El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 15
28%

15

Violet

Mark me pasa el contrato por encima de la mesa de madera pulida.

Le doy un sorbo al agua que me ha traído su ayudante y el hielo tintinea contra el vaso por culpa del ligero temblor de mi mano.

Desde que acepté la propuesta de Tate, el proceso ha avanzado a toda prisa.

Hace dos días recibí una tensa llamada de mi hermano en la que me expuso sus preocupaciones, y yo le aseguré que sabía lo que hacía.

Esta mañana me han convocado en el King Plaza, el edificio sede del Grupo King en Manhattan.

El rascacielos es intimidante, desde su vestíbulo con suelo de mármol hasta el ascensor que me ha llevado a la planta cincuenta y tres, impresionantemente silencioso y rápido.

La enorme sala de conferencias tiene unas vistas increíbles de la ciudad de Nueva York; nunca había visitado a Mark en el trabajo; nunca había tenido un motivo.

Ni ganas, la verdad. No sabía que trabajaba para su compañero de habitación de la universidad, para ese tipo tan molesto y arrogante.

Es un poco irónico. O quizá esa no sea la palabra adecuada. La verdad es que no tengo ni idea.

Refreno mis pensamientos dispersos y me obligo a centrarme en el contrato que tengo delante.

—Tómate tu tiempo —dice Mark—. Estoy aquí para responder a cualquier pregunta que tengas.

Le echo un vistazo a la gran sala vacía.

—¿Tate no debería estar aquí?

En cuanto las palabras salen de mi boca, desearía poder retirarlas.

Por supuesto que no hace falta que esté aquí para esto.

Y a mí no me importa si está o no. Pronto tendré que verlo mucho más de lo que jamás había planeado…

o deseado. De todos modos, tampoco es como si su presencia fuera a tranquilizarme.

Mark está conmigo, y él es todo el apoyo que necesito.

Y, sin embargo, siento una opresión en el pecho que parece ser algo más que simple nerviosismo.

Mark mira la hora.

—Está en una reunión de accionistas con sus hermanos. Me ha dicho que intentaría pasarse por aquí.

Asiento, vuelvo a centrarme en el contrato y me pongo a leerlo. No estoy familiarizada con parte de la terminología jurídica, pero hay algunas cosas que me llaman la atención.

«La vigencia del presente acuerdo se extenderá por un período no inferior a dos meses, con una posible prórroga de hasta seis meses, de conformidad con las disposiciones establecidas en la sección 23».

«A cambio de los servicios prestados en virtud del presente acuerdo, la parte contratante recibirá una suma de cincuenta mil dólares al mes, pagaderos el último día en la cuenta designada a tal efecto».

«Ambas partes reconocen el carácter altamente confidencial de este acuerdo».

«La parte contratante se compromete a asistir como acompañante a un mínimo de tres actos públicos al mes, que podrán incluir una combinación de apariciones programadas y espontáneas».

«Ambas partes se abstendrán de entablar cualquier relación sentimental fuera del ámbito del presente acuerdo».

«Si bien la naturaleza de este acuerdo implica una relación romántica ante la opinión pública, ambas partes reconocen que sus interacciones son puramente de cara a la galería y no tienen ninguna intención romántica real. No habrá intimidad física entre las dos partes».

«Cualquier cambio en los términos de este acuerdo deberá ser aceptado por escrito por ambas partes. No se considerarán válidas las modificaciones verbales hasta que…».

Espera un momento…

Echo un vistazo unas líneas más arriba y luego miro a Mark.

—¿Sin intimidad física? ¿Te ha pedido Tate que incluyeras eso?

Se mueve en la silla, con la mandíbula tensa.

—Lo he añadido yo en tu nombre. Tate dijo que incluyera cualquier cosa que te hiciera sentir más cómoda.

Niego con la cabeza. En teoría, no me importa que haya una cláusula restrictiva, ya que lo último que cualquiera de los dos quiere es ir más allá de lo que ya hemos hecho por error, pero había supuesto que tendríamos que actuar como una pareja de verdad en público, al menos hasta cierto punto.

—Si Tate y yo vamos a convencer al mundo de que tenemos una relación, ¿no crees que quizá tengamos que, no sé, besarnos en público en algún momento?

Mark se echa hacia delante en su silla.

—Nunca has sido la mayor admiradora de Tate, así que no quería que pensaras que le debes nada más que tu presencia a su lado.

—Por cincuenta mil al mes, debería hacer algo más que limitarme a aparecer ante las cámaras. Puede que no sea su mayor admiradora, pero me está pagando por un servicio, y lo mínimo que puedo hacer es que resulte creíble.

Mark aprieta los labios y luego suelta un suspiro.

—¿Quieres que lo cambie?

A mitad de la pregunta, la puerta se abre de par en par y entra Tate, seguido de dos hombres de pelo oscuro tan altos como él.

—¿Qué quieres cambiar? —pregunta, recorriéndome con la mirada con una intensidad que me seca la garganta.

Me estremezco por dentro. Menudo momento. ¿Por qué tenía que entrar justo cuando estábamos discutiendo la cláusula de intimidad física? Mark me mira, con las cejas arqueadas en señal de interrogación, y yo asiento con un suspiro.

Mark coge el contrato y se dirige a Tate.

—Violet quiere que añada los besos como parte del acuerdo.

Se me revuelve el estómago y me quedo boquiabierta. ¿Por qué leches ha tenido que decirlo así?

Una sonrisa irritantemente presumida se dibuja en el apuesto rostro de Tate.

—¿De verdad?

Una oleada de calor me sube desde el pecho hasta la cara.

—Es que he pensado que, de lo contrario, no va a ser realista.

Si se supone que estamos saliendo, ¿no tendríamos que…

, no sé, fingir, ya sabes…, actuar como si fuéramos…

? —Cuanto más nerviosa me pongo, más amplia se hace la sonrisa de Tate.

Me freno en seco y lo miro con los ojos entrecerrados—.

Pero pensándolo bien, quizá deberíamos dejar la cláusula de no tener contacto físico…

—No, no. —Levanta las manos—. Creo que cambiarlo es una idea excelente. De hecho, quizá deberíamos especificar exactamente cuántos besos deberíamos…

—No creo que eso sea necesario —lo interrumpe Mark con una mirada significativa hacia Tate—. Incluiré una frase del tipo: «La cantidad mínima de intimidad física necesaria para establecer la naturaleza de la relación». Y que quedará a discreción de Violet.

Tate se ríe entre dientes, y su mirada se cruza con la mía.

La curva diabólica de sus labios me provoca una pequeña sacudida, e instantáneamente, mi cabeza se desvía hacia donde no debería: hacia el recuerdo de cómo sentí esos labios contra mis pechos y las fantasías sobre cómo se sentirían en otras partes de mi cuerpo.

Aparto a toda prisa esos pensamientos. Estoy segura de que hay muchas mujeres por ahí que podrían decirme exactamente cómo es sentirlos; igual que sentir los de cualquier otro hombre, imagino.

Aunque sus dedos, tan suaves, no se parecían a los de ningún otro hombre…

Dios, ¿por qué no puedo dejar de pensar en aquella noche?

Por suerte, algo me distrae cuando uno de los hombres de pelo oscuro que están detrás de Tate da un paso al frente. Se echa sobre la mesa y me tiende la mano.

—Cole King. Encantado de conocerte, Violet. —Ah. Había dado por hecho que eran más abogados, pero estos deben de ser los hermanos de Tate.

Me levanto y le estrecho la mano.

—Encantada de conocerte yo también.

El segundo hombre me tiende la mano a continuación.

—Roman King.

Los observo a todos cuando se ponen uno al lado del otro frente a mí. Mientras que Cole y Roman tienen el pelo oscuro y los ojos claros, Tate es rubio y tiene los ojos dorados. Los dos son tan guapos como Tate, pero parecen mucho más reservados. Es difícil ver el aire familiar entre ellos.

Los tres hombres toman asiento a la mesa.

—Te agradecemos que hagas esto, Violet —comenta Cole.

—Y yo agradezco la compensación que vais a darme por hacerlo.

Una sonrisa se dibuja en las comisuras de su boca, pero la actitud seria de Roman no se resquebraja. Sus fríos ojos grises me evalúan, aunque es imposible saber si me aprueba o si no estoy a la altura.

Mientras repasamos el resto del contrato, Mark y, a veces, Tate o uno de sus hermanos responden a mis preguntas, y me esfuerzo por controlar la timidez que se va apoderando de mí.

Con los tres imponentes hermanos King sentados al otro lado de la mesa, todos centrados en mí, el escrutinio es abrumador.

Aparte de la cláusula de intimidad, el acuerdo no necesita muchos cambios.

Para mi alivio, incluso han incluido una sección que me da permiso para hablar con Anna sobre toda esta situación.

Gracias a Dios, porque puede que ya se me haya escapado algo.

Lo que más me tranquiliza es que Mark haya redactado el contrato. Es imposible que me traicione, aunque trabaje para el Grupo King.

Entonces me surge una pregunta. ¿Tate ha hecho que Mark se encargara de esto para que yo me sintiera más segura?

Alzo la vista hacia él, solo para descubrir que sus ojos ya están clavados en mí.

Parece mucho más serio de lo que creo haberlo visto nunca, al menos sin la máscara puesta.

Una chispa de comprensión me recorre el cuerpo y rápidamente vuelvo a mirar a Mark, que está recogiendo las páginas del contrato.

—Dadme un minuto para hacer los cambios y podréis firmarlo —dice; se levanta, me sonríe y les hace a los demás un gesto con la cabeza, y desaparece por la puerta.

Cole y Roman también se levantan.

—Ha sido un placer conocerte, Violet —se despide Roman—. Estoy seguro de que te veremos más a menudo en el futuro.

Le sonrío, un poco agobiada.

Mientras Roman sale de la habitación a zancadas, Cole se agacha y le susurra algo al oído a Tate.

Los ojos de Tate se encuentran con los míos y niega con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa se dibuja en las comisuras de su boca.

Cole se endereza y le da una palmada en la espalda a Tate, luego me hace un último gesto con la cabeza antes de que la puerta se cierre tras él.