31
Violet
No sé en qué estaba pensando anoche. Oí las salpicaduras y supe que Tate estaría ahí fuera, demasiado sexy para su propio bien.
Un Tate mojado y casi desnudo es una tentación de la que debería saber mantenerme alejada, pero aun así me quedé junto a la ventana.
Me dije a mí misma que echaría un vistazo rápido, solo para saciar mi curiosidad sobre cómo le queda a Tate el bañador.
Pero en cuanto corrí la cortina y lo vi nadando con fuerza de un extremo a otro de la piscina, con la piel reluciente y los músculos en movimiento, no pude apartar los ojos.
Cuando llegó al borde de la piscina, debería haber bajado la cortina más rápido y haberme alejado de la ventana.
Pero, estúpidamente, dudé, hipnotizada por el pelo mojado que le goteaba sobre los anchos hombros, por las gotas que resbalaban por su pecho musculoso y por sus abdominales marcados.
Por supuesto que se dio cuenta de que lo estaba mirando.
¿Cómo no iba a hacerlo? Y en lugar de esconderme de una vez, me quedé ahí, paralizada, con el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas mientras él me miraba; mientras lo veía acariciarse, con los ojos clavados en mi rostro.
La dureza de su miembro, que se tensaba contra el bañador mojado, y el movimiento brusco de su mano, me provocaron un dolor insistente entre mis piernas que al final me devolvió a la realidad y me aparté de la ventana de un salto.
Pero para entonces, ya era demasiado tarde para reparar el daño.
Ya era demasiado tarde para deshacer la lujuria que se retorcía y se enroscaba dentro de mí.
La idea de ese cuerpo duro y musculoso moviéndose sobre el mío, de su miembro largo y grueso empujando dentro de mí…
Estaba tumbada de espaldas, con la mano entre los muslos, antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo.
Alcancé el orgasmo con fuerza, rápidamente, y fue satisfactorio y decepcionante al mismo tiempo porque no había sido con él, aunque no me hubiera atrevido a permitírselo. Di vueltas en la cama durante horas después de eso, y cuando por fin me quedé dormida, solo concilié el sueño a ratos.
La idea de enfrentarme a él esta mañana me revolvió el estómago. ¿Se habría dado cuenta de lo que había hecho después de alejarme corriendo de la ventana? Estaba segura de que la culpa se me notaba en la cara.
Pero él ha actuado como si nada hubiera pasado. Ni comentarios sarcásticos ni insinuaciones veladas ni bromas de ningún tipo. Lo que me ha venido genial para achacar todo el asunto a un momento de locura por mi parte y dejarlo ahí.
Después de sorprenderme una vez más sirviéndome huevos con beicon para desayunar, Tate me ha dicho que me vistiera porque teníamos que ir a comprar el anillo.
Ahora estamos aparcados frente a una joyería en la Quinta Avenida, y la ansiedad que me ha estado atormentando toda la mañana se está multiplicando de forma exponencial.
Solo con ver el exterior elegante y discreto, me doy cuenta de que este lugar es tan exclusivo como todo lo demás en la vida de Tate.
Me vuelvo hacia él, esforzándome por mantener la voz firme.
—Esto me parece excesivo.
Él sonríe con aire burlón.
—Ya te lo dije. Solo quiero lo mejor para mi prometida.
—Mi prometida falsa —murmuro. En este momento, el recordatorio es más para mí que para él.
Arquea una ceja.
—Eso no significa que vaya a comprarte un anillo falso.
—Ya te lo dije anoche: no tienes por qué hacerlo. —Señalo la joyería. No sé por qué me siento tan incómoda con todo este asunto del anillo. Es algo que hay que hacer y ya.
—Sé que no tengo por qué, pero quiero regalártelo. —Se acerca lo suficiente como para pasarme el pelo por detrás de la oreja, y sus dedos rozan ese punto de mi cuello que parece tener una conexión directa con mi sexo—. No quiero que lleves un trozo de metal barato en el dedo.
—Supongo que tiene sentido —digo, intentando no distraerme con la forma en que su aroma invade mis sentidos—. Lo último que necesitas es que algún experto en joyería con vista de lince se dé cuenta de que la prometida de Tate King lleva un anillo barato.
—Oye. —Me agarra la barbilla y me hace levantar la cabeza—. Te mereces lo mejor, Violet. La prometida de Tate King no, tú.
Me da un vuelco el corazón. Debería dejar de decirme esas cosas tan dulces, porque, con cada día que pasa, me resulta más difícil resistirme a echar la precaución por la borda y aceptar lo que él me está ofreciendo.
Pero a pesar de todas sus palabras cariñosas, de su instinto protector y de su atractivo sexual imposible de ignorar, cuando esto termine, él volverá a su mundo y yo al mío.
Y la única vez que lo veré será si Mark lo invita a acompañarlo en alguna de sus visitas.
Detesto lo mucho que me disgusta esa idea.
Inspiro profundamente y luego espiro despacio; alejo la preocupación de mi mente y sonrío.
—Gracias. Eso significa mucho para mí.
Cuando Jeremy abre la puerta, salgo del coche y espero a que Tate vaya detrás de mí. Me he acostumbrado al peso de su mano en la parte baja de mi espalda. Y, sea temporal o no, no puedo resistirme a disfrutar al menos de algunas de sus caricias.
En cuanto entramos en la tienda, me sorprende la deslumbrante variedad de diamantes y piedras preciosas que brillan bajo las luces intensas.
Es como entrar en un cuento de hadas. Cuando doy una vuelta despacio, contemplando las vitrinas y la lujosa decoración, sé que nunca me he sentido más fuera de lugar.
Mientras que Tate lleva traje, yo voy vestida con unos vaqueros y una sencilla blusa de mangas casquillo.
Se acerca una dependienta elegantemente vestida con el pelo recogido, y su mirada llena de una curiosidad apenas disimulada va de Tate a mí.
—Señor King, qué alegría verle. ¿En qué puedo ayudarle?
—Estamos buscando un anillo de compromiso —responde Tate con naturalidad, rodeándome la cintura con un brazo para pegarme a él.
—Por supuesto. —Con una pequeña sonrisa profesional, nos lleva hasta una vitrina llena de impresionantes anillos. Al igual que en Trio’s, no hay precios. Pero, a juzgar por el tamaño y el brillo de los diamantes, no me cabe duda de que cada uno cuesta más de lo que True Brew ingresa en un año.
—¿Qué le parecen estos? —pregunta la mujer, con las manos entrelazadas frente a ella.
Los anillos, colocados a una distancia idéntica unos de otros sobre cojines de color crema, son absurdos; las piedras son tan grandes que parecen capaces de sacarle un ojo a alguien. Y si no cegaran a una persona así, su brillante resplandor se encargaría de hacerlo.
Me corroe la culpa por no estar más emocionada. Lo último que quiero es parecer desagradecida.
—Eeeh… Sí, son increíbles —digo. Lo cual es cierto, aunque nunca me haya imaginado llevando un anillo como estos en mi dedo. Pero eso puede ser porque nunca me imaginé a mí misma en un compromiso falso con un multimillonario.
Ella esboza una sonrisa radiante.
—¿Cuál le gustaría probarse?
—A ver… —Los examino de nuevo. No tiene sentido ser exigente. Que sea enorme y parezca propio de una cenicienta ayudará a vender este compromiso, así que ignoro el desencanto que me provocan todos ellos y señalo al azar—. Ese.
Se endereza y juraría que su sonrisa se vuelve más reluciente.
—Una elección maravillosa. Es un diamante de corte princesa de diez quilates en una montura de platino.
A pesar de mis esfuerzos, me estremezco. Diez quilates. ¿Cuándo se ha convertido un símbolo de compromiso en algo más volcado en las apariencias que en el sentimiento?
No importa. En este caso, se trata precisamente de eso.
Mientras lo saca del estuche y lo limpia con un paño, miro a Tate, que ha estado inusualmente callado. Tiene los brazos cruzados y una arruga entre las cejas.
La mujer me toma de la mano, devolviendo mi atención hacia ella, y desliza el anillo en mi dedo anular. Me queda casi perfecto.
Lo examino, imaginándome mis manos mientras manejo la máquina de café y lavo los platos con esta enorme piedra en mi dedo.
—Es precioso. —Me vuelvo hacia Tate, frunciendo el ceño—. Tendré que quitármelo del dedo mientras esté trabajando.
—No —dice él.
El corazón me da un vuelco ante la frialdad de su tono.
—Eeeh… —Bajo la mirada—. Es que no quiero tener que preocuparme por…
—No. Quítatelo. —La mujer y yo lo miramos fijamente—. Ahora —masculla.
Intento quitarme el anillo torpemente, sintiendo cómo me arde la piel por vergüenza.
La mujer me dedica una sonrisa tranquilizadora y cubre mis manos temblorosas con las suyas.
Me lo quita con facilidad y, tan pronto como lo vuelve a colocar en la vitrina, Tate me coge de la mano y me saca de la tienda.
—Gracias —le digo por encima del hombro.
Permanecemos en silencio hasta que llegamos al coche. La confusión se apodera de mi pecho, haciendo que cada inspiración me suponga todo un reto.
En cuanto Jeremy cierra la puerta tras Tate, me doy la vuelta y busco respuestas en su expresión. Tiene el ceño fruncido y la mandíbula tensa, pero no consigo entender por qué.
—¿Era demasiado caro? Podrías haberlo dicho y ya. No me importaba elegir uno u otro.
—Esa es la cuestión —replica él.
—¿Qué quieres decir?
Sus ojos me traspasan, el tono dorado se ha apagado.
—Falso o no, quiero que te importe el anillo que lleves en el dedo. Quiero que, al menos, te guste, maldita sea.
Lo miro y parpadeo, atónita. Cuando por fin encuentro las palabras, las pronuncio tartamudeando.
—Lo-lo siento. Siento si te ha parecido que no me gustaba. No era así. Lo juro. Era precioso. De verdad. Podemos volver y…
Me coge de la mano y me acaricia el anular con el pulgar. El contacto es suave, a pesar de la tensión que le recorre el cuerpo. En mi piel se enciende un chisporroteo que me recorre el brazo.
—No te disculpes.
Aprieto los labios.
—Es que pareces enfadado.
Se le tensa un músculo de la mandíbula.
—No estoy enfadado contigo.
—Entonces, ¿con quién estás enfadado?