35 #2
—Qué impaciente. Ya te avisaré cuando llegue el momento.
Hasta entonces, quiero que restriegues ese clítoris hambriento contra mí.
—Por fin, se deja caer sobre mi regazo. Su calor me empapa, y se me tensan los testículos al instante.
La agarro del trasero, animándola a moverse, y ella contonea tentadoramente las caderas—.
Eso es. Joder, me muero por estar dentro de ti.
Me mira de soslayo.
—Puedes metérmela ahora mismo si quieres.
Con una risita, acerco su cara a la mía para rozar mis labios contra los suyos.
—Quiero hacerlo. Pero no lo haré. Voy a disfrutar viendo cómo te corres solo con pensar lo bien que te vas a sentir cuando te penetre.
—Ay, Dios —suspira.
Le bajo el corpiño del vestido, dejando al descubierto sus perfectos pechos. Luego la agarro de las muñecas y se las junto a la espalda y tiro hacia abajo hasta que se ve obligada a arquear la espalda y sacar pecho.
—Ahora, acaríciate hasta que te corras mientras chupo estos pechos increíbles.
Ella espira temblorosamente y vuelve a mover las caderas. Sin poder usar las manos para apoyarse, tiene que confiar únicamente en los músculos de sus muslos para moverse contra mi miembro.
Pero lo consigue.
Me agacho y me llevo uno de esos turgentes pezones rosados a la boca.
Es la primera vez que los saboreo desde Onyx, y me siento como si me hubiera estado muriendo de sed y por fin consiguiera saciarla.
Chupo con fuerza, disfrutando de la sensación cuando se fruncen bajo mi lengua, y luego paso a su otro pecho y le doy un mordisco suave.
Ella gime como respuesta, y yo sonrío contra su piel ardiente.
A partir de ahí, sus movimientos se vuelven más frenéticos.
Echa la cabeza hacia atrás, y sus pechos apuntan más hacia mí.
Dios, me muero de ganas de verlos rebotando en mi cara mientras follamos, mientras por fin me hago con lo que ya he reclamado como mío con ese anillo.
—Qué buena chica, ahí, restregándote contra mí para correrte. No puedo evitar empujar hacia arriba contra ella, dándole más fricción, recompensándola por hacer tan buen trabajo.
—Tate —susurra—. Estoy a punto.
—Ya sé que lo estás, mariposa. ¿Necesitas que te ayude a llegar al límite?
—Sí. —La palabra sale casi como un gemido.
Llevo mis dedos a su boca y los pongo contra sus labios.
—Chupa. —Ella abre la boca para mí, y cuando le acerco los dedos los envuelve con la lengua.
Una vez que están bien húmedos, los retiro y le suelto las muñecas para subirle la parte trasera de su vestido y pasarlos, resbaladizos de saliva, contra el músculo fruncido entre sus nalgas.
Se queda quieta, con los ojos muy abiertos—.
Confía en mí, mariposa. Solo voy a hacer que te sientas bien. Sigue moviendo esas caderas para mí.
Ella obedece, retomando su ritmo. Aprovecho su propio movimiento para introducir la punta de mi dedo justo dentro de su canal trasero.
Pestañea.
—Ah, Dios, Tate. Eso es… eso es tan…
—Sigue moviéndote, Violet. No pares. Quiero sentirlo cuando te corras.
—Ella gime de nuevo, y yo me hundo en ella más hondo y luego me detengo, dejándola balancearse sobre mi dedo, dándole control sobre la profundidad que ella desea.
A medida que se acostumbra a la sensación, sus movimientos se vuelven más fuertes—.
Parece que a mi prometida le gusta tener mi dedo en el trasero —murmuro.
Empujo un poco más hacia dentro—. Imagina lo bien que te sentirás cuando meta aquí mi pene.
¿Crees que te gustará igual? ¿Qué tal mi pene ahí y un juguete en tu sexo?
Cuando te corras, ¿crees que te derramarás sobre mí?
—¡Tate! —Se está precipitando hacia el clímax; cada gemido es más fuerte que el anterior.
Por mucho que quiera oírla gritar, sus gemidos son solo para mí. Hundo la mano en su pelo y pego su boca a la mía. Deslizo mi lengua contra la suya, y ella se mueve con fuerza contra mí. Sus movimientos se vuelven espasmódicos y se estrecha alrededor de mi dedo.
—Déjame sentirlo, mariposa —gruño contra sus labios.
—Sí, sí, sí. —Sus gemidos son ahogados. Sigo con su boca pegada a la mía. Entonces llega al clímax y se deja caer sobre mi hombro como hizo aquella noche en el Onyx, y su aliento cálido y entrecortado me baña la piel. Se contonea sobre mí, cabalgando la fuerza de su orgasmo.
Inhalo bruscas bocanadas de aire para llenar mis pulmones, e intento no hacer el ridículo corriéndome en los pantalones al sentir cómo me ciñe el dedo y su excitación empapa el tejido que nos separa.
Cuando se queda quieta, me retiro suavemente de ella y dejo que su falda vuelva a su sitio.
—Dios, Tate —dice con voz temblorosa, los ojos muy abiertos y expresión aturdida—. Nunca pensé que pudiera correrme así. Nunca pensé que pudiera sentirme tan bien.
Acerco su rostro al mío de nuevo y la beso.
—Y va a mejorar aún más.
Ella se ríe, un poco aturdida, como si no acabara de creérselo.
Esa respuesta no hace más que reforzar mi determinación. Estoy deseando enseñarle todo lo que su cuerpo es capaz de hacer. Todo lo que el mío es capaz de hacer. Y lo que somos capaces de hacer juntos.
La voz de Jeremy se oye por el intercomunicador.
—Estamos a un minuto, señor King.
Pulso el botón.
—Gracias, Jeremy. Llévanos abajo, por favor.
—Sí, señor.
—¿No quieres que nos deje en la entrada? —pregunta Violet. Desde que se mudó, casi siempre hemos entrado y salido por ahí, asegurándonos de que nos vean juntos tan a menudo como sea posible.
—Joder, Violet, a menos que quieras que el portero y el conserje vean el desastre que has dejado en mis pantalones, lo mejor es saltarse el vestíbulo.
—Un rubor se apodera de sus mejillas y se pone de rodillas, como si fuera a bajarse de mi regazo.
La agarro de las caderas y la empujo suavemente hacia mis muslos—.
Te quiero aquí mismo hasta que tenga que soltarte para que podamos salir del coche.
—Nos quedamos así, con nuestras bocas unidas, hasta que Jeremy entra en el garaje subterráneo y se detiene frente al ascensor.
Justo antes de que nos abra la puerta, le susurro al oído a Violet—: En cuanto estemos en el ascensor, me toca a mí.