33 #2
—Imagina que lo soy. —Luego vuelve a masturbarse y adapta su ritmo al mío, de modo que estamos sincronizados.
Añado un tercer dedo. tratando de emular la plenitud que sé que sentiría con él dentro de mí—.
Eso es, preciosa. Imagina que soy yo con quien estás follando.
Imagina que te estoy penetrando, que mi pene te llena, te estira.
—Estoy jadeando, ya me he perdido por completo al imaginármelo todo; al desearlo todo—. ¿Estás a punto, Violet?
Las oleadas de calor que me invaden son tan poderosas que amenazan con ahogarme.
—Sí.
—Entonces, para. Ahora mismo.
Dejo escapar un gemido de frustración. Podría seguir.
Un caricia más, dos, y me correría aquí mismo, delante de él.
Pero el placer casi embriagador que se refleja en su rostro mientras me contempla es adictivo.
Se excita manteniéndome al límite. Es una tortura en sí misma, pero estoy dispuesta a obedecer sus órdenes si eso significa que va a seguir mirándome así.
—Buena chica, eso es. Hazlo otra vez. Fóllate a ti misma.
Haz que me den envidia tus dedos. —Mueve la mano más rápido y yo sigo su ritmo.
El placer hace que la excitación me resbale entre las nalgas.
Incluso sin tocarme el clítoris, estoy peligrosamente cerca de derrumbarme—.
¿Quieres correrte, mariposa? —Me muerdo el labio y asiento.
Si el líquido preseminal no estuviera goteando por la parte inferior de su miembro a un ritmo impresionante, me avergonzarían los ruidos que hacen mis dedos—.
¿Tienes idea de cuánto deseo estar enterrado dentro de ti ahora mismo?
Sentirte cálida, húmeda y ceñida a mi alrededor.
No tienes ni idea de las cosas que sueño con hacerte.
—¿Qué quieres hacerme? —Esa pregunta escapa de mí boca como un jadeo sin aliento, y él me atraviesa con la mirada.
—Te ataré las manos y te abriré las piernas.
—Mi cuerpo se estremece ante la idea de estar atada, y otra oleada de calor me invade—.
Te pondré una mano sobre la espalda para que no puedas moverte, y luego me meteré en ese sexo tan estrecho.
Usaré un juguete en tu clítoris para hacer que te corras una y otra vez hasta que ninguno de los dos podamos aguantar más.
Cuando creas que ya no te queda nada más que dar, te desataré las manos y haré que uses tus dedos para correrte de nuevo.
Y solo cuando estés retorciéndote me permitiré llenarte.
—¡Tate, por favor! —exclamo. La imagen que sus palabras dibujan en mi mente me ha llevado al borde del abismo.
—Tócate tu bonito clítoris, preciosa. —Su voz es un gruñido grave y oscuro—.
Déjame ver cómo mi prometida se derrumba delante de mí.
—Solo hacen falta dos caricias de mis dedos sobre ese bulto hinchado de nervios para que el orgasmo se apodere de mí.
Tenso la columna y un gemido se abre paso desde mi pecho ante la intensidad del placer que me recorre.
Tate se levanta de un salto de la silla y, en dos zancadas, está ante mí; cae de rodillas entre mis piernas.
Estoy demasiado ida como para preocuparme de que esté tan cerca y completamente concentrado en la vista de mi sexo.
Cuando me invade el último espasmo él deja escapar un gemido salvaje—.
Has dejado un buen desastre en mi silla, mariposa. ¿Qué voy a hacer contigo?
Me arden las mejillas al ver la mancha húmeda en el cuero de la silla. Por instinto, aprieto los muslos, pero cuando Tate niega con la cabeza, los vuelvo a abrir.
Pasa sus dedos e es por la humedad y luego se la unta por el pene. Con una mano sobre la parte superior de mi muslo, me abre más para él, mientras que su otra mano se mueve de nuevo, con sacudidas cortas y bruscas.
No puedo dejar de mirarlo, de fijarme en cómo brilla su miembro con mi excitación.
Estoy febril, con la piel caliente y sensible, el clítoris aún hinchado, aún palpitante.
Estoy a punto de decir que sí, de dejar que deslice ese pene larga y gruesa en mi interior.
Quizá sea una estupidez resistirme a estas alturas, teniendo en cuenta lo que acabo de hacer…
lo que los dos estamos haciendo. Pero una vez que la tenga dentro de mí, no sé si querré a otro.
Y ese es un pensamiento aterrador, y más cuando Tate siempre ha sido de los de con una vez basta.
Su respiración entrecortada me devuelve al momento presente.
Me concentro de nuevo en sus movimientos justo cuando se agacha, mueve la mano con brusquedad una última vez y, con un grito ronco grito, explota.
Un chorro de semen brota de él, y me invade la decepción cuando no deja que salpique mi piel sobrecalentada.
Vuelve a masturbarse, y sale otro chorro, y las vetas blancas nacaradas cubren la mancha húmeda que he dejado en el asiento.
Otra sacudida, y se forman más charcos sobre el cuero.
No puedo apartar la vista mientras usa esa enorme mano para exprimirse hasta la última gota.
Para cuando termina. los dos estamos sudando y jadeando. Y mis emociones son un torbellino.
Sabía que la realidad iba a terminar por atraparme, pero no tenía ni idea de que iba a ser tan pronto. Dejo caer los pies al suelo, y Tate no me detiene. Está sentado sobre los talones, con el pene aún duro.
—Déjame ir a buscar algo para limpiarnos…
—Contemplo el desastre que ambos hemos montado en el cuero de lo que estoy segura es un sillón muy caro.
Si esperaba que se sintiera avergonzado, no podría estar más equivocada.
Se pone de pie y se cierne sobre mí, con los ojos oscuros y un rubor en las mejillas, y se vuelve a guardar la erección en los pantalones.
Me ayuda a levantarme para que no tenga que esquivar torpemente las pruebas de lo que hemos hecho.
Sus grandes manos me sostienen mientras me tambaleo con las piernas temblorosas. Por un momento, apoya su frente contra la mía, y solo se oye el sonido de nuestras respiraciones.
—Creo que correrme contigo se ha convertido en mi nueva actividad favorita —dice.
—¿Cuál era tu actividad favorita antes? —le pregunto, todavía luchando por recuperar el aliento.
—Masturbarme mientras me imaginaba cómo sería correrme contigo.
Lo único que puedo hacer es soltar una risa que más parece un sollozo.
Me acaricia la cara y me da un beso en la coronilla.
—Vamos, mariposa. Mi prometida debería experimentar mi ducha al menos una vez. Te prometo que te encantará casi tanto como te ha encantado lo que acabamos de hacer.
—No puedes evitarlo, ¿verdad?
—Cuando se trata de ti no. —Me coge de la mano y me lleva a su cuarto de baño.