El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 34
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Violet

Navego por las redes sociales de True Brew, respondiendo a los comentarios de las fotos que he publicado en los últimos días.

Empezamos con poco, pero nuestros seguidores están creciendo, lentamente pero con paso firme.

Los clientes incluso nos etiquetan en sus propias fotos, sobre todo en las que muestran nuestro latte art.

Me duelen las mejillas de tanto sonreír mientras tecleo un par de respuestas para la gente que comenta lo delicioso que es nuestro café.

—Estás de buen humor —comenta Jarrod con una sonrisa.

—Las cosas están mejorando —digo.

Y así es. La primera inyección de dinero de mi acuerdo con Tate llegó a principios de semana, y como no he tenido que comprar una nueva máquina de café, he contratado a un pastelero a tiempo parcial para que hiciera bollería fresca por la mañana, y a otra camarera, también a tiempo parcial.

Esta ayuda me permite dedicar más tiempo a llevar la contabilidad y a trabajar en el plan de marketing.

He creado una lista de correo y hemos despertado bastante interés en la velada de degustación que hemos celebrado. No es que estemos a rebosar todos los días, pero ahora hay muchas menos mesas vacías de las que ha habido desde que regresé a Nueva York.

Aunque la forma en que las cosas están cambiando aquí no es la única razón por la que sonrío más.

Contemplo el anillo de mi mano izquierda y la sonrisa aparece de nuevo.

Todavía no me acostumbro a verlo ahí. Y no debería acostumbrarme a verlo ahí, ya que no tardaré mucho en tener que quitármelo.

Pero estoy empezando a disfrutar de esta situación más de lo que debería.

Empiezo a pensar que quizá disfrutar de cada aspecto mientras dure no sería tan malo.

Tate es… Dios, no consigo entenderlo. Quería que me cayera mal.

Mantenerlo a distancia era mucho más fácil cuando lo único que veía al mirarlo era a un playboy al que solo le importaban el dinero, el poder y el sexo.

Pero es mucho más que eso. Lo que hicimos el fin de semana pasado…

No tengo palabras para describirlo. Cierro los ojos y los recuerdos de ver cómo se corría, de cómo él veía cómo me corría yo, me despiertan todo el cuerpo y me retuerzo un poco solo con pensarlo.

Esperaba que se uniera a mí en la ducha después, pero en cambio me sorprendió dejándome una toalla gruesa y lujosa y un albornoz antes de desaparecer.

Por un momento, me sentí dividida entre la decepción y el alivio.

Me quedé con el alivio. Porque habría sido demasiado difícil resistirme a él si estuviera desnudo en la ducha conmigo.

Y la verdad es que no estoy preparada para eso. Al menos, todavía no.

Después de darme la ducha más increíble de mi vida, me retiré a mi habitación para pasar la noche.

Ver a Tate friendo huevos y beicon a la mañana siguiente no sirvió para frenar mi atracción por él.

Tampoco lo han hecho los días siguientes.

No me ha presionado para ir más allá, pero tampoco me lo ha puesto fácil.

Se empeña en andar por ahí sin camiseta la mayor parte del tiempo e insiste en que cocinemos juntos.

Me está dejando entrar, mostrándome quién es en realidad, tratándome como si le importara más de lo que debería.

Como si hubiera algo más en todo esto. Como si hubiera algo más entre nosotros.

Esta noche asistimos a otra gala —esta organizada por King Group—, así que volverá a ir todo elegante con su esmoquin.

Eso, sin duda, tampoco ayudará en nada. Dios sabe que mi fuerza de voluntad tiene un límite.

Sobre todo sabiendo lo bien que me hace sentir solo con sus dedos, o sin siquiera tocarme.

Y sabiendo que yo aún no he tenido la oportunidad de tocarlo a él.

Marie, nuestra nueva camarera, me hace un gesto con la mano para decirme que se va a tomar un descanso.

Asiento en su dirección y cojo mi teléfono para acercarme a la barra y echar una mano mientras ella no está.

Antes de que pueda guardarlo en el bolsillo de mis pantalones cortos, aparece una nueva notificación.

Es un comentario en nuestra última foto.

Decido escribir una respuesta rápida antes de ponerme a servir, así que abro la aplicación.

Entonces me quedo paralizada. Porque reconozco el nombre de usuario. Es el de Eric.

El comentario solo dice: «Tengo ganas de probar ese sitio».

Es inofensivo, pero es una coincidencia demasiado grande como para no ser deliberada.

Me desplazo hacia atrás por mi feed, mirando las fotos recientes.

Salgo en algunas de ellas, aunque me he centrado principalmente en nuestro café, la comida y la historia detrás de la tienda y de nuestros granos de cultivo ecológico.

Corté toda comunicación con Eric tras el lío en que acabó nuestra relación y lo bloqueé en el teléfono y en mis cuentas de redes sociales. Desde entonces, no he vuelto a verlo ni a tener noticias suyas, y, por lo que sé, sigue viviendo en Maine, así que esto… Esto es raro.

Tomo nota de buscarlo en internet más tarde y asegurarme de que sigue trabajando para su tío. Pero, por ahora, me guardo el móvil en el bolsillo, cojo una bandeja, la lleno de platos y cafés y me pongo en marcha.

Mientras cruzo el comedor y atiendo a los nuevos clientes de varias mesas, cualquier pensamiento sobre mi ex queda relegado a un segundo plano.

Durante los treinta minutos siguientes me mantengo ocupada, sirviendo las mesas y charlando con varias personas.

Algunos me dicen que amigos o familiares les han recomendado el local, o que han visto una de nuestras publicaciones y han decidido probarlo.

Incluso me piden que pose para un par de fotos con clientes sonrientes que sostienen sus tazas de café.

Esas interacciones me llenan de tanta esperanza que prácticamente floto de mesa en mesa.

Estos clientes publicarán las imágenes en sus redes sociales y la noticia seguirá corriendo.

Por fin siento que estoy haciendo algo más que mantenerme a flote.

Al final del día, Jarrod y yo cerramos, y como siempre, el tipo de Pinnacle Security nos espera pacientemente. He aprendido a ignorar su presencia mientras trabajo, ya que hacen todo lo posible por pasar desapercibidos entre la multitud con su ropa de civiles.

Una vez que he cerrado la puerta principal tras nosotros y me he despedido de Jarrod, mi guardaespaldas se acerca y me señala con un gesto hacia el final de la calle, donde nos espera uno de los sedanes negros del equipo.

Le dedico una sonrisa y me dirijo hacia allí. No voy a mentir, podría acostumbrarme a que me llevaran y me trajeran del trabajo todos los días. No tener que preocuparme por coger el autobús o no de andar bajo la lluvia es maravilloso. No me extraña que Tate haga que Jeremy lo lleve a todas partes.

Tate no está en casa cuando entro en su ático. Me cuesta ignorar la pequeña punzada de decepción que me recorre el cuerpo. A pesar de todas mis protestas, ya estoy mucho más involucrada de lo que debería.

Saco el vestido que he elegido de entre la selección que me han proporcionado los estilistas y luego me meto en la ducha.

Tate se ha ofrecido a encargarse de mi peluquería y mi maquillaje otra vez, pero prefiero hacerlo yo misma.

Estuvo bien para aquel primer evento, cuando estaba nerviosa y no tenía ni idea de qué esperar, pero no me entusiasma demasiado tener a un equipo de gente revolviéndose a mi alrededor cada vez que vamos a algún sitio.

Acabo de salir de la ducha y estoy envuelta en una toalla cuando llaman a la puerta de mi dormitorio. Inmediatamente, se me acelera el corazón. Suelto un suspiro y levanto la barbilla, tratando de reunir la poca compostura que puedo, y luego me apresuro hacia la puerta.

Cuando la abro de par en par, un escalofrío involuntario me recorre la espalda.

Dios mío, ¿alguna vez me acostumbraré a ver a Tate con traje?

Sigue llevando la chaqueta, pero se ha aflojado la corbata y se ha desabrochado el botón superior.

La imagen es tan sexy que casi entro en combustión espontánea.

Sus ojos se oscurecen al recorrer mi piel desnuda. Cuando vuelve a cruzar su mirada con la mía, esa sonrisa arrogante que, de hecho, estoy empezando a disfrutar —quizá mucho más que «empezando»— le dibuja unas arrugas en las mejillas.

—Quería ver cómo ibas.

—Bien. —Mi voz suena demasiado entrecortada—.

Solo tengo que maquillarme y vestirme. —Sin pedir permiso, entra en la habitación.

Doy un paso atrás para apartarme de su camino, pero él me agarra por la cintura con las dos manos y me pega a él.

Baja la cabeza, hunde su rostro contra el hueco de mi cuello e inspira profundamente—.

Tate —digo con suavidad—, ¿qué estás haciendo?

—Le acaricio la espalda sin saber muy bien qué se le pasa por la cabeza.

Hay algo casi vulnerable en su forma de abrazarme.

—Siempre hueles tan bien… —Se endereza y sus dedos me recorren la clavícula.

Ese gesto me pone la piel de gallina y hace que mis pezones se endurezcan contra la toalla.

Le resultaría muy fácil enganchar un dedo en la tela y tirar de ella para quitármela.

Y a mí no me costaría ningún esfuerzo ponerme de puntillas y besarlo.

Justo cuando ese pensamiento cruza mi mente, su boca encuentra la piel sensible debajo de mi oreja—.

No he podido dejar de pensar en tu sexo en todo el día.

Estaba en una reunión con mi equipo de marketing y solo podía pensar en lo guapa que estabas cuando te corrías.

—Suspira contra mi piel—. Se me ha puesto dura en medio de una reunión que se suponía que debía dirigir porque no podía dejar de imaginar lo fuerte que te correrías con mi lengua dentro de ti mientras te ponía un juguete contra el clítoris.

El calor se acumula en lo más profundo de mi vientre y se extiende hacia fuera.

—Tate. —Solo es un susurro ahogado.