37
Tate
No me había sentido tan bien en la vida.
Estar dentro de Violet es como estar envuelto en seda cálida y húmeda.
Sus grandes ojos azules están clavados en los míos, y su cuerpo tiembla bajo el mío.
Hacer que se corra, verla desmoronarse, me ha dejado al límite.
Soy adicto a la expresión de su rostro cuando el placer se apodera de ella.
Los sonidos que deja escapar, la forma en que se entrega a mí, con tanta confianza… No me canso de ello.
Pero ahora la necesito. Necesito perderme en ella. La tengo justo donde la quería, inmovilizada e indefensa debajo de mí. Todo mi cuerpo ha estallado en llamas, hasta el último centímetro de mi piel, y si no me muevo ya, voy a volverme loco.
Me yergo y me cierno sobre ella, le sujeto las caderas y me hecho hacia delante para ver cómo me deslizo dentro y fuera de ella. Disfruto de cómo se estira a mi alrededor, de cómo su excitación nos envuelve a los dos.
—Me estás recibiendo genial, mariposa. Sabía que iba a ser así.
Me retiro y vuelvo a penetrarla con embestidas largas y seguras.
Los delicados músculos de su interior se contraen y se aferran a mi pene, y me esfuerzo por alcanzar ese punto sensible que va a hacer que se desmorone.
Se debate contra los dedos que tengo en sus muñecas y responde a cada una de mis embestidas levantando las caderas para ir a mi encuentro.
Esta visión es el paraíso, pero necesito saborearla de nuevo. Me agacho y le chupo los pezones, le lamo el pulso y la suave piel debajo de la oreja. Tengo que sujetarla con más fuerza de las caderas, porque la forma en que se retuerce contra mí me tiene a punto de perder el control.
—¡Tate! —exclama. Está al borde de la sobreestimulación. Se ha corrido un montón de veces, y ahora estoy llevando su cuerpo hacia una más.
—Córrete, mariposa. Estréchame tan fuerte en tu interior que no pueda evitar el orgasmo.
—Arquea la espalda, desesperada, me rodea las caderas con las piernas y me pega a ella con todas sus fuerzas.
No puedo esperar más. Le suelto las muñecas y le acaricio los pechos.
Cada vez que le pellizco los pezones, su sexo se contrae a mi alrededor.
Es demasiado. Ya estoy a punto de explotar—.
Tócate, Violet. Llévate al clímax por mí.
El sudor empapa su piel sonrojada; gime. Sé que es mucho pedirle. Pero lo necesito. Necesito que me dé esto, que se entregue a mí por completo. Nunca lo había deseado antes, pero lo deseo con ella.
Me agarra el bíceps con una mano y desliza la otra entre nosotros.
En el momento en que entra en contacto con sus pliegues, se contrae y me estrecha en su interior.
Rompo a sudar mientras lucho por mantener el control.
Con cada una de mis embestidas, sus nudillos chocan contra mi pelvis.
Y joder, que ella se toque así, que se restriegue contra mí en su desesperación por encontrar alivio, con los dedos deslizándose sobre su clítoris, es mejor que todo lo que había imaginado.
—Tate —gime. Tiene las pupilas dilatadas y el sudor le humedece los rizos que se han deslizado sobre su frente. Esa piel sonrojada y esos labios carnosos e hinchados son la puta cosa más sexy que he visto nunca—. Me… me voy a correr.
Puedo sentir cómo ocurre, cómo su cuerpo se ciñe a mí, puedo oír su respiración agitada. Cuando pestañea y creo que va a cerrar los ojos, la agarro de la mandíbula.
—Sigue mirándome, Violet. Quiero verlo en tus ojos al mismo tiempo que lo siento en mi cuerpo.
Parpadea, aturdida, pero se obliga a sostenerme la mirada.
La expresión embriagada de placer en su rostro hace que mi clímax se acerque cada vez más.
Le rodeo el cuello con la mano y aprieto un poco; no pretendo robarle el aire, solo retenerla anclada a este momento, conmigo, para sentir su pulso latir contra mi palma, su sexo ciñéndose a mi alrededor, saber que sus ojos están clavados en mí mientras la poseo de todas las formas posibles.
—Tate —solloza—. Necesito… Necesito…
Sé lo que necesita. Me retiro casi por completo y luego la penetro con fuerza y rapidez.
Una vez, dos veces. Eso es todo lo que hace falta: su cuerpo se tensa a mi alrededor y su espalda se levanta de la mesa.
Con un estremecimiento, se estremece y sus músculos internos palpitan a mi alrededor, llevándome a una profundidad imposible.
Es demasiado. Demasiado bueno. Busco mi propio clímax mientras ella sigue temblando.
Maldigo en voz baja, profunda y urgente, embistiéndola una y otra vez.
Una oleada de calor asciende desde mis testículos, anunciando mi inminente clímax.
Con un gemido largo y gutural, me hundo en ella todo lo que puedo y exploto en su interior.
La fuerza de mi eyaculación es tan intensa que tengo que apoyar la palma de la mano en la mesa junto a su cabeza para sostenerme. Mi orgasmo parece no tener fin, no deja de latir en mi pene, en todo mi cuerpo. Cuando por fin pasa y mis músculos se relajan, la pego a mí y la beso con ansia.
Su cuerpo tiembla contra el mío, y cuando nuestras bocas se separan por fin, el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas llena el ambiente.
Me aparto un poco y le acaricio la cara.
—¿Estás bien, mariposa?
Ella suelta una risita temblorosa.
—Nunca he… Esto nunca… Ni siquiera sé qué hacer conmigo misma.
Pego la boca a la curva de su cuello.
—Por suerte, yo sé muy bien qué hacer contigo.
Me mira, atónita.
—No pensarás que puedo correrme otra vez…
Me río entre dientes.
—Estoy seguro de que podría conseguir que tuvieras uno o dos orgasmos más, pero te dejaré descansar.
Al menos por esta noche. —Con suavidad, me separo de ella.
Si no estuviera seguro de poder tenerla de nuevo mañana, estaría tentado de volver a meterme en su interior.
Pero su cuerpo está agotado, así que me guardo el pene en los pantalones y me subo la cremallera.
Debería haberme tomado el tiempo de desnudarla y quitarme mi propia ropa.
Aunque no me arrepiento de cómo ha sucedido.
¿Cómo podría?—. Rodéame con las piernas.
Cuando lo hace, la agarro de los muslos y la levanto en el aire.
—¿Qué estás haciendo? —Ella se ríe, y el sonido es suave y somnoliento.
—Te voy a llevar a darte una ducha y luego a la cama.
Apoya la cabeza en mi hombro y una oleada de ternura me sacude.
Y cuando ella desliza una mano alrededor de mi cuello, juraría que puedo sentir el tacto fresco de la banda de su anillo de compromiso.
El anillo de compromiso que le puse en el dedo.
Y mientras llevo a mi prometida hacia mi dormitorio, un pensamiento da vueltas sin cesar en mi cabeza: Violet es mía.
Mi prometida. Mi futura esposa. Tal vez esto empezara como una actuación de cara a la galería, pero eso no significa que tenga que seguir siéndolo.
Cuando empujo la puerta de mi dormitorio, Violet levanta la cabeza.
—Pensaba que ibas a llevarme a la ducha.
—A mi ducha. A mi cama.
Se queda en silencio un instante, luego sus labios rozan la piel de mi cuello.
—Vale.
La dejo bajar y la conduzco a través de la enorme extensión de mi dormitorio hasta el baño.
Mi ducha es enorme, con cuatro cabezales de lluvia.
No la suelto cuando abro el grifo. A medida que el vapor comienza a arremolinarse a nuestro alrededor, le bajo la cremallera con suavidad y le deslizo los tirantes por los hombros para que el vestido caiga a sus pies.
Hago que se dé la vuelta para que quedemos cara a cara.
No puedo evitar darle otro beso en los labios.
Luego la guío hacia la ducha. Mientras ella se queda bajo el chorro, yo también me quito rápidamente la ropa.
Para cuando me uno a ella, ya estoy duro de nuevo, con el pene en posición de firmes, pero lo ignoro.
—Eres la hostia de guapa, Violet. Guapa de cojones.
Le enmarco el rostro y lo acerco al mío. Con una suave sonrisa, envuelve mis muñecas con sus dedos. El movimiento hace que la luz del baño se refleje en las piedras preciosas de su anillo y llame mi atención sobre él. Me invade una oleada de calidez y esta vez, cuando la beso, es pura posesión.
Cuando nos separamos para tomar aire, ella mira hacia abajo, donde estoy duro y palpitante.
—Eso debe de doler.
—Sobreviviré —respondo. Ella se acerca a mí, pero le agarro la muñeca con suavidad para detenerla—. Esto no es un intercambio de favores, Violet.
Me mira de soslayo, y veo que sus pestañas están húmedas.
—Me he corrido un montón de veces. Tú, solo una.
Me río entre dientes.
—Si crees que no he disfrutado muchísimo haciendo que te corrieras, estás muy equivocada.
—Pero no es lo mismo, ¿verdad?
—Tenemos tiempo. —Le aparto un mechón de pelo mojado de la mejilla—.
Te dije que una vez que dijeras que sí a esto, no habría vuelta atrás.
Tengo la intención de explorar cada centímetro de tu cuerpo y estoy más que dispuesto a dejarte explorar el mío.
Pero no quiero hacerlo cuando estás medio dormida.
Ladea la cabeza, y se le forma una pequeña arruga entre las cejas.
—No eres como creía que eras, Tate King.
Por una vez, bajo la guardia, aunque sea solo un poco.
—Así es como quería que fuera. —Cierro el grifo, salgo de la ducha y cojo una de las grandes y mullidas toallas blancas de la pila que hay en un banco en un rincón del baño. Se la envuelvo alrededor, la pego a mí y le sonrío—. Vamos, mariposa.
La guío hasta la cama, aparto las sábanas y, una vez que se ha acomodado, me tumbo a su lado y me doy la vuelta para que quedemos cara a cara.
Me mira, pestañeando somnolienta, estudiándome, aunque es evidente que le pesan los párpados.
—¿Por qué has dicho eso?
—¿Qué?
—Que así es como querías que fuera.
Siento un dolor sordo detrás de las costillas. Uno que he ignorado durante tanto tiempo que rara vez lo noto hoy en día, pero ahí está.
—No estoy seguro de que este sea el mejor momento para hablar de eso.
Ella traza dibujos sobre mi pecho con sus delicados dedos.
—Me gustaría saberlo.
Suelto un suspiro, pero no es de frustración, sino más bien del tipo que se lleva consigo parte del peso que me ha estado oprimiendo durante la mayor parte de mi vida. Violet me ha confiado todo su ser. Se merece lo mismo de mi parte. Le paso la mano por encima de la cintura.
—¿Tienes idea de lo que es crecer siendo un King? —Ella lo toma como la pregunta retórica que es y no responde, solo me mira con ojos llenos de compasión y ánimo—. El apellido conlleva automáticamente poder, riqueza, respeto. Pero ese no soy yo. En realidad no.
Frunce el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Nunca he compartido toda la verdad sobre esto con nadie; aunque es un secreto a voces en mi familia —silenciado por mi madre, aludido sin cesar por mi padre y solo reconocido de pasada por mis hermanos—, nunca se ha hablado de ello.
Hay rumores en nuestro círculo social, pero tampoco se ha comentado públicamente.
Nadie se atrevería. Pero, por primera vez desde que descubrí la realidad de quién soy —o más bien de quién no soy—, quiero hablar de ello. Quiero hablar con ella sobre ello.
—Cuando tenía siete años, estábamos en una fiesta de cumpleaños.
Algunos de los otros chicos cuchicheaban a mis espaldas.
Habían empezado a hacerlo más a menudo ese año.
Durante mucho tiempo no entendí qué significaban esos rumores, porque, claro, yo era el hermano de Cole y de Roman.
Vivíamos juntos, jugábamos juntos, nos peleábamos como hermanos.
Pero en esa fiesta, uno de los chicos me lo dijo a la cara.
Me llamó «bastardo». Supongo que solo estaba repitiendo lo que sus padres cotilleaban a puerta cerrada, porque de ningún modo ellos me lo habrían dicho a la cara. Ni a mí ni a nadie de mi familia.
El sopor se desvanece de los ojos de Violet.
—¿Por qué iba a decir una cosa así?
La sonrisa que le dedico carece de humor.
—Porque es verdad.