21
Tate
—¿Señor King? ¿Tate?
Alzo la vista y, me doy cuenta de que la mitad de la sala de reuniones me está mirando. Maldita sea.
—Disculpen, me he distraído. ¿Podrían repetir eso último?
Intento concentrarme en lo que está diciendo Rebecca, mi jefa de marketing. Nos está poniendo al día sobre las visitas con realidad virtual que estamos diseñando a partir de las representaciones en 3D que hemos recibido del equipo de arquitectura.
—Todavía estamos trabajando en algunos fallos, pero deberían estar listas para la ceremonia de inauguración.
—Gracias, Rebecca. Avísame si surge algún otro problema. —Echo un vistazo al equipo reunido alrededor de la mesa de conferencias—. Si eso es todo, daremos por terminada la reunión. Gracias a todos.
Se oyen los murmullos habituales y el ruido de las sillas al apartarse, pero yo me quedo sentado. Normalmente, sería el primero en salir por la puerta, ya que soy de los que les gusta estar siempre en movimiento. Pero hoy parece ser la excepción.
Espero a que se vayan todos los demás y entonces, tras echar un vistazo a mi reloj, me levanto por fin de mi asiento y salgo.
Cole me alcanza mientras voy a zancadas por el pasillo.
—¿Quieres venir a comer conmigo? —me pregunta.
Normalmente, diría que sí. Ha sido bonito volver a conocer a mi hermano después de años de casi distanciamiento. Pero hoy tengo algo más importante que hacer.
—¿Lo dejamos para otra ocasión?
—Por supuesto —acepta—. O podemos tomar algo después del trabajo.
—Estupendo. Te aviso cuando termine la jornada.
Asiente y se va a su despacho; yo sigo hacia el ascensor, llamando a Jeremy por el camino.
—¿Adónde vamos, señor King? —pregunta una vez que me he sentado en la parte trasera del coche.
Le digo adónde quiero que me lleve y él asiente.
Una vez que nos dirigimos hacia True Brew, me recuesto contra el cuero.
No tenía pensado visitar a Violet en el trabajo, pero como hizo un trabajo tan bueno en la gala del sábado, he decidido acercarme a ver si puedo darle algunos consejos de marketing para su cafetería.
Aunque quizá esa sea solo la excusa que me estoy poniendo para volver a verla.
El sábado por la noche me lo pasé mejor que nunca en un evento así.
De hecho, fue tan agradable que no quería que acabara.
Después de ese beso, el que me hizo desear que estuviéramos en otro lugar —en algún sitio sin testigos—, me costó mucho pensar en otra cosa que no fuera volver a hacerlo.
Durante el resto de la noche, la mantuve pegada a mí, muy consciente de las miradas lascivas que despertaba.
Teniendo en cuenta que nuestra relación no es real, no debería haberme molestado que ella llamara tanto la atención.
De hecho, debería haberme alegrado. Al fin y al cabo, el objetivo de lo que estamos haciendo es llamar la atención sobre mi nueva forma de comportarme y ¿qué mejor manera que llevar a una mujer hermosa del brazo?
Pero, en cambio, me pasé toda la noche deseando poder tenerla solo para mí. El impulso de llevarla a algún lugar privado y saborearla de nuevo fue difícil de resistir, pero, por suerte, fui capaz de hacerlo. Dudo que ese sea un límite que ella quiera cruzar.
Desde luego, es uno que yo tampoco debería querer cruzar.
Veinte minutos más tarde, Jeremy se detiene justo al final de la calle de la cafetería.
No salgo del coche de inmediato, dándome un minuto para contemplar el escaparate.
Lo que veo me hace sonreír. Desde la última vez que estuve allí, Violet ha hecho algunos cambios.
Hay una pizarra en la entrada, decorada con el dibujo de una taza humeante de café y un par de pasteles.
En ella figuran las ofertas semanales y, en la parte inferior, el nombre de la cuenta de la cafetería en las redes sociales. Tomo nota mentalmente para seguirla.
Además, ha sustituido la letra anticuada del letrero con el nombre del local por una reluciente cursiva que encaja mucho más con su personalidad que la anterior.
—¿Quieres un café? —le pregunto a Jeremy.
Me sonríe por encima del hombro.
—No le diría que no a uno.
Al acercarnos a la cafetería hecho un vistazo a través de las ventanas.
A pesar de los cambios que ha hecho Violet, el local sigue estando casi vacío.
Violet y Jarrod están muy juntos frente a la antigua máquina de café expreso y una punzada de irritación me atraviesa el pecho cuando él le pone la mano en la espalda y la acaricia como si quisiera tranquilizarla. ¿Le ha dicho ella que tiene novio?
La campana tintinea cuando empujo la puerta para abrirla. Violet mira por encima del hombro y una mueca de sorpresa le cruza el rostro al verme. No tarda en convertirse en una sonrisa, pero estoy demasiado lejos para saber si le llega a los ojos.
—Siéntate —le digo a Jeremy, aunque no aparto la mirada de Violet.
Ella se vuelve hacia Jarrod, y él también me mira, arqueando las cejas. Le dedico una sonrisa acerada y, por la forma en que retira la mano de donde aún descansaba, sobre su espalda, puedo decir que ha captado el mensaje alto y claro que le he enviado.
Violet le aprieta el brazo y luego se dirige hacia mí. Lleva el cabello castaño miel recogido en una coleta y la camiseta sin mangas negra se ciñe sobre el contorno de sus pechos turgentes; sus piernas bronceadas parecen increíblemente largas bajo esos pantalones vaqueros cortos y el delantal.
Tiene un aspecto fresco y está preciosa, y no puedo apartar la vista de ella, ni siquiera cuando noto la mirada escrutadora de Jarrod.
La pregunta de si él sabe lo nuestro late con demasiada urgencia en mis venas.
¿Qué va a hacer cuando llegue a mi lado?
¿Me dará un abrazo? ¿Un beso? ¿O mantendrá las distancias?
Unos celos desconocidos y completamente irracionales arden en mi interior, y no tengo ni idea de cómo controlarlos.
Por otra parte, ¿debería hacerlo? Para todos los que están en esta sala, ella es mi novia.
¿Por qué no iba a querer que supieran que es mía?
Como siempre, una vez que tomo una decisión, no me lo replanteo. En el momento en que llega a mi lado, y antes de que tenga oportunidad de hablar, paso mis dedos alrededor de su nuca.
—¿Sí o no? —le pregunto con un tono tan bajo que solo ella puede oírme.
Frunce el ceño, pero su confusión se ve rápidamente sustituida por un destello de comprensión.
—Eeeh… —Veo el movimiento en su cuello cuando traga saliva—. Sí, pero…
Es todo lo que necesito oír antes de apoderarme de su boca.
Sus labios se separan en un jadeo y aprovecho la oportunidad para deslizar mi lengua en su interior.
Sabe dulce, como si hubiera estado probando los pasteles del escaparate, salvo que ha sabido igual de deliciosa cada vez que la he besado.
Es algo suyo, y joder, qué adictivo resulta. Qué adictiva resulta.
Al principio se muestra reticente, pero luego se vuelve dócil, y su lengua se une a la mía.
Sé que lo que le he pedido —lo que le estoy haciendo— es inapropiado en su lugar de trabajo.
Y quizá si hubiera más clientes en la cafetería, no lo habría hecho.
O quizá eso sea mentira y no me habría importado quién estuviera aquí para verme besarla.
Me aparto antes de lo que deseo, dejándola sin aliento frente a mí, con sus labios, ya de por sí carnosos, hinchados por el roce de los míos.
Aturdida, recorre con sus dedos las huellas de cómo la he hecho mía.
No es hasta que un par de chicas sentadas en una mesita al fondo nos dedican un aplauso cuando se sobresalta y vuelve a enfocar la mirada.
Como si de repente recordara dónde estamos, echa un vistazo a su alrededor; cuando llega a las chicas, una de ellas suelta un grito de alegría.
—¡Vamos, chica! —exclama.
No me molesto en volverme hacia Jarrod. Si antes no sabía que estábamos juntos, ahora ya lo sabe. Como un imán, mi mano encuentra la parte baja de la espalda de Violet mientras la acompaño hacia la barra.
—Jeremy y yo teníamos ganas de un café y hemos pensado en pasar por aquí. —Recuerdo lo que estaba haciendo cuando hemos entrado por la puerta—. ¿Le pasa algo a la máquina?
Ella suspira.
—Está en las últimas. Por suerte, a Jarrod se le da de maravilla mantenerla a flote.
Esa será mi primera compra en cuanto… —Sus ojos encuentran los míos, un poco abiertos de más, y sé lo que se ha callado.
Está esperando que llegue el dinero de nuestro acuerdo a final de mes.
Rodea el mostrador y se apoya en él, ladeando la cabeza, con una expresión de curiosidad y un poco de recelo—.
¿Así que te apetecía un café y has decidido venir a tomarlo aquí?
La miro de arriba abajo, sin molestarme en ocultar mi sonrisa burlona.
—Tenía una razón de peso.
Un ligero rubor tiñe sus mejillas.
—Ah, ¿sí? ¿Y cuál es?
—Alguien me dijo que aquí sirven el mejor café de Nueva York.
—La forma en que sus hombros se hunden un poco me provoca una oleada de satisfacción.
Significa que no es del todo inmune a mí, por mucho que, si se lo echara en cara, lo negara rotundamente—.
Y que no sería capaz de quitarle los ojos de encima a que la mujer lo sirve.
Eso dibuja una sutil curva en sus labios.
—¿Te dijo esa persona que la mujer que lo sirve está comprometida?
La miro con el ceño fruncido, fingiendo decepción.
—Qué pena. Esperaba invitarla a salir.
—Entonces, menos mal que te lo he dicho. Así te ahorras la vergüenza de preguntárselo.
Con una risita, doy unos golpecitos con los nudillos contra la mesa de cristal que hay entre nosotros.
—Gracias por el aviso. Parece que su novio es un buen partido. Es obvio que ella está loca por él.
Su respuesta, un gesto de incredulidad, va acompañada de una carcajada.
—Más bien parece que él la está volviendo loca. —Ladea la cabeza—. Pero ahora en serio: ¿qué haces aquí?
—He venido a tomar un café y a ver a mi novia.
Frunce los labios y me examina, con expresión escéptica.
Sonriendo, me echo hacia ella.