El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 29 #2
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—Bueno, yo… eeeh. ¿Por qué no soy capaz de articular una frase? ¿Es porque me sorprende su descaro, o es porque mi mente ya se ha imaginado lo que seguramente será una cama grande, y cómo sería compartirla con él? ¿Duerme desnudo? ¿Me tocaría? ¿Quiero que lo haga?

—Y ahí, mariposa —dice, y hace que vuelva la cabeza hacia el otro lado del pasillo—, está el tuyo.

Por el tono de su voz y su sonrisa diabólica, sabía muy bien lo que estaba pensando, y el muy cabrón se ha aprovechado de la confusión. La punzada de irritación que solía sentir a su lado, esa que ha sido sustituida de forma frustrante por el cosquilleo en el estómago, regresa brevemente.

—Qué suerte tengo de que estemos tan cerca —respondo secamente.

Arquea una ceja.

—Solo tienes que decirlo y podrás estar más cerca.

Me cuesta todas mis fuerzas no sonreír, no mostrarle lo a punto que estoy de dejar caer mis defensas. Una mujer solo puede aguantar hasta cierto punto a un multimillonario sexy y coqueto antes de tirar todas sus convicciones por la ventana.

Se ríe entre dientes, como si ya lo supiera, pero al final se deja de bromas y me abre la puerta para dejar ver una habitación de invitados más lujosa que cualquier suite de hotel en la que haya estado.

Una lujosa cama de matrimonio domina el espacio y unos ventanales de suelo a techo dan acceso a la terraza.

Una acogedora zona de descanso en un rincón parece perfecta para acurrucarse y leer un libro.

—Vaya —suspiro, olvidando mi nerviosismo por estar tan cerca del dormitorio de Tate—. Esto es increíble.

—Mi prometida se merece lo mejor. Por supuesto, lo mejor es mi dormitorio, así que, técnicamente, este es el segundo mejor. Si no cumple tus expectativas, dímelo y podemos ver cómo mejorar las cosas.

Niego con la cabeza, aunque no puedo evitar reírme.

—No puedes evitarlo, ¿verdad?

—Al parecer, cuando se trata de ti no.

Lo estudio un instante, con el corazón en un puño. Él también me mira, con una expresión más seria de lo que esperaba, teniendo en cuenta que acaba de estar bromeando conmigo. Trago saliva con dificultad y aparto la vista de la intensidad de su mirada.

Tate, imperturbable, me tiende mi bolsa.

—Mientras te instalas, yo me pondré a preparar la cena.

Mis ojos vuelven a detenerse en los suyos.

—¿Sabes cocinar?

Se encoge de hombros, relajado.

—Lo hago de vez en cuando. Esta parece una buena ocasión.

—¿Puedo ayudar?

Me señala el enorme vestidor con la cabeza.

—Pon tus cosas en orden, y si terminas antes de que la cena esté lista, entonces te pondré a trabajar.

Una vez que se ha ido, cierro la puerta, inspiro hondo y vuelvo a recorrer con la mirada la enorme habitación, sacudiendo la cabeza con incredulidad.

Luego vuelvo al presente y empiezo a deshacer las maletas.

Me tiemblan un poco las manos mientras doblo la ropa y la guardo o la cuelgo en el espacioso armario.

No se me escapa la importancia de lo que estoy haciendo: mudarme con Tate.

No puedo evitar preocuparme de que esta nueva situación confunda aún más mis emociones, que ya están peligrosamente confusas.

Una vez que guardo mis cosas voy a la cocina, pero me freno en seco al doblar la esquina y el aire escapa de golpe de mis pulmones.

Tate está ahí, de espaldas a mí, picando verduras y vestido solo con unos pantalones de chándal grises.

Mi ritmo cardíaco se dispara al ver cómo su suave piel dorada se mueve sobre los planos y ángulos marcados de sus hombros y su espalda mientras trabaja.

Incluso desde aquí puedo distinguir el contorno de los músculos de su cadera.

Si estuviera de cara a mí, sin duda sentiría todo el efecto de esa uve que llevaría mis ojos directamente hasta la cintura de sus pantalones de chándal.

El calor se extiende rápidamente por mis venas y, por un instante, me permito olvidar lo que hay entre nosotros.

Me imagino acercándome por detrás, deslizando mis brazos alrededor de su pecho y dejando un beso sobre su cálida piel.

Quizás permitiría que mis manos se deslizaran por sus abdominales hasta que mis dedos rozaran la cinturilla de sus pantalones para luego pasarlos por debajo de ellos.

¿Iría sin ropa interior? ¿Estaría duro y listo para mí?

Lo agarraría, lo acariciaría desde la raíz hasta la punta mientras él gemía mi nombre. Y entonces…

Mierda . Salgo de golpe del trance en el que he caído, con el pulso acelerado y las terminaciones nerviosas hormigueando.

No puedo pensar en esas cosas. No puedo sucumbir a esos deseos.

Tate y yo somos demasiado diferentes. Puede que él sea capaz de disfrutar de relaciones físicas sin encariñarse, pero yo no soy capaz.

De ninguna manera quiero arriesgarme a que me rompa el corazón el mayor rompecorazones del mundo.

Inspiro hondo para armarme de valor y luego llamo su atención con un carraspeo, como si acabara de entrar en la cocina.

—Ya he terminado. ¿Qué puedo hacer?

—¿Me ayudas a acabar aquí?

—¿Qué? —tartamudeo. Tan poco después de mi fantasía ilícita, sus palabras hacen que mi mente vuelva inmediatamente a donde estaba antes.

Arquea una ceja y me mira de arriba abajo, sin duda fijándose en mi piel enrojecida.

—¿Puedes terminar esta ensalada mientras yo me encargo de la carne? ¿Qué creías que quería decir?

Niego con la cabeza, sin saber si he oído lo que quería oír o si me está tomando el pelo. No lo descartaría, pero como no puedo estar segura, me limito a sonreír dulcemente y me acerco a él para coger el cuchillo que me ofrece.

—¿Qué vas a preparar?

Señala dos trozos de carne que descansan en una bandeja.

—Filetes con salsa de pimienta verde, ensalada —señala un bol lleno de hojas de lechuga y luego hacia un par de patatas peladas— y pommes frites.

Arqueo una ceja.

—¿Pommes frites?

Una sonrisa se dibuja en sus labios.

—Nadie de la familia King se rebajaría jamás a comer patatas fritas. Nosotros comemos pommes frites.

Me echo a reír, y la tensión que aún me queda del incidente en la cafetería de y de mi mudanza temporal se disipa.

Quizá esta situación no sea tan mala como pensaba.

Quizá incluso pueda ser divertida. Siempre y cuando pueda superar esta molesta atracción que siento por él.

Puede que Tate no esté hecho para ser el prometido de nadie, pero quizá sí podría ser un amigo si se lo permito.

Le sonrío.

—Por supuesto. Qué tonta soy. Y supongo que el kétchup es demasiado corriente. ¿Vas a servirlos con puré de tomate con infusión de oro?

Riendo, se apoya en la encimera que tiene detrás y se cruza de brazos sobre su amplio pecho.

Me cuesta toda mi fuerza de voluntad evitar que mi mirada se desvíe hacia todos esos músculos definidos que ha dejado a la vista.

—Por desgracia, se me ha acabado el puré brillante, así que tendremos que conformarnos con el kétchup normal.

Saco el labio inferior en un puchero fingido.

—Y yo que pensaba que iba a vivir la experiencia Tate King al completo…

Sus ojos se oscurecen y da un paso hacia mí, hasta que nuestros cuerpos quedan a solo unos centímetros de distancia.

—Solo tienes que decirlo, mariposa, y con mucho gusto te ofreceré la experiencia completa.

Clava la vista en mi boca y es como si me hubiera caído un rayo encima. Una oleada de calor me recorre la piel y mis pezones se endurecen bajo la camiseta.

¿Cómo es posible que las cosas hayan cambiado tan rápido? Acabo de decidir dejar de estar tan a la defensiva con él y, en cuestión de segundos, no puedo evitar imaginarme cómo sería la experiencia completa.

La única forma de sobrevivir a este nuevo acuerdo es ser completamente sincera. Cierro los ojos y suelto el aire, y luego levanto la cabeza para encontrar sus ojos dorados.

—No puedo, Tate. Esto —me señalo y luego lo señalo a él— ya es complicado.

Si damos un solo paso más, se volverá demasiado confuso.

Al menos para mí. Y no quiero que me hagas daño.

—Un músculo se le contrae en la mandíbula y en sus ojos destella lo que parece angustia.

Repaso mis palabras, me doy cuenta de lo que implican y lo intento de nuevo.

Doy un pequeño paso hacia delante para tranquilizarlo y le pongo la mano sobre el pecho, embebiéndome de su calor—.

No quiero decir que vayas a hacerme daño a propósito.

Pero tú no quieres nada más que lo físico, y yo no estoy segura de ser capaz de separar ambas cosas.

—Trago saliva, reuniendo el valor para decirle la verdad, con la esperanza de que no se vuelva en mi contra—.

Así que, por mucho que pueda encontrar la idea tentadora, no podemos involucrarnos más de lo que ya lo estamos.

—Al darme cuenta de que todavía tengo la mano en su pecho, la retiro, pero le sostengo la mirada, esperando a que diga algo, lo que sea, con la esperanza de que no utilice mi confesión en mi contra.

Asiente lentamente, como si estuviera sopesando mis palabras.

—No tengo intención de hacerte daño, Violet.

Pero no voy a negar que te quiero en mi cama.

No he podido dejar de pensar en follar contigo desde aquella primera noche en el club.

Pero tienes razón. Puedo prometerte que te daré más placer del que jamás has creído posible, pero no puedo prometerte más que eso.

Me gustaría tocarte. Me encantaría hacerte sentir bien.

Quiero ser el hombre que borre a tu ex de tus pensamientos y recuerdos.

Pero tampoco te voy a mentir. —Traga saliva y baja ligeramente la barbilla—.

Así que vamos a poner las cartas sobre la mesa: las condiciones del acuerdo se mantienen.

La intimidad física queda a tu discreción.

Si decides que me deseas, estaré aquí, como y cuando tú quieras.

—¿Por qué, por qué, por qué tiene que ser tan sexy, joder?

Con sus anchos hombros llenando mi campo de visión, y la forma en que me mira a la cara con tanta intensidad, bastaría un solo beso para que me rindiera.

Dejaría a un lado mis recelos. Aceptaría lo que me está ofreciendo mientras estamos en esta situación y ya me ocuparía de las consecuencias más tarde.

Su atención regresa a mis labios y, por un instante, creo que va a hacer precisamente eso: besarme.

Pero entonces vuelve a levantar la cabeza y encuentra mis ojos—. La pelota está en tu tejado, mariposa.

Antes de que pueda formular una respuesta, da un paso atrás y coge una patata.

Cuando se pone a cortarla, espiro temblorosamente y me dedico a terminar la ensalada, como se supone que debo hacer.

Si la pelota está en mi tejado, entonces todo lo que tengo que hacer es resistir la tentación que supone Tate durante las próximas semanas, y se habrán acabado los problemas.

Tendré suficiente dinero para mantener True Brew en marcha, con suerte Tate ya no será el blanco favorito de la prensa sensacionalista y mi corazón seguirá entero y a salvo en mi pecho.

Puedo hacerlo. Estoy segura.