25
Violet
Mientras espero a que Tate pague la cuenta, reflexiono sobre mi decisión de contarle lo de Eric. ¿Qué tiene este hombre que me hace bajar la guardia con tanta facilidad? Es tan diferente de lo que esperaba, de cómo era cuando estaba en la universidad… ¿Podría haberlo juzgado mal incluso entonces?
Me asalta el recuerdo de aquella primera en mañana, de la primera vez que lo vi: salía tranquilamente de su dormitorio en calzoncillos, con dos mujeres siguiéndolo.
Llevaba el pelo revuelto, lo que solo podía atribuir a dos pares de manos que se lo habían enredado, y tenía marcas de arañazos en el pecho.
Abrió mucho los ojos cuando me vio en la isla, desayunando y, a continuación, despidió rápidamente a las mujeres, a pesar de su evidente deseo de quedarse.
Aparto ese recuerdo de mi mente. Lo que Tate decidió hacer entonces, y probablemente siga haciendo, es cosa suya.
Eso no lo convierte en una mala persona, y saber que lo traté como si lo fuera por sus decisiones personales me hace sentir una culpa que me oprime el pecho.
Que Tate tenga relaciones sexuales consentidas con quien quiera no es en absoluto asunto mío.
Intento ignorar la punzada de celos que siento en las costillas y me digo que, si no quiero pensar en él con otras mujeres, solo es porque está fingiendo ser mío.
Tras firmar la cuenta, Tate se levanta de la mesa y yo lo imito.
Como siempre, pone su mano en mi espalda para guiarme por el comedor.
Mientras subimos las escaleras, va detrás de mí y, de repente, me siento cohibida.
¿Me está mirando el culo? ¿No me está mirando el culo?
¿Qué preferiría? No. Ignoro ese hilo de pensamientos.
Es mejor que no sepa la respuesta a esa pregunta.
El bar está abarrotado y es mucho más ruidoso que el restaurante de abajo.
Mientras Tate me conduce entre la gente, juraría que le abren paso, como si supieran que es uno de los hombres más poderosos de este lugar.
O tal vez solo sea mi imaginación. Aunque la forma en que las mujeres giran la cabeza al pasar no es, definitivamente, producto de mi imaginación.
Llegamos al bar y, milagrosamente, teniendo en cuenta la cantidad de gente que se agolpa a su alrededor, un camarero aparece de inmediato, listo para tomar nota de las copas.
Tate me mira con una ceja enarcada para indicarme en silencio que sea la primera en pedir.
—Tomaré un cosmo.
Sus ojos se posan en mi boca. ¿Está recordando la primera vez que nos besamos, igual que yo? ¿Está imaginando el sabor del vodka y el zumo de arándanos en mis labios aquella noche en la discoteca?
Se dirige al camarero.
—Un Cosmo y un whisky con hielo, gracias.
Mientras el camarero se dispone a preparar el pedido, Tate se vuelve hacia mí. Estamos rodeados por una multitud que se apiña a nuestro alrededor y, cuando alguien me empuja por detrás, Tate desliza su brazo alrededor de mi cintura y me pega a él hasta que choco contra la dura pared de su pecho.
La sensación hace que impulsos locos se dispersen por mi cabeza.
Por mucho que me haya esforzado por olvidar, el sentirlo contra mí y el recuerdo de lo que me hizo en Onyx me provocan un latido que se concentra en lo más bajo de mi abdomen.
Puede que sea el vino que hemos tomado con la cena, pero la idea de que me toque —de que haga algo más que tocarme— ha invadido mis pensamientos esta noche.
Y más ahora, cuando está tan cerca que puedo oler el aroma fresco y masculino que emana de él.
Quizá mi expresión me delata, o tal vez sea que no dejo de mirar ese pequeño triángulo de piel bronceada en la base de su cuello, donde lleva desabrochado el botón superior, porque agacha la cabeza para acercarse a la mía.
—¿Qué te está pasando por esa preciosa cabecita tuya?
Me da un vuelco el estómago. De ninguna manera puedo admitir que, tras solo dos citas de forma oficial, estoy a punto de sucumbir a su encanto. Es el vino. Tiene que serlo.
Por suerte, el camarero elige ese momento para dejar nuestras copas en la barra. Rápidamente, cojo la mía y le doy un largo trago para evitar responder a esa pregunta.
Cuando me armo de valor para levantar la vista hacia Tate, el familiar destello de diversión en sus ojos deja claro que mis acciones han hablado por mí.
Me devano los sesos buscando un tema seguro que apague la tensa atmósfera que se cuece entre nosotros.
—¿Cómo van las ventas de Genesis-1?
Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba con picardía, pero responde.
—Van bien. Han superado nuestras previsiones iniciales, así que hasta ahora lo considero un éxito.
Asiento con un entusiasmo un poco excesivo.
—Qué bien. ¿Es gracias a tu estrategia de marketing?
Ladea la cabeza y me observa, escudriñándome perezosamente el rostro.
—Las características sostenibles son un gran atractivo.
El mercado de lujo de Nueva York siempre está ávido de innovaciones.
Nos interesa saber si podemos replicar el mismo interés en otros mercados.
—Se lleva la copa a los labios y, al tragar, su cuello se mueve de una forma demasiado sexy.
Debo de estar mirándolo demasiado fijamente, porque suelta una risa grave—.
¿De verdad estás pensando ahora mismo en nuestras ventas del Genesis-1?
¿O tienes otra cosa en mente? —Me humedezco los labios porque, Dios, cada palabra que sale de su boca solo hace que los míos se sequen más.
Sus pupilas se dilatan y él levanta una mano.
La deja suspendida a unos milímetros de mi mejilla, como si estuviera decidiendo si puede tocarme.
El calor que irradia su palma me tiempla la piel y hace que mi pulso se dispare—.
Quizá estés pensando lo mismo que yo —dice.
Mi respiración se acelera a continuación, casi al ritmo de mi pulso.
—¿En qué estás pensando?
Sus ojos están clavados en los míos.
—Estoy pensando en cómo te corriste en mis dedos. Estoy pensando que quiero volver a sentirlo.
—Tate —susurro. Sus palabras despiertan una tensión ávida en lo más profundo de mi ser.
Por fin, su mano entra en contacto conmigo, y la noto cálida en mi mejilla. Luego la desliza entre mi pelo; enreda sus dedos entre los mechones y tira lo justo para que un chisporroteo me recorra la piel.
Se agacha y acera su boca tanto a mí que sus labios me rozan el lóbulo de la oreja.
—Si te levantara el dobladillo del vestido y deslizara mis dedos en tus bragas, ¿te encontraría mojada?
—Me quedo paralizada al instante y suelto un suspiro tembloroso.
Aunque estaba pensando justo en eso hace solo unos segundos, reconocer que me atrae, que quiero lo que me hizo en el club otra vez, desear más me dejaría vulnerable y ante él no puedo permitírmelo—.
¿Debería averiguarlo? —murmura. Creo que gimo en voz alta, pero hay tanto ruido aquí dentro que no estoy segura; aunque la forma en que se le curvan los labios en las comisuras y sus ojos se oscurecen aún más me dice que he debido de hacerlo, y que él lo ha oído.
Acerca la mano hasta mis caderas y las roza apenas, tocando sin tocar—.
Si me dejas, podría hacerte sentir bien de nuevo, mariposa.
—Tate, amigo mío. —Una voz fuerte cerca de mí me casi me hace saltar del susto—. Qué sorpresa verte aquí.
Cuando el dueño de esa voz aparece a nuestro lado, Tate baja la mano con indiferencia y se vuelve hacia el intruso, con una sonrisa que haría que un hombre más observador se alejara rápidamente.
—Aaron. Qué agradable sorpresa. —Su tono gélido contradice ese sentimiento.
Los ojos pequeños y brillantes del hombre me recorren de arriba abajo, deteniéndose en mi escote, y se relame los labios. Luego centra su atención en Tate.
—Estamos aquí celebrando una victoria. Hoy nos hemos hecho con Paladine Construction.
Por el rubor de sus mejillas y sus ojos excesivamente brillantes, es obvio que ha estado celebrándolo con demasiado entusiasmo.
—Es la primera vez noticia que tengo…
Aaron saca pecho, con aire de suficiencia.
—Queríamos mantenerlo en secreto hasta que estuviera hecho.
—Entonces, supongo que debería felicitaros —dice Tate, con un aire perfectamente sereno, aunque yo puedo sentir la tensión se desprende de él.
—Efectivamente —sonríe Aaron—. Quizá pueda invitarte a una copa más tarde.
La expresión de Tate no es precisamente acogedora.
—Quizá. —Cuando Aaron se va, Tate se echa hacia mí de nuevo, pero el calor de hace unos minutos se ha apagado—. Tengo que hacer una llamada rápida. ¿Quieres venir conmigo o prefieres quedarte aquí?
—Yo… eeeh… —Sigo desorientada por el momento que hemos compartido antes de que Aaron nos interrumpiera, así que tardo varios segundos en formular una respuesta—. ¿Quieres que nos marchemos ya o…?
Desliza sus dedos por mi brazo, dejando un rastro de carne de gallina a su paso.
—No estoy seguro de haber terminado contigo todavía.
El corazón se me acelera de nuevo y me late con un ritmo entrecortado contra el esternón.
—Si no vas a tardar mucho, me quedaré aquí.
Asiente y se mueve un poco para dirigirse al camarero.
—Otro cosmo para la señorita, por favor. —Se echa hacia mí, y el espacio se inunda con su aroma mientras su mandíbula roza mi mejilla—. Volveré, mariposa.
El camarero sirve la copa delante de mí y, cuando la desliza por la barra, le sonrío en señal de agradecimiento y la cojo.
Mientras le doy un sorbo lento, echo un vistazo al bar abarrotado.
A mitad de camino, sin querer, cruzo la mirada con la del hombre que acaba de hablar con Tate; la desvío rápidamente, pero un momento después, él regresa a mi lado, como si hubiera tomado ese segundo de contacto visual como una invitación a charlar.
—¿Tate se ha ido a comprobar si le he dicho la verdad? —pregunta, dedicándome una sonrisa burlona y molesta.
Me muevo en mi asiento, incómoda, y me hago la tonta.
—No sé bien lo que está haciendo. Pero ha dicho que no iba a tardar en volver.
—¿Sabes? —Se lame los labios, ya húmedos, de una forma que me provoca una punzada de asco—.
Siempre he admirado el gusto de Tate para las mujeres.
Y tú no eres una excepción, preciosa. —Se echa hacia delante mientras lo dice, y yo retrocedo para evitar el contacto.
Me pongo la copa como barrera sobre el pecho y echo un vistazo a nuestro alrededor con la esperanza de que Tate esté a punto de llegar; de pronto, me encuentro deseando haberme ido con él en lugar de quedarme aquí sola.
Aaron se acerca aún más, su aliento caliente sobre mi piel—.
Puede que no sea multimillonario —dice, pronunciando esa última palabra casi con desdén—, pero apuesto a que puedes cabalgar conmigo tan bien como con él.
Cuando él haya terminado contigo, ¿por qué no pruebas?
—Me agarra de la cintura con una mano y me estrecha contra su cuerpo.
Me aparto de él de un salto, temblando.
—¡No me toques!
Entonces abre mucho los ojos y da un paso atrás.