31 #2
Sus palabras han sonado vacilantes, suaves. Este lado suyo aún me resulta desconocido. Siempre se pone una fachada tan encantadora que ver su enfado o su pena me resulta mucho más íntimo de lo que sería con cualquier otra persona.
—Estoy enfadado conmigo mismo. —Con una última caricia de su pulgar sobre mi dedo anular, se suelta de mi mano—. Jeremy, ¿puedes llevarnos a casa, por favor?
Se me revuelve el estómago de nuevo.
—¿No nos vamos a comprar un anillo? —No debería sentirme triste por eso. Es solo una señal más de lo fácil que sería perderme en esta relación falsa.
Su única respuesta es un simple «Aquí no».
Durante el trayecto a casa, él se entretiene con el móvil.
Yo, por mi parte, sigo dándole vueltas a lo que acaba de pasar.
Él ha percibido mi incomodidad y, obviamente, no quiere obligarme a llevar un anillo que no me convence.
Pero la forma en que me ha sacado de la tienda y ha zanjado el asunto tan bruscamente me hace sentirme un poco mal.
Solo ha dicho «Aquí no», pero no me ha dado más detalles.
Y ahora nos vamos a casa. A su casa; a la mía no. Y no sé qué pensar.
Quince minutos más tarde, al entrar en el vestíbulo del rascacielos de Tate, él sigue en silencio. No sé cómo romper el hielo, así que el trayecto hasta su ático transcurre en silencio.
Cuando entramos, se vuelve hacia mí.
—Voy a darme un baño. ¿Te apuntas? —Antes de que tenga oportunidad de responder, ya se está quitando la chaqueta.
Me quedo clavada en el sitio mientras se saca la camisa por fuera del pantalón y empieza a desabrochársela.
Sus dedos se mueven con destreza sobre cada uno de los botones, dejando al descubierto su piel suave y bronceada.
Se me seca la boca mientras sigo el movimiento de sus manos.
Solo me detengo cuando ellas lo hacen—. Mis ojos están aquí arriba.
Levanto la vista rápidamente hacia su rostro y un tartamudeo incoherente se me escapa de los labios.
—No estaba… Quiero decir…
Una media sonrisa divertida se dibuja en su boca cuando se quita por fin la camisa y deja al descubierto sus hombros musculosos.
Aunque me siento aliviada de que la tensión que parecía estar conteniendo se haya disipado, ver a Tate sin camisa no ayuda en absoluto a calmar mi libido. De hecho, hace todo lo contrario: me recuerda la imagen de él junto a la piscina anoche, con la mirada fija en mí, acariciándose.
Me tiemblan las piernas y se me escapa un suspiro.
Cuando Tate se lleva la mano al botón de los pantalones, me obligo a apartar la vista.
—¿No te vas a cambiar en tu dormitorio?
—¿Por qué? ¿Te estoy poniendo nerviosa?
Me esfuerzo por mantener la mirada en su rostro.
—No, claro que no.
—¿No? Entonces, ¿vienes a nadar conmigo? Hace calor ahí fuera. Sería una pena perderse un chapuzón refrescante solo porque te preocupa no poder mantener las manos apartadas de mí.
Una punzada de irritación se suma al deseo que recorre mis venas y suelto un suspiro. Esa actitud arrogante me ha enfurecido lo suficiente como para despejar la niebla de mi mente.
Dos pueden jugar al juego que él ha empezado. Me doy la vuelta para tenerlo frente a frente y llevo las manos al botón superior de mi blusa.
—En realidad, me encantaría mojarme —digo, el tono bajo y la voz entrecortada.
Sus pupilas se dilatan cuando abro lentamente el primer botón y separo un poco la tela de la camisa.
Aunque el botón de sus pantalones está desabrochado, la cremallera sigue subida. La cintura de sus pantalones le queda baja sobre las caderas cuando da un paso hacia mí, con la mirada fija en el segundo botón con el que estoy jugando.
No he pensado bien este plan: ni adónde iré desde aquí ni hasta dónde llegaré.
Con Tate, tengo la mala costumbre de actuar primero y pensar después.
Él es un maestro a la hora de desestabilizarme cuando lo que deseo con desesperación es mantener el control.
Pero es prácticamente imposible hacerlo cuando lo tengo frente a mí sin camisa y con los pantalones desabrochados.
—¿Necesitas ayuda con eso, mariposa? —Su voz se ha vuelto grave. El tono áspero hace que se me pongan los pezones de punta.
Desabrocho el segundo botón para dejar al descubierto el encaje de mi sujetador.
El calor que me devuelve su mirada me provoca un cosquilleo en el vientre, pero esto tiene que acabarse aquí.
Si no, sería demasiado fácil dejarme llevar, permitirle que deslice el fino tejido de mi blusa por mis hombros.
El deseo de volver a sentir sus manos sobre mí es cada vez más difícil de resistir.
Estoy vacilando, dividida entre lo que quiere mi cuerpo y lo que me dice la cabeza. Clavo la vista en el centro de su pecho, reacia a mirar más abajo y temerosa de lo que veré si levanto la cabeza hasta su cara.
Mi táctica evasiva se ve frustrada cuando Tate se acerca y no me queda más remedio que mirarlo a los ojos; los suyos, dorados, se clavan en los míos y hay un leve atisbo de sonrisa en los labios. Como si pudiera leerme todos los pensamientos que se me cruzan por la mente.
—Solo quiero nadar contigo, preciosa. Eso es todo.
Por supuesto que sí. Aquí estoy yo, imaginándome todas las formas en que quiero que me toque, y él solo está flirteando porque es su carácter.
Sabe que, si llegáramos a tener contacto físico, acabaría queriendo más.
Y más es lo último que él desea. Me estoy dejando confundir de nuevo, llevada por su encanto, por su amabilidad y por su sensualidad innata, y estoy olvidando que seducir a las mujeres es lo que mejor se le da a Tate.
Doy un paso atrás, pero él me rodea la nuca con la mano para que me acerque de nuevo a él, y baja la cabeza.
—Por favor, ven a nadar conmigo.
Aunque mi vergüenza persiste, me recuerdo a mí misma que Tate y yo tenemos que compartir este apartamento durante un tiempo, así que más vale que me acostumbre a estar con él, ya sea vestido o semidesnudo, sin perder la compostura.
Con un poco de suerte, no tardaré mucho en dejar de fijarme en lo atractivo que es.
Nos convertiremos en… En compañeros de piso.
Compañeros de piso que de vez en cuando se besan en público.
—Vale. Voy a cambiarme.
Me suelta, y yo me aparto de él y voy a mi habitación mientras él se agacha para recoger la camisa que ha dejado caer al suelo durante su improvisado striptease .
Una vez en mi dormitorio, reviso mi ropa.
Esta mañana, una mujer ha dejado unas maletas perfectamente hechas con mi ropa y mis artículos de aseo, y, por suerte, en ellas está mi ropa de baño.
Mientras me pongo el bonito bikini turquesa de tiras, desearía ser el tipo de mujer que prefiere los bañadores de una pieza, o mejor aún, esos bañadores anticuados que me cubrirían desde las rodillas hasta el cuello.
Con esto puesto, estoy segura de que me sentiré más expuesta de lo que me gustaría en presencia de un hombre que probablemente se acuesta a menudo con supermodelos.
Inspiro hondo, salgo de mi habitación y me dirijo a la terraza.
Al acercarme a la puerta de cristal, me quedo mirando a Tate. Está dentro de la piscina, de espaldas a mí. Tiene los brazos apoyados en el borde y contempla las vistas de la ciudad.
Cierro la puerta y salgo, con los nervios a flor de piel a pesar de la charla motivadora que me he dado a mí misma durante todo el camino hasta aquí. Al oír el ruido, Tate se gira y se recuesta contra el borde, mirándome de arriba abajo.
Me quedo paralizada, sintiendo cómo mi cuerpo se calienta bajo su mirada.
—Será mejor que te metas en el agua.
Esa voz ronca ha vuelto. Le echo una ojeada rápida, me agacho y me deslizo dentro de la piscina.
El agua está fresca, pero no fría. Refrescante en un día tan cálido, tal y como prometió.
Suelto un suspiro y me sumerjo por completo, dejando que el líquido relaje mi piel caliente.
Cuando salgo a la superficie, apartándome el pelo mojado de la cara y parpadeando para aclarar la vista, Tate me está mirando con una extraña intensidad.
—¿No vas a venir aquí?
—No estoy segura de querer acercarme tanto al borde. —Le dedico una sonrisa cohibida. No tengo miedo a las alturas, en realidad no. Pero la idea de estar en el borde de una piscina en lo alto de un rascacielos me revuelve el estómago de los nervios.
Con un murmullo, se acerca a mí, y, Dios mío, la forma en que el sol se refleja en las gotas de agua que resbalan por los músculos esculpidos de su pecho debería ser ilegal.
Aparto la vista, pero cuando se detiene frente a mí, no puedo ignorar su presencia.
Al volverme, él alarga la mano y me acaricia la mejilla con los nudillos.
Ese ligero contacto me arranca un suspiro tembloroso de los pulmones, lo que hace que sus labios se curven un poco hacia arriba.
—Pensaba que yo era la única que iba a tener problemas para mantener las manos apartadas de ti —digo.
—Nunca he dicho que yo no tuviera el mismo problema.
El rugido de la sangre en mis oídos es lo bastante fuerte como para ahogar el sonido del agua chapoteando contra el borde de la piscina.
Si lo tocara ahora mismo, si deslizara mis manos por su piel suave y húmeda, no tengo ninguna duda de que los dos perderíamos el control.
El ansia en sus ojos me lo deja claro. Debe de estar volviéndose loco de deseo sexual reprimido, teniendo en cuenta que nuestro acuerdo lo obliga a mantenerse célibe.
En cuanto a mí, no puedo dejar de pensar en aquella noche en el club.
Me lo imagino quitándome el bañador, con su boca sobre mis pechos.
Sus manos estarían en mis caderas mientras me levantara y me colocara en el borde de la piscina para poder abrirme las piernas y saborearme.
Pero por mucho que quiera, no soy capaz de hacerlo.
Esto de Tate es temporal, pero si no ando con cuidado, podría dejarme una cicatriz permanente en el corazón.