35
Tate
Al acercarnos a la pista de baile, Violet me tira de la mano. Frunce el ceño y se le forma una pequeña arruga entre las cejas.
—Pensaba que íbamos a un sitio donde pudiéramos estar…
—¿A solas? —Asiente, y el modo en que se muerde ese labio inferior tan carnoso que tiene me provoca una erección.
Joder, ya me estoy imaginando lo bien que voy a sentirme al tener su boca sobre mí.
Tiro de ella, de modo que no tiene más remedio que acabar pegada a mi pecho—.
Estoy deseando oír esas bonitas palabras tuyas, mariposa.
Pero podría dar mala imagen si nos marcháramos demasiado pronto de la gala de mi familia.
—Bueno. —Parpadea—. Quizá no debamos irnos, pero…
Deslizo la mano por la suave piel satinada de su espalda y agacho la cabeza hacia la suya, de modo que mis labios rozan el pabellón de su oreja.
—¿Quieres que te lleve a algún sitio para follar, mariposa? ¿Quizás a uno de los pasillos de servicio o a una sala de reuniones vacía? Este hotel es de mi familia. Podría llevarte a una de las suites para que tengas un orgasmo rápido si tanto lo necesitas.
Ella frunce el ceño y me da un empujón en el pecho.
—Si lo pones así…
—No vamos a ir a ninguna parte, Violet. Ya he esperado bastante. Ahora te toca a ti esperar a mi lado un rato.
Su cuello se mueve cuando traga saliva, y levanta la delicada barbilla.
—¿Me estás castigando por no haber dicho que sí antes?
Bajo la mano y le rozo el trasero con la punta de los dedos.
—No te estoy castigando. Lo último que quiero es hacerte daño, pero hay cosas por las que vale la pena esperar.
—Le rozo el labio inferior con el pulgar y disfruto del sonido de su respiración entrecortada—.
Lo que va a pasar entre nosotros esta noche es algo por lo que merece la pena esperar.
Pero, por si te sientes ansiosa, voy a contarte exactamente lo que te voy a hacer para que, mientras estemos sentados a la mesa con mi familia, manteniendo una conversación cortés, puedas pensar en lo que está por llegar mientras aprietas esos magníficos muslos uno contra otro.
Al fin y al cabo —le acaricio las cadera—, no querrás mojar las bragas y estropear este bonito vestido.
—Tate —dice ella, entre un susurro y un gemido.
No puedo evitar sonreír. No disfruto torturándola, pero la desesperación que brilla en sus ojos es una de las cosas más excitantes que he visto nunca. Es imposible que no me vuelva adicto a ello. Joder, probablemente ya lo sea.
—En cuanto nos metamos en la limusina —murmuro, pasándole el pelo por detrás de la oreja—, le diré a Jeremy que suba la mampara para darnos intimidad, porque nadie más que yo va a oír los gemidos hambrientos que va a soltar mi novia.
Luego voy a deslizar mi mano por la abertura de tu vestido porque me ha estado tentando toda la noche.
Voy a sentir lo mojada que estás para mí, y luego te vas a sentar a horcajadas sobre mí.
Vas a restregar ese clítoris hinchado contra mi cuerpo hasta que te corras en mis pantalones.
Vas a usar mi pene para correrte. —Joder.
Describir todas las cosas que le voy a hacer (e imaginármelas en mi cabeza) me está excitando a mí también.
Estoy tan duro que tengo que acercarla más a mí y estrechar mi cuerpo contra el suyo para aliviar el dolor que siento en la entrepierna—.
Y eso solo va a ser el principio. Cuando lleguemos a casa, voy a hacer que te corras una y otra vez, hasta que estés agotada.
Hasta que tu cuerpo tiemble por la sobrecarga sensorial.
Ahí es cuando te echaré hacia delante, me abriré paso a en ese sexo tuyo tan estrecho, caliente y húmedo, y haré que tengas un orgasmo más.
Violet se aferra a mi camisa, con los labios entreabiertos y el pecho agitándose con cada respiración.
Sus pupilas son enormes pozos negros. Joder.
Si deslizara mi mano entre sus muslos ahora mismo, estoy convencido de que iba a encontrarla empapada.
Es prácticamente un charco en mis brazos, y me encanta, joder.
Le doy un beso en su suave boca y obligo a mi cuerpo a relajarse.
Luego, manteniéndola frente a mí para ocultar las pruebas de lo excitado que estoy, la guío fuera de la pista de baile, de regreso a nuestra mesa.
La forma en que me aprieta la mano con fuerza me envía una oleada de calor.
Creo que eso me entusiasma casi tanto como su deseo.
Quizás más. Pero ahora no es el momento de analizar ese sentimiento.
Mientras estamos sentados a la mesa, escuchando los discursos y asistiendo a la entrega de premios, apoyo el brazo en la silla de Violet y recorro su piel con los dedos de un lado a otro, asegurándome de que no olvide ni por un segundo lo que le he prometido que iba a hacerle.
La anticipación vibra en mis venas, pero eso solo hará que todo sea aún más dulce cuando al fin me hunda en ella.
La conversación fluye a mi alrededor, pero yo solo hago breves comentarios cuando es imprescindible, porque estoy demasiado atento a cada respiración superficial de Violet, a cada sutil cambio como respuesta a mi contacto.
Delilah la involucra en la conversación, y Violet hace todo lo posible por charlar y reír mientras intenta reprimir los escalofríos que la sacuden a intervalos irregulares.
La presencia de mi madre al otro lado de la mesa, por desgracia, tiene la capacidad de aguar el ambiente.
Se ha pasado gran parte de la velada escrutándome a mí, y luego a Violet, con una intensidad extraña —un contraste con su habitual desinterés frío—.
Sabe que esto es un acuerdo, pero tengo la extraña sensación de que se ha dado cuenta de que no estoy actuando en absoluto.
La forma en que Delilah no deja de dedicarme sonrisas radiantes me hace pensar que mi futura cuñada también es consciente de mis sentimientos no tan platónicos hacia mi prometida.
Antes de que el último orador deje el micrófono, ya me he levantado de la silla y he hecho que Violet también se ponga en pie.
—Cole, Roman, os veré en la oficina el lunes. Delilah, ha sido un placer, como siempre. Mamá, ha sido… algo.
Se limpia los labios con una servilleta.
—Tate, siempre con tu sentido del humor. Violet, me ha encantado volver a verte.
—Gracias, señora King. También me ha encantado verla.
—Mmm. —Mi madre deja caer la servilleta.
Cuando nos damos la vuelta, Violet me mira de reojo y hace una mueca, y yo no puedo evitar una carcajada. La buena noticia es que a mi prometida no tiene ningún problema para lidiar con su futura suegra.
Le acaricio la parte baja de la espalda y le rozo la oreja con los labios.
—Jeremy está trayendo el coche ahora mismo. Vamos.
Nos abrimos paso entre la multitud, con la expectación acelerando nuestros pasos. Me muero de ganas de deslizar la mano que tengo en la espalda de Violet más abajo, pero me mantengo firme. Por ahora.
Esperar tiene sus ventajas; soy partidario de la gratificación diferida, pero ya casi he llegado al límite. Al salir del hotel, nos cruzamos con los últimos fotógrafos, que empiezan a disparar sus cámaras mientras nos dirigimos al coche.
Jeremy nos espera con la puerta abierta y, una vez que Violet y yo nos hemos acomodado, rodea el capó y se desliza en el asiento del conductor.
Me estiro la chaqueta con una mano y me echo hacia delante.
—Por favor, Jeremy, sube la mampara. —Cuando se cierra y quedamos solos los dos, me giro para mirarla.
Esos putos ojos azules suyos están clavados en mí, y el pulso le late con fuerza en la base de su cuello.
Ya le he dicho lo que va a pasar, pero ella sigue dudando cuando le digo en voz baja—: Ven aquí, Violet.
Espero, en silencio y sin moverme, hasta que finalmente, tras una profunda inspiración, se desliza hacia mí.
—¿Quieres que te lo pida ya? —susurra.
—Todavía no, mariposa. Aún no voy a darte mi pene. Pero sí quiero tus labios.
Enredo mis manos en su sedoso cabello y capturo su boca con la mía.
Empiezo despacio, pero solo puedo ser paciente hasta cierto punto, y su sabor es embriagador.
Nuestras lenguas se entrelazan mientras recorro sus curvas hasta que encuentro el satén que cubre sus muslos, buscando la raja en la falda que me ha estado provocando toda la noche.
Cuando la encuentro, deslizo mis dedos por su piel desnuda, luego bajo la tela hasta que mis nudillos rozan la fina tira de encaje que la cubre.
Tenía razón: sus bragas están empapadas.
Deslizo los dedos, recojo la prueba líquida de su excitación y le acaricio suavemente el clítoris.
Ella inspira bruscamente y luego gime en mi boca.
Joder. Mi pequeña mariposa va a hacer unos ruidos preciosos esta noche.
No puedo reprimir la sonrisa que se apodera de mí cuando me aparto y contemplo sus mejillas sonrosadas y sus labios hinchados.
—¿Recuerdas lo que te dije que iba a pasar una vez que subiéramos a la limusina? —Parpadea y luego asiente—. Entonces, ven aquí y restriégate contra mí.
Con las manos temblorosas, se sube la falda hasta dejar al descubierto la piel cremosa de la parte superior de sus muslos. Luego, con una mano en mi hombro, se sienta a horcajadas sobre mí. Se queda suspendida justo encima de mi regazo y se muerde el labio inferior.
El deseo por ella es como un dolor físico en mi interior. Puedo sentir el calor que irradia de ella, y me muero de ganas de tenerla sobre mi miembro palpitante.
Ladea la cabeza, con la mirada clavada en la mía.
—¿Es ahora cuando tengo que preguntar?
Le sonrío con picardía y le acaricio la mejilla con la palma de la mano.