33
Violet
Me desplomo contra el borde del escritorio de Tate. ¿Qué leches acaba de pasar?
Me estaba colocando el anillo en el dedo y al segundo siguiente casi le estaba suplicando que lo hiciéramos sobre su escritorio. Y el hecho de que él supiera que había un «casi» en ese pensamiento es en lo que no puedo dejar de fijarme.
Me ha leído a la perfección: lo deseaba con todas mis fuerzas.
Lo deseaba a él con todas mis fuerzas. Y, sin embargo, ese vestigio de duda sigue atormentándome.
Sería increíble, no tengo ninguna duda. Podría destrozarme.
Con la mejor de las intenciones, Tate podría tomar mi cuerpo y mi corazón y romper el escudo que he levantado a su alrededor.
Ese miedo sigue vivo: el miedo a saber que le daré mi cuerpo, luego mi corazón, y al final de todo esto, él seguirá alejándose.
Pero, Dios, estoy tan excitada… Me tiembla todo el cuerpo y mis pezones son pequeños picos duros bajo la camiseta.
Cierro los ojos e inspiro hondo, luego otra vez, obligándome a calmarme.
Obligando a mi mente a despejarse. Es imposible, porque me asaltan visiones de Tate en su dormitorio, acariciándose, con la cabeza echada hacia atrás, masturbándose mientras piensa en mí.
Casi me fallan las piernas. Dios, cómo me gustaría verlo.
Se ha ido enfadado, y casi me mareo al pensar en lo fuerte que debe de estar moviendo el puño.
Quiero verlo mientras se toca. Lo necesito.
Puede que no esté preparada para sentir su cuerpo contra el mío, pero eso no significa que no lo desee.
Y tal vez esto sea lo más cerca que esté de conseguirlo.
Antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo, estoy yendo por el pasillo hacia nuestros dormitorios.
Me detengo frente a la puerta de Tate. Está entreabierta, como si tal vez supiera que iba a acercarme.
¿O era esperanza? Quizás no ha sido ninguna de las dos cosas.
Quizás solo haya sido un descuido por su parte.
Aunque cuanto más tiempo paso con Tate, más comprendo que nada de lo que hace es descuidado, al contrario de lo que a menudo parece.
Inspiro hondo, pero mi mano sigue temblando cuando empujo la puerta y entro.
No está en la cama ni tampoco en el baño.
Tardo un momento en encontrarlo, recostado en uno de los mullidos sillones de cuero de la zona de estar de su dormitorio.
Y no se está tocando, aunque sigue luciendo un gran bulto bajo los pantalones.
Se ha quitado la camisa y, con el torso desnudo y esa piel dorada, parece un león en reposo, e igual de arrogante. Me observa con los ojos entrecerrados.
—¿Has venido a ver el espectáculo, mariposa?
Me estremezco por su rudeza, pero tiene razón.
—Sí —susurro.
La tensión se desvanece visiblemente de su cuerpo. Sus hombros se relajan y sus rígidos abdominales se distienden ligeramente. Se humedece los labios, y recorre mi cuerpo con mirada hambrienta.
—¿Sí o no, Violet?
Esta vez me está pidiendo mucho más que un beso y no puedo decir la palabra. En su lugar, niego con la cabeza. No parece sorprendido. Sus ojos permanecen fijos en los míos mientras se desabrocha los pantalones y desliza la mano dentro.
—Ya te lo dije. Tú tienes el control. No voy a tocarte sin que tú me lo pidas.
Su antebrazo se flexiona con el movimiento lánguido de su mano, y el deseo es un nudo prieto en lo más profundo de mí.
Solo haría falta una palabra y él estaría sobre mí; su pereza felina se vería sustituida en un instante por la criatura salvaje que acecha bajo la superficie.
Mi cuerpo está vivo y palpitando de necesidad.
La excitación recorre mis venas, y mis pezones se marcan a través del fino tejido de mi camiseta.
Tate observa la reacción de mi cuerpo, y su mandíbula se vuelve imposiblemente angulosa.
—Demuéstramelo entonces —espeta entre dientes—.
Muéstrame lo que no puedo tener. —Niego con la cabeza, confusa, y me responde con voz oscura y lasciva—.
Bájate esos pantalones cortos y las bragas, siéntate en esa silla —señala con la cabeza la que tiene enfrente— y muéstrame lo que me estoy perdiendo.
Un calor extraño y salvaje me recorre el cuerpo: la necesidad de volverlo tan loco como él me está volviendo a mí.
Sin apartar la mirada de él, engancho los pulgares en los laterales de mis pantalones cortos y los bajo lentamente, junto con mis bragas.
La llama de deseo en los ojos de Tate desata una tensión feroz en lo más profundo de mi ser.
Me da las fuerzas que necesito para meter mis últimas inhibiciones en una caja fuerte en mi mente y cerrar la estancia de un portazo.
Puedo tener este momento. Tengo derecho a tenerlo.
Quizá no sea todo lo que Tate quiere, pero me está cediendo el control, y cuando se trata de un hombre como él, eso es…
liberador. Me acerco a la silla, sintiendo cómo su mirada me recorre, casi como si unos dedos me rozaran la piel.
Luego me doy la vuelta y me siento. Se ha sacado el pene y lo agarra con fuerza.
A pesar de lo grande que es su mano, aún quedan varios centímetros de miembro al descubierto entre su glande hinchado y el punto donde tiene el puño envuelto a su alrededor.
Me contoneo al imaginar cómo me estiraría el cuerpo al empujarlo dentro de mí.
—Siéntate más atrás y levanta los pies —me ordena—. Quiero ver hasta el último centímetro.
Con un suspiro tembloroso, hago lo que me dice y apoyo los talones en el borde del asiento de cuero.
Él echa la cabeza hacia atrás y gime, pero rápidamente la vuelve a bajar, como si no quisiera perderse ni un solo segundo.
Esa reacción me hace sentir una embriagadora oleada de poder femenino, que ahoga lo que me queda de timidez.
—Joder, Violet. —Se acaricia una vez, lentamente y con fuerza; el líquido preseminal brilla en la punta, y se me hace la boca agua con las ganas de saborearlo.
Pero eso no es lo que está pasando aquí; esto es Tate controlándome, dirigiéndome.
Puede que él no me esté tocando, pero sigue siendo responsable de mi placer—.
Sepárate los labios del sexo con la mano izquierda.
Déjame ver ese bonito diamante en tu dedo de cuando te corras para mí.
—Sigo sus instrucciones, y la piedra destella en mi mano—.
¿Sabes lo que significa ese anillo, mariposa?
El corazón me da un vuelco en el pecho ante el deseo que emana de la palabra «mariposa».
—¿Qué? —susurro.
—Hasta que se salga de tu dedo, significa que ese sexo perfecto es mío.
Tu cuerpo es mío. ¿Lo entiendes? —Estoy demasiado perdida como para protestar.
Quizá cuando recobre la cordura tendré la fuerza necesaria para negar lo que está diciendo.
Pero por ahora sus palabras solo hacen que mi deseo se dispare aún más—.
Tócate el clítoris —dice, con una voz rasposa como la grava.
Encuentro el botón hinchado y lo rodeo suavemente con una caricia, una vez, dos veces, levantando las caderas hacia la yema de mi dedo.
Ya estoy a punto, tan cerca…—. Ya basta.
—Obedezco sin pensarlo y retiro la mano.
La sonrisa que me dedica es pura satisfacción.
Suelto un gemido al sentir que el orgasmo, que era inminente, se desvanece—.
Quiero ver cuántos dedos se puede meter mi prometida.
—Dios, esas palabras obscenas me provocan una oleada de excitación entre las piernas.
Lenta y deliberadamente, deslizo la mano hacia abajo, pasando por alto mi clítoris; pongo mi dedo índice y mi dedo medio a los dos lados de mi entrada, prolongando nuestra tortura mutua un poco más—. Te gusta provocarme, ¿verdad?
—Sí —respondo con voz entrecortada.
—Desliza esos dedos dentro de ti y fóllate como lo hice yo aquella noche.
—El fuego me recorre la columna vertebral, intensificando el deseo que me inunda.
Hago lo que me dice y meto los dedos en el calor resbaladizo de mi cuerpo con un gemido.
Ya estoy tan mojada que se deslizan fácilmente.
Él deja escapar un siseo entre dientes—.
Todavía recuerdo lo caliente que estabas y lo estrecha que eras.
—Me humedezco los labios y veo cómo entrecierra los ojos—.
Joder, era casi imposible no sacármelo para penetrarte.
Con un escalofrío de desesperación, deslizo mis dedos hacia fuera y me acaricio el clítoris. Pequeñas chispas de placer brotan de mi interior y recorren mis nervios. Cierro los ojos con fuerza, deseando más, aunque sé que no podemos. No debemos.
—¿Te estás imaginando que soy yo quien te toca? —pregunta él, con una voz más grave, más ronca. Yo asiento con los ojos aún cerrados—. Te sentí tan bien aquella noche… Tu sexo sabía tan dulce… Imagina que tus dedos son los míos. Muéstrame cómo quieres que te toque.
La tensión que se acumuló entre nosotros aquella primera noche se intensifica ahora mismo.
Los recuerdos me inundan. Quiero que me toque como lo hizo entonces, pero no puedo permitírselo, así que esto es lo mejor que voy a conseguir en su lugar.
Hasta ahora he sido suave, pero no quiero que él sea suave.
Me meto los dedos de nuevo y jadeo ante la sensación de plenitud. Con cada embestida, la palma de mi mano choca contra mi clítoris y enseguida estoy moviendo las caderas contra ella.
La respiración escapa entrecortada de mis labios y el corazón me late con fuerza contra la caja torácica.
No reduzco el ritmo al abrir los ojos, aunque vacilo por un instante cuando capto los detalles de la escena que tengo delante.
Tate King, con los ojos entrecerrados clavados en mi rostro mientras yo me doy placer, sus labios carnosos y masculinos entreabiertos, su mano acariciando lentamente su erección tensa.
—Ojalá fueras tú —digo.
El movimiento de su mano se detiene un instante.