El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 39 #2
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Sus labios se curvan en una leve sonrisa y pone su mano encima de la mía. Y joder, creo que estoy enamorado. No, no lo creo: lo estoy.

Ni siquiera puedo precisar cuándo ha ocurrido.

Quizá una parte de mí siempre intuyó que esto era inevitable.

Desde el momento en que la vi en Onyx, me sentí atraído por ella.

Y sí, quizá había una parte subconsciente de mí que la reconoció, pero no creo que ni siquiera eso lo explique.

Lo único que sé es que la amo. La amo y no quiero dejarla marchar.

En cuanto termine nuestro acuerdo, voy a hacer que esto sea real.

Cole me mira y arquea una ceja oscura, con esa sonrisa demasiado cómplice en los labios. Correspondo al gesto; mi hermano no es tonto. Lo sabe.

Después de cenar, Delilah saca una tarta de manzana con helado que está tan deliciosa como la comida.

Estamos a punto de terminar cuando Cole carraspea.

—Teníamos otra razón para invitaros aquí esta noche.

A mi lado, Violet se endereza y fija la mirada expectante en Delilah, que ahora se muerde el labio inferior y juguetea con la servilleta.

La miro primero a ella y luego a Cole, haciendo todo lo posible por descifrar la situación, pero sin llegar a ninguna conclusión. ¿Qué está pasando?

Cole le rodea la nuca a Delilah con las manos y acerca su cabeza a la de ella.

—¿Quieres decírselo tú, gatita?

Inspira hondo, nos mira y sonríe.

—Bueno, resulta que estoy embarazada.

¿Qué?

—¡Enhorabuena! ¡Qué emocionante! —exclama Violet, y prácticamente tiembla de emoción en su asiento.

Mi cerebro por fin hace las conexiones necesarias y carraspeo.

—Enhorabuena.

—¿De cuántas semanas estás? —pregunta Violet.

Delilah se lleva una mano al vientre liso.

—Doce semanas. —Irradia tanta felicidad que prácticamente reluce.

La forma en que Cole la mira, con un amor y un fiero instinto protector se me clava con fuerza en el pecho.

Debería estar haciéndoles preguntas como las de Violet, pero me cuesta concentrarme porque mi cerebro sigue aferrado a esa expresión del rostro de mi hermano.

Es imposible que mi padre mirara así a mi madre.

Quién sabe si mi verdadero padre lo hizo.

Es difícil de imaginar. Si lo hubiera hecho, ¿habría estado presente en mi vida? ¿Me habría querido?

Esos pensamientos intrusivos me roban parte de la alegría del momento y me provocan un nudo en el pecho.

Violet pone su mano sobre mi pierna y la aprieta, con una pregunta muda en sus ojos, como si se hubiera dado cuenta de mi extraño momento de desconexión.

Me recompongo.

—No esperaba ser tío tan pronto. Pero creo que todos sabemos quién va a ser el favorito de Delilah. Roman no tiene ninguna posibilidad.

Delilah me sonríe.

—Tanto tú como Roman seréis unos tíos maravillosos.

Cole vuelve la cabeza, entrecerrando los ojos.

—Más te vale aprender a serlo. —Luego hace que Delilah se siente en su regazo y le susurra algo que la hace sonreír.

Violet me lanza una mirada, torciendo los labios para contener su propia sonrisa.

—Quizá deberíamos irnos —susurra.

Le dedico una sonrisa burlona, aunque creo que no se me ha dado muy bien.

—Quizá alguien debería explicarles que es imposible concebir al segundo bebé antes de que nazca el primero.

—Mejor lo haces tú —dice ella, poniendo los ojos en blanco.

Pero cuando la pego a mí, hundo la nariz en su cabello y la huelo, ella me rodea con sus brazos como si supiera cuánto anhelo su tacto.

Cuando la suelto, busca mi mirada, sonríe suavemente y luego se vuelve hacia Delilah—. ¿Quieres que te ayude a recoger?

Delilah se baja del regazo de Cole y se sacude el vestido, con la barbilla agachada y las mejillas sonrosadas por la vergüenza.

—Muchas gracias, pero no, ya nos encargaremos nosotros.

—Lo mínimo indispensable —le gruñe Cole al oído, por desgracia lo bastante alto como para que yo lo oiga. Me dedica una sonrisa burlona—. Quizá aún no podamos concebir al segundo, pero podemos practicar.

Cojo a Violet de la mano.

—Y esa es la señal para irnos.

Delilah esconde la cara en el pecho de Cole y él enarca las cejas.

—Pues daos prisa y marchaos.

Violet reprime una risa y me sonríe, pero yo sigo con esa extraña opresión en el pecho y no tengo ni idea de lo que estoy sintiendo en este momento. Soy feliz por Cole y Delilah, por supuesto, pero esa felicidad se mezcla con un sinfín de otras emociones contradictorias.

—Felicidades de nuevo —dice Violet por encima del hombro mientras la guio hacia el ascensor, pero Delilah y Cole están demasiado absortos el uno en el otro como para oírla.

Ella se ríe de nuevo, sin ofenderse en absoluto por que los dos hayan perdido interés en nosotros.

Me quedo en silencio mientras se abren las puertas del ascensor y entramos—.

Es una noticia maravillosa —dice cuando las puertas se vuelven a cerrar.

—Lo es. Me alegro por ellos.

Por la forma en que Violet me mira en el coche de camino a casa, con el ceño fruncido, sé que está preocupada por mi silencio.

Pero el pinchazo detrás de las costillas que ha acompañado a la noticia de que mi hermano va a ser padre no ha remitido.

De hecho, está expandiéndose, retorciéndose en mi interior hasta convertirse en un pulso ineludible en mis venas.

No puedo mirar a Violet. Si lo hago, no podré mantener mis manos alejadas de ella.

Estoy convencido de que no es así como alguien normal reacciona al enterarse de que va a ser tío.

Es como si se hubiera abierto una puerta en mi pecho y un deseo que nunca había sentido me impulsara a reclamar a Violet, a marcarla como mía, algo que jamás había hecho.

—¿Estás bien? —pregunta Violet cuando la cojo de la mano y me dirijo con paso firme hacia el ascensor.

—Lo estaré. —La puerta se abre y la hago entrar. En cuanto paso mi tarjeta para subir al apartamento, me giro, hundo mis dedos en su pelo y estrello mis labios contra los suyos.

Me trago su grito de sorpresa e invado su boca con mi lengua.

Sabe a tarta de manzana y a Violet. Si pudiera disfrutar de ese sabor para el resto de mi vida, no lo dudaría un momento.

Me está volviendo loco, y quiero esa locura.

La deseo de una forma que nunca creí posible.

El sexo que solía buscar no es más que una sombra, una pálida imitación de lo que tengo con ella.

La necesito. Antes de que las puertas se cierren del todo, le bajo los tirantes del vestido por los hombros, y la dejo desnuda hasta la cintura.

Agacho la cabeza y me meto en la boca uno de sus pezones, firmes y duros, y eso nos hace gemir a los dos. La agarro por las caderas y la levanto para que pueda rodearme la cintura con las piernas. Cuando su calor me envuelve, restriego mi erección contra ella.

Suena la campanilla del ascensor y salgo a zancadas, con ella todavía abrazada a mí.

—Joder —murmuro, sintiendo el peso de su pecho turgente en la palma de mi mano—. No puedo esperar más, mariposa. Necesito estar dentro de ti.

—Sí, Tate —suspira ella, contoneando las caderas.

Esta vez consigo llegar al dormitorio, la tumbo sobre la cama y le bajo el vestido por los muslos hasta dejar al descubierto un diminuto tanga rojo.

Engancho mis dedos en el frágil tejido y, con un rápido giro de las muñecas, se lo arranco de un tirón.

Luego doy un paso atrás, me quito rápidamente la camisa y la tiro al suelo.

Me recorre el cuerpo con la mirada, con una sonrisita seductora en el rostro; sus manos se dirigen a sus pechos y se acaricia los pezones.

No tengo ni idea de lo que estoy haciendo ahora mismo: esta mujer que yace desnuda ante mí me ha arrebatado el control.

—¿Tomas anticonceptivos? —Mi voz no es más que un susurro.

El movimiento de sus dedos cesa y sus ojos se clavan en los míos.

—Sí.

—¿Podemos follar a pelo, mariposa ? Siempre he usado condón. Siempre.

—Sí —susurra—. Quiero hacerlo así contigo, Tate.

Siento un nudo en el pecho y me palpita el pene; la hostia de confiada, completamente mía…

Me quito el resto de la ropa, deteniéndome solo un instante para envolver mi mano alrededor de mi pene y apretar con la esperanza de aliviar algo de la presión. Luego me echo a su lado en la cama y hago que se ponga a horcajadas sobre mis caderas y la muevo sobre mi miembro palpitante.

—Mójate sobre mí así. Necesito que estés chorreando antes de follar. —Su cuerpo es cálido y está resbaladizo; cada movimiento arriba y abajo, sobre mi pene, es una deliciosa tortura—. Eso es, preciosa. —Un gemido se abre paso desde lo más profundo de mi pecho—. Qué bueno es esto.

Tiene el pecho y la cara enrojecidos, y los párpados pesados, y no deja de contonearse sobre mí.

Hundo la mano en su pelo y hago que acerque sus labios a los míos. Su sabor en mi boca, su cuerpo sobre mi pene… Me cuesta toda mi concentración no correrme, pero lo consigo. Esta noche, el único lugar donde voy a llegar al clímax es en su sexo perfecto.

Le voy dando besos a lo largo de la mandíbula; luego lamo y chupo, descendiendo por su cuello y sus clavículas hasta llegar a sus pechos.

Ella se arquea hacia mí, y yo le rodeo el pezón con la lengua; le doy unos toquecitos y lo pellizco entre mis dientes, con tanta fuerza que ella inspira bruscamente y sus caderas se sacuden contra mí.

Con un pequeño grito desesperado, extiende las manos sobre mi pecho para incorporarse, obligándome a soltarla.

—Me voy a correr, Tate —dice, contoneando las caderas—. Estoy a punto.

Verla así, con las mejillas sonrosadas y los labios entreabiertos, hace que cada una de mis terminaciones nerviosas se tense.

—Déjame hecho un desastre, Violet. Quiero estar empapado de ti.

—Con una última sacudida errática se echa a temblar.

Cierra los ojos con fuerza, pero no voy a permitírselo.

Le agarro un mechón de pelo de la nuca, lo que la hace abrir los ojos de golpe—.

Mírame, mariposa. Mírame a los ojos mientras te corres restregando ese clítoris hambriento contra mi pene.