17 #2
Me recorre otra oleada de nervios y paso los dedos de un lado a otro por el sedoso tejido de mi vestido, concentrándome en la textura contra mi piel.
Tate cubre mi mano con la suya, y el calor de su palma me tranquiliza.
—No tienes nada de qué preocuparte.
Trago saliva y le doy las gracias con un gesto de la cabeza. Él retira la mano, y una pequeña parte de mí desea que la hubiera dejado ahí, aunque solo fuera porque su calor me tranquiliza.
Antes de lo que me gustaría, llegamos a la entrada del recinto.
Hay una alfombra roja y la prensa se apelotona a lo largo de ella, igual que en las películas.
Una pareja de aspecto glamuroso camina hacia la entrada del edificio y los flashes de las cámaras estallan a su paso.
Me lleva un momento reconocer al hombre como una de las estrellas más cotizadas del cine, pero cuando lo hago, me quedo sin aliento.
Me vuelvo hacia Tate y me obligo a respirar.
—Entonces, ¿esto es para ti una noche de viernes cualquiera?
Él se fija en el actor y en su acompañante, que casi han llegado al final de la alfombra, y entrecierra los ojos.
—Puedo presentártelo más tarde si quieres. Pero no te hagas ilusiones. Estás demasiado loca por mí como para coquetear con nadie más, recuérdalo.
Aunque no tengo ninguna intención de coquetear con nadie, me toco los labios con el dedo índice y dejo escapar un murmullo ininteligible.
—No recuerdo ninguna cláusula de no coquetear en el contrato.
Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.
—Lo modificaremos el lunes.
—Pero ¿hasta entonces…?
Me agarra la barbilla y me hace levantar la cara para que lo mire a sus ardientes ojos.
—Hasta entonces, mariposa, solo tendrás ojos para mí.
Ese es el acuerdo. —Mi pulso se acelera, la sangre me late en los oídos.
Inspiro hondo y obligo a mi corazón a calmarse.
Él mismo lo acaba de decir: su atención, sus palabras y sus acciones, todo gira en torno al acuerdo.
Cuando desliza el pulgar por mi labio inferior, separándolo de entre mis dientes, me doy cuenta de que lo he estado mirando fijamente demasiado tiempo.
Parpadeo y vuelvo a la realidad y veo una sombra oscura e intensa en su mirada—.
¿Estás conmigo? —Su voz es grave, sus dedos, aún cálidos contra mi piel.
Dejo escapar el aliento que he estado conteniendo durante demasiado tiempo vuelvo a inspirar para tranquilizarme. Solo nos estamos preparando para actuar ante la prensa. Esbozo mi sonrisa más radiante.
—Sí.
Agacha la cabeza y su mirada se posa en mis labios durante un breve instante.
—Buena chica.
Al momento, un recuerdo cobra vida en mi mente: cuando fui una chica tan buena que me dejó hecha un desastre. Un repentino dolor, bajo y profundo, me hace apretar los muslos.
Aparto la cara para ocultar el escalofrío que me recorre el cuello, y sus dedos se retiran de mi rostro.
Un instante después, Jeremy abre la puerta y Tate sale del coche y me tiende la mano.
La acepto, aferrándome un poco más fuerte de lo habitual a sus dedos y salgo tras él.
Lo último que quiero es caer de bruces sobre la alfombra roja delante de una multitud de fotógrafos.
Con la mano de nuevo en mi espalda, Tate me guía hacia la entrada. Los flashes centellean a nuestro alrededor, y yo me concentro en mantener una expresión serena y en evitar mirarlos directamente.
—¡Tate!
—¡Señor King!
—¿Quién te acompaña esta noche, Tate?
A lo largo de toda la alfombra, las voces nos llaman una y otra vez, pero Tate sigue avanzando hasta que las dejamos atrás y entramos en el amplio vestíbulo.
—¿No deberías haberme presentado como tu novia? —le pregunto.
Me mira con esa sonrisa pícara que tiene.
—Hay que mantener un poco el misterio para despertar su interés. Además, si se lo restregamos en la cara desde el principio, seguro que sospechan. Prefiero que no se enteren de que esto es un truco de relaciones públicas.
—Tiene sentido. —Me niego a dedicarle un segundo pensamiento al ardor que me habían provocado esas palabras en el pecho.
Nos abrimos paso entre la multitud de gente vestida con elegancia. El ambiente apesta a dinero y poder. Es tan intenso que el aire se vuelve denso. Las lámparas de cristal cuelgan del techo igual que los diamantes cuelgan de los cuellos y las orejas de la mayoría de las mujeres aquí presentes.
Por fin nos acercamos a la que obviamente es nuestra mesa. Reconozco a Cole y a Roman, y les sonrío mientras echan hacia atrás sus sillas y se ponen de pie.
—Tate. —Cole le hace un gesto con la cabeza a su hermano y luego dirige su atención hacia mí—. Violet, me alegro de volver a verte.
—Igualmente —digo.
Roman me recorre con la mirada y su atención parece detenerse en el lugar donde la mano de Tate descansa sobre mi cintura.
Es difícil saber qué está pensando el hermano mayor de los King.
Su expresión distante y sus ojos fríos no delatan nada.
Está al tanto del plan, así que no es que desapruebe que la «novia» de Tate esté aquí, pero tampoco estoy convencida de que esté de acuerdo con la elección de Tate.
De todos modos, le sonrío.
—Yo también me alegro de verte de nuevo, Roman.
Para mi sorpresa y tranquilidad, esboza una leve sonrisa.
—Nos alegramos de que hayas podido venir.
Una mujer hermosa, de cabello oscuro y ojos verdes, aparece al lado de Cole y él le pasa un brazo por los hombros.
—Violet, me gustaría presentarte a mi prometida, Delilah.
La forma posesiva en que la mantiene pegada a él y cómo se suaviza su expresión al mirarla me provocan una pequeña punzada de nostalgia.
¿Cómo debe de ser sentirse así de amada?
Siempre imaginé que era así como mi padre amaba a mi madre.
Con lo protector que era conmigo, me cuesta creer que no fuera igual con ella.
La pena familiar por la pérdida sustituye a la punzada de nostalgia.
Siempre me apena pensar en mi madre. Puede que no tenga recuerdos suyos, pero tengo cientos de cómo mi padre hablar de ella.
Solo puedo esperar que algún día tenga la suerte de ser amada como él la amaba a ella, de la misma forma en que ya puedo ver que Cole ama a su prometida.
La mujer en cuestión da un paso adelante y me envuelve en un fuerte abrazo. Me sorprende la bienvenida, pero antes de que pueda recuperar el equilibrio y corresponder al gesto, me suelta y me toma de las manos.
—Me alegro mucho de conocerte —dice, con una sonrisa radiante y sincera—. Estoy deseando tener a otra mujer con quien pasar el rato en estos eventos.
Su calidez me hace sentir cómoda de inmediato. Debe de ser duro para ella estar rodeada de estos tres hombres imponentes todo el tiempo.
Sonrío también.
—Me alegro de poder cumplir una doble función: ser la novia de Tate y hacerte compañía.
Me coge de la mano y tira de mí para que me siente en la silla que está junto a la suya.
Tate se desabrocha la chaqueta con una mano antes de sentarse a mi otro lado.
—¿Dónde está mamá? —le pregunta a Roman, que está al otro lado de la mesa.
—Esta noche va a sentarse con los Jensen.
—En realidad —interviene Cole—, no mires ahora, pero está viniendo hacia aquí. Debe de haberte visto entrar.
Siento un cosquilleo de nervios en el estómago ante la idea de conocer a la madre de Tate, y me obligo a no volverme en mi asiento para ver cómo se acerca.
Una mujer alta y llamativa, de cabello rubio, se acerca con elegancia a la mesa, y su mirada los recorre a todos antes de posarse en mí. Sus ojos son fríos, evaluadores.
—Mamá, esta es Violet —me presenta Tate—. Violet, mi madre, Beverly King.
Asiente hacia mí, sin cambiar de expresión. Supongo que ahora sé de quién lo ha sacado Roman.
Sonrío con entusiasmo y entrelazo en mi regazo las manos, que de repente están sudorosas.
—Es un placer conocerla, señora King.
—El placer es todo mío, estoy segura —dice, aunque no me ha parecido que su tono lo respalde—. Me han contado tu acuerdo con Tate. Qué solución tan ingeniosa para su problema. —Sus palabras tienen un sutil tono cortante—. Confío en que te resulte… beneficioso.
Se me pone la carne de gallina ante la insinuación, pero mantengo la compostura.
—Y yo espero que nos beneficie a los dos.
Tate carraspea.
—Puede que te resulte difícil de creer, mamá, pero Violet me está haciendo un favor. No todo el mundo quiere pasar las tardes bebiendo vino carísimo y codeándose con ricos aburridos. —Su tono es ligero, pero no me pasa desapercibido el trasfondo de sarcasmo.
La señora King se vuelve hacia su hijo menor, con una expresión indescifrable en su rostro.
—Siempre y cuando ambos los dos consigáis lo que esperáis de esta asociación… Espero que disfrutes de la velada, Violet. Y también del tiempo que pases con la familia King.
Dicho esto, se aleja con elegancia para charlar con otros invitados. Mis hombros se hunden un poco después de que se haya ido.
Delilah se echa hacia mí y me dedica una sonrisa tranquilizadora.
—Intenta que no te moleste. Esa ha sido Beverly King en todo su esplendor. Te acostumbrarás.
—Supongo que no tendré que preocuparme por acostumbrarme —respondo.
Ella ladea la cabeza.
—Supongo que no. ¿Cómo estás? Sé que no es fácil verse metida de repente en este tipo de ambiente.
Me invade una sensación de alivio al saber que ella es consciente de la situación y que puedo hablar con ella sobre ello.
—Es un poco estresante. No estoy segura de saber encajar y no puedo evitar preocuparme de que la gente nos vea venir. Quiero hacer un buen trabajo, pero no sé si podré.
—Lo harás muy bien. De hecho, quizá sea bueno que parezcas un poco incómoda.
Siempre ha sido obvio para todo el mundo que las mujeres con las que Tate se ha permitido estar nunca iban a conquistar su corazón.
Es más creíble que se enamore de alguien fuera de sus círculos habituales, de una mujer que lo desafíe a pensar y a sentir de manera diferente.