23
Violet
Anna se deja caer en mi cama con un suspiro.
—Ahora mismo me siento un poco celosa. Llevo años queriendo cenar en Trio’s. Siglos.
Agacho la cabeza y me paso las manos por las caderas para estirar el tejido satinado de mi vestido rojo.
—¿Me queda bien?
—Estás fabulosa. Vas a hacer que Tate se quede mudo.
Me río, pero siento una punzada en el corazón.
—Créeme, con todas las mujeres con las que ha estado Tate, lo único con lo que se va a quedar al verme es con la polla flácida.
—Pfff. —Me da un golpecito con el pie, todavía acurrucada en el colchón—. Tate tendría que ser ciego para no ver lo guapísima que estás.
Con cuidado, me agacho y le doy un abrazo, procurando no arrugar el carísimo vestido que acabo de ponerme.
—¿Qué haría yo sin ti?
—No irías a Trio’s esta noche, eso seguro.
Se me escapa una carcajada.
—¿Te estás atribuyendo todo el mérito de esto?
Arquea una ceja.
—Por supuesto. Si no te hubiera invitado al Onyx, nada de esto habría pasado. —Su sonrisa burlona se convierte en una más sincera—. Pero en serio, me alegro por ti, Vi. Te mereces que te mimen un poco.
—Gracias. Tengo muchas ganas.
—¿Aunque tu cita sea tu multimillonario menos favorito?
¿Es mi menos favorito? Cuando Tate vino a verme a True Brew, se interesó de verdad por la cafetería y por qué es tan especial para mí.
Luego fue y me compró una cafetera. Solo el recuerdo de lo bien que me ha tratado desde que empezamos esta relación falsa hace que una punzada de calidez se extienda por mi cuerpo.
—Tate no es tan mala compañía.
—Vaya. —Las cejas de Anna se le suben hasta la línea del cabello—. Es un elogio que nunca pensé que te oiría decir. ¿Qué ha pasado con ese Tate King que es un mujeriego? —Repite como un loro las palabras que puede que le dijera, o no, después de aquella segunda noche en el Onyx.
—Bueno, sigue siendo un mujeriego. Pero supongo que quizá haya algo más en él aparte de eso.
—¿Así que estás diciendo que quizá tu opinión esté un poco desfasada?
Frunzo el ceño, pero no puedo mentirle.
—Quizá me he aferrado demasiado tiempo a lo mala que fue la primera impresión que tuve de él.
—Es una posibilidad nada desdeñable. —Su rostro impasible contrasta con la diversión que se nota en su voz. Cojo un cojín de mi cama y se lo lanzo. Ella se agacha, riéndose al ver que no le da. Luego mira su reloj y salta del colchón—. Vale, mejor me voy. Tu guapísimo novio va a llegar pronto.
—Mi guapísimo falso novio —la corrijo, aunque la nerviosa expectación que baila en mi estómago no me parezca tan falsa.
La acompaño a la puerta. Luego, para que esta velada se parezca más a la transacción comercial que es, cojo mi bolso y mis llaves, y salgo de mi apartamento.
Con lo rápido que se me acelera el pulso cada vez que pienso en él últimamente, me siento más segura encontrándome con Tate abajo.
Me quedo al pie de las escaleras de mi bloque de apartamentos y cojo el móvil para echar un vistazo mientras espero.
Acabo de abrir la cuenta de Instagram de True Brew cuando la limusina negra de Tate se detiene frente a mí. Guardo el móvil en mi bolso de mano y me dirijo hacia él. Tate ya ha salido del coche antes de que Jeremy haya dado la vuelta al capó.
Va hacia mí con paso firme.
—¿Por qué estás esperando en la calle?
Lo miro, parpadeando.
—No quería que tuvieras que subir.
Entrelaza sus dedos con los míos, provocándome un pequeño escalofrío en el brazo.
—No me supone ningún problema subir a buscarte, Violet.
Está oscuro y este no es el barrio más seguro de la ciudad.
—Sin soltarme la mano me lleva hacia el coche.
Por el camino, lucho contra la cálida sensación que se extiende por mi cuerpo.
Mi barrio es relativamente seguro, pero aun así, que se preocupe por mi bienestar cuando no hay nada en nuestro acuerdo que diga que tiene que hacerlo es demasiado entrañable.
Para cuando llegamos junto al vehículo, Jeremy ya nos está abriendo la puerta.
—Buenas noches, señora.
—Buenas noches, Jeremy. —Apenas tengo tiempo de sonreírle antes de que Tate me empuje al interior.
Le hago sitio y él se sienta a mi lado. Mientras Jeremy se incorpora al tráfico, Tate me mira con expresión enigmática. Una sonrisa se dibuja en sus labios.
—Estás preciosa.
—Gracias. —Vuelve el cosquilleo en el vientre, y me esfuerzo por ignorarlo. Se trata de Tate. Ser encantador le sale de forma natural. No significa nada.
Aun así, soy consciente de su proximidad durante todo el trayecto hasta el restaurante. Mi intento de charla trivial es mucho más forzado de lo que debería, y la mirada divertida de Tate me dice que sabe por qué. Estoy convencida de que disfruta sabiendo que me desconcierta.
Cuando nos detenemos frente a Trio’s, hay una cola de gente esperando para entrar en el restaurante superexclusivo.
—¿Cómo has conseguido una reserva a última hora? —le pregunto.
—Soy uno de sus inversores. Eso me concede algunos privilegios.
—¿Así que inviertes en algo más que en clubes de sexo?
Se ríe con naturalidad.
—Solo he invertido en un club de sexo. Pero tengo varios restaurantes.
—¿A cuál vas más? —La pregunta sale de mi boca antes de que pueda pararme a considerarlo.
Parece que lo estuviera interrogando. Como si me interesaran más sus hábitos sexuales de lo que deberían, teniendo en cuenta que no siento ningún interés romántico por él.
Como no puedo retirar lo dicho, suavizo mi expresión, con la esperanza de que parezca solo un poco curiosa y nada más.
No tengo tanta suerte. La sonrisa pícara que se dibuja en su rostro hace que se me enrojezcan las mejillas.
—Violet, si quieres saber con qué frecuencia vivo lo que tú y yo hicimos juntos en el club, solo tienes que preguntármelo.
—Eso no es lo que yo…
—Nunca. —Cierro la boca de golpe y ladeo la cabeza.
¿Nunca estado con alguien en el club? Eso me parece muy poco probable.
Un músculo le palpita en la mandíbula—. He estado con mujeres en el club.
Tan a menudo como probablemente piensas no, y ya hace bastante tiempo de ello. La única excepción has sido tú.
Asimilo esa información, atrapada entre la confusión y el alivio.
—Entonces, ¿qué has querido decir con «nunca»?
—El club siempre ha sido una forma fácil de saciar un antojo cuando no quiero lidiar con que me reconozcan.
Pero eso no fue lo que pasó contigo. Esa noche no tenía intención de estar con nadie.
Había ido solo por una cuestión de negocios.
Pero cuando te vi entrar, no pude resistirme.
—Sus ojos se oscurecen, su voz se vuelve más grave y ronca a medida que continúa—.
Quería saber más de ti. Por qué estabas allí, cómo podía ayudarte a relajarte.
Qué podía hacer para que fueras mía esa noche. Eso nunca me había pasado antes.
El corazón me late a toda velocidad. Golpea tan fuerte contra mis costillas que estoy convencida de que él puede oírlo.
¿Por qué esas palabras me han afectado tan intensamente?
Una parte de mí quiere descartar su confesión como la típica frase que él le diría a cualquiera, pero no puedo.
¿Qué motivo tiene para mentir? Y si está mintiendo, ¿por qué me mira con una intensidad tan inquebrantable?
La familiar sonrisa de Tate —esa que siempre he considerado arrogante, pero que empiezo a darme cuenta de que solo anuncia una justificada confianza en sí mismo— es lenta y cómplice.
Sabe de sobra lo que me está haciendo. Antes de que pueda ordenar mis pensamientos y dar con una respuesta coherente, Jeremy me abre la puerta.
Fuera del coche, los clientes que hacen cola nos miran y murmuran, probablemente preguntándose si aparecerá algún famoso.
Mientras espero a que Tate llegue junto a mí, muevo los pies nerviosamente y mantengo la cabeza agachada.
De alguna manera, este momento es peor que cuando los fotógrafos se alineaban a lo largo de la alfombra roja en la gala.
Como si el escrutinio de mis pares fuera más significativo que el objetivo imparcial de una cámara.
Cuando Tate se pone a mi lado, sus ojos, demasiado perspicaces, me recorren de arriba abajo y luego se dirigen a la fila de personas que esperan conseguir una mesa en el restaurante.
Me toma la mandíbula entre las manos y sus seductores labios se curvan hacia arriba.
—Te miran porque estás impresionante. Mantén la cabeza alta, mariposa. Muéstrales de qué pasta estás hecha.
Me humedezco los labios y asiento, demasiado concentrada de pronto en su proximidad más que en la gente que nos observa.
Me acaricia el labio inferior con el pulgar, siguiendo el camino que acaba de recorrer mi lengua. Por un momento me cuesta respirar y me asalta una nueva preocupación: ¿tendré que volver a besarlo esta noche? Esa posibilidad me hace flaquear las piernas.
Cuando me toma de la mano, no puedo evitar fijarme en el punto donde nos unimos.
Mi mano parece muy pequeña envuelta por la suya, y me gusta demasiado esa sensación.
Debo de estar hambrienta del cariño de un hombre si un gesto tan simple me hace sentir tan bien.
O tal vez sea la extraña sensación de seguridad que se abre paso por mi pecho al sentir su tacto, algo que, me doy cuenta, no he sentido en mucho tiempo.
Faltaba por completo en mi relación con Eric.
Otra señal de advertencia más que pasé por alto.
Codo con codo, nos adentramos en el lujoso restaurante.
La cocina está abierta al comedor, lo que permite a los comensales ver a los chefs preparar con destreza platos gourmet .
Una escalera al fondo conduce al bar contiguo, que tiene su propia entrada que da a la calle para que la gente pueda acudir a tomar una copa sin pasar por el restaurante.
Nos recibe una guapa camarera, con una gran sonrisa en el rostro.
—Señor King. Nos alegra mucho volver a verle por aquí.
Nos lleva a una mesa en la parte de atrás, cubierta con un mantel blanco; unas velas titilantes contribuyen a la atmósfera ya de por sí cálida. Tate por fin me suelta la mano para que pueda sentarme, pero en lugar de acomodarse en la silla que hay frente a mí, se desliza en la que tengo a mi lado.