El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 34 #3
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—Cuando Cole me contó el plan que habían urdido, no creía que Tate fuera capaz de fingir tener una conexión emocional auténtica con una mujer.

Una conexión puramente sexual, quizá. ¿Pero actuar de forma convincente como si estuviera enamorado?

No estaba segura de que se lo tomara lo bastante en serio como para que resultara creíble.

Pero… —Echa un vistazo por encima de mi hombro y luego vuelve a mirarme—.

A mí me parece que se está entregando al cien por cien.

Con las mejillas ardiendo, aparto la mirada, solo para darme cuenta de que Tate me está observando.

Me dedica esa sonrisa, no la arrogante ni la coqueta y seductora, sino la otra, la que envía una lenta oleada de deseo por todo mi cuerpo.

Quiero pensar que tiene razón. Algunas veces, sobre todo en los últimos días, casi me creo que es verdad.

Pero ya me he equivocado antes y me cuesta deshacerme por completo de ese miedo persistente.

De que mi juicio esté nublado, de dejar entrar a alguien, solo para descubrir que me he vuelto a equivocar.

En una ráfaga de satén esmeralda, la madre de Tate aparece en la mesa. Esos ojos azules y gélidos se encuentran con los míos, y sus labios esbozan una sonrisa tensa.

—Violet. Qué detalle por tu parte unirte a nosotros esta noche.

—Estoy muy contenta de estar aquí para apoyar una causa tan maravillosa.

Levanta la barbilla.

—Sí, por supuesto.

Tate interviene.

—Como Violet es ahora mi prometida, mamá, deberías esperar verla en todos estos eventos.

Beverly frunce el ceño y sus cejas se arquean ligeramente, como en señal de duda, mientras nos mira a mí y a su hijo menor.

Está claro que está confundida por su afirmación.

Sabe que esto es una farsa, todos los que estamos en esta mesa lo sabemos, pero Tate tiene un don para sonar demasiado convincente.

—Sí, bueno. Lo esperaré ansiosa.

Hay tan poca emoción en su tono, y su rostro está tan inexpresivo, que es difícil saber cómo interpretar ese comentario.

Tate se levanta, se vuelve hacia mí y me tiende la mano. La cojo, y él envuelve mis dedos con los suyos, cálidos, y luego me ayuda a levantarme.

—Bueno, mamá, ha sido un placer, como siempre. Pero creo que me gustaría bailar con la futura señora King antes de verme obligado a mantener una conversación incómoda contigo mientras comemos langosta y caviar.

Beverly frunce los labios, pero no hace ningún comentario mordaz como respuesta. Se limita a resoplar y se acomoda con elegancia en uno de los asientos vacíos.

Con un gesto de asentimiento al resto de nuestra mesa, Tate me guía hacia la pista de baile. Me mira mientras caminamos, con sus ojos dorados oscurecidos.

—Siento lo de antes. Ya te lo dije de la otra vez: mi madre no tiene ni un ápice de calidez.

Le estrecho la mano con más fuerza y siento una punzada entre las costillas.

Puede que haya perdido a mis dos padres, pero nunca he dudado de que me quisieran.

Apenas recuerdo a mi madre, pero mi padre mantuvo vivo su recuerdo para mí con sus palabras, sus historias y las fotos enmarcadas que colgaban de su pared.

En la pista de baile, Tate me pega a él y me estrecha entre sus brazos con fuerza.

—Lo siento —murmura—. No debería quejarme de mis padres cuando tú no tienes a los tuyos.

Le pongo la mano en el brazo.

—Puedes hablarme de cualquier cosa. Echo de menos a mis padres. Siempre lo haré. Pero sé lo afortunada que soy por haberlos tenido. Me da pena que se hayan ido, sí, pero imagino que es distinto a sentir que nunca han estado a tu lado aunque vivierais en la misma casa.

Con los ojos ardientes, Tate me estrecha con más fuerza por la cintura y me besa.

Es la primera vez que lo hace sin preguntar.

Tampoco es que fuera a decir que no y ni siquiera me importa que estemos en la pista de baile de un salón de baile lleno de ricos y poderosos.

De hecho, lo agradezco. Quiero que todo el mundo vea lo mucho que Tate me desea.

Porque, aunque esto siga siendo un acuerdo, aunque siga habiendo una fecha de finalización, nuestra conexión es real.

Tiene que serlo. El calor abrasador entre nosotros, la forma en que sus labios reclaman los míos.

Puede que no sea amor, pero sea lo que sea, es real.

Entrelazo mis dedos en su cabello y me pego a él. Cuando sus manos bajan peligrosamente, muy abajo, y sus dedos rozan la curva de mi trasero, gimo contra su boca. Rompe el beso y apoya la frente contra la mía, exhalando jadeos entrecortados.

—¿Qué me estás haciendo, mariposa? —Supongo que no espera una respuesta, porque no puedo dársela. Nos quedamos así, balanceándonos hasta que termina la canción. Cuando la música se desvanece, da un paso atrás—. ¿Quieres algo de beber? —Aún flotando a unos centímetros del suelo, le sonrío.

—Me encantaría. Pero primero el necesito retocarme. —No me cabe duda de que me ha quitado todo el pintalabios.

—Me gusta cómo te queda este look . —Desliza el pulgar por mi labio inferior—. El de recién besada. Me hace preguntarme lo guapa que estarás después de haber follado.

Suelto un suspiro tembloroso. Tengo la sensación de que va a descubrirlo muy pronto.

De la mano, salimos de la pista de baile. Solo nos separamos cuando me dirijo al baño y él se va al bar. El baño de mujeres es tan extravagante como el resto del hotel —lo cual no es ninguna sorpresa— y me tomo mi tiempo para retocarme el maquillaje.

Tras regresar al salón de baile, me abro paso entre la multitud hacia el bar, pero me detengo en seco al ver a Tate junto a esa mujer de la primera gala, Amy.

Está preciosa, con un vestido rojo sirena que se ciñe a cada una de sus curvas.

Los celos se retuercen como un ser vivo dentro de mí.

No debería ser así, pero lo es. La duda de si Tate se ha acostado con ella, la duda de si, a pesar de que llevo su anillo en mi dedo, ella ha compartido algo con él que yo no he compartido, me recorre la espalda con una punzada amarga.

Me obligo a acercarme a ellos. Tate me da la espalda y ella está demasiado ocupada pestañeando seductoramente como para fijarse en mí. A medida que me acerco, distingo el campanilleo de su risa y luego sus palabras.

—Nunca lo habría creído si no lo hubiera visto con mis propios ojos. Tate King, domesticado para siempre. —Extiende la mano y posa los dedos con delicadeza sobre su antebrazo—. Tengo que decir que nadie esperaba que acabaras con la dueña de una cafetería.

Me pongo tensa, pero me relajo de nuevo un momento después cuando Tate retira el brazo de debajo de su mano.

—No entiendo por qué ibas a dedicar tanto tiempo a pensar en la mujer con la que iba a acabar casándome.

—Supongo que es más bien que no esperábamos que lo hicieras. Con nadie. Pero, por supuesto, todo el mundo está encantado de que te hayas decidido.

Me sorprende que no pueda sentir la intensidad de mi mirada. Si entrecierro los ojos aún más, es probable que la fulmine con mi ira.

—En realidad no me importa si alguien está contento, excepto Violet —dice Tate.

El corazón me da un vuelco y una ola de calidez se extiende como melaza por mi pecho. Él no sabe que estoy aquí, pero no hay ni el más mínimo atisbo de falsedad en su voz.

El destello de irritación en el rostro de Amy es rápidamente sustituido por una deslumbrante sonrisa artificial.

—Por supuesto. Y eso es muy bonito. Pero quizá, antes de que tú y tu camarera cabalguéis juntas hacia el atardecer, tú y yo podríamos quedar para tomar una copa alguna noche.

Rechino los dientes. ¿De verdad cree que Tate es tan estúpido como para aceptar su oferta? Estoy a punto de dar un paso al frente y hacer notar mi presencia cuando Tate se endereza.

—Eso no va a pasar —replica, con un tono tan gélido que me sorprende que Amy no se estremezca—. Ya no me interesaba antes, y ahora me interesa aún menos. Sobre todo teniendo en cuenta lo enamorado que estoy de mi prometida.

La sonrisa de Amy se congela, pero antes de que tenga oportunidad de decir nada más, Tate se da media vuelta y me ve.

La mirada que me dedica es totalmente opuesta a la que le ha dirigido a ella.

Me ilumina por dentro y hace que un calor líquido me recorra las venas.

Me pega a él, hace que levante la cara hacia la suya y me da un beso en los labios.

—Vamos, te necesito en mis brazos otra vez.

Deslizo la mano por su pecho, la dejo sobre su corazón y me pongo de puntillas para poder susurrarle al oído.

—Y yo te necesito dentro de mí.

Se le tensa hasta el último músculo de su cuerpo. Con un fuerte suspiro, gira la cabeza de modo que sus labios casi rozan los míos. No tengo ni idea de si Amy sigue allí plantada mirando y, sinceramente, me da igual. Desliza una mano por mi espalda y me agarra por la nuca.

—¿Eso es una petición, mariposa?

—Sí. Y en cuanto estemos solos, te lo pediré con dulzura, tal y como tú querías. —Tate da un paso atrás y se pasa la mano por la boca, sin apartar la vista de mí.

—Discúlpanos, Amy. Mi prometida quiere estar a solas conmigo. —Me coge de la mano y se aleja de ella, llevándome a rastras tras él.

—¿Adónde vamos?

Su única respuesta es esa sonrisa pícara. La que solía volverme loca, pero que ahora hace que cada terminación nerviosa de mi cuerpo se ilumine.