24
Tate
La confusión se refleja en el rostro de Violet.
—¿Qué estás haciendo?
Me siento cerca de ella y paso el brazo por el respaldo del reservado de modo que mi manga roce sus hombros desnudos.
—La gente viene aquí tanto para ver como para ser vista. Y lo que quiero que vean es que estoy tan loco por mi novia que no soporto dejar ni la más mínima distancia entre nosotros.
Pone los ojos en blanco y suelta una risa incrédula. Pero tampoco se aparta, así que me lo tomo como una victoria.
Un camarero se acerca a la mesa y nos tiende las cartas.
—¿Puedo ofrecerles la bebida antes de pedir?
Miro a Violet.
—¿Tienes alguna preferencia o puedo elegir yo una botella?
—Puedes pedir tú.
—Una botella de Charmes Chambertin Grand Cru, por favor —le digo al camarero.
Se le ilumina el rostro.
—Muy bien, señor. Volveré enseguida para tomarles nota.
Violet está estudiando la carta, pero como yo podría enumerar hasta el último de sus platos sin mirarla, me dedico a contemplarla a ella; está preciosa.
Lleva el pelo suelto sobre los hombros, que están desnudos salvo por los finos tirantes rojos de su vestido rojo, que se ciñe a su cuerpo de una forma que me dan ganas de quitárselo de para poder recorrer con las manos las curvas que esconde bajo él.
Como ha agachado la cabeza, sus largas pestañas casi le rozan los pómulos.
¿Y esos labios rosados y carnosos que tiene?
Sé lo suaves que son; lo he sentido cada vez que la he besado.
Antes de que pueda detener el curso de mis pensamientos, me imagino cómo sería tenerlos alrededor de mi pene.
Joder. El órgano en cuestión se hincha y se estremece a medida que más situaciones y sensaciones imaginarias cobran vida en mi mente: el calor de su boca sobre mí, su lengua deslizándose suavemente por mi miembro, su cuerpo retorciéndose bajo mí, húmedo de sudor después de haberla provocado durante horas…
, cómo me ceñiría en su interior cuando por fin la dejara correrse.
Dios mío.
Cuando esos ojos azules y claros se encuentran con los míos, hago todo lo posible por expulsar las fantasías de mi cabeza.
—¿No hay precios? —pregunta ella.
Mi voz suena ronca cuando hablo. Las imágenes mentales aún me tienen atrapado.
—¿Cómo pueden los clientes demostrar que el dinero no les importa si se preocupan por los precios?
Ella suelta una carcajada.
—Eso es absurdo. ¿Y qué hay de la gente que viene aquí y no es millonaria como tú?
—Multimillonaria —la corrijo automáticamente.
Me mira sin comprender durante un segundo antes de fruncir el ceño.
—Cuando llegas a cierto punto, estoy convencida de que ese cero extra no supone una gran diferencia.
—A veces, ese cero extra es lo que te mantiene en la cima.
Ella ladea la cabeza.
—¿En la cima de qué?
—De la montaña de gente a la que le gusta mirar a los demás por encima del hombro.
Sacude la cabeza en un gesto de negación.
—¿Alguna vez alguien te ha menospreciado desde ahí arriba, donde estás sentado?
Suelto una risa irónica.
—En mi mundo, la gente utilizará cualquier grieta en tu armadura como excusa para demostrar que son mejores que tú. Es mejor no darles esa oportunidad.
Ella busca mi mirada, con una pequeña arruga aún marcada entre las cejas. Pero ahora hay preocupación en su gesto, no incredulidad. La luz de las velas que se refleja en sus ojos hace que sus iris parezcan dos llamas azules.
—Eso suena… agotador —murmura.
Esa sencilla observación se me clava en el pecho.
—A veces hay que alejarse de algo para darse cuenta de lo agotador que es. —Y estar aquí con ella es justo eso: un descanso de llevar puesta la máscara que llevo usando demasiado tiempo.
Ella duda un momento y luego me toca el brazo.
—¿Y tienes la oportunidad de alejarte de todo eso?
Mi mirada recorre lentamente su rostro, deteniéndose un instante de más en esos labios carnosos que tiene.
—A veces.
Se produce un sutil cambio en el ambiente entre nosotros, y veo cómo su esbelto cuello se mueve al tragar saliva.
Pero cuando no añado más a lo que ya he dicho, se muerde el labio inferior y luego asiente.
—Sé a qué te refieres. He pasado tanto tiempo concentrada únicamente en mantener a flote True Brew que ni siquiera me había dado cuenta de lo estresante y absorbente que ha sido hasta ahora.
Arqueo las cejas.
—¿Hasta ahora?
—Hasta que me he sentado a disfrutar de una cena con un hombre atractivo. Eeeh, quiero decir con un hombre…
Mi lenta sonrisa hace que su delicada mandíbula se tense, pero se las arregla para mantener el resto de su expresión impasible.
En lugar de burlarme de su desliz, muevo la mano que aún descansa detrás de ella hacia su nuca y trazo círculos perezosos sobre su piel con mi pulgar.
—Yo también lo estoy disfrutando. Mi atención se centra de nuevo en sus labios por un segundo—. Mucho más de lo que jamás habría imaginado.
En sus ojos destellan chispas y ella se ofende; al parecer, ha interpretado mis palabras como un insulto.
—Fuiste tú quien vino a mí.
Niego con la cabeza, sin dejar de sonreír.
—No me refiero a ti. Me refiero a fingir estar enamorado.
Esos bonitos ojos suyos se suavizan, al igual que su cuerpo. Sigo acariciando la cálida piel de su cuello y, conscientemente o no, ella se permite echarse un poco hacia mí, como si disfrutara de mi tacto tanto como yo disfruto tocándola.
—¿Es eso lo que estamos haciendo? —pregunta. Arqueo una ceja en señal de interrogación—. Me refiero a fingir que estamos enamorados. Estamos fingiendo que salimos juntos. Pero no sabía que estábamos fingiendo estar enamorados.
Deslizo mis dedos por su sedoso cabello y un pequeño escalofrío le recorre el cuerpo.
—¿Te preocupa que tus dotes interpretativas no estén a la altura?
La dulzura de sus ojos desaparece y se entrecierran con esa mirada de irritación que me resulta tan familiar.
—Probablemente deberías preocuparte más por tus propias habilidades interpretativas. ¿Alguna vez has tenido una relación? —Reprimo una sonrisa, pero antes de que pueda responder, ella niega con la cabeza, con los labios carnosos curvados hacia abajo—. Lo siento, eso ha estado fuera de lugar.
Vuelvo a acariciarle el cuello. La sensación que me provoca en las yemas de los dedos es demasiado buena como para querer parar.
—¿Cuándo te ha detenido eso? —Frunce el ceño y se muerde el labio inferior, pero el camarero se acerca a nosotros antes de que pueda decirme lo que, evidentemente, le preocupa.
Sostiene una botella de vino entre las manos y me la presenta.
En cuanto hago un gesto de aprobación con la cabeza, descorcha la botella con destreza y me sirve un poco en la copa.
Con la mano libre, la cojo y le doy un sorbo—. Perfecto, gracias.
Con una sonrisa cortés, llena las dos copas y luego deja el vino sobre la mesa.
—¿Están listos para pedir ya, o les gustaría tener un poco más de tiempo?
Violet jadea y vuelve a coger la carta. Apenas ha tenido oportunidad de echarle un vistazo antes de que yo la distrajera. Mordiéndose el labio, estudia las páginas, buscando sin duda lo que espera que sea la opción más barata.
—¿Nos puede dar unos minutos más? —le pregunto al camarero.
Cuando se marcha, retomo los pequeños círculos que he estado dibujando en el cuello de Violet, pero me obligo a no distraerme con mi creciente obsesión por tocarla—.
Mariposa —murmuro—. Pide lo que quieras.
Te prometo que puedo permitirme cualquier cosa que esté en la carta.
Ella arquea una ceja.
—Solo porque puedas permitírtelo no significa que tengas que hacerlo. Ya me estás pagando por estar aquí. Por no hablar de los regalos que me has hecho, y que no tenías por qué comprarme.
—Resulta que me gusta bastante comprarle regalos a mi novia. Y también me gustaría invitarte a una cena inolvidable.
La confusión se refleja en su rostro.
—¿Por qué?
¿De verdad no entiende que me gusta pasar tiempo con ella? ¿Que quiero que esta experiencia sea especial?
—Para que quizá, cuando este acuerdo haya terminado y estés felizmente casada con algún afortunado, recuerdes esta noche conmigo. Aunque solo sea porque la comida fue la mejor que hayas probado nunca.
Violet me mira fijamente y, una vez más, algo brilla en el aire entre nosotros. Algo frágil, pero casi tangible. Una conexión que se me clava el pecho. Que me impulsa a acortar la distancia entre nosotros.
Se humedece los labios y luego baja la vista hacia la carta. Con un suave suspiro, lo cierra y me sonríe.
—De acuerdo. Tomaré los raviolis caseros de trufa negra con salsa de mantequilla y salvia.
—Buena elección.
—¿Y Tate…? —Me pone la mano en el muslo—.
Gracias. Dudo que olvide esta noche. Ni ninguna de las otras cosas que has hecho por mí y por True Brew.
—Inspira hondo—. Yo… siento no haber sido muy amable contigo cuando Mark y tú estabais en la universidad.
—Su expresión es sincera, y me pregunto si es eso lo que la tenía tan preocupada.
—No te disculpes por eso. Tampoco es como si te hubiera mostrado mi mejor versión cuando nos conocimos. Y después de esa primera visita, puede que incluso me comportara así a propósito.
—¿Estás diciendo que me provocabas a propósito? —Intenta esbozar una sonrisa, pero se le da fatal.
Me echo a reír.
—Me gustaba ver ese fuego en tus ojos cuando me respondías con brusquedad.
Se recuesta en la silla y niega con la cabeza.
—Y yo que pensaba que te estaba bajando los humos un par de peldaños. Y todo este tiempo, tú te lo estabas pasando en grande.
—Más de lo que jamás habría admitido ante ti… o ante tu hermano.
Ladea la cabeza con curiosidad. Pero antes de que pueda preguntar, el camarero regresa.