38
Violet
Me incorporo y me apoyo en un brazo para poder mirarlo a la cara.
—¿Qué quieres decir?
Me dedica una media sonrisa, aunque hay una tensión alrededor de sus ojos que desmiente la actitud relajada que intenta aparentar.
—Mi padre no es el hombre que me engendró.
—Tate —susurro, invadida por una oleada de comprensión. Tiene sentido. Sus hermanos comparten la mayoría de sus rasgos físicos, pero él parece diferente. Aun así, nunca lo habría imaginado.
La cautela ensombrece su mirada y todo su cuerpo se tensa de forma casi imperceptible. ¿Cree que voy a juzgarlo por ello?
Quiero que siga hablando, que se sienta cómodo compartiendo su verdad conmigo, pero no quiero forzarlo, así que no le pregunto directamente. Voy a esperar a que él se anime a hacerlo. En su lugar, le acaricio la mandíbula.
—¿Qué pasó con esos chicos?
—Me quedé paralizado. No entendía ese término. Bastardo —continúa—. Pero por la forma en que pronunció la palabra, con desdén, supe que era algo malo. Roman y Cole lo oyeron. Les dejamos unos cuantos moratones a todos.
Le acaricio el pecho, con la esperanza de infundirle una sensación de consuelo, un poco de paz, mientras habla.
—¿Tu padre o tu madre te lo habían comentado alguna vez?
Suelta una risa sin gracia.
—Ignoraban el tema incluso más de lo que me ignoraban a mí.
O se ignoraban el uno al otro. Imagino que admitirlo significaría que tendrían que hacer algo al respecto.
Y a ninguno de los dos les interesaban los problemas que podían surgir a raíz de eso.
Las apariencias siempre han sido más importantes para ellos que cualquier pena o confusión que yo pudiera sentir.
—¿Y Cole y Roman? ¿Lo sabían?
Asiente.
—Incluso después de esa primera pelea no entendía lo que era un bastardo.
Pero cuando pasó un par de veces más, empecé a darme cuenta de que había algo diferente en mí.
Entonces oí a Cole y a Roman hablar de ello.
No lo hacían en mal sentido, solo especulaban sobre quién podría ser mi padre.
Hablaban de ello como si fuera verdad. Durante mucho tiempo, les guardé rencor.
Sí, me habían defendido, pero había una brecha entre nosotros que antes no existía.
Y ellos dos estaban a un lado de ella y yo, al otro.
»Aunque —suspira, escudriñándome— estoy empezando a darme cuenta de que gran parte de eso fue culpa mía.
Por mis propias inseguridades. Crecer como lo hicimos nos pasó factura a todos.
No creo que mi padre quisiera que estuviéramos tan unidos como cuando éramos pequeños.
En aquel momento, Roman estaba en un internado y ya había empezado a encerrarse en sí mismo.
Algo le pasó a Cole también, aunque tampoco hemos hablado nunca de eso.
Cambió, se volvió más cínico. Pero yo estaba tan sensible con lo que había descubierto que veía su alejamiento como un rechazo, cuando en realidad estaban lidiando a su manera con el desastre en que se había convertido nuestra familia.
Cuando Cole empezó el instituto, mis padres lo enviaron al mismo internado al que habían enviado a Roman.
Y mi padre decidió que yo también debía irme, pero no al mismo sitio.
Dijo que quería diversificar nuestro aprendizaje.
—Me hierve la sangre en las venas, alimentada por el odio que ya estaba gestándose hacia el padre de Tate—.
Después de eso, solo veía a Roman y a Cole durante las vacaciones escolares.
Y, para entonces, me resultaba más fácil creer que estaba solo.
Estoy convencido de que eso era lo que pretendía mi padre.
Las lágrimas me escuecen en los ojos. La arrogancia de Tate, su encanto, su manera de flirtear cobran sentido a la luz de este nuevo descubrimiento. Ocultaba el dolor y la soledad con una actitud de «al diablo con todo».
—Lo siento mucho. Por todo. —Le acaricio la piel sobre el corazón y saboreo el latido fuerte y constante bajo la palma de mi mano—.
No deberías haberte enterado de esa manera.
Tus padres debieron hablar contigo. Tus hermanos debieron hablar contigo.
Tu padre debió… —Niego con la cabeza. No encuentro las palabras para expresar lo que el padre de Tate debería haber hecho.
¿Ser un hombre diferente? ¿Un hombre mejor?
Tate se encoge de hombros, aunque no parece tan despreocupado como probablemente pretendía.
—Lo acepté. Tras unas cuantas peleas más, los chicos que se burlaban de mí no tardaron mucho en darse cuenta de que era mala idea usar esa palabra delante de mí. Y pronto me di cuenta de que lo único que le importa a la mayoría de la gente es mi apellido y todo lo que conlleva.
—¿Alguna vez intentaste encontrar a tu verdadero padre? —le pregunto.
Carraspea y juega con un mechón de mi pelo entre sus dedos, con la mirada fija en el lugar donde me está tocando, esquivando mis ojos.
—Aquella noche con Mark… —deduzco.
Un dolor agudo me atraviesa el pecho al recordar ese momento que desearía poder borrar de mi mente.
Me agarra por la nuca y me sostiene la mirada, tenso de nuevo.
—Esa noche me emborraché hasta perder el sentido porque el investigador privado que había contratado para encontrar a mi padre biológico me había enviado un correo esa misma mañana para ponerme al corriente de lo que había descubierto.
Mi verdadero padre murió en un accidente de coche hace casi diez años.
—Siento un nudo en el estómago y me duele la garganta, pero antes de que pueda volver a decirle lo mucho que lo siento, él continúa—: Me afectó mucho saber que nunca iba a tener respuestas.
Ni de él ni de mis padres. Pasaré el resto de mi vida sin saber cómo era mi padre biológico.
Sé su nombre, pero nunca sabré cómo era.
Qué clase de hombre era. Qué clase de hombre me convierte en lo que soy.
Esta vez no puedo contener las lágrimas que me anegan los ojos.
El recuerdo de aquella primera mañana con Tate vuelve a mi mente con fuerza, pero ahora lo veo bajo un nuevo prisma.
Había recibido una noticia terrible y había pasado la noche ahogando sus penas de la única forma que se le había ocurrido. Y yo lo había juzgado mal sin más.
Acorto la distancia entre nosotros y lo beso en los labios, esperando que sienta lo sinceramente arrepentida que estoy por mi comportamiento. Él profundiza el beso, me pega a él y me recorre el cuerpo con las manos hasta que los dos nos quedamos sin aliento y jadeando.
Cuando por fin nos separamos, me mira intensamente a los ojos.
—Siento que nos conociéramos así. Siempre me arrepentiré de…
Niego con la cabeza.
—Lo siento. No debería haberte juzgado. No debería haber dejado que eso influyera en mi opinión sobre ti durante tanto tiempo.
Un músculo se le tensa en la mandíbula.
—Si tuviera que vivir con el recuerdo de haberte oído con otro hombre, no lo llevaría bien. —Me acaricia el labio inferior con el pulgar—. Querría localizarlo y hacerle daño.
Me pego a su pecho porque no sé cómo responder a eso.
Hace que me acerque más a él, hasta que quedo recostada sobre su cuerpo, con mi sexo desnudo peligrosamente cerca de la erección que noto contra mis muslos.
Estoy dolorida —¿cómo no iba a estarlo si no he practicado sexo desde hace más de un año?
—, pero eso no detiene la lenta ola de calor que me invade al sentirlo cerca.
Tate me aparta el pelo de la cara.
—Nada es comparable a lo que acabamos de hacer.
Se me para el corazón.
—No tienes que decir eso. Sé que tú…
Él niega con la cabeza.
—No lo sabes. Nunca he experimentado nada que se acerque siquiera a lo que he sentido contigo esta noche.
Cada encuentro se trataba de demostrarme algo a mí mismo, al mundo.
Era una gratificación fácil, una validación de que, bastardo o no, me deseaban, aunque sabía que no era a mí como persona a quien querían.
No deseaba establecer una conexión con ninguna de esas mujeres y siempre daba lo mínimo de mí mismo.
No quería abrazarlas. No quería inhalar su aroma.
No quería acurrucarme tan cerca de ellas que se convirtieran en parte de mí.
Y nunca quise que se quedaran a mi lado.
Vuelvo a besarlo y a acariciarle la piel. Él me rodea con sus brazos, estrechándome con más fuerza. Es igual lo dolorida que esté, lo necesito. Muevo las caderas para que la punta de su pene se apoye en mi entrada.
Él enreda sus manos en mi pelo y me echa la cabeza hacia atrás para que nuestras miradas se crucen.
—No tienes por qué hacerlo, mariposa. Antes no te lo he puesto fácil. Debes de estar dolorida.
—Quiero hacerlo —digo—. Me harás sentir bien. —Es verdad. Confío en que cuidará de mi cuerpo. ¿Cómo no iba a hacerlo cuando ha demostrado ser tan indomable?
—Hay condones en el cajón de arriba —dice entre dientes.
A pesar de la necesidad que crece en mi interior, una pequeña punzada de celos se abre paso entre mis costillas, pero rápidamente alejo de mi mente la idea de que él haya estado con otras mujeres en esta cama.
Eso no importa. Lo único que importa es el momento presente.
Como si pudiera leerme la mente, me dedica una sonrisa.
Es esa sonrisa arrogante que, de alguna manera, estoy empezando a adorar—.
Desde que te mudaste tengo la costumbre de dejar un par ahí dentro. Supongo que soy un optimista.
No puedo evitar reírme. La ligereza que impregna su tono tras una conversación tan seria me provoca una grata punzada en el corazón. Quizás hablar conmigo sobre todo eso lo ha ayudado.
Me estiro sobre la cama y busco a tientas, hasta que saco el pequeño cuadradito. Con ademanes apresurados lo deslizo sobre su erección tensa. Él hace que me acerque para darme un beso, y luego me suelta para que pueda agacharme y deslizar la punta de su miembro entre mis pliegues húmedos.
Me dejo caer sobre él, siseando al sentir la distensión. Y entonces él me hace sentir bien de nuevo.