17 #3
No puedo evitar mirar a Cole, que está a su otro lado, con el brazo apoyado en el respaldo de su silla y la mano rozándole el hombro, como si no pudiera soportar no tocarla.
¿Está hablando desde su propia experiencia?
Controlo mi curiosidad. Aunque así fuera, aquí no está hablando de algo auténtico, sino de la credibilidad de nuestra actuación.
Le sonrío.
—Entonces, todo va bien. Ahora Tate y yo solo tenemos que hacer que parezca convincente que nos gustamos. Si lo conseguimos, debería funcionar.
Frunce el ceño.
—¿No te gusta Tate?
—Eeeh, no, no. Eeeh… —Me estremezco con disimulo.
¿Por qué he dicho eso? Al fin y al cabo, es su futuro cuñado.
Le echo un vistazo a Tate y me alivia ver que está ocupado hablando con sus hermanos—.
Que no me guste no son las palabras adecuadas.
Es más bien… que en realidad no tengo nada en común con él.
Y supongo que la primera impresión que tuve de él no fue la mejor posible.
Eso es todo. —Casi me trabo al hablar en mi apuro por tranquilizarla, por si acaso piensa que no me lo estoy tomando en serio—.
Eso no significa que no esté totalmente volcada en ayudarlo con esta situación.
Ella ladea la cabeza y sus preciosos ojos verdes me evalúan. Entonces esboza una pequeña sonrisa cómplice.
—Teniendo en cuenta que se trata de Tate, me imagino perfectamente qué tipo de primera impresión te causó.
—Se echa hacia delante y baja la voz—. Pero no permitas que eso influya demasiado en tu opinión.
Si eres capaz de pasarlo por alto, creo que te mostrará la clase de hombre que es en realidad.
—Su sonrisa cómplice se vuelve un poco pícara—.
Por supuesto, eso no significa que no debas darle caña si se porta como un capullo.
Correspondo a su sonrisa.
—Creo que puedo manejarlo.
Delilah cambia de tema, y tras una copa de un vino blanco deliciosamente fresco que Tate me sirve, la mayoría de mis recelos se han disipado.
Esto no está tan mal. Delilah es encantadora y divertida, y la conversación entre Cole, Roman y Tate sobre su última aventura, Genesis-1, resulta intrigante.
Estoy absorta en la discusión sobre su estrategia de marketing y preguntándome si podré sacar alguna idea que pueda aplicar a True Brew, cuando Tate se recuesta de manera informal en su silla, pasa el brazo por el respaldo de la mía y empieza a jugar con un mechón de mi pelo.
Al instante, se me corta la respiración y me quedo paralizada. Debería haberlo esperado, pero aun así me pilla por sorpresa. Quizá sea por la naturalidad con la que lo ha hecho. Como si tocarme así fuera lo más normal del mundo.
Intento que mi expresión parezca serena, sin querer delatarme ante los observadores y que se den cuenta de que estoy sorprendida por que mi novio esté siendo cariñoso. De hecho, voy un paso más allá y me recuesto para que su brazo quede alrededor de mis hombros.
Él se vuelve hacia mí y yo le dedico una sonrisa que dice: «¿Ves? Puedo jugar a esto tan bien como tú».
También sonríe y, sin decirme nada, se une de nuevo a la conversación con sus hermanos. Pero un momento después me rodea el cuello con la mano y traza círculos con el pulgar sobre la piel sensible justo debajo de mi oreja.
Ah, Dios. Si antes no sabía que el lugar que está acariciando era una zona erógena, ahora me ha quedado claro.
Los lentos círculos que dibuja hacen que se me ponga la piel de gallina por todo el cuerpo, y antes de que pueda evitarlo, me echo a temblar.
Por desgracia, capta mi reacción, y su pulgar se detiene una fracción de segundo antes de volver a empezar, esta vez de forma aún más lenta y sensual Sabe exactamente de lo que es capaz.
Rechino los dientes; se me acelera el pulso y se me endurecen los pezones que rozan contra la tela de mi vestido. Me obligo a ignorar las sensaciones que me está provocando y me concentro con todas mis fuerzas en la conversación.
—Cuanto antes se celebre la ceremonia de inauguración, mejor —comenta Tate—.
El revuelo mediático y las publicaciones en redes sociales harán que la gente hable.
Podemos atraer a los principales inversores, e incluso invitar a un par de famosos y quizá a algunos dignatarios.
Que sea un evento grandioso. Ya tenemos al equipo trabajando en visitas de realidad virtual basadas en las representaciones arquitectónicas.
Podríamos montar stands para que la gente pueda ver el producto terminado en el propio emplazamiento.
Roman, con un ceño escéptico, tamborilea con las yemas de los dedos sobre la mesa.
—¿No crees que eso es un poco exagerado?
—Hace unos años sí —responde Tate, recostándose en su silla, con el brazo aún sobre el mío y el pulgar moviéndose sobre mi cuello y amenazando con distraerme por completo—.
Pero hoy en día esos trucos venden, sobre todo entre los grupos de edad más jóvenes.
Si nuestro público objetivo principal es el sector demográfico más joven y con mayor conciencia social, así es como los atraemos.
No podemos subestimar el actual impacto de las redes sociales.
—No pretendía subestimar ese impacto. Solo quiero asegurarme de que nos mantenemos fieles a la marca —continúa Roman, con tono mesurado—. Genesis-1 tiene que ver con el lujo y la sostenibilidad, no solo con eventos llamativos.
—Tampoco queremos ahuyentar a nuestros mercados objetivo secundarios —interviene Cole—. Es posible que los profesionales y los compradores internacionales no vean con buenos ojos un circo mediático.
El pulgar de Tate deja de moverse y su mano se ciñe alrededor de mi cuello cuando se inclina hacia delante. Sin embargo, no oigo las palabras que les dice a sus hermanos, porque el modo en que me agarra hace que una ola de calor me recorra la columna vertebral.
Antes de que pueda asimilar esa reacción, Delilah se entromete en la conversación.
—¿Por qué no dejamos a un lado la charla sobre el trabajo?
—pregunta, aunque es más una sugerencia firme que una pregunta—.
Podéis hacerlo en la oficina el lunes. Aquí hay docenas de personas esperando un momento para hablar con alguno de vosotros.
Además —baja la voz—, creía que la idea era que se viera a Tate y a Violet juntos.
Roman se rasca la barbilla.
—Tienes razón. He visto a Carl Masters al llegar.
Lleva tiempo queriendo hablar de aumentar su inversión en King Group.
Debería ponerme al día con él. Su mujer y él nunca se quedan mucho rato en estos eventos.
—Se levanta y nos mira a Tate y a mí como si tuviera algo que decir, pero solo nos hace un gesto con la cabeza y se aleja.
Me echo hacia Tate.
—¿Siempre es tan… intenso?
—Es una forma de describirlo. Roman es todo negocios todo el tiempo desde su divorcio. Y más aún desde que se convirtió en director ejecutivo.
No puedo evitar soltar un pequeño grito ahogado.
—¿Estaba casado? —Me cuesta imaginar al distante hermano mayor de los King teniendo una esposa.
Tate sigue con la mirada la espalda de su hermano mientras se pierde entre la gente.
—Cuando era más joven. No duró mucho.
—¿Y ahora no sale con nadie?
Con una mueca de desprecio, niega con la cabeza.
—Invitar a cenar y a tomar copas a mujeres no es una de sus prioridades.
Le lanzo una sonrisa fingidamente inocente.
—Debe de ser un rasgo familiar.
Con los ojos brillantes, roza mi pulso con el pulgar y se echa hacia mí.
—Estoy seguro de que estarás de acuerdo en que algunos de nosotros hemos desarrollado habilidades mucho más placenteras en lo que respecta a las mujeres.
—Su mirada se posa en mis labios, pero antes de que mi corazón pueda latir más de dos veces, desvía la atención por encima del hombro hacia el salón de baile que hay detrás de nosotros—.
Delilah tiene razón, deberíamos socializar, asegurarnos de que la gente nos vea juntos.
Inspiro, tomándome un momento para recomponerme. Estoy aquí por una razón y estoy decidida a hacer un buen trabajo, a pesar de sus intentos deliberados por sacarme de quicio.
—De acuerdo.
Cuando se levanta, sigo su ejemplo.
Delilah levanta la vista y articula en silencio un «Buena suerte».
—Gracias —le respondo de igual modo. Inspiro hondo y sigo a Tate, que me guía hacia la multitud.