20
Violet
—Ahora, chicas, pasad a la postura del perro boca abajo.
Con un bufido, obligo a mi cuerpo a rendirse a la orden de la instructora.
¿Por qué he dejado que Anna me convenciera para ir a una sesión de yoga a primera hora de la mañana?
Hace tanto tiempo que no tengo ni el tiempo ni la motivación necesarios para hacer ejercicio, y mi cuerpo se está rebelando.
Solo espero que lo agradezca cuando termine la tortura.
—¿Lo besaste? —me susurra Anna, doblada por la mitad sin esfuerzo.
Una gota de sudor me resbala por la sien.
—Tenía que hacer que fuera creíble.
—¿Y no tuvo nada que ver con que esa tal Amy le tirara los tejos a tu chico?
Intento mirarla con ira, pero mis brazos temblorosos casi me fallan y rápidamente me concentro de nuevo en mi cuerpo inestable.
—No es mi chico.
Menos mal que a continuación la instructora nos guía a través de una sesión de enfriamiento. Cuando terminamos estoy tumbada boca arriba en mi esterilla en la postura de savasana .
—Tú lo sabes, y él lo sabe, pero ella no lo sabía —susurra Anna—. Lo que significa que fue totalmente irrespetuosa.
Suspiro.
—Sí que lo fue…
La instructora nos hace callar, y rápidamente cerramos los ojos y nos relajamos durante los siguientes minutos. Pero si pensaba que la conversación había terminado, me equivocaba.
—¿Cuándo vas a volver a verlo? —pregunta Anna en cuanto la instructora nos da permiso con un «Namasté» a modo de despedida.
Me seco el sudor de la frente con la toalla y me levanto con esfuerzo.
—No estoy segura. Dijo que ya me avisaría.
—Casi pareces… decepcionada.
—¿Qué? No. Solo me gustaría que hubiera más certeza, ¿sabes? Para no estar esperando una llamada y dejando mi vida social en suspenso.
—Vi, te quiero, pero tu vida social es un asco. No me alcanzo a imaginar que tengas que preocuparte por cancelar algún plan importante cuando te llame.
Tiene razón. Y esa mirada de satisfacción que me está dedicado dice que lo sabe.
—Vale. —Más vale que lo admita. Al final, me lo sacará de todas formas—. Quizá estoy un poquito decepcionada. Anoche lo disfruté más de lo que esperaba. —La sonrisa de Anna es un poco demasiado amplia, y sé lo que eso significa—. No te emociones. Siguen siendo solo negocios.
—¿Por qué no puede ser un negocio con derecho a roce? Si tuviera la suerte de fingir que salgo con un multimillonario guapísimo, aprovecharía todas las ventajas.
Reprimo esa minúscula e irracional bolita de celos que rebota en mi pecho al imaginarme a Anna en mi lugar.
Probablemente Tate habría estado más acertado si le hubiera ofrecido ese acuerdo a ella.
No solo habría sido capaz de desempeñar el papel mejor que yo, sino que también le habría dado mucha guerra en el terreno de la seducción.
Pero no me gusta demasiado imaginarme sus labios sobre los de ella, tal y como estuvieron sobre los míos anoche.
Ni ese «derecho a roce» del que podrían aprovecharse.
—Seducción es, básicamente, el segundo nombre de Tate —murmuro—. Le sale tan natural como respirar. Lo último que quiero es llegar a conectar con él para que al final se marche.
Se le forma un pliegue entre las cejas mientras me mira.
—Quizá no se marcharía.
Me río y sacudo la cabeza.
—Tate se ha pasado toda su vida adulta alejándose de las mujeres. Puedo garantizarte que esta ocasión no va a ser diferente en lo más mínimo. Si me comporto con él de modo algo menos que profesional, a la larga me va a hacer daño, sin duda.
—Mmm. Puede que tengas razón. —Asiento, satisfecha de que ella comprenda mi punto de vista—. Pero… —Esa simple palabra me hace fruncir el ceño—. Vi cómo se comportó contigo en el Onyx. Las dos noches. Y, no sé, esa clase de reacción es lo contrario de lo que esperaría de un playboy .
Pongo los ojos en blanco, intentando parecer despreocupada, aunque se me hace un nudo en el estómago.
—¿Tú de qué lado estás?
Ladea la cabeza, con una sonrisa burlona en los labios.
—No sabía que tenía que elegir un bando. Pero ahora que lo sé, obviamente, elijo el tuyo.
—Bien.
—Aunque —dice, ampliando su sonrisa— he oído que el equipo «La cabra no siempre tira al monte» tiene cada vez más seguidores.
Le lanzo la toalla al pecho y reprimo una risita.
—Los hombres como Tate siempre tiran al monte. No tienen ningún motivo para no hacerlo.
—Vale. —Levanta las manos, con un gesto con el que finalmente reconoce la derrota—. Pero la próxima vez que salgas, quiero que me cuentes todos los jugosos detalles a primera hora del día siguiente.
—Te llamaré, pero te garantizo que los detalles serán más insulsos que ese pastel de chocolate que hiciste y del que nunca hablamos.
Se queda boquiabierta.
—Has roto la regla —susurra, fingiendo horror.
Sonrío con aire burlón.
—Eso te enseñará lo que ocurre si te planteas cambiar de bando.
Ella se ríe entre dientes, pero la diversión en su expresión se desvanece rápidamente.
—Mira, cariño, sé que no eres la mayor fan de Tate.
Pero no dejes que eso te impida disfrutar de esta situación.
Estás saliendo con un multimillonario. Un multimillonario guapo.
Un multimillonario guapísimo que, durante los próximos meses, va a fingir estar loco por ti.
Entiendo que no quieras meter en esto tus sentimientos, pero no hay nada que te impida divertirte mientras tanto.
Me muerdo el labio inferior. Tiene razón. Acepté el acuerdo y más vale que me relaje y lo disfrute.
—Vale. A partir de ahora, me voy a divertir siendo la falsa novia de Tate King. Disfrutaré de algunas de las ventajas. —Ignoro el puchero de Anna—.Y por muy encantador y coqueto que sea, no dejaré que me afecte.
Anna sonríe.
—Exacto. Relájate y diviértete mientras Tate King te invita a cenar y te agasaja durante los próximos meses.
Mi mente regresa a la noche anterior, cuando me dijo que había desarrollado habilidades mucho más placenteras que agasajar a las mujeres. No hay duda de que lleva razón, pero tengo la inquietante sensación de que, si se lo propone, podría acabar siendo bueno en todo.
Lo que significa que debo tener aún más cuidado de no enamorarme de él.