29
Violet
Lo miro fijamente, conteniendo la respiración, mientras mi cerebro procesa sus palabras.
—Eeeh, ¿qué?
Él me sonríe, con los ojos brillantes.
—Cuando he llamado a Pinnacle para pedirles que enviaran un equipo aquí, también les he ordenado que se pasaran por tu bloque de apartamentos. También hay periodistas merodeando por allí. No voy a permitir que te acosen en casa, así que te vas a mudar a mi ático mientras dure este… acuerdo.
Un escalofrío me recorre el cuerpo al pensar en estar con Tate en su ático, noche tras noche. Pasar tiempo con él aquí y en público es una cosa, pero ¿pasar todas las tardes en su compañía? ¿Después de la noche en el club y de los besos que nos hemos dado desde entonces? Es una idea terrible.
—Agradezco el detalle. Pero no creo que sea necesario.
—No lo crees, ¿eh? ¿Te gusta la idea de abrirte paso entre una multitud de periodistas cada día solo para entrar y salir de tu edificio? He visto la seguridad de tu bloque de apartamentos. Es inexistente. ¿De verdad quieres lidiar con eso? ¿Y tus vecinos? ¿Tu casero?
—Siempre podría quedarme…
Me interrumpe haciendo un gesto con la cabeza.
—Si vas a sugerir que te quedarás con Mark o con tu amiga, no te molestes. Estamos comprometidos, recuérdalo. ¿Qué pensaría la gente si se enterara de que te has mudado an cualquier otro sitio que no sea a mi casa, conmigo?
Rechino los dientes y reprimo mi frustración. Tiene razón.
—Está bien. Pero solo hasta que la prensa pierda interés.
Tate me toma la mandíbula entre las manos y me hace levantar la cara hacia la suya.
—Siento decírtelo, mariposa, pero no perderán el interés en ti hasta que este acuerdo termine.
Al fin y al cabo —la sombra de esa sonrisa burlona que me resulta tan familiar le arruga las mejillas—, eres la mujer que le robó el corazón al playboy más famoso de Nueva York.
Quieren saberlo todo sobre ti. —Una sensación de inquietud se enrosca en mi estómago.
Nunca pensé que la prensa se interesaría por mí.
Que pudieran indagar en mi vida o seguirme a todas partes.
Una arruga se dibuja entre las cejas de Tate—. Te mantendré a salvo. Te lo prometo.
Suelto un suspiro tembloroso.
—Te creo. Es solo que… es demasiado abrumador. —Esto me supera. Ya lo había pensado antes, pero ahora es aún más cierto. Aun así, si mantengo mi objetivo final en mente, si consigo recordar que lo hago por True Brew, me convenceré de que todo ha valido la pena.
La expresión de Tate se suaviza y su pulgar me roza la mejilla.
—Te lo pondré lo más fácil que pueda, ¿vale?
—Vale.
Él asiente y baja la mano.
—¿Puedes venir ya conmigo?
Me pongo de puntillas y miro por la ventana de la puerta batiente. Los guardias de seguridad siguen ahí plantados como dos montañas gemelas junto al mostrador y, por lo que puedo ver, el local está casi vacío.
—Jarrod y Sarah pueden acabar el turno y cerrar sin mí.
—Vámonos. Pasaremos por tu apartamento para que puedas recoger lo necesario para esta noche, y luego haré que alguien te empaquete la ropa y cualquier otra cosa que necesites.
No me gusta demasiado la idea de que un desconocido rebusque entre mis cosas, pero estoy demasiado agotada para discutir. Asiento, me desato el delantal y lo tiro al cesto de la ropa sucia que hay junto a la puerta trasera.
—Entonces, vámonos.
Al salir de la trastienda hablo con Jarrod y Sarah. Mientras les confirmo los detalles, Tate da instrucciones a los guardias de seguridad para que se queden aquí hasta que cierren y los informa de que se pondrá en contacto con su jefe para organizar una presencia permanente.
Jeremy sale de la cafetería primero para ayudar a controlar a la multitud, pero, por suerte, la mayoría de los periodistas ya se han marchado.
Al echar un vistazo a la acera, me relajo un poco.
Quizá Tate se equivoque. Quizá el revuelo que ha seguido al anuncio de nuestro compromiso no dure mucho.
Seguro que los tabloides encontrarán pronto algo más entretenido con lo que obsesionarse.
Puedo quedarme en el ático de Tate unos días y luego regresar a mi apartamento.
El trayecto en coche desde la cafetería hasta mi casa es rápido. Cuando Jeremy se detiene frente a mi edificio, la tensión que acababa de empezar a disiparse vuelve a aparecer. Porque Tate tiene razón: hay media docena más de periodistas acampados fuera.
—Espera aquí —le digo mientras empujo la puerta para abrirla.
Pero él sale justo detrás de mí.
—Buen intento.
Seguimos de pie junto al coche cuando uno de los hombres grita el nombre de Tate y, de repente, todas las cámaras apuntan hacia nosotros. Jeremy sale y se apresura a colocarse a nuestro lado, protegiéndonos con su corpulencia lo mejor que puede.
—Esto es ridículo —murmuro.
Tate me rodea los hombros con el brazo y me pega a él y luego me guía hacia la entrada. Teniendo en cuenta que él es el origen de este problema, no debería relajarme al sentir su cuerpo firme contra el mío. Pero lo hago.
Tate y Jeremy esperan en mi salón mientras preparo una bolsa para pasar la noche. Echo un vistazo a mi pequeño pero acogedor dormitorio y ya siento nostalgia, aunque aún no me he ido.
Nuestra salida transcurre igual que nuestra llegada, con Jeremy abriéndonos paso y Tate protegiéndome de las preguntas y las cámaras. Suspiro aliviada una vez que estamos dentro del coche.
Vamos en silencio de camino a casa de Tate. Estoy absorta en el torbellino de pensamientos que se revuelven en mi cabeza. Siento que mi vida se está descontrolando y no sé cómo detenerlo. Tate parece respetar mi estado de ánimo. Varias veces noto que me mira, pero se mantiene en silencio.
Cuando Jeremy aparca el coche junto a la acera, agacho la cabeza y contemplo el elegante rascacielos de paredes de cristal frente al que nos hemos detenido.
A la luz del sol poniente, es un faro extravagante, muy distinto de mi pequeño bloque de apartamentos.
El simple hecho de verlo desde aquí hace que toda esta situación me parezca surrealista.
Jeremy abre la puerta y salgo. Tate me sigue, llevando mi bolsa de viaje. Se la cuelga al hombro, me abraza por el otro lado y me conduce hacia la amplia entrada acristalada. Un portero impecablemente vestido se toca el sombrero ante nosotros mientras nos mantiene la puerta abierta.
—Buenas noches, señor King.
—Buenas noches, Harold. Esta es mi prometida, Violet Sinclair. A partir de ahora vivirá conmigo.
Abro la boca, dispuesta a aclarar que solo será algo temporal, pero la cierro de golpe cuando caigo en la cuenta de que esto es parte del plan. Si fuera su prometida, esto sería un cambio permanente.
—Buenas noches, señorita Sinclair. Es un placer conocerla —dice.
Le sonrío.
—Encantada de conocerle también, Harold.
Dicho esto, Tate me lleva hacia la fila de ascensores y se desvía hacia el de la derecha.
—Este es el nuestro. Solo va al ático.
Nuestro. ¿Por qué esa palabra hace que mi corazón dé un pequeño y estúpido brinco?
El trayecto es rápido y suave, y cuando las puertas se deslizan para abrirse, salimos directamente al ático. El amplio vestíbulo, con suelo de mármol, da paso a un extenso espacio diáfano bañado por la cálida luz del oeste gracias a los ventanales que ocupan toda una pared.
Las increíbles vistas me dejan sin aliento.
Desde aquí, el horizonte de Nueva York se extiende ante mí, solo interrumpido por la verde extensión de Central Park.
En la terraza, al otro lado de las ventanas, una piscina de entrenamiento brilla con tonos dorados bajo el sol de la tarde.
Niego con la cabeza, incrédula. ¿Cuántos apartamentos en Nueva York tienen una piscina privada de verdad?
—Esto es… increíble, Tate.
Se encoge de hombros.
—Es mi casa.
Lo miro por un segundo. ¿Está siendo humilde o se siente discretamente orgulloso? Es difícil saberlo con él. Pero esta vez hay un atisbo de lo que casi podría jurar que es vulnerabilidad en sus ojos.
Me adentro más en el apartamento, volviendo la cabeza de un lado a otro para absorberlo todo.
La decoración es masculina, lo que no resulta una sorpresa: maderas oscuras y lujosas que contrastan con muebles elegantes y modernos.
El salón tiene como punto central una chimenea minimalista.
La cocina parece de última generación, con encimeras de mármol, electrodomésticos de alta gama y una isla lo bastante grande como para celebrar una cena alrededor de ella.
Hay un comedor formal comedor junto a ella, con una mesa enorme rodeada de lujosas sillas e iluminada por una lámpara de araña moderna.
No es mi acogedor y cómodo apartamento de un dormitorio, y es absurdamente grande —por no mencionar que debe de ser increíblemente caro—, pero me gusta.
Encaja a la perfección con Tate. Quizá no lo conozco lo bastante bien como para afirmar algo así, pero me cuesta imaginar otro lugar que encaje mejor con él.
Estoy pasando mis dedos por el enorme sofá, saboreando la suavidad mantecosa del cuero, cuando él carraspea.
—Deja que te muestre tu dormitorio —dice, con la voz un poco más ronca de lo normal. Debe de resultarle tan extraño tenerme en su casa como a mí estar aquí.
—Vale. —Mientras voy tras él me señala las distintas estancias: su despacho, un gimnasio, un par de habitaciones de invitados.
Con cada lugar por el que pasamos, estoy más confundida.
¿Por qué no se para ante ninguna puerta?
No es hasta que estamos cerca del final del pasillo cuando se me ocurre un pensamiento inquietante: no esperará que duerma en su habitación con él, ¿verdad?
Por fin, Tate se detiene ante unas grandes puertas dobles.
—Y este es mi dormitorio.
Se me seca la garganta y lo miro con los ojos muy abiertos.
—¿Tu dormitorio?
Una sonrisa se dibuja en sus labios y da un paso hacia mí.
—Mi dormitorio. —Su voz es grave y ronca—. ¿Te parece bien?