El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 31 #3
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—No haré nada que tú no quieras, Violet. —Su pulgar me acaricia la mandíbula y agacha la cabeza hacia mí—. Hasta que digas que sí, tú tienes el control aquí. Recuérdalo. Pero cuando digas que sí, y lo harás… —su voz rezuma seguridad en sí mismo—, me cederás el control. ¿De acuerdo?

Respiro con dificultad y asiento. No sé qué quiere decir con eso, pero suena demasiado tentador.

Retrocede un poco, dándome espacio para respirar más profundamente que las inhalaciones cortas y superficiales que he tomado hasta ahora.

Luego se acomoda a mi lado, con la espalda apoyada en el lateral, contemplando los rascacielos que nos rodean.

Sigo dándoles vueltas a sus palabras cuando me pregunta:

—¿Cuándo es tu primera en noche de cata ? —Su tono y su postura son la encarnación de la naturalidad, como si no acabáramos de hablar de las condiciones bajo las cuales va a salirse con la suya conmigo.

Me lleva un momento recomponerme, recordarme a mí misma que debería centrarme en la cafetería y en nuestro objetivo final.

—El mes que viene. Hemos ido ampliando poco a poco nuestra base de clientes. Ahora estamos regalando más cafés con los bonos, ya que cada vez vuelve más gente. Creo que el volumen de negocio ha crecido lo suficiente como para justificar la celebración de un evento especial.

—¿Puedo ir? —pregunta.

Lo miro, sorprendida.

—Claro que puedes venir. No pensé que quisieras, pero como nada de esto estaría pasando si no fuera por ti, me encantará tenerte ahí.

—No te subestimes, Violet. Lo único que te he dado es tiempo y un cierto alivio financiero. El resto es todo mérito tuyo.

Mi traicionero corazón vuelve a latir con fuerza, obligándome a repasar la lista, cada vez más corta, de razones por las que acostarme con Tate es una mala idea.

Mantengo la compostura durante la conversación sobre la noche de cata, y él me hace pregunta tras pregunta hasta que el pitido de su teléfono nos interrumpe.

Sale del agua tal y como lo hizo anoche, con los músculos de los bíceps bien marcados, y lo coge de donde lo ha dejado, sobre una de las tumbonas.

Lee el mensaje y sonríe. No parece la clase de sonrisa que imagino que pondría cualquier persona al leer un mensaje de trabajo.

Ese pensamiento hace que los celos se me claven en las entrañas. ¿Es una mujer? Aprieto los dientes y me obligo a volver a mirar el paisaje. No es asunto mío. Dijo que no me humillaría estando con otra mujer durante nuestra relación, y nunca me ha dado motivos para no confiar en su palabra.

Aunque, si de verdad me detuviera a analizar mis sentimientos, tendría que admitir que lo que más me preocupa es la idea de que, mientras me dice todas esas cosas —las dulces y las picantes—, quizá se las esté diciendo también a otra persona.

—Vamos, mariposa. Es hora de salir del agua.

Me paso una mano para aliviar el dolor que siento en el pecho y me vuelvo en dirección a voz. Está al borde de la piscina, tendiéndome la mano. Extiendo el brazo y, con un movimiento fluido, me agarra de la muñeca y me saca del agua. Con una sola mano.

¿Por qué esa demostración de fuerza me excita tanto?

Cada vez que me convenzo de que puedo permanecer indiferente, él consigue que hasta los gestos más insignificantes parezcan tremendamente sexys.

Trastabillo un poco cuando me pongo de pie y él me sujeta por debajo de los brazos.

Nuestros cuerpos mojados se pegan el uno al otro, de modo que puedo sentir hasta el último milímetro de su piel contra la mía.

Mis manos se han posado sobre su pecho cuando he estado a punto de caerme y, antes de que pueda detenerme, cedo a la tentación y trazo unas líneas sobre su piel suave y fresca por el agua, deleitándome con la sensación de tenerlo bajo mis dedos.

La protuberancia de su erección está contra mi abdomen, provocándome una excitación que me recorre todo el cuerpo.

Mis pezones están tensos y sensibles, y Dios, tengo tantas ganas de restregarme contra él…

Quiero arrancarle el bañador, arrodillarme y ver por mí misma lo grande que es.

Debo de gemir, porque de repente, sus manos están en mi pelo y me echa la cabeza hacia atrás.

Mis labios se separan, y estoy más que lista para que me bese.

Sus ojos arden cuando me recorren el rostro, desde los ojos hasta la boca, y suben de nuevo. Con un gemido, me suelta y da un paso atrás. Me quedo paralizada, con la sensación del aire fresco contra mi piel sudada.

Se pasa las manos por el pelo mojado.

—Tienes que vestirte —dice—. Tenemos una cita.

Niego con la cabeza, haciendo caso omiso del comentario sobre una cita que no recuerdo haber concertado.

Lo único en lo que puedo pensar es que, a pesar de lo mucho que dice que me desea, parece que no tiene ningún problema en apartarse cuando prácticamente me ofrezco a él en bandeja.

Recojo lo que queda de mi dignidad hecha pedazos y me aferro a ellos, diciéndome una vez más que solo porque a Tate le guste jugar, eso no significa que haya algo más.

Coge una de las dos toallas apiladas sobre la mesa y me la tiende.

—Gracias —murmuro, evitando su mirada.

Nos secamos en silencio, y luego lo sigo al interior de la casa.

—¿Adónde voy y qué me pongo? —Mi voz me suena extraña a mis propios oídos, y me doy una bofetada mental. Esta es precisamente la razón por la que no quería que las cosas se movieran en el terreno físico con él y, sin embargo, aunque no hayamos traspasado la línea, sigo cometiendo errores.

Me recompongo. Soy más fuerte que esto. Sé que lo soy.

—Te vas a quedar aquí, así que vístete de manera informal.

Frunzo el ceño, molesta por su respuesta vaga y rara al mismo tiempo.

—¿Para qué es la cita?

Tate, que me saca de quicio, solo me guiña un ojo como respuesta y luego se marcha sin más, entra tranquilamente en su dormitorio y cierra la puerta tras de sí.

Arrugo la nariz y le saco la lengua, aunque él no pueda verme. Luego entro en mi habitación, me meto en el enorme baño para darme una ducha rápida y me pongo unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta, y me quedo descalza. Tate ha dicho informal, así que eso es lo que va a tener.

Me estoy peinando cuando llaman a la puerta de mi habitación.

—¿Qué pasa? —pregunto en lugar de abrir. No estoy segura de querer enfrentarme a Tate todavía. A modo de respuesta, la puerta se abre de par en par, pero en lugar de ver a Tate en el umbral, me encuentro cara a cara con Anna—. ¡Dios mío! ¿Qué haces aquí? —Me apresuro a darle un abrazo.

—He recibido una invitación personal de tu prometido —responde con una sonrisa.

La ha llamado… Nada más recuperarme de la sorpresa de nuestro repentino compromiso, para gran diversión de ella. Pero no esperaba verla aquí.

—Espera. ¿Eres mi cita?

—En realidad no. Vamos. —Da unos saltitos y me agarra de la mano—. Por cierto, qué bonito piso nuevo.

—Supongo —digo, siguiéndola por el pasillo—. Si te gusta vivir en un rascacielos de lujo.

Ella se ríe, y yo también, porque el apartamento de Tate es absurdamente precioso. Pero las dos nos quedamos en silencio al oír otra risa femenina que proviene de la sala de estar.

Al entrar en la estancia y ver a Tate y a la mujer misteriosa, mi corazón da un pequeño y extraño brinco.

Los celos que he sentido antes afilan sus garras al ver cómo él le sonríe a esa preciosa mujer, que parece un poco mayor que él.

¿Es esta la persona con la que estaba chateando junto a la piscina?

Inspiro hondo. Sea quien sea, tengo que controlarme. Tate no es mío, y yo no soy suya. Y no tengo ningún motivo para estar celosa, ni tampoco derecho alguno.

—Hola —saluda la mujer con voz alegre al verme—. Tú debes de ser Violet. Yo soy Isabelle. Me alegro mucho de conocerte. —Se acerca a mí con la mano extendida.

Se la estrecho, pero miro a Tate, esperando una explicación. Él se limita a dedicarme una sonrisa enigmática. Cuando me vuelvo hacia Anna, ella solo arquea las cejas.

—Encantada de conocerte también —respondo por fin—. Pero no estoy segura de quién eres.

Se ríe de nuevo, con ese mismo sonido tintineante que me ha puesto los pelos de punta cuando iba dirigido a Tate, aunque ahora que es para mí, no suena para nada coqueto. Y la sonrisa emocionada de su rostro me arranca otra a mí como respuesta. Como si su alegría fuera contagiosa.

—Parece que tu hombre tiene secretos —comenta.

Vuelvo a mirar a Tate, sintiendo cómo se enciende una calidez en lo más profundo de mi pecho al oír cómo lo llama «Tu hombre» .

—Eso parece —murmuro. Me vuelvo hacia Anna—. ¿Sabes qué está pasando?

—Sí. Tu hombre me lo ha contado todo.

—Ven a sentarte a la mesa —me pide Isabelle—. Y te serviré un poco de champán.

¿Champán? Busco a Tate con la mirada de nuevo. En lugar de sonreír, esta vez se limita a señalarme la mesa con la cabeza, con una expresión indescifrable.

Dejando a un lado mis intentos por averiguar qué está pasando, me dirijo al comedor, donde Isabelle ha dejado una gran caja negra. De otra caja más pequeña, saca una botella de champán y dos copas.

Anna y yo nos sentamos, e Isabelle nos sirve una copa a cada una.

—¿Tú no vas a tomar una? —le pregunto.

Me dedica una sonrisita pícara.

—Me despellejarían viva si bebiera alcohol mientras manejo la mercancía.

Antes de que tenga tiempo de preguntarle nada más, abre la caja y separa los dos lados.

Parpadeo, no solo por la sorpresa, sino porque me deslumbran docenas de diminutos rayos de luz.

La caja está llena de anillos que brillan bajo la lámpara del techo.

Esta selección es mucho más ecléctica que la que hemos visto en la tienda esta tarde.

Estos anillos no solo están adornados con hermosos diamantes, sino también con rubíes, zafiros, ópalos y otras gemas que no sé ni cómo se llaman.

Piedras grandes y pequeñas, platino, oro, anillos de oro rosa.

La miro con la mano apoyada en el pecho.

—¿Qué es esto?

Ella sonríe.

—Tu prometido me ha pedido que trajera una selección de anillos únicos y de origen ético, adaptados a tus actividades y tu estilo cotidianos.

Todos ellos han sido elaborados con materiales seleccionados por su procedencia.

Las piedras preciosas y los metales proceden de economías no conflictivas y su creación ha tenido un impacto mínimo en el medio ambiente.

Y han sido extraídos por personas que se benefician de condiciones de trabajo justas y seguras.

—Isabelle saca un paño de la caja y lo despliega—.

Algunas de estas piedras preciosas son recicladas o de segunda mano.

También varían en valor. Aunque, por lo que he entendido tras mi conversación con tu prometido, el origen y la comodidad de tu anillo son más importantes que el precio.

Y si no encuentras uno que te guste, puedo ir a buscar más.

Sin apartar la mirada de la caja, me tomo un segundo para inspirar hondo y para asegurarme de que las lágrimas que me nublan la vista no se desborden por mis mejillas.

Luego me vuelvo, ansiosa por expresar mi gratitud a Tate, solo para descubrir que se ha ido.

Probablemente se haya marchado a su oficina a trabajar.

Mi corazón se salta un latido cruel cuando me doy cuenta de que no estará aquí para esto.

Esto debe de ser lo que estaba haciendo cuando enviaba y recibía mensajes en su teléfono de camino desde la Quinta Avenida.

Estaba organizando esta cita, y se las ha arreglado para ponerse en contacto con mi mejor amiga también, para que ella pudiera estar aquí conmigo.

Se ha desvivido para que fuera divertido para mí, en lugar de estresante.

Me encanta tener a Anna aquí, pero no puedo evitar desear que Tate me ayudara a elegir la joya. Que cuando encontrara el anillo perfecto, fuera él quien me lo deslizara en el dedo. Como si de verdad significara algo.

Como si esto fuera real.

Anna me aprieta la rodilla. Me conoce demasiado bien. No me cabe duda de que se da cuenta de que mis emociones están a flor de piel. Sonríe con ternura.

—Tu chico sabe lo que hace.

Trago saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta y asiento. Cuando me pone delante su copa de champán, suelto una risita ahogada y brindo con ella.

—Muy bien, chicas —dice Isabelle—. Empecemos, ¿os parece?

Una hora más tarde, he elegido un anillo.

Aunque me lo he probado para ver cómo quedaba y comprobar que no se me cayera, ahora lo sostengo entre mis dedos.

Isabelle me ha guiado en la selección, explicándome el origen de cada gema exactamente igual que yo explico el origen de los granos de café de True Brew.

Aunque el anillo que tengo en la mano dista mucho de ser el más llamativo, ha sido el que me ha atraído de inmediato.

Según Isabelle, su diseño está inspirado en la época eduardiana, con un diamante de talla rosa de perfil bajo rodeado de piedras redondas antiguas recicladas, todo ello engastado en una fina banda de oro rosa.

«Perfil bajo» significa que no tendré que preocuparme por chocar con él constantemente contra algo mientras trabajo y, por alguna razón, se ha vuelto importante para mí llevarlo puesto en la cafetería.

Isabelle ha recogido todo y se ha marchado, y Anna se ha ido poco después.

Ella se maravillaba con cada anillo que me probaba, haciéndome reír mientras saboreábamos nuestro champán.

Ha sido divertido, como si fuéramos niñas jugando a disfrazarnos con bisutería.

Salvo por que estos anillos no son en absoluto bisutería.

Y ahora estoy aquí sentada, sola, sosteniendo mi bonito anillo de compromiso. La caja de terciopelo azul oscuro está sobre la mesa, y la dejo donde está cuando me levanto y me dirijo hacia la oficina de Tate.