27
Violet
Me muerdo el labio inferior cuando la pantalla de mi teléfono vuelve a iluminarse con el nombre de Mark.
Él lo sabe. Lo presiento. No sé cómo un tono de llamada puede sonar urgente a veces y otras no, pero ahora mismo, mi tono de llamada suena exactamente como la voz de un hermano demasiado protector.
Con un suspiro, deslizo el dedo para contestar.
—Hola, Mark.
—Por favor, dime que el mensaje que acabo de recibir de Tate es una broma.
Me echo hacia delante y apoyo el codo en la encimera de la cocina de True Brew.
—No es una broma. Y tampoco es para tanto.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque es verdad. Aparte de que ahora debo decir que es mi prometido, no hay ninguna diferencia.
Supongo que tendremos que inventarnos otra razón para separarnos al final.
—Me hace daño pensar en ello, pero ignoro ese dolor irracional y sigo hablando—.
Pero seguro que se te ocurre algo con ese cerebro de abogado que tienes.
—Sonrío, aunque él no pueda verlo, porque mi hermano mayor es un abogado formado en Harvard, y nunca dejo de sentir una oleada de orgullo cuando me lo recuerdan.
Evidentemente, él no comparte ese sentimiento, y deja escapar un «Ajá» frustrado.
—Me preocupa que esto se esté descontrolando. Si no tienes cuidado, antes de que te des cuenta, acabarás… —Duda y yo completo la frase por él.
—¿Casada? —río—. Te garantizo que Tate no va a dejar que las cosas lleguen tan lejos.
Él resopla.
—Créeme, ya lo sé. —Me molesta, aunque sé que es verdad. Su tono se suaviza—. Iba a decir «lastimada». Me preocupa que acabes lastimada.
Por supuesto que eso es lo que le preocupa. Entonces, ¿por qué he pensado inmediatamente en casarme con Tate?
—Sé de qué va esto, Mark. Se trata de que yo salve el legado de papá. Se trata de conservar True Brew. No tienes que preocuparte de que me enamore y me rompan el corazón. —Suspira. Los dos sabemos que, de todos modos, no hay nada que él pueda hacer al respecto.
—Vale. Modificaré el contrato y te lo enviaré a primera hora del lunes por la mañana.
—Gracias, Mark. Todo saldrá bien, te lo prometo.
—Cuídate, ¿vale?
Sonrío; adoro a mi hermano, aunque sea demasiado sobreprotector.
—Lo haré.
Después de colgar sigo limpiando la barra, y al instante me sumerjo en mis pensamientos.
Puede que haya falseado un poco la verdad al final.
Solo un poco. Pero no puedo decirle a Mark que sus preocupaciones podrían tener razón de ser, que me preocupa que pasar todo este tiempo con Tate, tocándolo, besándolo, vaya a empezar a derribar mis muros; que me asusta pensar que puede hacerme daño.
Porque decírselo no nos ayudará a ninguno de los dos.
La verdad sigue siendo la misma, sea yo la chica de Tate, una amiga o su prometida.
No tengo intención de echarme atrás en el acuerdo, así que redoblaré mis esfuerzos para recordarme a mí misma de que todo es un teatrillo, uno en el que Tate ha resultado ser muy muy bueno.
Ignoro la vocecilla molesta en el fondo de mi cabeza que me recuerda que no había público cuando anoche compartimos ese beso.
Pero solo fue el resultado de la adrenalina por todo lo que lo precedió: ese hombre intentando tocarme, el anuncio inesperado de Tate de que estamos comprometidos y sus instintos protectores entrando en acción.
La adrenalina consigue que la gente haga locuras.
Como besar a su novia falsa —perdón, a su prometida falsa— como si no hubiera un mañana. Como si su vida dependiera de ello.
Sí, he juzgado a Tate con demasiada dureza.
Admito que, bajo todo su encanto, en realidad es un buen tío.
Pero eso no significa que quién es y qué quiere haya cambiado.
Significa que es un buen tío capaz de sacar lo mejor de una mala situación.
Y cuando esto termine, volverá a sus andanzas de playboy, y yo volveré a centrarme en True Brew, y dudo que volvamos a vernos después de eso.
El nudo que siento en el pecho al pensarlo es prueba suficiente de que ya me he dejado llevar demasiado por todo esto. Es hora de echar el freno y volver a tratarlo como un acuerdo de negocios. Como deberíamos haberlo hecho desde el principio.
Inspiro hondo, enderezo los hombros y me dirijo a la entrada para ver cómo está Jarrod.
Antes de que tenga oportunidad de sugerirle que se tome un descanso, suena la campanilla de la puerta y un pequeño grupo de gente entra en el local.
La sonrisa de bienvenida que se dibuja automáticamente en mi rostro al oír esa campanilla se desvanece cuando veo las cámaras que llevan.
—Violet, enhorabuena por tu compromiso. ¿Cómo conseguiste que uno de los solteros más codiciados de Nueva York te pidiera matrimonio?
—Violet. ¿Cómo os conocisteis Tate y tú? ¿Vino a tomar un café?
—¿Cuándo es la boda, Violet?
Doy un paso atrás con el corazón a mil.
—Yo… eeeh…
Me vuelvo hacia Jarrod, confundida; él tiene los ojos muy abiertos por la sorpresa. No le he mencionado lo del compromiso y debe de estar preguntándose de qué hablan.
Hago una mueca y, como respuesta, él niega con la cabeza. Es toda la confirmación que necesita. Solo tarda un instante en recomponerse y enderezar los hombros. Se pasa la mano por el pelo y le lanza una mirada fulminante al grupo de lo que supongo que son miembros de la prensa sensacionalista.
—Si no estáis aquí para tomar un café, podéis iros.
El hombre que está delante coge la cartera de la chaqueta. Con una sonrisa de satisfacción, saca unos cuantos billetes.
—Tomaré un americano. —Los que están detrás de él hacen lo mismo, sacando también sus carteras. Increíble.
Uno de ellos levanta la cámara y nos hace una foto a Jarrod y a mí. Veo manchas bailando ante mis ojos y alzo una mano.
—No se permiten fotos dentro, por favor.
—Hay docenas de fotos en las redes sociales de vuestra cafetería —protesta—. Consideradlo publicidad gratuita.
La sorpresa y la confusión que me han invadido cuando han entrado se convierten en irritación. Apretando los dientes, doy un paso hacia el mostrador.
—Creo que deberían marcharse.
El hombre levanta las manos.
—Vale, nada de fotos. Me llevaré un café y un bollo.
Así que quizá la confusión no haya desaparecido del todo.
¿Qué se supone que debo hacer ahora? ¿En serio mi cambio de estatus de novia a prometida justifica una reacción semejante?
Estoy pensando en ordenarles que se vayan de todos modos cuando la puerta se abre de par en par y otro grupo irrumpe en la cafetería.
Se me revuelve el estómago. Esto es ridículo.
Jarrod se vuelve hacia mí, con el ceño fruncido.
—Ve un rato detrás. Si no pueden llegar hasta ti, se irán. —Tiene razón. Y necesito un minuto para ordenar mis pensamientos y averiguar cómo gestionar esta situación. Cuando me doy la vuelta, me agarra de la muñeca—. Llama a tu prometido. Él te ha metido en esto. Que sea él quien lo arregle.
Con un asentimiento atónito, empujo la puerta batiente y entro en la cocina. No estaba preparada para algo como esto. No he tenido mucho tiempo para pensar las cosas con calma, y ni siquiera se me ocurrió que el anuncio del repentino compromiso de Tate fuera a ser un tema tan importante.
Pero Jarrod tiene razón. Tengo que decírselo. Con suerte, él podrá aconsejarme sobre cómo proceder a partir de aquí. ¿Debería darles una respuesta preparada? ¿Debería echarlos?
Me saco el móvil del bolsillo, pulso el nombre de Tate en mi lista de contactos y espero a que conteste.