17
Violet
La maquilladora y la peluquera que Tate me había conseguido se han marchado hace veinte minutos, y estoy estudiando mi reflejo en el espejo del baño.
Nunca había tenido este aspecto, tan pulida y arreglada.
El tejido dorado del vestido que elegí ayer se ciñe a mis curvas y se desliza hasta el suelo con una caída perfecta; el escote es lo bastante pronunciado como para mostrar el contorno de mis pechos y casi toda mi espalda queda al descubierto.
Me han maquillado bellamente los ojos para resaltar su color azul, me han pintado los labios de un tono rosa sutil y brillante, y me han peinado el pelo en suaves ondas que se deslizan por mi espalda y sobre mis hombros.
Me han hecho unas trenzas flojas en las sienes que se unen en la parte de atrás, donde las han entrelazado y las han sujetado con horquillas para añadir un toque caprichoso.
Me parezco a mí misma, y sin embargo no soy yo.
Por fin me obligo a apartar la vista del espejo, cojo el teléfono que he dejado sobre el lavabo y miro la hora.
Tate vendrá a recogerme pronto, y tengo el estómago revuelto por los nervios.
Una parte de mí desearía que nuestra primera pública aparición como pareja fuera más informal, más discreta.
Si fuéramos a algún sitio con un poco menos de nivel, supondría un alivio en la opresión que siento en el pecho.
Pero, al fin y al cabo, que nos vean juntos es el objetivo de todo este plan.
Me echo un último vistazo, y luego me dirijo al salón a esperar.
Los nervios pueden más que yo, así que en lugar de sentarme pacientemente voy hasta la ventana.
Cuando aparto la cortina y miro hacia fuera, todavía no hay ninguna limusina negra aparcada ahí fuera.
Aunque debería haberlo supuesto. Lo más probable es que Tate me llame cuando esté cerca para que lo espere en la calle.
Suelto la cortina, me doy la vuelta y paseo de un lado a otro en la pequeña sala.
No debería estar tan nerviosa. Tampoco es como si fuera incapaz de entablar una charla trivial con desconocidos.
El hecho de pasar casi todos los días en la cafetería charlando con los clientes me ha dado mucha práctica.
Y gracias a que Tate se ha encargado del vestido, el peinado y el maquillaje, tengo el aspecto más adecuado posible para la ocasión.
Cuando pita el teléfono, lo saco de mi bolso de mano.
Es Anna. Se ha pasado antes para darme ánimos mientras me arreglaba, pero como ella tiene su propia cita esta noche, la he mandado a casa al cabo de una hora para que pudiera prepararse ella también.
Como es típico de Anna, le ha parecido increíblemente divertido que yo acabara en esta situación.
Menos mal que el acuerdo de confidencialidad me permite hablar de esto con ella.
Aunque no se lo hubiera contado ya, no habría podido mentirle con éxito sobre mi repentino cambio de opinión respecto a Tate y menos después de haberle contado con todo detalle lo mal que me cae cuando salimos de Onyx la otra noche.
Deslizo el dedo para abrir su mensaje.
Anna: ¿Ya ha llegado?
Yo: Todavía no. Creo que se me va a hacer un agujero en la alfombra de tanto dar vueltas.
Anna: Tranquila, Vi. Con ese vestido estás espectacular. No sabrá de dónde le ha venido el golpe.
Yo: Gracias. Pero recuérdame: ¿por qué he aceptado hacer esto?
Anna: ¿Por la comida y el vino gratis?
Yo: Ah, sí, ya me acuerdo.
Anna: En serio, ¡esta noche lo vas a dejar boquiabierto! Solo recuerda que es por una buena causa. Además, quizá no sea tan malo como crees. ¡Quizá hasta te diviertas!
Estoy escribiendo una respuesta sobre su uso excesivo de signos de exclamación cuando unos golpes en la puerta me sobresaltan.
¿Tate ha subido a buscarme?
Haciendo caso omiso de los nervios que me invaden, borro el mensaje y escribo otro rápido para decirle a Anna que ya ha llegado.
Luego voy corriendo hasta la puerta, y la abro de par en par.
Me da un vuelco el corazón al verlo con ese esmoquin.
La chaqueta negra le abraza los hombros y hace que parezca aún más alto y más ancho de lo habitual, y su impecable camisa blanca se amolda a su…
El objeto que sostiene en la mano derecha me distrae por completo de mis observaciones sobre su aspecto, porque el hombre está haciendo girar el tallo de una única y delicada violeta entre sus dedos.
Cuando vuelvo a centrar mi atención en su rostro, sus ojos dorados están clavados en mí.
Se me hace un nudo en la garganta por la emoción, pero intento reprimirla.
Dios, ¿cómo sería que un hombre se presentara así en mi puerta de verdad?
Un hombre que no sea un playboy ni que se encuentre en esta situación por su bien ganada reputación de no salir en serio con ninguna mujer.
Aun así, cuando una de las comisuras de sus labios se curva hacia arriba y me tiende la violeta, no puedo evitar una sonrisa.
—¿La has robado del jardín de alguien?
Él se ríe entre dientes y se balancea sobre los talones.
—¿Cómo lo has adivinado? Hasta he tenido que pisotear sus petunias para cogerla.
Niego con la cabeza ante la imagen de Tate con su esmoquin, agachado sobre una valla para cogerme una flor.
—¿Por qué no me sorprende? —Retrocedo y le flanqueo el paso—.
¿Quieres pasar un momento? Solo tengo que coger el bolso.
—Me sigue al interior y cierra la puerta mientras cojo mi bolso de mano del aparador.
Con este en una mano y la flor en la otra, me vuelvo hacia Tate—.
Creo que no tengo un jarrón lo bastante pequeño para esto.
Acorta la distancia entre nosotros y me quita la flor, rozando mis dedos con los suyos al hacerlo. Luego se estira y la coloca en la trenza que tengo sobre la oreja derecha. Su mirada recorre mi rostro y desciende por mi cuerpo antes de encontrarse de nuevo con mis ojos.
—Preciosa —murmura.
Esta vez el cosquilleo en mi vientre es casi una sacudida y se me escapa un pequeño suspiro; uno que espero que no note.
Se le da bien esto y debo seguir recordándome a mí misma por qué es así.
Ha tenido mucha práctica seduciendo a mujeres a lo largo de los años.
Joder, la primera vez que lo vi había seducido a dos mujeres para que se acostaran con él al mismo tiempo.
Y yo tuve que asistir al puñetero espectáculo a través de las paredes del dormitorio de Mark.
Me estremezco al recordar cómo me tapaba los oídos con la almohada para amortiguar los gemidos y los chillidos de éxtasis.
Por no mencionar que, por mucho que me gustaría olvidarlo, yo misma sucumbí a sus encantos una vez.
Me niego a dejar que eso vuelva a suceder.
Ser otra muesca en su cama es lo último que quiero. Así que me limito a esbozar una sonrisa forzada y doy un paso atrás.
—Deberíamos irnos.
Él extiende la mano, señalando la puerta.
—Después de ti.
Aunque no me toca al salir de mi apartamento, es como si lo hiciera.
Puedo sentir su presencia como un escalofrío contra la piel desnuda de mi espalda mientras voy hacia las escaleras.
Ninguno de los dos habla mientras bajamos, y el silencio hace que mis nervios y mi aprensión se disparen.
¿Cómo va a funcionar esto si estoy tan tensa tras solo unos minutos en su compañía?
Aflojo los hombros, que tengo levantados hasta las orejas, y reduzco el paso para que vayamos uno al lado del otro.
—Dime lo que necesito saber sobre tu familia antes de que lleguemos.
Hace una mueca.
—Delilah, la prometida de Cole, va a estar ahí. Es genial. Te acogerá bajo su ala. Cole hará todo lo posible por incluirte, pero no esperes que sea demasiado hablador. ¿Roman? Bueno, si consigues algo más que una sonrisa y unas pocas palabras de su parte, considérate afortunada.
—¿Estará tu madre? —Su respuesta a esa pregunta es un seco «Sí». Su expresión, cuando lo miro de reojo, es indescifrable—. Tus hermanos, obviamente, saben que esto es falso, pero ¿qué hay de Delilah y tu madre?
—Lo saben las dos. Cole se lo habría contado a Delilah de todas formas. Y era mejor que mi madre lo supiera o, de lo contrario, sería la primera en cuestionar mi repentino cambio en cuestión de relaciones.
Su tono se vuelve más frío al final. Es evidente que su madre no es su tema favorito.
Al llegar al final de las escaleras, abre la puerta y me la sostiene.
—Qué caballeroso —digo, mirándolo al pasar.
—Solo en la calle. —Me guiña un ojo.
—¿Esa frase le funciona a alguien? —mascullo.
Él se ríe entre dientes.
—No.
A pesar de mis esfuerzos por conseguir que no me afecte, no puedo contener la risa que escapa de mis labios.
Durante nuestras limitadas interacciones a lo largo de los años, siempre se ha mostrado engreído y arrogante, pero ahora veo algo diferente.
Sigue siendo así, por supuesto, y sigue siendo muy consciente del poder que tiene sobre las mujeres, pero, aparte de todo su encanto coqueto, no parece tomarse a sí mismo demasiado en serio y, aunque odio admitirlo, esa cualidad me desarma.
Mi risa se apaga rápidamente cuando me pone su gran mano en la parte baja de la espalda y me guía hacia el coche. El contacto inesperado me hace soltar un suspiro silencioso. Voy a tener que acostumbrarme a que me toque de forma repentina cuando estemos en público.
El chófer de Tate ya nos está esperando cuando nos acercamos y nos sostiene abierta la puerta trasera de la limusina.
—Violet, este es Jeremy —me presenta Tate.
Le tiendo la mano.
—Hola, encantada de conocerte.
Jeremy arquea las cejas y sus ojos se desvían hacia Tate, como si estuviera sorprendido, pero luego centra su atención en mí y esboza una amplia sonrisa. Me da la mano y me la estrecha con delicadeza.
—Buenas noches, señora.
Una vez que se ha apartado detrás de la puerta abierta, Tate me ayuda a subir al coche, entra detrás de mí y se sienta cerca, pero no demasiado; un momento después, el coche arranca.