El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 34 #2
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Cuando se aparta, su sonrisa es perezosa y sexy. Como si supiera exactamente lo que sus palabras me provocan. Arquea una ceja y recorre mi cuerpo con la mirada, deteniéndose cuando llega a mis manos.

—¿Dónde está tu anillo?

Señalo la mesilla de noche.

—Me lo he quitado antes de meterme en la ducha.

Se acerca con paso firme, lo coge de encima de la mesilla y vuelve hacia mí con el mismo paso. Me toma la mano izquierda y desliza el anillo en mi dedo anular.

—Así está mejor. —Lo miro fijamente, con el corazón latiendo a un ritmo errático contra mi esternón.

Ni en un millón de años me habría imaginado a Tate King como un hombre gruñón y posesivo al que no le gusta que su falsa prometida no lleve el anillo de pedida.

Me hace preguntarme cuánto de su verdadero yo ha estado ocultando tras sus sonrisas diabólicas y sus comentarios sarcásticos, sus coqueteos y esa actitud de «Ámalas y déjalas»—.

Voy a cambiarme —dice—. Si no, voy a querer coger algo que mi prometida no está dispuesta a darme.

Suelto un suspiro tembloroso.

—Tate…

Me acaricia la nuca. Su calor se me mete por dentro, avivando las llamas que ha encendido con sus palabras.

—Te lo dije, no te andes con rodeos. La pelota está en tu tejado.

Pero cuando me lo pidas —sus dedos es se deslizan por mi mandíbula y sus ojos dorados me miran con intensidad—, no te lo voy a poner fácil.

Cuando me supliques que te posea, te llevarás todo lo que tengo para dar.

—Aprieto los muslos de forma inconsciente.

Si Tate deslizara la mano bajo la toalla que me envuelve, descubriría que estoy húmeda y lista para él—.

Vístete, Violet. Esta noche quiero presumir de mi preciosa prometida.

Y entonces se marcha y me deja preguntándome si tiene algún sentido fingir que no voy a ceder a lo que los dos deseamos.

Estoy distraída mientras me maquillo y me seco el pelo. Sigo perdida en mis propios pensamientos mientras me pongo el precioso vestido y me subo la cremallera.

Cuando me miro en el espejo, no puedo evitar admirar cómo el vestido color champán se ciñe a mis curvas.

Unos finísimos tirantes nacen del corpiño con escote en uve, lo bastante pronunciado como para revelar el contorno de mis pechos.

El vestido roza la parte superior de mis relucientes zapatos de tacón de color nude, y la abertura llega hasta la parte superior de mi muslo, dejando al descubierto un trozo de piel con cada paso que doy.

Probablemente sea el vestido más sexy que me he puesto nunca, y agradezco que, en la noche en que voy a desfilar como la futura señora de Tate King, esté tan elegante como estoy.

Cuando estoy lista, cojo mi bolso de mano a juego, me echo un poco de perfume y salgo de mi dormitorio. Tate ya está en el salón y se ve increíble con ese esmoquin. Levanta la vista cuando entro en la estancia, se pone de pie de inmediato y llega hasta a mí a grandes zancadas.

—No creo que pueda llevarte a ninguna parte con este aspecto —dice.

La decepción me sacude con fuerza. Estaba segura de que había acertado con este vestido. Me pongo una mano sobre el estómago, me miro a mí misma y luego vuelvo a mirarlo a él.

—Puedo cambiarme. Tengo otros vestidos.

Me rodea la cintura con la mano y, con la cabeza agachada para que pueda sentir el calor de su aliento en mi mejilla, gime.

—Me estás matando, mariposa. No sé si podré soportar que los demás hombres vean lo sexy que eres, joder.

El peso en mi estómago se transforma en un cosquilleo insoportable. Me río, un poco sin aliento.

—Por suerte para ti, llevo tu anillo.

—Me gusta eso. Demasiado.

Se me encoge el corazón, porque por mucho que esas palabras me afecten, no puedo evitar preguntarme si solo le gusta porque sabe que no es permanente.

—¿Estás lista? —pregunta.

Asiento, y él me coge de la mano y me lleva hacia el ascensor.

Durante el trayecto de bajada, nos miramos el uno al otro a través del espejo y se produce una comunicación silenciosa entre nosotros.

La intensidad de la mirada de Tate promete un placer que apenas alcanzo a imaginar, y para cuando llegamos abajo, mi pulso se ha acelerado.

No es hasta que estamos en la parte trasera de la limusina, de camino al cercano hotel de King Group donde se celebra el evento, cuando recuerdo lo que ha pasado antes.

—Hoy me ha pasado algo raro —le comento a Tate, girándome en mi asiento para mirarlo—. Eric ha comentado una de las publicaciones de True Brew.

Frunce el ceño.

—¿Qué ha dicho?

—Solo algo sobre que tiene ganas de probarnos.

—¿Ha dicho algo al respecto alguna vez?

—No. No he sabido nada de él ni he vuelto a verlo desde antes de mudarme.

Tate tiene la mandíbula tan tensa como su postura.

—¿Alguna vez hablasteis de True Brew cuando estabais juntos?

—Claro. Pero lo último que él habrá sabido es que yo estaba en Maine.

Quizás solo haya sido una extraña coincidencia?

O quizás… —Dejo la frase en el aire. Quizás vio un artículo sobre Tate y sobre mí, en el que se mencionaba dónde trabajo.

Su ceño fruncido me indica que está pensando lo mismo.

Me muerdo el labio inferior. Tal vez no debería haber dicho nada—.

No importa. Solo ha sido un comentario inocuo. Dudo que vuelva a saber nada de él.

Se queda en silencio un instante, con el ceño fruncido, y no sé qué se le está pasando por la cabeza.

—Avísame enseguida si pasa algo más, ¿vale?

Pongo mi mano izquierda sobre su pierna y mi anillo de compromiso brilla bajo las luces del tráfico que pasa.

—Lo haré, te lo prometo.

Tate baja la cabeza, se fija en mi mano, y la tensión se desvanece de su cuerpo.

Su mirada recorre lentamente mi cuerpo de nuevo, hasta posarse en mi rostro.

El destello de sus pupilas deja claro que está recordando lo mismo que me ha estado rondando la cabeza durante la última semana.

Todos los pensamientos sobre Eric se desvanecen y me hierve la sangre en las venas bajo su mirada.

Si no estuviéramos deteniéndonos frente al hotel, no estoy segura de que no me hubiera deslizado por el asiento de cuero para sentarme en su regazo.

Pero seguimos mirándonos fijamente cuando Jeremy detiene el coche al final de la alfombra roja y los flashes de las cámaras destellean frente a nosotros.

La gala de King Group de este año tiene como objetivo recaudar fondos para el desarrollo sostenible en países subdesarrollados, y al parecer la lista de invitados incluye a un sinfín de famosos, políticos y magnates de la industria, por lo que la prensa ha acudido en masa.

Mientras Tate y yo pasamos entre la multitud de periodistas y fotógrafos, nos llaman.

—Violet, déjanos ver el anillo.

—¿Cómo le pediste matrimonio, Tate?

—¿Ya habéis fijado una fecha?

Miro a Tate. Cuando empezamos esto, no tenía ni idea de que se convertiría en algo tan importante.

Pensaba que solo lo acompañaría a unos cuantos eventos.

Que a la gente no le importaría quién era yo, sino solo que Tate tuviera novia.

Pero ahora estamos comprometidos y todo esto ha cobrado vida propia.

A Tate, sin embargo, no parecen molestarle en absoluto las preguntas.

—Tate —le pregunta uno de los periodistas—, ¿cuándo supiste que era la mujer de tu vida?

Tate ladea la cabeza, con una sonrisa pícara en el rostro.

—¿Tú qué crees? —murmura, lo bastante bajo como para que nadie más pueda oírlo—. ¿Debería decirles que fue cuando te derretiste con mis dedos en el Onyx?

Entorno los ojos.

—Quizá podrías decirles la verdad y contarles que fue cuando viniste a True Brew y me suplicaste que fuera tu novia.

Él se limita a reírse y me lleva hacia las puertas sin responder a ninguna de las preguntas que nos lanzan.

El vestíbulo es enorme y está resplandeciente, con mármol, cristal y lámparas de araña. Desde allí, Tate me lleva hacia un lado, donde atravesamos unas puertas dobles abiertas que dan a un inmenso y lujoso salón de baile.

—Nuestra mesa está al frente —dice Tate.

—¿Una de las ventajas de ser los anfitriones? —le pregunto, arqueando una ceja.

—No recuerdo haber estado nunca en un evento en el que no estuviéramos en primera fila. —Suelto una risita ahogada—. Al menos eso significa que todo el mundo podrá ver bien a mi preciosa futura esposa.

Me pongo la palma de la mano contra mi estómago completamente vacío. ¿Por qué me emociono cuando dice «mi futura esposa» a pesar de que soy muy consciente de que no es real?

Mientras nos abrimos paso entre la multitud, una persona tras otra detiene a Tate para estrecharle la mano y felicitarlo por su compromiso, así como por la gala.

Rápidamente me canso de sonreír con educación mientras me evalúan, algunos con expresiones burlonas que denotan desdén.

Pero no digo nada. Me pagan por estar al lado de Tate, así que eso es lo que haré.

Cuando por fin llegamos a la mesa y veo a Delilah, me relajo, aliviada. Ella me sonríe; está preciosa con ese elegante vestido negro.

—Me alegro mucho de volver a verte —dice mientras Tate me guía hacia la silla vacía a su lado. Se echa hacia mí, con los ojos verdes muy abiertos—. Cole me ha contado lo que pasó con el compromiso. ¿Estás bien?

—Claro que estoy bien —susurro.

Su sonrisa es comprensiva cuando mira a Tate, que está hablando con Roman, con el brazo apoyado en el respaldo de mi silla, acariciando distraídamente con el pulgar la sensible piel de mi cuello, igual que hizo la última vez. Y, igual que la última vez, me siento demasiado bien con ese gesto.

Ella deja escapar un pequeño suspiro.

—Los hombres King son difíciles de resistir —dice.

Juego con el tallo de mi copa de vino y trago saliva para deshacer el nudo que tengo en la garganta.

—Lo son.

—¿Puedo ver el anillo? —Con una sonrisa, accedo y le tiendo la mano—. Es precioso. —Su tono es sincero—. Nunca había visto uno así. Déjame adivinar, Tate llamó a Isabelle.

—Así es —río.

Baja la voz.