El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 36
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Violet

Durante un instante, después de que la puerta del ascensor se cierre con un silbido, Tate no se mueve.

Los espejos de las paredes reflejan nuestros rostros desde todos los ángulos mientras nos miramos fijamente.

Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, se abalanza sobre mí, me aprisiona con sus brazos, me empuja contra la pared y pega su erección contra mi estómago.

Se me escapa un pequeño gemido y le rodeo el cuello con los brazos.

Su boca me devora, su lengua recorre hasta el último recoveco, se desliza contra la mía, explorando sin piedad mientras marca mis labios con los suyos.

Desliza la mano en mi cabello, agarra un mechón y lo retuerce entre sus dedos con aire posesivo.

Entonces, sin previo aviso, me suelta y se arrodilla.

—Súbete el vestido —me ordena.

Agarro la seda y me la subo por encima de las caderas.

Sin dudarlo, me aparta las bragas mojadas hacia un lado y hunde la lengua dentro de mí.

Tras una pasada, y luego otra, encuentra sin fallar mi clítoris y lo acaricia con la lengua; cuando dos de sus dedos se adentran en mi interior, suelto un gritito.

Es urgente y obsceno, y aunque ya me he corrido en la limusina, sigo tan al límite que, antes de darme cuenta, ya estoy a punto.

Como si pudiera sentirlo, se ríe entre dientes contra mi piel húmeda.

—Dame un segundo antes de que lleguemos a casa, mariposa.

Su lengua vuelve a rozar mi clítoris y me penetra con los dedos más profundamente. Me tiemblan las piernas, y las manos, mientras me aferro a su pelo para mantener el equilibrio. No hay forma de contenerme. Ya me estoy ciñendo con fuerza a sus dedos.

—Dios… Estoy a punto.

—Eso es, preciosa. Quiero saborear el momento en que alcances el orgasmo.

Solo hace falta que sus dedos es se curven una vez más. Entonces me corro, mis caderas se contonean contra él y mi respiración jadeante retumba ruidosamente entre las paredes. Él me lame y me chupa hasta que tiemblo y me quedo sin fuerzas.

Se pone de pie y, un momento después, el ascensor suena y la puerta se desliza para abrirse en su vestíbulo.

En lugar de llevarme dentro, me agarra por un lado de la cara y me besa.

Está cubierto de mi excitación, con la boca y la barbilla mojadas por mí.

Por instinto, me aparto un poco, lista para retroceder, pero su lengua recorre mis labios, y bajo el sabor de mí misma, está el sabor de él, del que no me canso nunca, así que dejo que me bese.

Dejo que entrelace su lengua con la mía hasta que correspondo con la misma avidez.

Las puertas del ascensor permanecen abiertas y los sensores indican que no hemos salido mientras él toma posesión de mi boca.

Ya me he corrido dos veces, y eso debería ser suficiente.

Debería serlo. Pero cuando pega la dura protuberancia de su erección contra mí, mi clítoris palpita de deseo.

Estoy vacía, y quiero que él me llene. Quiero que Tate y yo follemos. Lo quiero todo de él.

Aparta su boca de la mía y, con el pecho agitado, me mira. Sus pupilas están tan dilatadas que sus ojos son solo un fino anillo de color whisky alrededor de dos pozos negros.

—Tate —gimoteo descaradamente—. Te necesito dentro de mí.

—Ya me has tenido dentro. Mi lengua, mis dedos…

—No, tus dedos no. Y tu lengua tampoco.

—Eso es todo lo que vas a tener hasta que esté listo. —Me hace darme la vuelta y me empuja fuera del ascensor, hasta la enorme mesa del comedor. Luego me levanta en el aire y me sienta encima de ella—. Déjame verte —gruñe.

Poso la palma de una de mis manos sobre la superficie lisa y fría y levanto las caderas para poder subirme la falda de nuevo.

Luego abro las piernas y siento el aire fresco sobre mi piel resbaladiza.

Una vez más, Tate se arrodilla y me chupa el clítoris por encima del encaje negro de mi ropa interior.

El calor y la succión, incluso a través de mis bragas, bastan para hacerme jadear.

—No me canso de tu sabor —gime—. Aunque esto ya no sirve para nada. —Enrosca sus dedos en los laterales de mi tanga, lo rasga y lo tira al suelo. A continuación, desabrocha con destreza las correas de mis tacones—. Pon los pies en el borde —ordena—. Mantén los muslos separados. Déjame mirarte.

La idea me pone tan nerviosa ahora como la primera vez que lo hicimos.

Pero, igual que entonces, estoy demasiado desesperada por él como para que me importe.

Apoyo los talones en el borde de la mesa, pero ver cómo me mira me resulta demasiado abrumador.

Así que me tumbo y miro al techo, con los músculos ya temblando de anticipación.

No se lanza directamente. El calor de su aliento me envuelve, pero se detiene ahí.

A pesar de toda la urgencia que tenía antes, ahora está jugando conmigo.

Primero, me separa un poco más los muslos y luego me da unos toques muy ligeros, rozando mi piel sensible.

Me da un beso en la pierna y otro más, cerca de donde lo necesito.

Luego me lame la cara interior del muslo, deteniéndose justo antes de llegar al objetivo.

Su siguiente movimiento es un mordisco que hace que unas chispas se disparen directamente a mi anhelante centro y un gemido que se escapa de mis labios.

Su risita como respuesta es oscura.

—¿A mi mariposa le gusta un toque de dolor junto con su placer?

No lo sé. Nunca había experimentado nada parecido. Desde luego, con Eric no, ni con ninguno de los hombres con los que salí de forma esporádica en la universidad.

—Me gusta lo que me haces sentir —digo.

Se detiene y siento su aliento caliente contra mi piel.

—Joder, Violet. No sabes lo que me haces. —Me muerde de nuevo, con suavidad, lo suficiente como para no hacerme daño, solo para enviar esas chispas a lo largo de mis nervios hasta mi clítoris palpitante—. ¿Recuerdas lo que te he dicho en la pista de baile?

Bajo la barbilla para poder mirarlo y rebusco en mi mente nublada en busca de cualquier recuerdo que no sea este momento.

—Que harías que me corriera hasta que estuviera agotada, y luego me darías tu… tu pene.

Me dedica una mirada salvaje desde su lugar entre mis muslos abiertos.

—No me pareces agotada, mariposa. Pareces ansiosa.

Aún no estás lista. —Se me escapa un gemido, se me tensan los músculos y me echo a temblar como respuesta a sus palabras—.

Voy a ocuparme de ti, Violet. Me aseguraré de que estés lista para mí.

—Su lengua traza una línea a lo largo de mi otro muslo—. Qué bien sabes, joder.

Me arde la piel cuando me toca; la parte interior de mis muslos está húmeda por la excitación, y él me saborea con cada movimiento de su lengua.

Una punzada de vergüenza me recorre el cuerpo, pero se disipa rápidamente, porque él no me está dejando lugar a dudas sobre lo mucho que disfruta.

Me chupa y me lame la parte interior de los muslos, deteniéndose cada vez que se acerca al lugar donde lo ansío desesperadamente.

—Por favor —le suplico.

Levanta la vista, con expresión ardiente. Sin apartar la mirada de la mía, baja la cara con lentitud y me da un suave beso justo encima del clítoris. Mi sexo se contrae.

—¿Es esto lo que quieres, Violet? ¿Quieres que vuelva a usar la boca?

—Quiero tenerte dentro de mí.

—Pronto, mariposa. Pronto llenaré ese sexo dulce y caliente.

Cuando creas que has terminado, cuando creas que ya no puedes soportar más placer, me hundiré profundamente dentro de ti y volverás a correrte una vez más.

—Sus palabras me hacen sentir aún más desesperada.

Nunca en mi vida me he sentido tan caliente, tan lista para llegar al clímax.

En este momento, haría cualquier cosa que me pidiera.

Vuelve a meterse entre mis piernas y sopla con suavidad contra mi piel sobrecalentada, lo que me hace arquear la espalda—.

Qué hermosa —gruñe—. Qué bonito, joder. —Me abre con los pulgares y yo doy un puñetazo en la mesa para no retorcerme.

Por fin, introduce un dedo dentro de mí, y hasta ese pequeño estiramiento hace que mis terminaciones nerviosas se retuerzan de anticipación.

Lo retira con lentitud—. Qué estrecha —susurra con expresión agónica—.

Me muero por meterme dentro de ti. A ver qué tal me aguantas.

—Sí. —Mi voz es un jadeo entrecortado.

Introduce un segundo dedo, los hunde en lo más profundo de mí y gira la mano hasta que la base de su palma roza la parte superior de mi sexo.

Notar por fin esa presión donde más la necesito me deja sin aliento.

Me apoyo en los codos para poder mirarlo.

Ver cómo retira sus dedos de mi interior y los sustituye por su lengua me provoca un escalofrío que me recorre la columna vertebral.

Cuando la hunde dentro de mí, de mi boca escapa un gemido silencioso y echo la cabeza hacia atrás.

Tate no me da tiempo a acostumbrarme a la nueva sensación: vuelve a meter los dedos y me lame desde donde me están llenando hasta mi clítoris hipersensibilizado.

Sollozo y me tiemblan las piernas. Me está excitando y manteniéndome al límite hasta que estoy desesperada por el alivio, pero sin darme nunca lo suficiente como para llevarme al más allá.

Gimo y me retuerzo bajo él, suplicando más. Por fin, con sus dos dedos entrando y saliendo de mí, dobla la lengua y me da golpecitos con ella en el clítoris. Suelto un grito y me ciño a su alrededor, con el calor y la presión acumulándose con fuerza y rapidez en lo más profundo de mi vientre.

Me aferro a su pelo y le doy tirones mientras me lame el clítoris palpitante y hunde los dedos contra un punto que me arranca un jadeo. Con los ojos bien cerrados, me arqueo y me pego con más fuerza a su cara.