32
Tate
Levanto la cabeza de golpe al oír que llaman a la puerta de mi despacho.
—Adelante.
Violet abre y entra con paso sigiloso.
Inmediatamente miro su mano izquierda y, al ver que no lleva anillo, me invade una inesperada oleada de decepción.
—¿No has encontrado uno que te gustara?
—Sí.
Me mira con ojos tiernos y extiende la palma de su mano derecha para mostrarme un bonito anillo de diamantes.
Tiene las mejillas sonrojadas, probablemente por el champán y todas las risas que se han echado ella y Anna.
Me levanto y rodeo mi escritorio, y luego se lo quito de la mano.
Es discreto pero hermoso, igual que ella.
Una parte de mí desearía haber sido yo quien la ayudara a encontrarlo, pero desde el momento en que nos hemos acercado a la vitrina de la joyería esta mañana, su sonrisa ha sido forzada, así que ahí mismo he llegado a la conclusión de que no era lo que quería.
Cuando mire su anillo de compromiso, quiero que sonría.
Una sonrisa sincera, porque le encanta, porque le dice algo, y que no lo lleve para fingir algo o porque se sintiera presionada por mis expectativas, o las de nadie.
Si yo le hubiera elegido un anillo, o me hubiera quedado mirándola mientras ella lo elegía, así es como habría sido.
—Gracias —dice en voz baja—. Me encanta. Y gracias por hacer esto por mí. Por invitar a Anna. Nos lo hemos pasado muy bien. Isabelle también ha sido encantadora.
—Ayudó a Cole a elegir el anillo de compromiso de Delilah. Y me alegro de que hayas encontrado uno que te guste. ¿Hay que ajustarlo?
Ella baja la barbilla y niega con la cabeza.
—Me queda perfecto.
—Supongo que estaba destinado a ser así, entonces. —La observo atentamente, tratando de leer su expresión.
Tiene los ojos un poco brillantes. Puede que esté un poco achispada por el champán, aunque no está borracha. La sonrisa que me dedica es de las de verdad, esa hermosa y espontánea que no se veía en la joyería.
—Supongo que sí. —Se muerde el labio inferior—. ¿Debería empezar a llevarlo ahora, entonces? ¿O quieres hacer algo más dramático? Ya sabes, de cara a la galería. —Suelta una risita insegura.
La frustración me pone los nervios de punta.
Está demasiado decidida a recordarse a sí misma —y a mí— que todo esto es falso.
Pero sé que siente la conexión que hay entre nosotros.
Nunca he querido tener una conexión con nadie y desde luego nunca la he buscado, pero ahora que la he experimentado con Violet, no estoy seguro de querer dejarla escapar.
No le mentí ayer cuando le dije que no podía hacerle ninguna promesa.
Sigue mostrándose cautelosa conmigo, sigue sin confiar plenamente en mí, y hasta que lo haga, no puedo predecir cómo va a acabar todo esto.
Pero incluso con esas dudas, mi esperanza de que lo que hay entre nosotros pueda durar más allá de la fecha de caducidad de nuestro acuerdo se hace cada vez más fuerte.
Le daré un poco más de tiempo para que se acostumbre a la idea de que entre nosotros podría haber algo más que una simple pantomima, pero ya estoy harto de andar con pies de plomo con ella.
—Ahora, Violet. Empieza a ponértelo ya.
Levanta la mirada hacia mí.
—Vale. No estaba segura de cómo querías que lo hiciéramos. Extiende la mano derecha para coger el anillo, pero no se lo devuelvo. El ceño fruncido refleja su confusión—. Pensaba que querías que empezara a llevarlo…
—Y es lo que quiero. Pero si piensas que no voy a ser yo quien te ponga el anillo en el dedo, te equivocas. Dame la otra mano.
Entreabre los labios y sus ojos recorren mi rostro.
Pero, sin decir palabra, me tiende la mano izquierda.
Al acunarla suavemente, soy muy consciente de lo pequeña que parece entre las mías.
Contengo la respiración mientras deslizo la estrecha banda sobre su dedo anular, y, si no me equivoco, ella también.
Durante un largo instante, contemplo el símbolo que le dirá al mundo que esta mujer es mía.
Y pierdo el control.
Una oleada ardiente de deseo primitivo me recorre el cuerpo.
Quizá por eso he rehuido el compromiso durante tanto tiempo.
Nunca he querido reclamar algo así. Nunca he querido tener el corazón de otra persona en mis manos ni darle a nadie el poder de tener el mío.
Sé lo fácil que es que los lazos que parecen inquebrantables se rompan, y hasta ahora nunca me había sentido tentado a correr ese riesgo.
O tal vez era solo que no había encontrado a la persona por la que estuviera dispuesto a correrlo.
Sea cual sea el problema que tuviera, ahora ya no existe.
Violet lleva mi anillo, y lo único que quiero es bajarle esos pantalones cortos y echarla sobre el escritorio que tengo detrás para poder inmovilizarle las muñecas por encima de la cabeza y admirar cómo le queda en ese dedo mientras la penetro.
Sin soltarle la mano, la pego a mí y, antes de que pueda reaccionar, la estrecho contra mi pecho y mis labios le rozan el lóbulo de la oreja.
—¿Sabes lo que significa esto? Eres mía, Violet.
Un escalofrío recorre su cuerpo y yo me pongo duro como una roca en un instante.
—Tate —gime ella—. Yo…
Antes de que pueda terminar esa frase, le acaricio la cara y le recorro los pómulos con los pulgares. Estaba dispuesto a darle tiempo, a hacer que ella me lo pidiera, pero lo necesito. Mi cordura pende de un hilo.
—¿Sí o no?
—Sí. —La palabra sale con un suspiro entrecortado.
Aplasto mi boca contra la suya, deleitándome con la manera en que sus labios se separan bajo los míos, con el pequeño gemido de deseo que deja escapar, con la forma en que se arquea contra mí, como si quisiera acercarse más. Nada de eso es una puñetera actuación. Aquí no hay nadie más que nosotros.
Mi beso es todo menos suave, mis dientes tiran de su labio inferior, mi lengua se desliza profundamente.
Pero a ella no parece importarle. Se restriega contra mí, gimiendo.
Podría tenerla aquí mismo, ahora mismo. Podría hacer realidad mi fantasía de hace un momento y echarla sobre mi escritorio; darle unos azotes por mantenerme a distancia durante tanto tiempo.
Y ella me dejaría hacerlo. Me dejaría hacer todo lo que quisiera, lo sé.
Por eso me obligo a parar, a apartarme.
Sus ojos son de un azul medianoche, y entre sus labios hinchados se escapan respiraciones entrecortadas. Me cuesta toda mi fuerza de voluntad dejarla marchar. Se lleva la mano izquierda a la boca como si estuviera sorprendida, ya sea por el beso o por su repentino final. Quizás por las dos cosas.
—¿Por qué te has detenido? —pregunta.
Me paso la mano por el pelo y luego me recoloco la erección que me aprieta los pantalones. Es en vano, porque mientras lo hago, ella sigue el movimiento con la vista y se muerde de nuevo labio inferior, lo que me pone aún más duro, si es que eso es posible.
—Porque le has dicho que sí a un beso, no a follar en mi escritorio.
Y ahí es donde habría acabado todo esto si no hubiera parado.
Cuando follemos, mariposa, serás tú quien lo pida, no yo.
Quiero que estés tan desesperada que te arrodilles y me supliques tenerme en tu boca.
Así no habrá ninguna puñetera confusión sobre si esto es fingido.
¿Entiendes? —Una ira sorprendente se ha apoderado de mí.
Estoy furioso porque la primera vez que he sentido algo más que un simple deseo pasajero por una mujer, me encuentro en esta puta situación.
Con esta farsa colgando entre nosotros. Y estoy furioso porque la opinión que Violet tiene de mí es muy pobre.
Y porque es culpa mía—. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo, Violet?
Si quieres mi pene —le agarro la mano y la pongo sobre mi miembro, y contengo un gemido cuando sus dedos se curvan instintivamente a su alrededor—, vas a tener que pedírmelo de buenas maneras. ¿De acuerdo?
—Vale. —La palabra sale en un suspiro tembloroso. La dejo allí, con los ojos muy abiertos, las pupilas aún dilatadas por el deseo, y me dirijo hacia la puerta—. Espera. ¿Adónde vas?
Aprieto los dientes.
—A mi dormitorio, para masturbarme imaginando todas las cosas que te voy a hacer cuando por fin te rindas a lo que hay entre nosotros.
Y me voy.