El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 26
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Tate

Cuelgo la llamada con Roman después de darle la información de la que Aaron acaba de presumir estúpidamente.

Varios de los inversores de Paladine Construction han estado sospechando que iba a haber una adquisición.

Ahora que sabemos que ha ocurrido, Roman querrá ponerse en contacto con ellos por teléfono lo antes posible.

A ver si en lugar de en ellos quieren invertir en una opción más grande y estable.

Antes de regresar junto a Violet, me tomo un momento para aclarar mis ideas.

Esta noche me he dejado llevar demasiado.

Al tener su suave cuerpo pegado al mío y su aroma a melocotón y nata inundando mis sentidos, me ha sido demasiado fácil olvidar de qué va todo esto y lo que le prometí a Mark: que cuidaría de su hermana.

Y me da que cuidar de ella no incluye ofrecerle llegar al clímax otra vez.

Volveré, tomaremos una copa más y luego la llevaré a casa.

Estoy yendo hacia el bar entre la multitud cuando ese pensamiento se me escapa de la cabeza. El imbécil de Aaron está de nuevo en el lugar donde he dejado a Violet.

No me gusta la expresión repugnante de su cara, pero es el asco en la de ella lo que me hace acelerar el paso y empujar a la gente llegar junto a ellos.

Un instante antes de que lo consiga, Violet da un salto hacia atrás, sujetando su copa con las dos, como si eso fuera a protegerla de ese pedazo de mierda.

La ira me invade y en dos zancadas estoy allí.

—Quítale las manos de encima —le espeto.

Pone los ojos como platos, pero rápidamente intenta ocultar su sorpresa con una risa.

—Vamos, Tate. No hay por qué ser tan codicioso. Los dos sabemos que mañana le calentará la cama a otro. Más vale que sea la mía. —La mira lascivamente de nuevo, pasándose la lengua por los labios para humedecérselos—. Quizá podríamos turnarnos…

Cuando extiende la mano como para tocarla de nuevo, ese impulso protector que he sentido antes me recorre el cuerpo. ¿Cree que tiene derecho a ponerle la mano encima? ¿Que mañana la dejaré ir y él podrá hacer su jugada? Se equivoca, y me aseguraré de que se lo meta bien en la cabeza.

Le agarro la muñeca con tanta fuerza que suelta un gruñido de dolor.

—Tócala otra vez y te romperé el brazo. —Lo suelto con un empujón que lo hace tambalearse hacia atrás.

Se lleva la mano a la muñeca, con los ojos muy abiertos, y luego suelta una risa incrédula.

—No puedes hablar en serio. Te conozco, Tate. Todo el mundo te conoce. Es imposible que esto sea más que un rollo de una noche…

Doy un paso hacia él, apretando los puños a mis costados. Todo se tiñe de rojo ante mis ojos, y me invade la necesidad de dejarle claro que Violet está fuera de su alcance.

—Modera tu lenguaje cuando hables de mi futura esposa.

Aaron se queda boquiabierto y sus ojos pequeños y brillantes van de Violet a mí.

—¿Tu futura esposa?

Violet se agarra a la parte trasera de mi camisa.

—Tate, ¿qué estás haciendo? —sisea. Su voz es lo bastante alta como para que yo la oiga por encima de la música.

Le rodeo la cintura con el brazo y la pego a mí. La verdad es que no sé lo que estoy haciendo. Actúo por puro instinto. Y lo que mi instinto me dice es que yo metí a Violet en esto y me corresponde protegerla, y esta es la mejor manera.

—No pienso dejarlo pasar. —Las palabras van dirigidas a Aaron, pero yo miro a Violet. Tiene los labios separados y los ojos abiertos de par en par—. Vamos, mariposa, sígueme el rollo.

Parpadea y traga saliva, luego se vuelve hacia Aaron.

—Es cierto. Tate me lo pidió y yo le dije que sí. —Me mira de nuevo, con sus grandes ojos azules llenos de incertidumbre—. Cuando lo sabes, lo sabes, ¿verdad?

Aunque lo dice solo para que Aaron se convenza una cálida sensación me invade el pecho.

—Sí, apuesto a que lo supiste en cuanto viste su saldo bancario —se burla Aaron.

Me pongo en marcha antes de darme cuenta; le doy un puñetazo en la mejilla y escucho un crujido muy satisfactorio.

Él se tambalea hacia atrás, y se produce un revuelo entre la gente, que se aparta, sorprendida.

Aunque no tienen por qué preocuparse de que vaya a haber una pelea: Aaron no está hecho para eso.

Me acerco amenazadoramente, lo agarro por las solapas y lo pego a mí.

Cuando hablo, lo hago lo bastante alto como para que nos oigan las personas que están cerca.

—Vuelve a insultar a mi prometida, vuelve a tocarla, y un puñetazo será la menor de tus preocupaciones.

Lo suelto y él se desploma contra la barra. Busco la mano de Violet. entrelazo mis dedos con los suyos y me alejo de ahí con paso firme, llevándomela conmigo.

—Tate —susurra ella—. ¿Te duele la mano? —Apenas la siento, con la adrenalina y algo más corriendo por mi cuerpo—. ¿Y si él presenta cargos por agresión? —pregunta.

Suelto una risa carente de humor.

—Se juega demasiado con nuestra empresa. No es tonto. Si quiere meterme entre rejas, verá cómo su patrimonio neto se desploma.

Se queda en silencio, pero me aprieta la mano.

Ese simple gesto —y lo que transmite: que, aunque mis acciones de hace un momento han sido increíblemente impulsivas, ella sigue a mi lado— es más de lo que puedo soportar.

La empujo hacia un rincón y, cuando me aseguro de que estamos solos, la acorralo contra la pared y la escondo a la vista de todos tras mi corpulento.

Ella me mira, con los ojos de un azul tormentoso y muy abiertos.

—No deberíamos haber dicho lo que hemos dicho.

—Es una enmienda verbal al contrato —replico—. Lo formalizaremos a primera hora del lunes.

—Pero Tate…

Enrosco mi mano alrededor de su esbelto cuello y le pongo el pulgar en la mandíbula para levantarle el rostro.

No quiero hablar del contrato ahora mismo.

No quiero hablar de términos y condiciones.

Por un momento, quiero olvidar que esto es un acuerdo.

Quiero creer en lo que ha dicho: «Cuando lo sabes, lo sabes».

Deslizo la mano por su cabello y me detengo allí. Ella sabe lo que voy a decir. ¿Cómo no va a saberlo, con la forma en que le estoy mirando la boca?

—Sí —susurra, aunque no le he hecho la pregunta.

Con un gemido, la beso en los labios.

Ella abre la boca, dejándome entrar, y disfruto de su sabor, que me arranca un nuevo gemido desde lo más profundo de mi pecho.

Su boca es cálida, suave y dulce de cojones.

Le acaricio la mandíbula para que la abra aún más.

El murmullo de deseo que deja escapar como respuesta a ese gesto envía una descarga de lujuria directamente a mi entrepierna.

Le muerdo el labio inferior y luego vuelvo a tomar su boca, saboreándola una y otra vez, deslizando mi mano por su cadera y su cintura, dejándola vagar por su cuello y el contorno de sus pechos.

Ella se estremece y luego se arquea hacia mí.

La satisfacción inunda mis venas. Por ahora, es mi prometida. Mía. Y responde a la perfección, deseándome tanto como yo a ella.

—Tate —jadea entre besos.

Apenas puedo oírla por el rugido de la sangre en mis oídos.

El deseo me tiene atrapado como un puño de hierro.

Mis dedos le recorren los muslos y se deslizan bajo su vestido, buscando su centro caliente y húmedo.

Acaricio con el pulgar el satén de sus bragas.

Están húmedas y el tejido se le pega al sexo.

Un suspiro se escapa de sus labios y se contonea contra mi mano.

Podría hacer que se corriera aquí mismo.

No tardaría mucho. Podría deslizar mis dedos dentro de ella y saborear la forma en que se ciñe a su alrededor, igual que hizo aquella noche en el Onyx.

Podría demostrarle lo mentiroso que era Eric cuando le dijo que ella no podía satisfacerlo.

Podría mostrarle lo que me ha hecho escuchar las tonterías que Aaron ha soltado sobre ella.

Y, sin embargo, tras saborear una vez más su boca, saco la mano de debajo de su vestido. Con la frente apoyada en la suya, le estiro la tela sobre los muslos.

—¿Tate? —Esta vez, su tono es vacilante.

Me aparto y la contemplo. Ella parpadea para disimular la incertidumbre de su mirada.

—Te deseo —confieso. Ni por un segundo quiero que piense que no es así—. Me está costando toda mi fuerza de voluntad no hacerte llegar al clímax ahora mismo. Pero no volveré a tocarte a menos que sepa que estás completamente de acuerdo con ello.

No quiero que mañana se arrepienta, como lo hizo cuando descubrió que era yo con quien había estado en el Onyx.

La mirada ardiente y vidriosa de sus ojos se desvanece un poco, aunque sus mejillas siguen sonrosadas y su boca, hinchada por mis besos.

No puedo evitar rozarle el labio inferior con el pulgar.

Cierra los ojos con fuerza y echa la cabeza hacia atrás contra la pared.

—Vale. —Respira con dificultad—. Porque lo nuestro es una farsa. —Rechino los dientes. Tiene razón. Lo es. Entonces, ¿por qué los sentimientos que ella me despierta parecen mucho más reales que cualquier otra cosa en mi vida? Me mira de soslayo—. No hace falta que modifiquemos el contrato, ¿verdad?

Me obligo a no encogerme y a respirar a pesar del agudo pinchazo en el pecho.

—No te estás echando atrás ahora, ¿verdad, mariposa? —Le aparto un mechón de pelo de la mejilla sonrojada.

—Seguro que ese hombre no dirá nada al respecto, ¿verdad?

Se me escapa un bufido.

—Te garantizo que la noticia ya se ha difundido. —Joder, probablemente más de una persona lo haya grabado en vídeo.

—Por supuesto. —Suelta un suspiro y se le hunden los hombros—. Supongo que estar comprometida no cambiará demasiado las cosas, ¿verdad?

Sus ojos buscan los míos en busca de tranquilidad, pero no estoy seguro de que la encuentre. Porque en lo más profundo de mi ser, sé que las cosas ya están cambiando. Nunca había tenido a alguien mío, alguien a quien cuidar, a quien proteger.

De repente, la verdad me golpea en toda la cara: sea falso o no, ahora sí lo tengo.