El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 22
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Violet

—¡¿Lo has vuelto a besar?! —exclama Anna.

Tengo el teléfono pegado a la oreja y voy a toda prisa por la calle hacia True Brew. Ya debería estar allí.

Probablemente Jarrod ya haya empezado con los preparativos para abrir el local, pero yo también debería estar allí.

No me gusta llegar tarde en ninguna circunstancia, y ahora que estamos teniendo un poco más de tráfico de clientes durante la hora punta de la mañana, odio la idea de perder a alguno porque no he sido capaz de ponerme las pilas esta mañana.

La culpa de que me pasara horas dando vueltas en la cama la ha tenido ese puñetero beso.

—Tiene que resultar creíble —repito lo que le dije la última vez.

—¿Y una sesión de besos apasionados en medio de tu cafetería es lo que va a convencer a la gente?

Un pequeño escalofrío de excitación me recorre la espalda al recordarlo, pero ignoro la reacción equivocada de mi cuerpo.

—No sabía que iba a acabar así.

—¿Pero no lo detuviste?

Carraspeo.

—Puede que me dejara llevar un poco.

Anna se echa a reír.

—¿Tan bueno fue?

Le respondo con un murmullo evasivo, esperando que no insista en ello.

No debería perder el sueño por Tate. Por otra parte, el Tate con el que imaginaba que tendría una relación falsa no es el Tate que está mostrándose ante mí.

Sí, sigue siendo arrogante, y esa sonrisa burlona suya sigue sacándome de quicio, pero luego están las otras cosas, como su amabilidad y sus palabras sinceras, que hacen que mi corazón se acelere.

Y ese beso de ayer… Dios, no debería haber dejado que me besara así en medio de True Brew. Pero la forma en que me miraba, como si me deseara, como si quisiera reclamarme, me hizo imposible mantener la cabeza fría. Y maldita sea, en ese momento, yo también quería que me reclamara.

Pero ahora mismo no puedo seguir profundizando en eso con Anna. Tengo que centrarme en el trabajo.

—Ya casi estoy en la cafetería —digo. Hay una furgoneta de reparto desconocida aparcada en la zona de carga frente al local, y esa visión me deja clavada en el sitio.

Jarrod está allí, tal y como sabía que estaría, y está hablando con el repartidor, gesticulando ampliamente—.

Tengo que dejarte —le digo a Anna—. Te llamaré más tarde.

—Después de colgar, me acerco a la cafetería—. ¿Qué está pasando aquí?

Los dos hombres se vuelven hacia mí.

—¿Es usted Violet Sinclair? —pregunta el repartidor.

—Sí.

—Tengo un envío para usted. —Me tiende una carpeta con un portapapeles—. Solo tiene que firmar aquí.

Miro hacia Jarrod, pero él solo se encoge de hombros.

Después de firmar, el hombre da la vuelta a la parte trasera del camión y regresa con una caja grande en un carrito.

Cuando se aproxima veo el nombre que hay en la caja y me da un vuelco el corazón.

—¿Has pedido una nueva máquina de café? —le pregunto a Jarrod. Mierda. La necesitamos, pero no tiene autoridad para tomar una decisión así. Y no podemos permitírnosla.

—No. Pensaba que habías sido tú…

—No.

—¿La dejo aquí dentro? —El repartidor se dirige hacia la puerta de la cafetería. Asiento, le abro la puerta, que está sin llave, y lo sigo al interior. Deja la caja detrás del mostrador y luego se sacude el polvo de los pantalones—. ¿Quiere que se la instale?

—Eeeh… Deme un momento, por favor. —Me rasco la frente, examino la caja y la abro.

Efectivamente, dentro hay una máquina de café industrial de gama alta, completamente nueva.

Solo conozco a una persona capaz de hacer algo así, pero ¿por qué?

Mi primer pago del acuerdo está previsto para finales de mes, y con eso podría habérmela comprado yo misma.

Una como esta no, claro, porque he consultado el precio de las máquinas más de una vez, y esta en concreto debe de valer al menos quince mil dólares.

Me vuelvo hacia el repartidor—. Lo siento, ¿puede esperar un minuto más?

—Cuando asiente, me alejo unos pasos y marco el número de Tate.

Contesta al segundo tono.

—Qué agradable sorpresa.

A pesar de sus palabras, no parece en absoluto sorprendido de que lo llame.

—¿Has comprado una nueva máquina de café expreso para la cafetería?

—Sí.

Bajo la voz y me alejo más de Jarrod y del repartidor.

—¿Por qué? No hacía falta. Ya me estás pagando por mi trabajo.

—Tenías problemas con la antigua. Y no quería que tuvieras que esperar. Así, Jarrod no tendrá que pasarse el día arreglando la máquina.

Frunzo el ceño, sorprendida de que incluso recuerde el nombre de Jarrod y del hecho de que siempre está arreglándola.

—Te agradezco el gesto, Tate, pero…

—No es un gesto, es un regalo. Uno que le hago a mi novia falsa por ser tan creíble. Considéralo un extra.

—Te lo devolveré cuando llegue el primer pago de. Yo…

—No me vas a devolver el dinero. Y le he dicho a la empresa que no acepte devoluciones, así que, si no la quieres, tendrás que encontrar alguna forma de deshacerte de ella tú misma.

Su tono es ahora de pura satisfacción. Pongo los ojos en blanco y suspiro, aunque no estoy tan molesta como debería.

Puede que incluso me sienta… conmovida de que se haya preocupado lo suficiente por mi negocio como para echarme una mano.

Aunque una máquina de café de quince mil dólares sea un poco excesiva para mi pequeña cafetería.

—Bueno, gracias. Jarrod y yo te lo agradecemos.

El ruido que hace como respuesta casi suena como un gruñido.

—Voy a aclararte algo, Violet: me da igual que me lo agradezca Jarrod. Solo me importa que me lo agradezcas tú.

Aunque no debería ser así, esas palabras provocan un cálido cosquilleo en el pecho. Uno que me dice que estoy interpretando su comentario como no debería.

—De acuerdo. Te lo agradezco —musito.

—Bien. —Su voz se vuelve más grave—. Puedes demostrarme cuánto el viernes por la noche.

—Una visión repentina me asalta y se me corta la respiración.

Es una visión en la que Tate me obliga a demostrarle mi agradecimiento de formas que, sin duda, debería tomarme como una ofensa, pero, a juzgar por la reacción de mi cuerpo ante lo que estoy imaginando, parece que no es así.

A juzgar por la risita que se oye al otro lado del teléfono, mi silencio debe de ser revelador—.

Aunque hay un montón de formas agradables de darme las gracias, lo único que te pido es que vengas a cenar conmigo al Trio’s el viernes por la noche.

Pongo cara de enfado. Al parecer, puede leerme como un libro abierto, incluso por teléfono.

—Ya sabía que te referías a algo así.

—Por supuesto que lo sabías. Entonces, ¿estás libre?

Desesperada por recuperar el equilibrio mental y emocional, hago que mi voz suene lo más indiferente posible.

—Tendré que mirar mi agenda.

—Violet…

Ay. Ay, vaya. La firmeza en su voz al decir mi nombre me provoca un estremecimiento involuntario. Menos mal que no está aquí para verlo.

—Vale. Sí. Supongo que tiene sentido que nos vean en entornos más íntimos, además de en grandes eventos, para que nuestra relación como pareja resulte creíble.

—Exactamente —dice con suavidad.

—Entonces, sí, estoy disponible. —Cuando terminamos la llamada, me vuelvo hacia Jarrod y el repartidor—. Gracias por esperar. Y sí, sería estupendo que la instalase.

Él asiente y se pone manos a la obra mientras Jarrod llega junto a mí, con el ceño fruncido.

—¿Has averiguado de dónde venía?

—Ha sido Tate.

Detrás de Jarrod, el repartidor conecta rápidamente la máquina.

Jarrod arquea las cejas.

—Tu nuevo novio sí que sabe cómo causar sensación.

—Solo intenta ayudar. Se dio cuenta de que el otro día teníamos problemas con la máquina y no quería que estuviéramos encargándonos todo el tiempo de arreglarla.

—Apuesto a que era eso lo que lo preocupaba… —murmura Jarrod.

Me vuelvo hacia él.

—¿Qué quieres decir?

Niega con la cabeza, con una sonrisa asomando en las comisuras de sus labios.

—Nada. Pero ya que ahora tenemos una cafetera nuevecita y reluciente, deberíamos practicar con ella preparándonos un café antes de la hora punta.

Sonrío. Se muestra optimista, teniendo en cuenta que la hora punta no es para tanto. Al menos, todavía no. Pero lo será pronto. Lo sé.