sexo queda al descubierto y abierto para mí.

Paso el cabezal vibrante del juguete por su sexo hinchado y húmedo y le arranco un grito de sorpresa. Los muslos le tiemblan mientras lo muevo de un lado a otro, humedeciéndolo con su excitación.

—Dios mío —susurra—. Tate, eso es… Dios, es increíble.

Le doy otra palmada en el culo, saboreo su gritito entrecortado y luego rodeo el clítoris con el juguete, sin tocarlo nunca directamente. Violet gime y contonea las caderas como respuesta a esa estimulación indirecta. El miembro se me pone tan duro que juraría que palpita al ritmo de mi pulso.

—Estás chorreando entre los muslos, mariposa. Vas a dejar una mancha de humedad en mis sábanas antes incluso de que hayamos follado.

—Tate —gime ella. Joder, está a punto de correrse, y ni siquiera la he tocado donde más lo desea.

Le rozo el clítoris con las yemas de los dedos y luego la provoco jugueteando con su entrada.

Cuando deslizo dos dedos dentro de ella, se sacude hacia delante.

Pero un latido del corazón más tarde se echa hacia mí, buscando más, y yo giro los dedos y los doblo.

Vuelvo a pasarle el juguete por encima, evitando aún ese bulto hinchado de nervios, y una serie de jadeos frenéticos se le escapan de la boca. Los muslos le tiemblan, como si estuviera a punto de perder la capacidad de mantenerse erguida.

Saco los dedos de su canal y hundo la lengua en ese precioso sexo, la lamo y le provoco el clítoris con suaves toques. Su sabor hace que el palpitar de mi miembro se convierta en una agonía. No hay forma de que pueda alargar esto tanto como me gustaría. Al menos, esta vez no.

Me aparto y me lamo los labios para notar su sabor, y luego le vuelvo a hundir dos dedos.

—¡Tate! —Su grito es música para mis putos oídos.

Muevo los dedos dentro de ella, acaricio la pared frontal hasta que encuentro el punto exacto.

Violet se balancea hacia mí lo mejor que puede, con los brazos delante de ella y sin poder apoyarse.

—Por favor —suplica—. Por favor, tócame, Tate.

—¿Es esto lo que quiere tu bonito clítoris? —Pongo el juguete justo encima de donde ella lo quiere y se estremece de nuevo.

—Sí, por favor. Haz que me corra, Tate. Por favor.

—Deja que te meta tres dedos y podrás correrte —le digo.

—Vale.

Saco los dedos lo justo para añadir un tercero y los vuelvo a introducir con lentitud en su estrecho y húmedo calor.

Respira entre jadeos, y yo estoy al límite. Voy a dejar que se corra, pero sin usar el juguete. Todavía no.

Aparto el vibrador, lo apago y lo dejo caer en la cama junto a nosotros.

Le paso los dedos por el clítoris y la acaricio con la misma cadencia que siguen mis dedos al hundirse en su interior.

Cuando las piernas empiezan a temblarle y ella se echa hacia mí, aumento el ritmo, la penetro profundamente mientras sigo acariciándola en círculos.

Se sacude contra mi mano, suelta un grito y se tensa a mi alrededor con un orgasmo fuerte y tembloroso.

Mientras se calma, paso la punta de mi miembro por la entrada empapada.

Joder. Me muero de ganas… El roce de la carne húmeda contra mí casi me vuelve loco.

Nunca he querido follar sin condón con nadie, nunca he querido arriesgarme a dejar embarazada a una mujer.

Pero ahora mismo, con Violet entregándose a mí de una forma tan maravillosa, no puedo pensar en nada más que en llenarla con mi semen.

Ella ya lleva mi anillo. Podríamos casarnos, tener un bebé, uno al que los dos íbamos a amar, uno al que podíamos criar juntos.

Esos pensamientos no son demasiado racionales, pero ahora mismo me siento cualquier cosa menos racional: me siento imprudente de cojones.

Violet me hace sentir imprudente.

La penetro y suelto una maldición ahogada. Siempre está apretada, pero en este ángulo, es como meter el miembro en un tornillo de banco al rojo vivo. Solo consigo entrar unos dos centímetros antes de tener que parar, bajar la cabeza y respirar.

—Relájate, preciosa. Eres muy estrecha, joder, y no quiero hacerte daño.

—Lo estoy intentando —dice, agarrándose al edredón. Cierra los ojos y suelta el aire, y yo me deslizo otro centímetro—. Ah, Dios —suspira—. Más. Quiero más.

Joder. El miembro se me pone tan duro que no me sorprendería que ella pudiera notar la punta palpitando con cada latido de mi corazón. Me preocupa correrme antes de meterlo del todo.