28
Tate
—Qué detalle por tu parte que te hayas unido a nosotros —dice mi madre cuando me siento a su lado en la mesa del comedor.
Llego un poco tarde a la comida mensual de la familia King en la finca del condado de Westchester, otro evento que gira en torno a las apariencias.
Uno que se ha vuelto más soportable desde que mi padre ya no está y la presencia mucho más encantadora de Delilah ha ocupado su lugar.
Aunque hoy no está aquí. Según Cole, no se encuentra bien.
Mi teléfono no ha parado de sonar toda la mañana con llamadas de mis hermanos, e incluso una de mi madre, pero las he ignorado y he preferido esperar a la comida para tener una única conversación en lugar de discutir los detalles con cada uno de ellos por separado.
Ahora que estamos todos juntos, la confrontación puede comenzar.
Roman se pellizca el puente de la nariz.
—¿Qué coño te pasa, Tate? Comprometerse no formaba parte del acuerdo. ¿Cómo ha pasado esto?
Agarro mi copa de vino y le doy un largo trago para ordenar mis pensamientos. Luego me recuesto en la silla.
—No ha sido algo planeado. Pero Aaron la estaba insultando. No iba a dejar que se saliera con la suya.
—¿Y tu solución fue pedirle matrimonio? Te das cuenta de que es mucho más difícil salir de un compromiso que de una simple relación, ¿no?
Me encojo de hombros, intentando parecer lo menos afectado posible.
—Ya lo resolveremos. Violet me apoyó y no la voy a dejar tirada. Lo solucionaré.
Veo cómo Cole, sentado frente a mí, se ríe entre dientes.
—Si te hace sentir mejor, Roman, Aaron no va a presentar cargos.
—Qué sorpresa. —No puedo ocultar el desprecio que rezuma mi tono.
Roman me dedica una mirada fulminante.
—No te pongas tan chulo. La prensa sensacionalista se está poniendo las botas con esta historia. ¿Sabes cuántas fotos tuyas noqueando al director financiero de Avalon Inc. hay circulando por ahí? Y… ¿De qué hostias te estás riendo?
Controlo mi expresión, aunque el recuerdo del satisfactorio sonido de mi puño golpeando la cara de Aaron es demasiado placentero. Me echo hacia delante y apoyo los codos en la mesa.
—¿Actué de forma impulsiva? Sí. ¿Me arrepiento? La verdad es que no. Y esto podría salir bien. Los tabloides están obsesionados con nuestra loca historia de amor. La gente se lo está tragando. Ahora nadie duda de mi capacidad para comprometerme.
—¿Y se lo tragarán cuando rompas el compromiso en unos meses? ¿Y Violet? ¿Se convertirá en tu prometida abandonada cuando todo esto termine?
Tenso la mandíbula.
—Aún no he pensado en todos los detalles —admito. —Pero no dejaré que esto la perjudique. Ya se me ocurrirá algo. —Cole me evalúa en silencio, con expresión pensativa. Enarco una ceja—. ¿Qué?
Se pasa la mano por la boca.
—Al principio, pensé que te costaría convencer a todo el mundo de que estabas enamorado. Pero parece que te has metido en el papel de novio dedicado, o debería decir el papel de prometido, con una facilidad notable.
Le dedico una sonrisa burlona.
—Quizá solo he copiado el ejemplo perfecto de hombre dominado por su mujer que tengo ante mis putos ojos.
—Cuida tu lenguaje, por favor, Tate —interviene mi madre. Suena tan aburrida como siempre, como si solo estuviera haciendo lo que marca la rutina.
Los labios de Cole se crispan como respuesta.
Roman carraspea. Cuando vuelvo a fijarme en él, me está mirando con el ceño fruncido y me cuesta un gran esfuerzo no poner los ojos en blanco.
—Confiad en mí cuando os digo que puedo gestionar esta situación. Me aseguraré de que King Group esté a salvo del escándalo y, al mismo tiempo, protegeré a Violet.
Roman me escudriña el rostro y tamborilea con sus dedos sobre la mesa cubierta con el mantel de damasco; luego asiente.
—Confío en ti. Solo te pido que el futuro intentes no precipitarte en cualquier cosa que tenga que ver con este acuerdo.
Firmaste un contrato por una razón: para que los términos quedaran claros y nadie saliera perjudicado.
—No me da la oportunidad de responder antes de pasar al siguiente tema; como era de esperar, se trata del trabajo—.
El plan de marketing que has elaborado parece estar funcionando bien.
Ya estamos al sesenta y cinco por ciento. Yo…
El estridente timbre de mi teléfono lo interrumpe y cierra la boca de golpe.
Como todos los que me han estado llamando esta mañana están sentados en esta sala, lo saco del bolsillo.
Al ver el nombre de Violet en la pantalla, la aprensión me tensa la nuca.
Solo se ha puesto en contacto conmigo una vez antes.
Y fue para preguntarme por la máquina de café.
Echo la silla hacia atrás y me levanto.
—Tengo que contestar. —Sin esperar respuesta, salgo del comedor a zancadas y pulso el botón para aceptar la llamada—. Violet, ¿va todo bien?
—Hay un montón de periodistas en la cafetería —dice ella, en voz baja.
Joder. Me paso la mano por la cara. Mis acciones de anoche prácticamente lo garantizaban, pero no esperaba que la localizaran tan rápido.
—¿Te están dando problemas?
Ella suelta una risita temblorosa.
—Bueno, algunos se han pedido un café, así que al menos están haciendo gasto.
Pero ahora mismo estoy en la cocina, y Jarrod y Sarah se están encargando de la sala.
No me gusta no estar ahí fuera para ayudar, pero no paran de preguntarme por ti, cuánto tiempo llevamos juntos y cómo me las he arreglado para cazarte.
Está intentando restarle importancia, pero si me ha llamado, no me cabe duda de que está conmocionada.
Miro el reloj.
—Quédate donde estás. Voy a llamar a nuestra empresa de seguridad. Sus oficinas centrales están cerca de la cafetería. Ellos se encargarán de los periodistas. Estaré allí tan pronto como pueda.
—No tienes por qué hacerlo. Solo he pensado que debías saber que están aquí. Jarrod no dejará que nadie se acerque a mí.
Rechino los dientes y contengo un gruñido ante ese último comentario.
Aunque le agradezco que pueda mantener a esos chupasangres alejados de ella, ese debería ser mi trabajo.
Puede que nuestro compromiso sea falso, pero no voy a dejar que le pase nada.
Protegerla es responsabilidad mía. Pero me guardo esos pensamientos para mí.
—Alguien de Pinnacle Security estará allí dentro de unos veinte minutos. Yo no tardaré mucho en llegar.
Ella deja escapar un suspiro, probablemente porque se ha dado cuenta de que no tiene sentido discutir conmigo.
—De acuerdo. Gracias.
En cuanto colgamos, llamo a Pinnacle. Una vez que tienen la información y me aseguran que se dirigirán allí de inmediato, regreso al comedor a toda prisa.
—Tengo que irme. Violet me necesita.
—¿Qué pasa? —pregunta Cole, con una postura tensa que debe de ser un fiel reflejo de la mía.
—Periodistas. Y de los malos. —No hace falta que diga más. Todos tenemos suficiente experiencia con la prensa sensacionalista como para saber lo que eso significa.
Se levanta a medias.
—¿Necesitas ayuda?
—Lo tengo bajo control. Un equipo de seguridad está de camino.
Asiente y vuelve a sentarse lentamente.
—Llámanos si necesitas algo —dice Roman.
Le hago un gesto de agradecimiento con la cabeza, extrañamente conmovido por su conciso ofrecimiento de ayuda.
Luego le echo un vistazo a mi madre, esperando verla con expresión irritada porque no le habrá hecho ninguna gracia que dé por terminado el almuerzo, pero, en cambio, me está mirando, con una minúscula arruga entre sus cejas congeladas por el bótox.
Yo enarco las mías, aguardando el inevitable comentario sobre mis prioridades.
Pero ella hace un gesto con la mano.
—Vete, vete. Lo último que necesitamos es a esas sanguijuelas merodeando por aquí.
La sorpresa que me embarga se refleja también en los rostros de mis hermanos. No tengo tiempo de desentrañar esa respuesta tan poco propia de ella, así que, con un leve gesto de asentimiento, salgo por la puerta, con la mente de nuevo en Violet.
La urgencia que corre por mis venas en este momento me resulta en gran parte desconocida, y no tiene nada que ver con el trabajo ni con la empresa, sino con la mujer a la que convencí para que participara en esta artimaña conmigo.
He pasado la vida haciendo todo lo posible por no preocuparme demasiado por nadie.
Es más seguro así. Pero a pesar de las pocas semanas que han pasado desde que me reencontré con Violet, me doy cuenta de que estoy más pendiente de ella de lo que debería.
No sé muy bien qué pensar de eso. Quizá no sea nada.
Quizá sea solo un efecto secundario de los papeles que estamos interpretando.
Pero independientemente del porqué, el resultado es el mismo: el impulso de protegerla como si de verdad fuera mía es demasiado fuerte como para ignorarlo.
Y haré lo que sea necesario para asegurarme de que esté a salvo.
Incluso si a Violet no le gusta lo que voy a proponerle cuando llegue a su lado.
Veinte minutos más tarde, mientras Jeremy se abre paso por el típico tráfico de Nueva York. recibo una llamada de Pinnacle. Están en la cafetería de Violet y han echado a todos los periodistas. Aunque, al parecer, siguen merodeando por fuera. Al menos ahora Violet puede salir por la parte de atrás.
Tardo otros veinte minutos en llegar. Desde el final de la calle, se ve claramente a la multitud que se ha congregado en la entrada.
Niego con la cabeza. Putos buitres. Que vengan a vengan a por mí, que, al fin y al cabo, llevo años apareciendo en la prensa sensacionalista, pero que se mantengan alejados de Violet.
—¿Quiere que dé una vuelta a la manzana, señor King? —pregunta Jeremy.
—No. Déjame aquí. Yo me encargo de ellos.
En cuanto el coche se detiene junto a la acera, abro la puerta de un golpe y salgo. Apenas he tenido tiempo de enderezarme por completo cuando los periodistas ya me han rodeado.
—Señor King, ¿es cierto que usted y Violet Sinclair están comprometidos?
—Tate, ¿dónde os conocisteis la señorita Sinclair y tú?